Año Internacional para la Erradicación del Trabajo Infantil, ¿avanzaremos algo?

Año Internacional para la Erradicación del Trabajo Infantil, ¿avanzaremos algo?

Ilustración: PIxabay.

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El año 2021 es el Año Internacional para la Erradicación de la Pobreza y el Trabajo Infantil , un tema en el que se lleva luchando mucho tiempo y que, si bien ha disminuido un 38% en los últimos 20 años, lo cierto es que las condiciones pandémicas muestran un panorama más crudo de lo esperado. El asunto en sí puede parecer un tema lejano para un país Estado miembro de la Unión Europea, pero España esconde más desigualdad de la que podemos observar a simple vista. Y la pandemia ha dejado expuestas muchas hirientes costuras de nuestro supuesto ‘Estado del Bienestar’.

Si nos paramos a pensar un poco, recordaremos que fue la situación pandémica la que evidenció la brecha digital (brecha social) entre los escolares del país. Por otro lado, en la actualidad casi 2.000 niños carecen de electricidad en la Cañada Real, por lo que muchos sufren afecciones de salud a causa del frío; un asunto que debería ser portada de todos los medios porque es para echarnos las manos a la cabeza, pero rápidamente surgen estigmatizaciones sobre las personas que viven alli. En Twitter puede leerse cómo se justifica esta forma de maltrato infantil y dejadez de derechos humanos mediante la generalización, asignando el adjetivo “delincuente” a toda persona del asentamiento ilegal más grande de Europa (ilegal sí, como miles de chalets y complejos hosteleros construidos en línea de costa). Como si pobreza y delincuencia fueran sinónimos; de pronto, que niños y niñas acaben en urgencias por afecciones de salud derivadas de hipotermia parece que no es un tema tan grave si proceden de la Cañada Real.

Otra cara que nos ha mostrado la pandemia es la polarización de la sociedad a todos los niveles; el político y el ideológico los vemos en las redes sociales y los titulares. Pero además asistimos a la polarización económica, que se acentuará cada vez más, porque frente a la gente que está aumentando su capacidad de ahorro al no poder salir y viajar y que se lanzará hacia unos locos años 20 de derroche y lujuria, según vaticina Nicholas Christakis, investigador social estadounidense considerado por la revista Time una de las personas más influyentes del mundo, hay otro enorme grupo de personas: las que pasarán de los ERTE a los ERE o al paro, y que no podrán llevar a cabo ese desenfreno, sino que se verán en condiciones muy precarias. El derroche y los viajes volverán a suponer un abuso de los recursos planetarios y las consecuencias también se pagarán de forma desigual.

Estas polarizaciones sociales llegan a ser tan exageradas en todos los niveles que rozan incluso el absurdo, al enfrentar lo material a la vida. Mientras que la vacuna no llega a los países en desarrollo, Europa se permite debatir si un pasaporte de salud será lo mejor para incentivar el turismo. El ocio frente a la vida misma. Se argumentará que es por salvar la economía; de la misma manera que hubo que salvar la Navidad y ahora nos encontramos inmersos en una tercera ola de una viralidad insufrible.

Pero volvamos al principio: el trabajo infantil. ¿Cómo le afecta la crisis sanitaria y planetaria? Mucha gente quedará sumida en una profunda crisis económica, que, aunque sea general, bien sabido es que, como todo, no afecta igual a toda la sociedad. Las anteriores crisis económicas han impulsado el crecimiento del empleo informal, ya que los despedidos del trabajo formal buscan cualquier fuente alternativa de ingresos. A estos trabajos informales se incorpora con mucha frecuencia el trabajo infantil; niñas y niños ayudan a la economía familiar de forma sumergida y en muchos países se incorporan a las fábricas como trabajadores no cualificados.

En España, miles de niños y niñas ayudan a sus familias tras las jornadas escolares, por ejemplo en recogida de cartón o chatarra, o en cultivos familiares. Y no todos son hijos de inmigrantes o de etnia gitana, como si estos dos casos, además, pudieran ser atenuantes de la gravedad del asunto. No hay datos, claro, porque el trabajo infantil está prohibido y se esconden, pero existe, igual que existe la economía sumergida. Por si os sirve de dato, os diré que muchos de estos niños y niñas han sido alumnos míos en Primaria.

La OIT (Organización Internacional del Trabajo) estima que hay 152 millones de niños que realizan trabajo infantil, 73 millones de los cuales llevan a cabo trabajos peligrosos. El 70% de todo el trabajo infantil tiene lugar en el sector agrícola y obedece principalmente a situaciones de pobreza y a las dificultades de los padres para encontrar un empleo decente. Según la ONU, si ante esta pandemia no se toman medidas de protección social, factores como el cierre de escuelas, la muerte de padres y madres, la reducción de remesas, la falta de trabajo en general y el aumento de las labores informales, dejarán a millones de niños en el mundo expuestos a la explotación, la trata de personas y el trabajo forzado.

Para Louise Shelley, profesora de Políticas Públicas de la Universidad de George Mason (Virginia, EE UU), la esclavitud sexual de niños y niñas es, además, un delito que no deja de crecer. Para la profesora, autora de Human Trafficking: A Global Perspective, la trata afecta prácticamente a todos los países. Asimismo, la revista National Geographic habla en su edición impresa de enero de un aumento exponencial del número de víctimas, a la vez que hace referencia a la dificultad que entraña detectar la prostitución infantil en su artículo Vidas Robadas. En él se cita un estudio de la Organización Internacional del Trabajo que en 2016 cifraba en más de un millón las víctimas infantiles de explotación sexual.

Por lo tanto, 2021 se sitúa como año clave en esta lucha contra el trabajo infantil, un año clave donde se sufrirán los daños colaterales de la pandemia y un año menos para alcanzar las metas de 2030, metas no solo en términos ambientales, pues la no reducción de los G.E.I (gases de efecto invernadero) conllevará también nuevas crisis y nuevas polarizaciones.

El Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) publicaba un comunicado el 20 de diciembre donde sacaba a la luz un nuevo panorama mundial con una perspectiva menos idílica y más sincera sobre el progreso humano. El Indice de Desarrollo Humano (IDH) es un indicador que no solo contempla datos económicos, sino que añade el análisis de los datos de salud o educación, entre otros. Este índice ha incorporado recientemente las presiones planetarias ejercidas por cada país y su dependencia de los combustibles fósiles, por lo que, una vez tenido esto en cuenta, países como Panamá o Costa Rica ascendían significativamente en la escala, mientras que más de 50 países abandonaban el grupo de “desarrollo muy alto”.

Para Achim Steiner, administrador del PNUD, “el poder que ejercemos los humanos sobre el planeta no tiene precedentes”. “Frente a la covid-19, temperaturas que rompen registros históricos, y una desigualdad que se reproduce, ha llegado la hora de utilizar ese poder para redefinir lo que entendemos como progreso, de manera que nuestras huellas de carbono y de consumo dejen de permanecer ocultas”.

En este comunicado se habla también de la necesidad de trabajar contra la desigualdad, sacando el máximo provecho a las innovaciones, así como la importancia de trabajar con la naturaleza. Una vez más, se evidencia nuestra interdependencia de los ecosistemas, de la naturaleza, y la relación directa que el cuidado del planeta tiene sobre todos los humanos. ¿Volver a la vieja normalidad tras la pandemia nos llevará a nuevas olas de sufrimiento, polarización, esclavitud infantil y todos los problemas colaterales derivados de la explotación de la Tierra? Hay muchas papeletas para que esto ocurra, incluso de forma más acentuada.

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