Alumbramiento en la vía pública
Foto: Pixabay
Llegamos a la cuarta entrega de nuestros ‘Relatos de Agosto’, en colaboración con el Taller de Escritura de Clara Obligado. “Y yo empujé y empujé. Apenas podía ver con claridad lo que estaba ocurriendo en torno a mí, las gotas de sudor resbalaban por mi cara. Solo sentía dolor, y que me estaban desgarrando, o como si alguien me pegara puñetazos en el estómago. Quería que saliera”. Nos queda mucho verano por delante…
Por ESTHER PÉREZ
Nunca pensé que me vería en una situación como aquella, en mitad de la acera, abierta de piernas, sobre un charco de agua tibia, con unos dolores insoportables y rodeada de un cuerpo médico espontáneo concentrado en lo que estaba a punto de abrirse paso entre ellas. Entre contracción y contracción, me acordé de mi madre que, poco antes de morir, me recitó una lista de posibles pretendientes y me recordó que, como no me apurara, sería la solterona de la familia.
—¡Empuje, empuje, mujer!
—¡Un poco más, que ya asoma la cabeza!
Y yo empujé y empujé. Apenas podía ver con claridad lo que estaba ocurriendo en torno a mí, las gotas de sudor resbalaban por mi cara. Solo sentía dolor, y que me estaban desgarrando, o como si alguien me pegara puñetazos en el estómago. Quería que saliera. Los teléfonos sonaban sin parar, el olor de un cigarro se coló entre quienes estaban a mi alrededor, provocándome una enorme náusea, unida al ruido de los coches y de las conversaciones entrecortadas que me llegaban. Miré al señor con gafas ya entrado en años que tenía de rodillas a dos palmos de mi cara.
—¡Deje de mirar ahí abajo y sáquelo!, ¡solo sáquelo! —grité.
Seguí apretando.
—¡Ya sale! —escuché.
Con el último esfuerzo lo expulsé por completo. Un inmenso huevo blanco con pecas pardas rodó por el pavimento al escapársele de las manos a quien llevaba la voz cantante en esto de auxiliarme. Decenas de pies lo sortearon. Y una multitud de ojos siguieron su trayectoria sin moverse del sitio, hasta que una papelera le cortó el camino. Una niña lo agarró y, con delicadeza, me lo acercó y puso frente a mis piernas.
Se hizo el silencio.
La cáscara empezó a quebrarse y, de un orificio en forma de estrella, emergió una cabeza de ojos saltones, cubierta de una baba viscosa y unas cuantas plumas pegadas, a la que siguió un piar. La criatura fue saliendo del huevo, desdoblándose, estirando ahora un brazo, después una pierna, hasta desembarazarse de todos los fragmentos de cáscara, que quedaron desperdigados por ahí.
—¡Es un milagro! —oí decir a una mujer mayor mientras guardaba en el bolso un pedazo de cáscara, tras persignarse.
—¡Con la Iglesia hemos topado!
—¡Roja! —se defendió la primera.
No había salido a mí. Lucía rizos dorados, y una piel sonrosada. Tras acabar de estirarse, se irguió sobre sus patas, abrió los ojos y desplegó una sonrisa a todas las personas que nos rodeaban.
—¡Qué cosita!
—Mirad cómo tiembla, ¡pobre!, ¿tendrá frío?
—Sí, va a tener frío, con la que está cayendo…
—¡Si parece un ángel!
—¿No es una monada? Me recuerda a mi bebé, con la misma alegría vino al mundo…
El retoño se irguió y empezó a desplegar dos alas blancas que, para cuando estuvieron completamente extendidas, me aliviaron del sol de aquel mediodía de agosto.
—¡Déjenle espacio, no le agobien!
Traté de tomarle en brazos, pero se escabulló con rapidez, retrocediendo unos metros en un batir de alas.
—¡Señora, déjele!, ¿no ve que no quiere que le cojan?
—¡Pero que es mi hijo!
—¿Ha visto usted que tiene alas?
—¿Y usted ha visto de dónde ha salido?, ¡lo que me faltaba por oír!
Mi retoño hizo un intento de aleteo que apenas le levantó del suelo un palmo. Con el segundo consiguió posarse sobre la cabeza de uno de los mirones, arrancando sonrisas y algún que otro aplauso. Logró mantenerse unos segundos en su atalaya, hasta que perdió el equilibrio, rodando por la espalda de aquel poste improvisado.
—¡Oooooh! —se escuchó al unísono.
—¡A casa! —le voceé.
El pequeño emitió un trino como respuesta, al que siguió un caminar patoso y descoordinado en mi dirección, con la cabeza gacha.
—¡Se acabó la fiesta!, que este chiquitín tendrá hambre —recriminé a todos, haciendo un gesto con los brazos para que fueran abriendo el corrillo.
La multitud se fue marchando, los más reticentes previo selfi con mi pequeño, hasta que en la acera solo quedamos los dos. El último en irse fue el hombre mayor que me atendió en el parto.
—¡Señora, enhorabuena! Espero que todo vaya bien y que el chiquitín crezca sano y fuerte.
—Seguro que sí, muchas gracias por ocuparse de los dos.
Ya a solas, nos miramos.
—¡Qué voy a hacer contigo!
Un gorgorito como respuesta.
No me costó demasiado reponerme del esfuerzo, me incorporé, recogí las bolsas con la compra, y le tomé en brazos como pude, cuidando de no lastimarle sus alas.
Para cuando llegué al portal ya había tomado la decisión, le llamaría Gabriel, en honor al que podría haber sido su padre si hace años hubiera pasado de la primera cita. Un muchacho del pueblo rubio como el trigo que, con razón, ocupaba una posición preferente en la lista de mi difunta madre.
El taller de escritura creativa de Clara Obligado nació en 1980 en Madrid. Desde entonces, ha acompañado el proceso creativo de personas interesadas en la literatura a todos los niveles. Para algunos ha sido un lugar en el que compartir y aprender literatura; para otros, una puerta hacia la publicación, hacia la escritura profesional, o simplemente un punto de encuentro en torno a los libros.



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