Anabel Alonso: “La mujer empieza a romperse con la maternidad”
Anabel Alonso, en ‘La mujer rota’. Foto: Javier Naval.
Al leer “Anabel Alonso cambia de registro”, pensamos de inmediato qué habrá sido de aquel talante díscolo, reivindicativo y peleón, cuando en realidad esa variante anunciada es un proyecto profesional en forma de monólogo, subida a un escenario con el público sentado a escasos metros. Representar ‘La mujer rota’, de Simone de Beauvoir, no le aleja de su militancia personal tan feminista. De ahí que lidiar con un soliloquio de hora y veinte minutos en escena sea su forma de avisarnos: la lucha continúa. Hablamos con ella.
La actriz Anabel Alonso ha sido desde siempre una mujer “sin pelos en la lengua”. Hubo un tiempo, cercano, en el que la temperatura de su sangre ascendía hasta el hervor ante disparatadas injusticias. La actriz levantaba la voz a través de sus redes sociales dejando muy claro en qué lado de la historia se encontraba. A los que coincidíamos con ella, nos alegraba que pusiera el alcance de su voz a disposición de tantas causas justas. Otros, molestos o simplemente ofendiditos, rebatían sus dichos ligeramente alterados. Y, por último, los de pensamiento único y extremo, insolidario y desnortado, sacaban la peor artillería para atacar a la actriz con una inquina desmedida, siempre atrincherados en la cobardía del anonimato. Decir cansinos es quedarnos muy escasos.
“¡Imbéciles! Corrí las cortinas, la luz idiota de los faroles de Navidad no entran en el departamento, pero los ruidos atraviesan la pared”. Son las primeras palabras de una historia centrada en Nochevieja, escritas por la filósofa, pensadora, maestra y escritora francesa feminista en 1967.
Estará más que contenta con este texto, por un montón de razones.
Estoy fascinada por la historia, por la autora y por ser la primera vez que se lleva al teatro; por el personaje de Murielle y por permitirme esta incursión en otro género, alejado de la comedia, el género que parece estar asociado conmigo para siempre. Feliz con el resultado, igual que Heidi (Heidi Steinhardt), que como directora ha creado este universo alrededor de Murielle junto al resto del equipo. Es un texto que no se escribió para teatro. No tiene acotaciones, ni se describe el espacio ni a la protagonista. Todo ha sido inventado. Por un lado, dices: qué bien, qué libertad, y, por otro lado, te preguntas: ¿por dónde le meto yo a esto el diente? Estrenamos en el Teatro Arriaga de Bilbao y después fuimos al Festival Internacional de Teatro de Vitoria. La acogida ha sido muy buena.
Escrito en 1967, seguro que aborda problemas que podrían haber sucedido hace una hora.
Ocurre que por un lado hemos dado pasos de gigante respecto a la situación de la mujer, no sólo en Francia o en España. Por otro, siempre seguiremos siendo el segundo sexo. A mí lo que más me gusta de Simone de Beauvoir es que plantea interrogantes y contradicciones porque no hay verdades absolutas. Le ocurre a Murielle; por un lado quiere reivindicarse; por otro, busca encajar en la sociedad cumpliendo lo que se espera de ella: que sea la mejor hija, la mejor madre y la mejor esposa. Las mujeres todavía nos dedicamos a cuidar. Si fallas ahí, te conviertes en la peor madre, la peor hija y la peor esposa.
¿Cómo se rompe una mujer, Anabel? ¿Por dónde somos más frágiles?
En el caso de Murielle, y en el mío, desde que soy madre, yo creo que precisamente por la maternidad. No digo que se cumpla en el cien por cien de las mujeres, pero casi. Por ahí empieza la grieta y puede ser muy profunda.
Dicen que tener hijos es como poner una olla al fuego sin poder apagar jamás la llama.
Nunca se apaga ese fuego, da igual el tiempo que pase. Mi madre murió en 2023 y su mayor preocupación era pensar que me dejaba sola en el mundo. Y no es una cuestión de fragilidad, ¡todo lo contrario! Se trata de sensibilidad y un exceso de responsabilidad. Para ser madre hay que tener la fuerza de un batallón de artillería. Pero los hijos son nuestro talón de Aquiles. Por muy felices que seamos, es por donde se cuela el dolor más profundo. El dolor, el miedo, la incertidumbre…
En una de sus redes sociales veo un escrito precisamente de Simone de Beauvoir. “No olvidéis nunca que bastará con una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres se vuelvan a poner en cuestión. Estos derechos nunca son adquiridos. Tenéis que estar alerta toda la vida”. Muchas ollas al fuego.
Siempre. Y a la vista está. Sea donde sea, somos las primeras víctimas, y no me estoy trasladando a Afganistán, que ya es el colmo. Un ejemplo: ¿peligra la ley del aborto? Esa votación de los partidos políticos madrileños sobre el disparate de la supuesta información sobre el supuesto síndrome post aborto en las mujeres es terrible. Igual los despidos, cuando hay ajustes económicos en las empresas, o los techos de cristal. Siempre seremos las segundas, por no decir las últimas.

Anabel Alonso en una escena de ‘La mujer rota’. Foto: Javier Naval.
¿A favor o en contra de las cuotas?
Clarísimo: o se ponen cuotas o nos quedamos a verlas venir. Me van a permitir que reivindique mi derecho a la mediocridad. ¿Por qué se nos exige la excelencia? ¿Por qué se nos mide por un rasero mucho más exigente? Resulta que tenemos que ser más inteligentes para llegar aquí o allá. Un director de cine puede hacer una película pésima, pero, ay de una pobre directora si el trabajo no es buenísimo. ¿Tenemos que ser cerebritos en todo?
De ahí tantas mujeres satisfechas con la meritocracia, las llamadas abejas reinas. Un síndrome que padecen muchas ejecutivas, por ejemplo, convencidas de que si ellas están en lo más alto, las demás también podemos llegar.
Esa es otra, ¡qué forma de conseguir que confrontemos! Pienso también en El diablo viste de Prada, y ese tipo de mujer dominante que no va a consentir que nadie le haga sombra, especialmente otra mujer. ¡Será por tipos déspotas! Esto lo he dicho más de una vez; es casi un tópico. Todo lo que en el hombre es admirable, en la mujer es vergonzante. La ambición, la dedicación al trabajo, el espíritu de superación, ser estrictos, hasta la mala leche. No, no, no. Me niego a que por un lado esté la Dama de Hierro y, por otro, el dirigente impecable.
¿Cómo te va el asunto de la conciliación ahora que estás con viajes y funciones?
Bueno, bastante más liada. Porque esa es otra. La conciliación no existe. Nos hemos metido en el mercado laboral sin abandonar la carga familiar. Luego, como todo, cuando tienes ciertos posibles, pues lo llevas mejor. En las giras, al tener la suerte de que la directora es mi mujer, nos hemos llevado al niño y a la persona que nos ayuda a cuidarlo. No es, por desgracia, el caso de la mayoría de las madres.
Anabel Alonso conoció a su esposa, la dramaturga argentina Heidi Steinhardt, en 2013, durante la representación de la obra de teatro Lastres, donde Anabel actuaba y Heidi dirigía. Se casaron en 2020 y ese mismo año nació su hijo Ígor.
Por desgracia, bien dicho.
En el 90% de los hogares, una de las dos tendría que quedarse en casa. Es muy complicado conciliar, porque no lo ponen fácil. Luego dicen que hay que subir el índice de natalidad. ¡Pero si los jóvenes no pueden ni tener casa propia, pobrecitos míos!
Pros y contras de trabajar con la pareja.
En nuestro caso lo mejor es que nos conocimos trabajando. De ahí surgió la admiración y de la admiración, el enamoramiento. Todo de la manera más natural. Quizá si hubiéramos estado primero juntas y luego trabajando, habría sido distinto. Porque aquí el orden de los factores sí que altera el producto. Está siendo una gozada, ella es exigente y eso es bueno. Ya se sabe que la confianza da asco, pero al conocernos bien sabemos lo que también podemos consentirnos la una a la otra. La verdad es que está siendo un disfrute total.
A veces me pregunto cómo veis al público desde el escenario. Seguro que las mujeres y los hombres no reaccionan igual.
Generalmente, y no me refiero solo a este espectáculo, la mujer es más expresiva, se ríe más y llora más, se desinhibe con más facilidad. Es más escandalosa. Hemos hecho todavía muy pocas funciones, cuatro, para hablar de la interacción. Ojalá que cuando veas la función sientas que el texto te llega porque es una verdadera avalancha de verborrea que deja al público como…
¿Como sin capacidad de reacción?
¡Exacto! Yo cuando no oigo ni una tos ni un culo que se mueve, cuando no hay respuesta sonora, me digo: “Ahí están, ahí los tengo”.
Un monólogo. La actriz sola ante el peligro.
Es muchísimo más duro, a todo nivel. No solo porque tu compañero te hace el 50% del trabajo, y no me refiero al texto. Es una hora y veinte minutos en los que tú solita en escena tienes que mantener la atención del público sin que la cosa decaiga. En funciones con compañeros, hay entradas, salidas, personajes distintos y situaciones de refresco. Imagina que tienes un blanco (ese momento de pánico en que el actor o la actriz olvidan su diálogo)… Si estoy sola, es un ¡tierra, trágame! De otra manera, el compañero te saca del apuro. Un ejemplo: “¿No querría usted decirme que su padre va a llegar tarde, verdad?”. Y yo respondo: “Sí, justo eso”. (Risas). El texto de La mujer rota es complicado. Como muy en bucle. Yo llamo a este espectáculo un crossfit actoral. Puede que sea lo más exigente que haya hecho hasta ahora.
¿Seguro que es la primera vez que no haces comedia?
Hice La Celestina, que no es exactamente una comedia, pero los clásicos son otra cosa. La mujer rota es un drama con muchas peculiaridades, con pinceladas de varios géneros.
Se te echa de menos en redes. ¿Qué ha pasado?
Pues, mira, me he hartado de la impunidad y del anonimato. Yo hasta que la gente no vaya con la carita por delante, como voy yo, paso. ¿Qué es eso de que cualquiera pueda insultar, inventar, crear bulos, amenazar, denostar, escondido detrás de un florero? A mí me pilla en una edad en la que me da bastante igual, que ni un roce me han hecho en el parachoques, ¿entiendes? Pero no me da la gana alimentar la mala baba de una panda de cobardes. O das la cara o no te mereces ni los dos minutos que tardo en contestarte, ¡tontolaba!
La obra se sitúa en un 31 de diciembre. Murielle es una mujer que lidia con la soledad y con la pérdida. ¿Qué tal se te dan a ti las Navidades?
Desde que está el pequeño en casa, muchísimo mejor. Esas fiestas tienen mucho más sentido cuando hay niños.
‘La mujer rota’ se representa en el Teatro Infanta Isabel de Madrid hasta el 16 de noviembre.



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