Ana Torrent: “Lucho cada día para no perder aquella mirada de niña”

Ana Torrent: “Lucho cada día para no perder aquella mirada de niña”

La actriz Ana Torrent. Foto: Paco Navarro.

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Ana Torrent (Madrid, 1966) no es una actriz de vocación; de hecho, es lo último a lo que se hubiese dedicado. Su enorme timidez y su carácter introvertido jugaban en su contra. Sus padres, alejados del mundo artístico, tampoco auguraban la prolífica carrera que tendría su pequeña hija de mirada inocente. Tras una temporada intensa en el teatro, ahora podemos volver a verla en el cine en la nueva película de Isabel Coixet, ‘Nieva en Benidorm’. “Nos falta buscar esa belleza en las mujeres de diferentes edades, parece como que todo gira alrededor de los cánones, bellezas… Si hubiera más miradas femeninas, libres y reivindicativas, como la de Isabel Coixet, habría más historias interesantes”.

Su carrera se inició cuando Víctor Erice, en una visita al colegio para hacer una prueba de casting, descubrió que por los ojos de aquella niña pasaba todo lo que él quería contar en su nueva película, El espíritu de la colmena (1973), una de las grandes obras del cine español. Con los años, esa mirada, y su característico lunar cercano a la comisura del labio, ocuparían un lugar destacado en la iconografía del séptimo arte.

Su historia es la del hallazgo de una actriz improvisada que tuvo que decidir si el camino que habían elegido para ella era el correcto. Para poder transitarlo, tuvo que hacer frente a sus inseguridades y miedos. El cine fue su escuela. Allí contó con maestros como Carlos Saura que le sirvieron de guía en su edad temprana. Años más tarde, un joven Alejandro Amenábar se consagraría con Tesis (1996), y lo haría con una Ana Torrent ya adulta encabezando el reparto. Así, la cámara se convirtió en su aliada. Pero en el teatro encontraría su nuevo hogar. En él se refugia muchas tardes. Sobre todo ahora, en estos tiempos de pandemia, en los que vivir otra realidad menos distópica que la real es una especie de salvación.

Ahora, desde el 11 de diciembre, podemos verla en cines interpretando a Lucy en Nieva en Benidorm, la nueva película de Isabel Coixet. Un personaje parco en palabras, incomprendido, cuya sugerente mirada denota, una vez más, una revelación. 

Tu personaje en la película, Lucy, es una mujer enigmática, ¿qué misterio guarda?

Lucy guarda muchos misterios. Tiene un pasado oculto, marcado por algunos problemas familiares. Es una mujer religiosa, que cree en ciertas ritualidades, no habla, es callada, misteriosa. Pero su misterio más grande es su amor por Alex (Sarita Choudhury), el cual lleva en secreto.

Parece como si fuese invisible para el resto…

Totalmente, la película habla de la capacidad de ver al otro, de cómo miras a los demás y cómo te miran a ti. Y quién te ve de verdad. Quién mira dentro de ti y te descubre. Creo que en ese sentido, mi personaje es esa persona a la que no ven. Los demás, en cambio, son distintos. Alex consigue sacar el lado más desconocido de ese hombre aparentemente gris (Peter) y él ve en ella algo más que esa mujer atractiva que vive de noche. Creo que la mirada es muy importante. En una entrevista, Thimothy Spall (que da vida a Peter, el protagonista) decía que no llegamos a ser alguien hasta que nos ven de verdad. Y esa es una verdad. Que se adentren en el interior, más allá de los estereotipos o la edad. Y por contraste, mi personaje es esa persona a la que nadie consigue ver.

La película es también una oda a la madurez, a esa vitalidad que el paso del tiempo no consigue desgastar, ¿hay una reivindicación implícita ahí?

Yo creo que sí, la película habla mucho de las segundas oportunidades y de cómo las cosas en la vida pueden llegar cuando menos te lo esperas, y a cualquier edad. Y desde luego, el amor no entiende de edades, y la belleza habita en cualquier lugar y en cualquier momento. Creo que hay una clara reivindicación de eso en la película. Quizá otro director hubiese puesto a una pareja más joven, y creo que es importante reivindicar esa belleza y ese amor que se encuentra en la madurez. Hay muchas formas de buscar la belleza. Creo que Isabel (Coixet) es una cineasta que siempre intenta encontrar otro tipo de belleza, otro tipo de amor posible. Busca la belleza en lugares que se salen de los cánones normales o estereotipos que tenemos asumidos en la vida. Y ella lo hace porque cree en ello.

De igual forma, vemos una imagen de Benidorm que se aleja del estereotipo, de esa ciudad de borrachera y desenfreno, y nos muestra una ciudad que tiene mucha belleza. Ese Benidorm en el que veraneaba Silvia Plath.

Te muestra ese Benidorm y también esa otra belleza que se puede encontrar allí. Benidorm es una ciudad que tiene esa etiqueta, pero luego, cuando pasa el verano, hay gente que vive allí y que habita en otra ciudad que no conocemos tanto. Todos los lugares tienen su belleza, al igual que estos personajes que allí viven. Hay un ritmo de la ciudad distinto, más pausado, donde emergen otro tipo de historias… Es esperanzador pensar que en cualquier parte del mundo podemos vivir experiencias increíbles. Y eso es lo bonito de la vida, la capacidad de sorprendernos y que no todo esté escrito. La lectura que yo saco es que se puede encontrar belleza en cualquier sitio y a cualquier edad.

Y hablando de edad, ¿es más complicado conseguir un papel femenino protagonista cuando se alcanza unos determinados años?

Quizá en teatro menos, pero la pantalla es muy cruel con las mujeres porque en cuanto la belleza es atípica, no te llaman tanto. Nos falta buscar esa belleza en las mujeres de diferentes edades, parece como que todo gira alrededor de los cánones, bellezas… y eso lo que consigue es que haya menos historias de mujeres interesantes. Las encuentras, pero creo que mucho menos. Hace unos años, la gran mayoría de actrices que superaban los 50 tenían muchos más guiones encima de la mesa que ahora.

¿Por qué ocurre esto?

No sabría decirte, lo que sí sé es que si hubiera más miradas femeninas, libres y reivindicativas, como puede ser la de Isabel Coixet, habría más historias interesantes. Sin ir más lejos, veo a mis amigas y en ellas encuentro historias maravillosas. Es apasionante escuchar todo lo que han vivido… sus dramas, sus risas, su todo. Y es un mundo que, por desgracia, se explora muy poco. Aunque creo que poco a poco va cambiando, quiero pensarlo. En televisión sí que hay más papeles protagonistas femeninos de una edad más avanzada.

Cambiando de tema, ¿cómo estás viviendo estos tiempos de pandemia?

No quiero decir… Bueno, por qué no… voy a decirlo: No lo estoy pasando bien, no he sido feliz durante estos meses ni lo soy ahora mismo. No estoy como antes, no me gusta esta vida, no me gusta lo que está pasando. He pasado momentos malos, de mucho bajón y de angustia. No ha sido apetecible para nadie. Hay veces que parece que tenemos que estar muy alegres y decir que no pasa nada y que todo es maravilloso. Pero quiero pensar que vamos viendo la luz y que hay que tener paciencia. Soy optimista en ese sentido. Dentro de todo el horror, creo que esto se va a acabar pronto, o por lo menos va a ir a mejor. Psicológicamente está siendo difícil. Hoy he ido a ver a mi familia…, vas con la cara tapada con la mascarilla… Hemos hablado de la Navidad, de lo que va a pasar. No sabes si vas a poder ver y abrazar a los tuyos… y es deprimente. Y en ese rato nos hemos reído, es lo que nos queda, hacer lo posible por reír y estar bien junto a tus seres queridos.

¿Hay algo que te haya reconfortado?

El trabajo, poder hacer teatro y salir de casa. Y ha sido rarísimo porque sales de la función y te vas a casa, los amigos muchas veces ni te esperan porque ya llega la hora del toque de queda y hay que marcharse… Es todo muy raro. Las relaciones son raras. Noto que la vida no la estamos disfrutando igual por el miedo de que esto te pueda atacar en cualquier momento. Y lo peor es que no sabemos cuánto tiempo nos queda, si van a ser seis meses más o un año… Dicen que será como una gripe más que conviviremos con ella. No lo sé. Lo bueno es que hay más tranquilidad ahora, ha remitido un poco la angustia de la pesadilla que vivimos en febrero. Lo peor lo vivimos y ahora hay que aguantar el tirón. Yo tengo la esperanza de que esto acabe con la llegada de la primavera.

Y respecto a la delicada situación de la cultura, ¿hay esperanzas también? ¿Te sumas a las reivindicaciones?

Creo que cualquier persona de cualquier sector reivindica lo suyo, como es lógico. Pero el sector cultural lo sufre aun más si cabe esta crisis. Otras profesiones se han podido adaptar mejor, pero la nuestra es complicado. Y no solo lo sufrimos los actores, también hay técnicos y miles de personas que organizan conciertos, galas, festivales… La cultura da de comer a mucha gente, gente que lleva mucho sin trabajar y a la que hay que apoyar. Tener trabajo ahora mismo es muy agradecido. Por eso son tan importantes las reivindicaciones.

Además, los actores tenemos un trabajo de riesgo también. Nosotros, junto a los deportistas de élite, somos los únicos que trabajamos sin mascarilla. Ahora se está haciendo todo lo posible para que se controlen las medidas sanitarias, pero es muy complicado porque garantía total no la tiene nadie. Hay que ayudar a los teatros para que se trabaje con garantías, tiene que haber un apoyo institucional porque, si no, no podemos trabajar. Reducir el aforo es una medida necesaria, pero nos tenemos que dar cuenta de que eso afecta a la venta de entradas, a la economía, con lo cual, cualquier ayuda es necesaria.

Recientemente te hemos podido ver en teatro con ‘Todas las noches de un día’, o ‘Ricardo III’ de Shakespeare, ¿qué significa para ti el teatro?

Durante muchos años dediqué mi carrera al cine. Hasta hace no mucho no conocía lo que era hacer teatro, y en los últimos años he encontrado personajes y proyectos que me han enriquecido muchísimo. Quería conocerlo y aprender. Y ahora es muy importante para mí, me parece que me ha dado mucha libertad. Me ha permitido volar. El teatro tiene algo mágico…, cuando se levanta el telón la obra es tuya. Es otro lenguaje. Tienes que ser capaz de conectar con el público y hacer ese viaje con ellos, transitar por ese imaginario. Yo me preparo un papel en casa, pero hasta que no te subes al escenario el día del estreno no descubres a tu personaje de verdad… El cine lo tengo más interiorizado porque lo he vivido desde niña, pero el teatro es como un refugio. En realidad, interpretar es eso, huir de ti y meterte en otra persona. Es como vivir un sueño. Otra vida. Es muy emocionante.

Desde el escenario, ¿notas cuando conectas con el público?

Sí, es una burrada. Hay días que lo notas más y otros días menos. Y esos días en los que notas que el público está presente, la obra es distinta. Hay como una energía que fluye entre el público y los actores, y eso va haciendo también la función. Tú llegas con lo que puedas aportar ese día y te metes en el personaje y en la historia, y hay veces que la energía te acompaña y eso se siente.

Y el cine que tanto te ha dado: ‘Cría cuervos’, ‘El espíritu de la colmena’, ‘Tesis’… todas películas irrepetibles, ¿sientes nostalgia por aquella época dorada?

La verdad que sí… Ahora hay un tipo de cine más comercial que tiene mucha más presencia. Y el cine de autor tenía más relevancia antes que ahora. Ahora es más complicado hacer películas como El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973), porque el consumo de cultura ha cambiado debido, en parte, al nacimiento de nuevas plataformas. Los que ponen el dinero ya no son los mismos. Ya no hay productores como Elías Querejeta que presten atención y descubran ese tipo de proyectos. De todas formas, sigue existiendo, lo que pasa es que ahora las películas pequeñas de autor circulan por festivales más que por salas. Están hechas para gente que sabe buscarlas y apreciarlas. Hoy, El espíritu de la colmena estaría en una sala unos pocos días. Cada época tiene sus cosas y hay que adaptarse.

¿Con qué película de autor te quedarías de los últimos tiempos?

Verano, 1993 (Carla Simón, 2017) es una maravilla. Tan bonita, tan cuidada, tan bien hecha.

Debo decirte que la niña protagonista me recuerda mucho a ti de niña.

Es un halago increíble. Si algún día me encuentro a la directora, le tengo que preguntar cómo consiguió que la niña hiciese ese plano final. Cuando lo vi no me lo podía creer. Porque no hay cortes de cámara. Y la autora (Carla Simón) tiene una voz propia muy particular. Este es un ejemplo de cine de autor maravilloso. Pero pasa lo mismo si hablas de Magical Girl (Carlos Vermut, 2014). También me encantó, que vi hace poco, El caballo de Turín (2011), de Bela Tarr. Apenas hay diálogos, pero te hipnotiza. Por eso, si dependemos de criterios comerciales esas se quedan fuera, y es una pena. También hay menos salas de cine y eso también dificulta que se puedan exhibir.

En alguna ocasión te he escuchado decir que a tu padre le preocupaba que perdieras la infancia, ¿te hubiese gustado vivir una infancia diferente a la que viviste, una niñez alejada del foco?

No lo sé, porque es la que tuve. (Risas). La verdad es que nunca podré saber qué hubiera pasado si Víctor Erice no me hubiese sacado aquel día de la escuela y me hubiese puesto delante de una cámara por primera vez. Desde luego, lo que tengo claro es que nunca me hubiese dedicado a esto porque yo era una niña muy tímida, muy introvertida, muy callada… Y creo que por mi naturaleza nunca hubiera salido de mí querer ser actriz. En las obras del colegio no quería participar, me moría de vergüenza. No soy de ese tipo de actrices que ya destacaban y mostraban su vocación desde pequeñas. Yo lo que quería era pasar desapercibida y que nadie me mirase. Sólo con decir algo en voz alta ya me temblaban hasta las piernas. Jamás hubiese elegido una profesión como la de actriz.

Tampoco vienes de una familia de tradición artística.

Claro, nada. Mi familia era de esas que te estaban todo el día mirando con lupa. Y si hubiera sido más feliz… No lo tengo claro.

¿Te costó enamorarte de la profesión?

Un poco… No fue del todo fácil. Viví momentos de desencanto de pequeña, pero eso es normal, porque no lo había elegido. Hubo un tiempo donde tuve mucha repercusión y tenía miedo a que me reconocieran por la calle. Luego el acoso de la prensa…, ahí me planteé dejar de actuar. Imagínate: estaba veraneando y de repente se llenaba mi urbanización de periodistas. O cuando tenía 17 o 18 años y sales con tus amigos y todo el mundo te reconoce… Eso lo llevaba muy mal. Y hubo un momento en el que tuve que meditar si de verdad me quería dedicar a esto. Y más tarde, una vez que me encontré con la profesión, también he tenido momentos de duda. Sobre todo cuando las cosas no han ido como yo esperaba. O cuando no he estado contenta con algunos proyectos o, directamente, por falta de ellos. Sí que a veces tienes miedo. Pero mira…, ahora mismo, hablando contigo, te puedo decir que no me dedicaría a otra cosa. Lo viviría todo otra vez. ¡Y claro que me he enamorado de la profesión y voy a estar enamorada siempre de ella! De hecho, creo que ahora, y lo digo sinceramente, disfruto más que hace 15 años.

¿Por qué?

Quizá porque me he ido sintiendo más segura de lo que estoy haciendo. Lo controlo todo más. Entonces, cuando empiezas a dejar a un lado los miedos y las inseguridades, es cuando puedes jugar más libremente. Pienso que tiene que ver con eso. O quizá también es la edad, que te hace decir que hay que disfrutar más y pasar de todo lo que te afecta.

¿Qué es lo que más te afecta?

Los nervios, es lo que peor llevo a veces, lo llegas a pasar mal. Los nervios siempre viven dentro de un actor; sin embargo, cuando disfrutas con un personaje y te pones a jugar, todo lo demás se olvida. Es el precio que hay que pagar por obtener ese goce y ese placer en nuestro maravilloso trabajo.

¿Cuánto queda de esa ingenua mirada de aquella niña que hizo ‘El espíritu de la colmena’?

Me gustaría pensar que algo queda, porque si algo tiene un niño es mucha verdad, y eso es algo que los actores buscamos constantemente. Para interpretar, hay que volver a ser niños. Al igual que un niño, un actor nunca debe cansarse de jugar. Y esa mirada era una mirada honesta, curiosa, que miraba el mundo que la rodeaba y se empapaba de él. Una mirada que parecía que jamás perdería la capacidad de sorprenderse… y creo que no la he perdido del todo, la verdad es que no me gustaría perderla nunca. Lucho cada día de mi vida para que eso no pase.


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