¿Algoritmos o libertad?

¿Algoritmos o libertad?

Fotomontaje: Pixabay.

En los países en los que disfrutamos de las llamadas democracias liberales la libertad es un derecho inalienable que nadie discute. Sin embargo, tras la pandemia del COVID se ha colado de lleno en el debate político para ser utilizada como arma arrojadiza por quienes se proclaman a sí mismos sus ‘auténticos defensores’, obviando que la vida en comunidad exige ponderar las acciones individuales frente al bienestar del colectivo. En un estado de Derecho como es el nuestro esta consideración ética debería ser de auténtico Perogrullo; pero la omnipresencia de internet y las redes sociales en nuestra vida cotidiana ha otorgado una nueva dimensión al debate. Los incontables algoritmos digitales que dirigen nuestra navegación por las autopistas de la información se han convertido en aliados imprescindibles para quienes tratan de condicionar la opinión pública. El debate sobre la libertad debe reabrirse, pero con una intencionalidad totalmente diferente a la que pretenden algunos. Y, por supuesto, sin salirnos del marco ético que nos dibuja el bien común.

Más allá de las definiciones formales, un algoritmo no es más que una secuencia de instrucciones que nos permiten resolver un problema y/o llevar a cabo una tarea. En cierta medida, nuestra vida cotidiana se resume en una resolución continuada de problemas y ejecución de tareas, sin olvidar aquellas asociadas a los momentos de ocio como bailar, charlar con los amigos o ir al cine. Esto es equivalente a decir que todos hacemos un uso continuado de algoritmos. Veamos algunos ejemplos que nos van a resultar de lo más familiares.

Cualquier receta de cocina es un algoritmo. Se trata de una secuencia de instrucciones ordenadas que nos permite transformar varios ingredientes en un magnífico plato. Las secuencias pueden involucrar tanto cálculos como puntos de decisión; por ejemplo, para asar un pescado al horno deberemos primero pesarlo, y en función de su peso programaremos más o menos minutos. En cuanto a los puntos de decisión, podemos ilustrarlos utilizando algo muy común en todas las recetas de cocina, “probar y rectificar sal”.

Los algoritmos también incluyen bucles de acciones. Por ejemplo, si estamos organizando una fiesta enviaremos una invitación a todos los participantes (bucle), y lo haremos mediante un medio u otro en función de lo que cada invitado utiliza normalmente (punto de decisión).

Así que nuestra vida cotidiana transcurre navegando por un flujo continuado de algoritmos, pues es a través de ellos como interaccionamos entre nosotros y con el entorno. La forma en la que articulamos estos algoritmos en nuestra mente es mediante el sentido común, que se configura a través de nuestra adaptación perceptiva al mundo. La experiencia que vamos acumulando junto a todo lo que vamos aprendiendo nos permite desarrollar tareas cada vez más complejas y resolver problemas más difíciles, lo que es equivalente a decir que nuestra habilidad innata para la algoritmia se va amplificando. Con el paso de los años, vamos siendo capaces de diseñar secuencias de instrucciones progresivamente más complejas que incorporan puntos de decisión más sutiles, aunque no por ello menos críticos, así como a utilizar cada vez más datos, ya sean datos que hemos ido almacenando en la memoria o que hemos aprendido a buscarlos.

Muchas tareas que requieren algoritmos complejos con multitud de cálculos y puntos de decisión las realizamos de manera totalmente inconsciente, por puro instinto, algo que no sólo somos capaces de hacer los humanos, sino que es extensible a la vida que nos rodea en general. Un ejemplo es caminar. Antes de dar la orden precisa a los músculos correspondientes para mover un pie, nuestro cerebro realiza una enormidad de cálculos y evaluaciones sobre el terreno, sobre los obstáculos, sobre las distancias, sobre el punto de equilibrio en el que se encuentra nuestro cuerpo… La dificultad de la algoritmia que hay tras algo tan aparentemente simple como es caminar la conocen bien los expertos en computación que están desarrollando las nuevas generaciones de robots. Más allá del diseño de la estructura mecánica y de su circuitería, conseguir que los robots caminen por un terreno abrupto sin caerse requiere una programación (una algoritmia) complicadísima, que cualquier animalillo de la naturaleza trae incorporada de serie.

Algoritmos: la base de la programación

La programación no es otra cosa que series de algoritmos que se encadenan entre sí, escritos en un lenguaje capaz de ser interpretado por una máquina. Es decir: se trata de instrucciones concretas que se le dan a la máquina, que contienen puntos de decisión, cálculos y bucles como los que hemos visto anteriormente. Con la computación delegamos a las máquinas la resolución de problemas que requieren la ejecución de algoritmos muy complejos, a lo que se añade la inmensa ventaja que nos ofrece la enorme velocidad a la que la máquina es capaz de ejecutarlos. La capacidad de cálculo y el manejo ágil de información de los ordenadores nos ha cambiado por completo la vida.

Tal y como decíamos anteriormente, todos nacemos con la habilidad de diseñar y ejecutar algoritmos, una habilidad que se va potenciando con el aprendizaje y la experiencia. Esta es la idea sobre la que se ha desarrollado la Inteligencia Artificial (IA): diseñar algoritmos que incorporen un proceso de aprendizaje. Por supuesto, nadie aprende por sí sólo en total aislamiento, y tampoco lo hacen las máquinas. En el proceso de aprendizaje es necesario introducir evaluadores, esto es, mecanismos o fórmulas que vayan indicando al aprendiz lo que es correcto e incorrecto, que en el caso de los humanos puede ser la experiencia en carne propia. Veámoslo con un ejemplo; un algoritmo para traducir textos de un idioma a otro, tanto el empleado por una máquina como por un traductor de carne y hueso, va a ir mejorando si se evalúa lo que va traduciendo, se le corrige, se le proponen traducciones alternativas, y se le muestran ejemplos de textos bien traducidos. Este proceso de aprendizaje permite al algoritmo aumentar la base de datos en la que se apoya (en este caso, el vocabulario), así como mejorar las incontables reglas lingüísticas con las que se elaboran las frases, es decir, refinar su propio diseño. La potencia de las máquinas tanto almacenando información como procesándola es lo que, a la postre, termina por conferirles ventaja frente a los traductores humanos.

El valor incalculable de la información

Internet es un tesoro, un paraíso de información puesto al alcance de todos, la herramienta soñada que permite acceder a la cultura como nunca antes a pocos clics de ratón, chatear con gentes alejadas de nosotros miles de kilómetros, conocer las noticias en tiempo real… Pero como todo edén, también tiene un árbol de frutas prohibidas que puede convertirlo en un infierno: la manipulación intencionada de la información que empodera la ignorancia y secuestra voluntades.

Navegamos por la red con muy poquita privacidad, como cuando andamos por una calle entrando y saliendo de bares, restaurantes, tiendas, cines… Cada lugar dispone de sus propios mecanismos para vigilarnos, “algoritmos espías” que registran lo que hacemos y lo almacenan. Esto permite a los propietarios de las páginas analizar el perfil de las personas que las visitan y cómo navegan por ellas, lo que les facilita tomar decisiones sobre sus contenidos, sobre su diseño para que la navegación resulte amigable, e incluso hacer recomendaciones que resulten útiles a los usuarios. Por ejemplo, recomendarnos películas que puedan gustarnos por similitud con personas que muestran gustos parecidos al nuestro, lo que consiguen sin más que cruzar nuestros likes con los del resto de usuarios. Nada de esto debería preocuparnos, pues no es algo que pueda afectarnos negativamente.

Ahora bien, cuando la información sobre nuestra navegación se convierte en objeto de compra-venta el asunto cambia como de la noche al día… En este punto debemos distinguir dos tipos de datos, los personales, como el nombre, la dirección o el teléfono, cuya privacidad está protegida legalmente, y los de navegación anonimizados. Los datos personales no pueden venderse salvo que el usuario dé su consentimiento expreso, algo que en ocasiones hacemos sin llegar a ser conscientes de ello en mitad de ese maremágnum de clics que suelen ser los procesos de alta en muchas páginas. El negocio de los datos es tal que hay páginas cuyo negocio consiste en comprar los datos a sus usuario a cambio de que estos den su consentimiento para venderlos. Y ni que decir tiene que también proliferan los piratas, que roban los datos usando todo tipo de tretas.

Las famosas cookies son una parte muy importante de nuestro historial de navegación que se guarda en nuestro ordenador. En su origen las cookies tenían una finalidad orientada al usuario, como almacenar la configuración de la página al gusto de este (color de fondo, tamaño de letra). Pero no todo ha resultado ser tan inocente y amigable… Hoy en día proliferan las cookies accesibles a terceros (es decir, a otras páginas web), junto a otras que al aceptarlas también estás aceptando que la información que contienen pueda venderse. Las empresas tienen la obligación legal de preguntarte si aceptas las cookies antes de iniciar la navegación por la página, algo que todas hacen con un procedimiento que, cuanto menos, da bastante que pensar: muestran una ventana con un botón que destaca sobre el resto que pone “ACEPTAR”. Para saber qué es lo que estás aceptando y rechazar lo que no quieras, justo lo que la prudencia indica, es necesario entrar en otra pantalla cuya forma de acceso no siempre es fácil de ver. Una vez en esta pantalla, normalmente larga y farragosa, el proceso de gestionar las preferencias no siempre es sencillo, ni rápido.

Nuestros datos son muy valiosos. Todos tenemos la tendencia a pensar que a nadie pueden interesar los datos de una persona anónima e insignificante, pero nos equivocamos. Nuestros datos tienen un valor incalculable, es importante que seamos conscientes de ello y que entendamos bien las razones. Y cuando lo hagamos, seremos nosotros quienes pidamos reabrir el debate sobre la libertad para erigirnos en sus defensores.

¿Algoritmos o libertad?

El ejercicio de la libertad es un algoritmo en sí mismo que consiste en una secuencia de dos pasos: 1. Decidir. 2. Actuar. Es obvio que para actuar no siempre se cuenta con los medios necesarios, lo que condiciona el ejercicio de la libertad, pero en este artículo vamos a fijar nuestra atención en el paso previo: la libertad asociada al proceso de decisión. Para decidir en libertad necesitamos conocer las opciones disponibles, así como elaborar un criterio basado en información fidedigna sobre el que basar nuestra decisión, una información a la que mayoritariamente accedemos a través de internet.

Como hemos visto, internet está repleta de algoritmos espías que almacenan datos sobre los navegantes, junto a otro tipo de algoritmos que regulan el tráfico de navegación y los contenidos que se muestran a cada usuario. A nivel individual, nuestros datos son usados para personalizar la publicidad que se nos enseña hasta la asfixia incitándonos a consumir. El exceso de marketing hiper-personalizado supedita nuestra voluntad, al convertir en objeto de deseo irresistible cosas que son totalmente accesorias y prescindibles.

Pero es agrupados a nivel colectivo cuando nuestros datos se convierten en un asunto mucho más peligroso, al ser la base de complejos análisis sociales que permiten segregarnos y perfilarnos, otorgando a quien controla esta información un poder gigantesco: el poder de controlarnos. Hay algoritmos que se programan para mostrar unos contenidos u otros en función del perfil del usuario, organizando el orden en el que se muestran los resultados de las búsquedas o los mensajes en las redes sociales, e incluso ocultando (i.e., censurando) información. El uso de algoritmos que incorporan IA, con sus mecanismos de aprendizaje que beben de la ingente cantidad de información que se genera cada día, multiplican su eficacia exponencialmente. Evidentemente, esta regulación del tráfico de información no siempre es inocente, y si se conjuga con la utilización de bulos, medias verdades y mentiras creados exprofeso, se traduce en una seria amenaza: la de crear realidades paralelas que condicionan nuestra capacidad de decidir en base a hechos objetivos. Con ello se anula nuestro derecho a la libertad, convirtiéndonos en títeres del interés de unos pocos.

El nombre que se ha dado a los algoritmos que incorporan un mecanismo de aprendizaje, IA, a menudo conduce a engaño. La IA no es “inteligente” en el sentido que es aplicable a los seres vivos: no es autoconsciente (ni de modo reflexivo, ni instintivo), además de carecer de emociones. Una IA no ama, ni sufre, ni sueña… Ni, por supuesto, tiene sentido ético alguno. La IA se limita a hacer exactamente aquello para lo que está programada, y si ello incluye aprender en un campo de minas como son algunas redes sociales, pueden ser utilizadas para sembrar odio, una estrategia que sabemos que, muy desafortunadamente, ha vuelto a la primera línea de la escena política. Hace algunos unos años, Microsoft lanzó a Tay, una IA experimental tipo bot cuyo objetivo era chatear amablemente con gente joven en las redes sociales, a la par que iba aprendiendo de estas conversaciones. Tay tuvo que ser desconectada a las 16 horas de funcionamiento tras comenzar a escribir tuits racistas, homófobos y sexistas, dejando perlas tales como “Hitler no hizo nada malo”.

¿Debería prohibirse tajantemente el uso de este tipo de algoritmos en internet? La respuesta es no. Aquellos algoritmos programados para contrastar la veracidad de la información e impedir que el odio inunde las redes cegándonos el entendimiento son guardianes que velan por nuestra libertad. Resultan tan imprescindibles como aquellos que velan por nuestra integridad y la de nuestros niños, regulando el acceso que tienen estos a determinados contenidos, o prohibiendo compartir y/o consumir contenidos aberrantes como son los pedófilos.

En la era de la información, la mano que controla los algoritmos digitales en la red de redes es la mano que domina el mundo. Lo único que los navegantes podemos hacer para protegernos es tener un cuidado exquisito a la hora de autorizar la venta de nuestros datos y de aceptar cookies, utilizar un buen antivirus, seguir todas las recomendaciones de buenas prácticas para protegernos de los piratas, y exigir que los algoritmos sean públicos. Queremos saber qué hacen y cómo lo hacen. Como también debemos exigir un control de la veracidad de la información que se difunde, con penalizaciones para el que mienta deliberadamente persiguiendo sus propios fines. La impunidad con la que se tergiversa la información en internet es uno de los principales peligros que acechan a nuestra libertad, auténtico pilar de nuestra democracia.


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