Amapola, debería arrancarte, pero no puedo

Amapola, debería arrancarte, pero no puedo

Foto: Pixabay.

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Las dudas de una joven jardinera ante una amapola. Nuestra serie de verano ‘El viaje de las heroínas’ nos trae un nuevo relato, en colaboración con el Taller de Escritura de Clara Obligado. Y van 10.

«Para él todos los hierbajos eran flores» ( ‘Recuerdos de un jardinero inglés’, Reginald Arkell)

POR PALOMA GÓMEZ CRESPO 

Debería arrancarla. Cuatro pétalos rojos se elevan aventureros sobre un parterre de prímulas y petunias en descuido ordenado. Ni una mata invasora debe estropear el conjunto. Esas han sido las órdenes que la joven ha recibido del jardinero jefe. Lleva todo el día quitando a tirones los dientes de león, que esta primavera han florecido temprano y en masa. Cosas del cambio climático; así que atenta a las amapolas, le ha advertido él.

Tengo que arrancarte, pero eres tan roja.

Se quita un guante. Sus dedos de ébano rozan los pétalos, tan suaves. Después se deslizan hacia abajo, en busca de ese punto donde el tirón es fatal, pero se retiran en el último momento. Entre los sauces, el jugueteo del sol arranca destellos cobrizos a sus mejillas. Mira a su alrededor. Hace unos minutos que ya no oye el silbato que anuncia el cierre del parque. Recoge las herramientas y decide que la amapola puede esperar.

Las últimas en salir son ella y las gaviotas, que se reagrupan sobre el estanque para volar hacia las afueras. Ella también amplía las zancadas; todavía le queda un trecho hasta llegar a la estación. Por el camino, se cruza de acera para no pasar delante de la terraza donde mujeres y hombres elegantes apuran un cóctel. No le gusta que arruguen la nariz a su paso impregnado de abono, ni sentir cómo se concentran en sus conversaciones, como si ella y ese olor no existieran. Le gustaría tener esa capacidad de aislarse, no sentir sobre la piel el siseo de los viejos de la plaza, el concierto de bastones que golpean la acera al ritmo de su paso hasta que entra en la estación.

Ya casi es de noche cuando llega a casa, la última torre junto al vertedero. Tararea para no oír cómo las ratas huyen de las gaviotas que llegaron antes que ella. Frente al portal, contempla las colinas de las antiguas escombreras. Entre la masa amarilla de dientes de león, las primeras amapolas se funden con el ocaso.

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