El alegre colegio de Bob Esponja está a las afueras de Madrid

Colegio Reggio, un edificio diseñado por el arquitecto Andrés Jaque al frente de su equipo: la Office for Political Innovation. Foto: José Hevia.

El edificio más comentado de Madrid en las últimas semanas es el Colegio Reggio, un proyecto experimental del arquitecto Andrés Jaque que levanta pasiones (y atrae a los pájaros y los murciélagos). Todo un ejemplo de innovación; un espacio abierto, fluido y transversal, empático y juguetón, decididamente alegre. ¿Puede haber algo mejor para contribuir a una educación creativa y expansiva?

La directora del Colegio Reggio, Eva Martín, resume así, en el hall de entrada, su estado de ánimo: “Es una aventura, nos estamos adaptando ¡y funciona!”.

Construido en El Encinar de los Reyes, un barrio del norte de Madrid, el edificio no deja a nadie indiferente. Es obra de Andrés Jaque, madrileño de 51 años, actual decano de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Columbia de Nueva York, quien lo ha desarrollado al frente de su equipo, con sede en Madrid y Nueva York, la Office for Political Innovation (OFFPOLINN, Oficina para la Innovación Política). Inaugurado para este curso escolar 2022-2023, hemos recorrido sus instalaciones con el arquitecto, hablado con su directora y visto y leído en redes sociales algunos de los trabajos que las alumnas y alumnos han hecho sobre él. Y ya que en el avanzado método educativo del Colegio Reggio se da gran importancia a la fotografía, el cine y el vídeo en la comprensión de los procesos, nos servimos del lenguaje audiovisual para llegar a algunas conclusiones:

Los ojos saltones del colegio-robot son una treta del arquitecto para abaratar costes. Foto: José Hevia.

Los ‘ojos’ saltones del colegio-robot son una treta del arquitecto para abaratar costes. Foto: José Hevia.

Gimnasio del colegio Reggio diseñado por el arquitecto arquitecto Andrés Jaque. Foto: José Hevia.

Gimnasio del colegio Reggio diseñado por el arquitecto Andrés Jaque. Foto: José Hevia.

Plano general. Un robot de mantequilla

Nuria, de 9 años, escribió: “Mi cole parece un robot de mantequilla”. No puede haber lema mejor para un centro escolar que desarrolla el proyecto educativo creado en la posguerra en la ciudad de Reggio Emilia por el maestro italiano Loris Malaguzzi (1920-1994). Si hay un rasgo que destaque en la obra arquitectónica de Andrés Jaque es su carácter libre, festivo y colorista, y así lo corrobora el detalle de que el colegio tiene ojos. Si se aísla el bloque de la parte derecha de la fotografía, nos podemos imaginar a Bob Esponja, y si nos fijamos en las chimeneas, podemos recrear alguna fábrica de golosinas, aunque en realidad homenajean a los respiraderos de la madrileña fábrica lechera Clesa de Alejandro de la Sota.

Los ojos saltones del colegio-robot son una treta del arquitecto para abaratar costes, ya que originalmente fueron pensados como lucernarios de camiones y remolques, objetos que cayeron en desuso y languidecían en el catálogo a muy buen precio. Con esta especie de periscopios, Jaque ha dado sentido de juego a las fachadas, despertando la curiosidad de Dora la Exploradora, cuyos pasos seguimos ahora.

Travelling interior. Identificación con el mundo infantil y adolescente

En todo el recorrido por los interiores del centro escolar –y este quizá sea el mayor logro del proyecto–, Andrés Jaque ha conseguido identificarse con el mundo infantil y adolescente, un nivel de empatía y sensibilidad que produce emoción. Durante la visita, el colegio rebosaba actividad de las niñas y niños más pequeños, de los profesores y de los padres. Con las paredes de vivos colores, los muebles escandinavos, la luz a raudales, los techos altos y el carácter fluido sin casi tabiques de los espacios, la pregunta ¿te gustaría haber estudiado en un colegio así? recibe como respuesta un sí rotundo.

Flash-backs. “Un deseo de la arquitectura de ser alegre”

El carácter experimental de la propuesta de Andrés Jaque remite a otros equipos de arquitectura que destacaron por su audacia, como en los años ochenta Jan Kaplický y su estudio Future Systems; los metabolistas japoneses con la torre cápsula Nakagin, proyectada en Tokio por Kisho Kurokawa en los 70, o, en los años 60, el colectivo británico Archigram, uno de cuyos miembros, David Greene, escribió que la forma no sigue a la función, sino “a un deseo de la arquitectura de ser alegre”. Ese carácter jovial, “alegremente adquisitivo”, como dijo Peter Cook, otro de los miembros de Archigram, se advierte en las citadas claraboyas para camiones compradas e incorporadas por Jaque. Recuerdan las escafandras orbitales propugnadas por los utopistas de Archigram. Y también los cascos individuales de ojo de mosca y las cápsulas climáticas de burbujas adosadas a las fachadas por el performativo colectivo vienés de los 60 Haus-Rucker-Co.

En esa línea avanza Jaque, en el caso del Colegio Reggio enlazando con las pedagogías radicales que a partir de la II Guerra Mundial plantearon nuevas vías para la arquitectura en edificios educativos, con narrativas diferentes: participativas, feministas, poscoloniales…

En el recorrido por los interiores del centro escolar –y este quizá sea el mayor logro del proyecto–, Jaque ha logrado identificarse con el mundo infantil y adolescente. Foto: José Hevia.

Una de las aulas del Colegio Reggio abierta al exterior. Foto: José Hevia.

Vías que han sido estudiadas y publicadas por los investigadores Beatriz Colomina, Ignacio G. Galán, Evangelos Kotsioris y Anna-Maria Meister. Una de esas escuelas que marcaron época en la posguerra fue la Munkegard, que el arquitecto danés Arne Jacobsen diseñó en los años 50 en Copenhague y que fue un hito en la renovación pedagógica de Dinamarca. Si Jacobsen proyectó la escuela en horizontal, a base de patios, en el caso de Jaque, dado lo angosto de la parcela con la que contaba, ha tenido que proyectar en vertical (cinco plantas y unos 6.500 metros cuadrados construidos), buscando espacios de recreo a lo largo, ancho y alto del edificio, tanto exterior como interiormente (por ejemplo, con el jardín tropical que surge en la planta cuarta).

Travelling exterior. Crear un ecosistema.

El trayecto en coche al Colegio Reggio nos adentra en el barrio madrileño de Valdebebas, bloques y más bloques de arquitectura cerrada sobre sí misma para unos usuarios que responden al arquetipo reflejado por el ensayista Jorge Dioni en su libro La España de las piscinas. Dioni critica el modelo de los PAUs tan característico de las afueras madrileñas, manzanas cerradas donde se encastilla un tipo de votante mayoritariamente conservador que se siente seguro y superior, y que apenas interactúa con sus conciudadanos.

Frente a esa arquitectura previsible, superada, poco pensada y no igualitaria, el Colegio Reggio sorprende a quien se acerca gracias a sus optimistas ventanales y lucernarios, a sus espacios interiores no discriminatorios y a su indagación para crear un ecosistema. Un ejemplo de ello son las fachadas amarillas que parecen de plastilina, creadas a base de corcho proyectado, elemento natural que busca la efectividad energética y que aspira a convertirse con el tiempo en una especie de corteza de árbol en la que hongos e insectos se reproduzcan.

Insertos (interespecies). Atraer pájaros, abejas, murciélagos y mariposas

Andrés Jaque se muestra especialmente orgulloso de unos espacios intersticiales insertados en las fachadas del edificio, sin acceso a los humanos salvo para la limpieza, donde se han plantado especies vegetales que atraigan a diferentes clases de pájaros. Y también a los murciélagos, a las mariposas y a las abejas.

El citado jardín de la cuarta y quinta plantas (“tenemos una selva en Secundaria”, escribió Lucía, de 12 años) ha sido concebido para que las alumnas y alumnos que entren y salgan a los laboratorios adyacentes se encuentren con ese pulmón vegetal que completa sus investigaciones de biología y botánica. En el periódico británico The Guardian titularon: “¿La selva tropical? Gire a la izquierda después del puente levadizo”, en referencia al acceso al colegio, que se hace a través de una estrecha rampa de hormigón elevada que culmina en un enorme arco también de hormigón de 20 metros de ancho. El autor del artículo, Oliver Wainwright, escribió que el Colegio Reggio “es una de las escuelas más imaginativas jamás construidas”. Por su parte, en la revista estadounidense Architectural Record, Andrew Ayers habla de “factoría antropomórfica” con “una estética informal de verdad cruda y un desorden que no resulta intimidante”.

«Tenemos una selva en Secundaria». Jaque se muestra especialmente orgulloso de los espacios verdes, como este jardín interior. Foto: J. Hevia.

Los debates, por ejemplo en la elección de los colores, duraron horas y horas. Cada detalle fue analizado y debatido. Foto: J. Hevia.

Fuera de campo. Espacio fluido y transversal

Desde el Colegio Reggio, en la parcela vecina, se contempla otro centro escolar, el Highlands School El Encinar, perteneciente al movimiento Regnum Christi, que propugna “la extensión del Reino de Cristo” y donde prima el uniforme, y donde niños y niñas de Primaria son segregados. Como contraste, Andrés Jaque tuvo que renunciar a los baños inclusivos que pretendía, porque la normativa de la Comunidad de Madrid no los permite.

En el Colegio Reggio, cuyo método pedagógico se emparenta con Waldorf y Montessori, se fomenta el trabajo en equipo y los procesos de documentación casi periodística para hacer visible el aprendizaje. Según su directora, Eva Martín, que estudió de pequeña en un colegio de monjas solo para chicas, ese espacio libre, sin pasillos, fluido y transversal diseñado por Andrés Jaque, “es el tercer educador” después del alumnado y los docentes.

Primer plano

Eva Martín, como portavoz de un grupo privado de patrocinadores entusiastas del método pedagógico de Loris Malaguzzi, cuenta cómo, por azar, una de las profesoras del centro le habló de su hermano arquitecto. La directora preguntó por su nombre y se puso a bucear en Internet acerca del trabajo de Andrés Jaque. Y apostaron por él. Los debates, por ejemplo en la elección de los colores, duraron horas y horas. Cada detalle fue analizado y debatido.

Ese papel de mediación de la arquitectura con la sociedad es una de las premisas de Jaque al frente de su equipo OFFPOLINN. En el Colegio Reggio tuvieron que lidiar con un presupuesto limitado (unos 8,5 millones de euros, en torno a 1.100 euros el metro cuadrado), y con dificultades en el proceso constructivo, consecuencia de la pandemia y del encarecimiento de los materiales.

Uno de los arcos de hormigón del Colegio Reggio. Foto: J. Hevia.

Pese a los inconvenientes, lograron su propósito. Su obra puede considerarse una agradable sorpresa en los modos de construir, una intervención singular e idealista, un soplo de aire fresco en el languideciente panorama arquitectónico madrileño, producto de un modelo neoliberal de carácter comercial aplicado al área metropolitana, donde no se estimula la creatividad ni se apoya a las jóvenes promesas de la arquitectura ni a los nuevos lenguajes y significados que propugnan.

Andrés Rubio es periodista, autor del ensayo ‘España fea. El caos urbano, el mayor fracaso de la democracia’ (editorial Debate). Puedes adquirirlo aquí.

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Comentarios

  • Almeida veta la obra del decano de arquitectura de Columbia

    Por Almeida veta la obra del decano de arquitectura de Columbia, el 30 noviembre 2023

    […] una tierra necesitada de agua y sombra en plena crisis climática, los dos Excaravox del arquitecto Andrés Jaque, actual decano de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Columbia de Nueva York, pueden […]

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