¡Alucina, vecina!, cine de barrio bueno y transgresor al aire libre

Un fotograma de la película ‘Girlhood’.

¿A qué suenan los barrios periféricos de las ciudades? ¿Qué escuchan, de día, de noche, sus habitantes? El programa ‘La Terraza Magnética de La Casa Encendida’ (que ofrece conciertos los viernes) callejea en los suburbios de ocho urbes en un ciclo de cine que proyecta en su azotea los sábados de julio y agosto. Bajo el lema ‘¡Alucina, vecina!’  y con un protagonismo mayoritariamente femenino, las ocho películas seleccionadas cubren los años 80, 90 y la pasada década, y testimonia épocas, estratos sociales, vivencias dichosas, desesperanzadas, nihilistas, siempre cotidianas, matizadas por el humor y la energía vital que desprenden sus personajes. Repasamos uno a uno los filmes, que empezaron a proyectarse el 1 de julio.

Ema, de Pablo Larraín (2019).

Ema comparte con varias de las películas del ciclo de La Casa Encendida la idea de hermandad femenina frente a los hombres. Aunque en el barrio porteño del Valparaíso de 2019 de Ema, las mujeres (a diferencia de las de Girlhood, La vida loca y Greener Grass) manejan su propia libertad. Y sobre esta idea de hermandad, la bailarina protagonista del filme anhela fundar un tipo de familia colectiva, sin lazos exclusivamente amorosos ni legales. El detonante es la devolución del hijo que la bailarina y su marido coreógrafo habían adoptado después de que el niño, de 12 años, quemara la cara de la hermana de ella. Sometida por los remordimientos, quiere recuperarlo (en contra de su nula disposición maternal). Averigua que lo han entregado a un matrimonio y decide conocer a sus miembros por separado y ligar con los dos. Progresivamente va haciendo real la idea de concentrar en una única familia ese matrimonio, a sus amigas, a su marido el coreógrafo y al hijo que va a tener del hombre de aquella pareja. Que lo haga a través de la manipulación, en un juego perverso de egoísmo, es una de las incoherencias de Ema. Larraín, sin embargo, impone en su argumento, sin convencer, la conciliación y la aceptación de ese juego.

Greener Grass, de Jocelyn DeBoer y Dawn Luebbe (2019).

Una mujer regala su bebé a la que supone su amiga. El otro hijo de aquella mujer cae a la piscina familiar y se convierte en perro. La mujer que ha recibido el bebé se introduce un balón de fútbol bajo el vestido y desde ese momento se presenta a los demás como embarazada: poco después da a luz un balón de fútbol. Estas tres situaciones dislocadas marcan la cima del absurdo de esta película satírica sobre el estilo de vida americano (american way of life) que Jocelyn DeBoer y Dawn Luebbe, sus directoras y protagonistas, sitúan en un barrio acomodado estadounidense de casas impolutas de dos plantas, rodeadas de césped y calles sin más tráfico que el de los vehículos de sus habitantes. Hay algo de la literatura disparatada de David Foster Wallace en esta película que convierte en rarezas comportamientos sociales convencionales (un encuentro de vecinos, una fiesta de colegio, una clase de historia o un partido infantil de fútbol). Pero rara vez mueve a la carcajada debido a la mordacidad que emplean las directoras, una mordacidad de cómic, con sus colores chillones, fuertemente contrastados para resaltar la falsa felicidad que viven esas gentes. Si su intención era trazar un retrato de la estupidez humana, la película es un logro.

Sonidos de barrio, de Kleber Mendonça Filho (2012).

Hay dos películas en Sonidos de barrio, el mejor filme del ciclo de La Casa Encendida: una, certera, preciosa, exacta, visible sobre la vida de barrio en unas calles de Recife, en Brasil, y otra angustiosa, amenazante, invisible que va anunciándose sutilmente entre las imágenes de aquella hasta que estalla en los últimos seis minutos del relato en forma de venganza. Kleber Mendonça Filho filma sabiamente la inminencia de esa amenaza: con sonidos (del barrio, pero también extraños, inquietantes, que va emitiendo inadvertidamente), con imágenes (de pesadilla, inexplicadas, fantásticas). Aparentemente nada extraño sucede. Más bien lo contrario. Mendonça logra que a uno le importen las vidas de esos vecinos, a los que filma en su cotidianidad, en las calles, en sus pisos, en relación con los otros, en su intimidad (una madre que fuma a escondidas marihuana, una pareja que se ama, un anciano que se baña de madrugada en el océano, dos niños que reciben una clase de chino en la cocina de su hogar). A su alrededor, la ciudad va mutando y las raras islas de casas bajas están condenadas a la desaparición, sitiadas por rascacielos producto de la especulación, que Mendonça apunta levemente como una consecuencia ineludible del progreso. 

Girlhood, de Céline Sciamma (2014).

Céline Sciamma, como Almodóvar en ¿Qué he hecho yo para merecer esto? y Allison Anders en Mi vida loca, que también proyecta el ciclo de La Casa Encendida, conduce al espectador a un lugar desapacible, sin esperanza. En Girlhood son los barrios de la periferia de París, donde mujeres adolescentes replican los rituales masculinos de violencia y dominación peleando entre ellas. Sometidas por sus padres, sus hermanos, escapan hacia una fugaz felicidad entre las grietas que aprovechan de una vida desocupada: se divierten, cometen pequeños robos, van y vienen de París en tren. A una de ellas, que ha abandonado los estudios, le agota la repetición de esos días ociosos. No quiere trabajar de limpiadora como su madre y acepta la propuesta de un pequeño mafioso del barrio para traficar con droga. Sciamma parece apiadarse de ella: exalta su belleza, le permite el amor con un joven. Pero solo un tiempo contado. La directora la confina, como al resto de mujeres, en esa periferia de un rigorismo violento de hombres cuyas familias descienden de árabes, de africanos. Allí han estratificado un orden social de dominación que se perpetúa, donde ellas ocupan, entre la aquiescencia y la rabia, el estrato inferior.

Selfie, de Agostino Ferrente (2019).

Como cantaban los Sex Pistols, no future. No hay futuro. Ni en los 80, la época de la canción, ni en el presente del barrio Rione Traiano, de Nápoles, donde las opciones para algunos jóvenes se reducen a una detención policial o a la muerte a disparos de colegas camorristas. Otros, como los dos amigos adolescentes del documental Selfie, o trabajan en oficios menores (por el sueldo) o vagan ociosos por las calles degradadas de este enclave napolitano. El director Agostino Ferrente creó para ellos un dispositivo cinematográfico para que rodaran con un móvil, a modo de un selfi en movimiento, una película sobre sí mismos, el suburbio y sus gentes, mientras recordaban a un amigo muerto injustamente en 2014 por disparos de un policía. Ambos recorren en motocicleta las calles de la barriada, uno de los lugares de arraigo de la Camorra, se divierten, se bañan en el mar, comen en la terraza de un bar, pasean mientras se cuentan fantasías de riqueza que solo se cumplen en los sueños, o se encuentran con amigos del muerto, algunos, adolescentes camorristas que disparan al aire sus pistolas. Viven con la conciencia de estar rodeados de un muro que los encierra. Uno de los amigos imagina, como en el poema El infinito de Leopardi que leyeron en la escuela, la infinidad de cosas que habrá más allá de ese muro. “Y si no llego a verlas”, confiesa, “espero que un día mis hijos las vean”.

Style Wars, de Tony Silver y Henry Chalfant (1983).

A principios de los años 70 se produjeron en Nueva York las manifestaciones de lo que en un proceso acelerado de menos de una década configuró la cultura hip hop: jóvenes de clases bajas empezaron a firmar con sus nombres los vagones de metro y en una emulación imparable, otros cientos de escritores, como se llamaban, colonizaron decenas de convoyes y paredes de edificios, enriqueciendo progresivamente sus grafitis con el empleo del color y elaborando formas artísticas. De modo simultáneo, en calles y plazas, otros colegas de estos escritores inventaron un estilo de baile que acabaría denominándose break dancing y una música, o forma musical, rimada, cantada que se llamaría rap. Style wars documenta ejemplarmente este proceso cultural que irradió, fundamentalmente, de Nueva York hacia el resto del mundo y que aún perdura, pero ya sin el carácter primitivo, espontáneo de sus orígenes. Con una envidiable posición moral distanciada, Tony Silver y Henry Chalfant dan voz a los jóvenes, a sus razones y a sus sinrazones (de contestación, de protesta, de diversión, de afirmación), a los políticos que los censuraron, a los trabajadores del metro, a los padres perplejos, y testimonian la absorción de este fenómeno por el sistema artístico de la ciudad, domesticando en ese proceso a los jóvenes rebeldes.

¿Qué he hecho yo para merecer esto?’, de Pedro Almodóvar (1984).

Barrio de La Concepción en 1984. Colmenas edificadas durante el franquismo, a cuyo pie cruza la M-30 como frontera de separación de un Madrid más heterogéneo y otro Madrid de inmigrantes, de obreros, taxistas, limpiadoras, amas de casa, gentes de clases medias y bajas que llegan a duras penas a fin de mes. En ellas concentra Almodóvar todo su almodovarismo de entonces, individualizado en una niña con poderes telequinésicos, en una madre maltratadora, en los clientes excéntricos de una prostituta, en un policía impotente, en una cleptómana escritora, en un dentista pederasta, en un adolescente traficante, en un taxista machista y, en el centro de esta tragicomedia, en una limpiadora toxicómana a fuerza de esnifar pegamento e ingerir anfetaminas. Una transgresión tras otra, fruto de la furia argumental experimentadora del cineasta durante la España posfranquista. Cabe especular (inútilmente) si la censura moral que constriñe hoy (a derecha e izquierda) el país transigiría con la totalidad de esta película. Desde luego, sí con su retrato del machismo (el mismo que el de Sciamma en Girlhood), pero puede dudarse razonablemente que lo hiciera con las escenas del pederasta y del niño que la madre entrega al médico aduciendo que de este modo libera de un gasto a la familia. En medio de este desorden moral, Almodóvar redime en unos planos concretos, expresivos, que revelan el fondo de dolor de su personaje central, a esa madre, desubicada vitalmente, pero incapaz de reconsiderar su propia vida.

Mi vida loca, de Allison Anders (1993).

¿Vio Céline Sciamma esta película de Allison Anders antes de rodar Girlhood? Porque los estratos sociales y humanos de Mi vida loca, el barrio de Echo Park en Los Ángeles, de casas bajas, donde se concentraba una amplia población latina en los años 90 y donde los jóvenes resolvían sus vidas en la marginalidad del tráfico de drogas, son equivalentes a los que Sciamma muestra en su tercera película. Pero la cineasta francesa eleva su relato al patetismo, mientras que Anders optó por el naturalismo: duelen las heridas, pero la aflicción apenas persiste, y sus personajes asumen una condición marginal vivida sin la conciencia de esa marginalidad. Tanto Anders como Sciamma (y también Almodóvar) agrupan a las mujeres para hacer frente a los hombres. “Nunca peleen por un hombre”, dice una de ellas. “Los hombres van y vienen”. Pero son incapaces de desligarse de ellos e imitan sus modos. Y como los personajes de Selfie, también ellas se ven atrapadas en el barrio, donde solo pueden imaginar a sus hijos, cuando tengan 21 años, “presos, lisiados o muertos”.

Programación a partir del 22 de julio

22 de julio: Girlhood, de Céline Sciamma. 2014.

29 de julio: Selfie, de Agostino Ferrente. 2019

5 de agosto: Style Wars, de Tony Silver y Henry Chalfant. 1983

19 de agosto: ¿Qué he hecho yo para merecer esto!, de Pedro Almodóvar. 1984.

26 de agosto: Mi vida loca, de Allison Anders. 1993

Hora: 22.00. Precio: 4 euros. Azotea de La Casa Encendida

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