Antonio de la Torre: “Estamos en un mundo de ‘Sálvame’ informativo”

Antonio de la Torre: “Estamos en un mundo de ‘Sálvame’ informativo”

El actor Antonio de la Torre, que estrena obra de teatro sobre el Holocausto.

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Uno de los actores más reconocibles del cine español –14 candidaturas a los Goya, dos veces ganador– vuelve al teatro después de 10 años. Hablamos con Antonio de la Torre, protagonista de ‘Un hombre de paso’, una obra sobre el Holocausto nazi y el papel de la memoria. Hasta este domingo, 20 de febrero, en Naves del Español en Matadero, Madrid. 

Antonio de la Torre (Málaga, 1968) posee el privilegio (o el infortunio, según se mire) de ser el actor que más nominaciones ha cosechado en la historia de los Premios Goya. Ha sido nominado en 14 ocasiones, lo ha ganado en dos. Muestra de su prolífica y exitosa trayectoria, la cual lo ha convertido en uno de los rostros más reconocibles del cine español. Su nombre suele encabezar la lista de reparto de las películas del año. ¿El truco? “Mantener la pasión por querer hacer grandes papeles, de contar historias, de reinventarme, de intentar dar un nuevo salto mortal”, nos cuenta.

 Y haciendo alarde de ese espíritu inagotable, ha decidido, después de diez años, volver al teatro. Y lo hace para dar vida a Maurice Rossel, antiguo miembro de la Cruz Roja Internacional durante la Segunda Guerra Mundial que visitó el horror de los campos de concentración nazis. La obra, Un hombre de paso, escrita por Felipe Vega y dirigida por Manuel Martín Cuenca, recrea un encuentro entre Rossel y Primo Levi, escritor de reconocimiento mundial y superviviente del campo de exterminio de Auschwitz. En medio, la figura de una periodista dispuesta a encontrar la verdad entre dos puntos de vista enfrentados, el de quien vivió el horror en sus carnes y el de quien fue testigo y no hizo nada para evitarlo.

Una obra que nos invita a reflexionar sobre la responsabilidad individual. “El genocidio fue posible porque millones de personas miraron para otro lado”, explica el actor, momentos después de ser informado que ha dado negativo en Covid tras realizarse el test de antígenos protocolario antes de realizar la función. Su gusto por la charla lo lleva a reflexionar sobre temas que le preocupan, así como de la impresión del mundo que le quiere dar a sus hijos.

Entre citas de su admirado Mujica, a quien interpretó en La noche de doce años, nos habla sobre aquellos días grises en los que la cámara te delata. Sobre los que asumen riesgos más elevados que los de un escenario. Sobre el populismo barato y la memoria imprescindible. Sobre el futuro optimista, aunque según el día. Sobre dar sentido a la vida y autoengañarse en el lecho de muerte. 

Tres nombres de reconocida trayectoria cinematográfica deciden levantar un proyecto teatral. ¿Por qué?

Tú sabes que todo ser humano tiene un instinto de autodestrucción… Es broma (ríe). Manuel (Martín Cuenca) y yo llevábamos años queriendo hacer un proyecto para teatro. Yo me entiendo muy bien con él, con su forma de trabajar y con la manera que tiene de entender a los actores. Y en la pandemia me dijo que tenía este texto maravilloso. Tampoco le di muchas vueltas, el tema me pareció interesante, y ya teníamos la idea de hacer algo juntos en teatro.

Llevabas más de diez años sin hacer teatro…

Pues ha sido por distintas causas. La fundamental, porque he tenido la suerte de hacer proyectos en cine. También he sido padre dos veces, y la conciliación no lo pone fácil… En las películas te tienes que embarcar durante un mes en un proyecto, como si fueses un marinero, pero el teatro requiere más compromiso aún, están las giras y demás… Sin embargo, tenía muchas ganas de volver a trabajar con Manolo, y esta vez en teatro, con una dramaturgia muy característica. Como dice él, “es grandioso interpretar a gente mediocre…”.

¿Hay más verdad en el teatro que en el cine?

Depende, cuando te colocan una cámara delante se te ve de la hostia, te capta hasta el último latido del alma.

Pero encima de un escenario no se puede repetir la toma…

Es interesante el debate. A la cámara no la engañas. Un buen montaje puede arreglar cosas, pero lo que no puede es añadir lo que no hay. Recuerdo cuando estábamos rodando El reino (2018). Al tercer día de rodaje había una secuencia muy larga, que transcurre en un bar. Nos llevó el día entero rodarla. Para mí ese día fue un puto desastre. Llegué a casa agotado y cagándome en todo. Pensaba: «tercer día de rodaje y ya he pinchado, a ver quién levanta esto». Pues luego, cuando vi la película, me quedé alucinado porque estaba correcta, no vi nada raro. Eso es lo que tiene el cine. Estuvimos todo el día rodando, hubo momentos en que me enganché y Rodrigo Sorogoyen (el director) lo que hizo fue un corta y pega cojonudo. Si en todo el día de rodaje no das nada bueno, eso ya no lo puedes arreglar.

Y en teatro, si sale mal la función, pues te jodes también, y al día siguiente tienes otra oportunidad. Tiene otros códigos… En teatro me ha pasado que yo sentía una función de manera brutal, pensando que estaba quedando súper guay, y luego hay gente de la primera fila que no lo siente como tú. Y podía estar cortándome las venas en directo, pero el que está allí no lo siente de la manera en que lo debería sentir. Esa es la complejidad. Y tampoco quiero declamar o hacer algo artificial o externo. Lo que intento es trabajar desde un lugar más sincero y natural…

De izquierda a derecha, Juan Carlos Villanueva, María Morales y Antonio de la Torre. Foto: Belén Vargas.

No debe de ser sencillo. Hay muchos actores de renombre a los que les da mucho respeto el teatro, quizá por eso de asumir un riesgo mayor…

El riesgo es el que corren los sanitarios en los hospitales con la pandemia, o los trabajadores de los supermercados… Eso es riesgo. ¿Un actor? Pues una película más. Es hermoso cuando lo que haces cala en la gente y deja huella, y hay un relato. La historia de la humanidad se construye mucho en función de relatos. A mí me sigue fascinando la importancia que tiene el cine, y cómo la gente se quiere ver reflejada en las películas.

Hablemos del relato de la obra. Nos encontramos por un lado con la figura de Primo Levi, víctima de la barbarie, y por otro con Maurice Rossell, que representa la equidistancia. ¿Es la equidistancia la enemiga de la justicia?

Es difícil de saber (pensativo)… Yo soy una persona bastante equidistante. Respecto al conflicto de Cataluña, yo entraba en la categoría de los equidistantes, y terminé borrándome Twitter por hartazgo. El concepto de equidistancia suena mal o suena bien, depende de cómo lo veas. Si por equidistancia tomamos como ejemplo a alguien que intenta colocarse en la neutralidad siempre, pues no. Pero no hay nada más científico que la equidistancia, observas las cosas desde diferentes prismas y tratas de ponderar. Con este último significado, te podría decir: «Tío, la equidistancia es necesaria para no caer en el sectarismo y en el hooliganismo ideológico y moral”. En La noche de doce años interpreté a Pepe Mujica, y en un momento dado decía: «Como te digo una cosa, te digo la contraria».

Pero hay temas en los que no tomar partido te hace cómplice de la maldad, como el Holocausto.

En ese caso, la equidistancia es peligrosa. El genocidio fue posible porque millones de personas miraron para otro lado. Incluso la propia Hannah Arendt, siendo judía, fue repudiada porque mantuvo la idea de que la mayoría de los nazis no odiaban a los judíos, sino simplemente cumplían órdenes. Existe la psicopatía. El otro día hablaba con un doctor que me dijo que el 4% de la población es psicópata, eso no significa que sean asesinos en serie, pero me recomendó que por si acaso nunca tuviera una discusión de tráfico (risas). Pero más allá de ese porcentaje de gente que de una manera química es incapaz de sentir eso tan necesario para el avance de la civilización como es la empatía, la mayoría de la gente evitamos lo que no nos afecta personalmente y miramos hacia otro lado. Y, a veces, los crímenes son posibles porque unos los perpetran y otros no los evitan.

¿Y qué se puede hacer al respecto?

Yo quiero pensar que la humanidad llegará a un punto en que los conflictos los abordaremos como especie, en comunidad, y eso nos llevará a otro lugar de la historia.

Eres optimista…

Pues no sé, depende del día, también puede aflorar aún más el instinto de supervivencia. Y habrá unos cuantos ricos a los que nada les afecte y sobrevivan y nos dejen morir al resto… Lo que tengo claro es que a mis hijos de diez y cinco años no les quiero contar que el mundo es una mierda.

Una manera de proteger su inocencia…

Digamos que yo les cuento mi visión más optimista; la pesimista que no se me note, porque no le voy a contar a mis niños que pienso que el mundo se está autodestruyendo (risas). Mi percepción sobre la humanidad es que, en general, la mayoría de la gente es buena. Si ahora me dijeras: «Antonio, te voy a dar una mala noticia: en cuanto acabe la entrevista la vas a palmar», yo te diría, a modo de exclusiva, que mi recuerdo de la vida se centra en toda la gente buena que me ayudó. El problema yo creo que es más a nivel colectivo, como especie somos bastante desastre… Vaya cuentarrollos soy (risas).

Está bien reflexionar sobre el mundo. Al final, de eso va un poco tu oficio, ¿no?

Esto que te cuento es mi tesis personal, no hablo como actor. Cuando sales a hacer una función, no te da tiempo a plantearte nada, tú sales como a un partido de fútbol, te llega el balón y chutas a puerta… Me acaba de venir a la mente una película que se llama El día de mañana (2004), de Roland Emmerich. Se desata una tormenta de nieve y el planeta se queda completamente helado. Y uno de los personajes dice: «Está pasando», como si ya lo estuviesen esperando. Pues eso es lo que nos está pasando a nosotros ahora con muchos de los problemas que hay. «Están pasando» y no hacemos nada.

De la misma manera, el personaje de Rossel, al que tú interpretas en la obra, dice no haber visto lo que ocurría en los campos de concentración. ¿No lo vio o no lo quiso ver?

Yo vi el documental en el que está inspirada la obra, Un vivant qui passe (1997). En él, presentan a Rossel como una figura histórica y el tío empieza a hablar como de una manera académica. Es como si yo ahora te empiezo a hablar de que hay dos escuelas de interpretación, la del método y tal… Pues él hacía eso, pero hablando de los prisioneros de guerra. Y va hablando del tema como algo que no tiene que ver con él. Habla como experto, pero no como alguien que evidenció aquello. Y es brutal.

La equidistancia inmoral de la que hablábamos…

Totalmente. Me recuerda a lo que pasa con muchos problemas sociales, mucha gente te dice que lo arreglen los políticos. Pero todos somos cómplices de cualquier posible barbaridad que se pueda cometer. Igual que con los refugiados, cuando te dicen: «Pues mételos en tu casa», yo de todo esto acabo hasta los mismos huevos, con perdón…

El populismo, cada vez más recurrente…

Es demagogia barata. Yo esto lo hablo mucho con (Javier) Bardem. El tío se moja en muchas cosas, y hay veces que te dice «me vas a pillar seguro». Porque es muy difícil ser consecuente con todo lo que haces y piensas, pero por lo menos lo reconoce (ríe). Estamos en un mundo de Sálvame informativo. Por suerte, hay medios que no son sospechosos de hacer esa basura, como el tuyo. Lo comento con muchos periodistas; al final se termina hablando de mierda vacía y muy poco de ideas profundas.

Precisamente, en la obra aparece esa figura de la periodista, que abandera ese periodismo crítico, incisivo, justo.

Representa ese juego de búsqueda de la verdad. Ella trata de buscar la verdad, pero también tiene obstáculos para encontrarla. A ti te habrá pasado alguna vez de acabar una entrevista y pensar: «Tenía que haberle preguntado sobre no sé qué asunto…».

En esta entrevista, sin ir más lejos, seguro que hay algo que se me pase preguntarte (risas).

Bueno, pero para el personaje que era, tampoco se ha perdido mucho la humanidad (risas). Imagínate entrevistar a Hitler. Hay un libro muy interesante que se llama La destrucción de los judíos europeos, y Manuel Martín Cuenca, que se ha empapado el libro y es un cultureta, nos contaba que este libro recogía una carta de Hitler que escribió al final de la guerra, en sus últimos días. En ella, Hitler se mostraba convencido de que el problema eran los judíos y Europa tenía que agradecerle lo que él había hecho. Se sentía un incomprendido. Y al final, si lo piensas, tiene lógica. Lo peor que le puede pasar a una persona cuando está a punto de morirse, y toma conciencia de su muerte, es pensar que su vida fue absurda. El autoengaño es fundamental para morirte en paz. Imagínate morir pensando que tu vida fue una puta mierda, un error o incluso un desastre. Tú, por ejemplo, ¿te imaginas que acabas tu vida pensando qué hacías entrevistando a pesados como Antonio de la Torre? «Qué vida más equivocada», dirías (risas).

¿Crees que en este país hemos sido justos con nuestra memoria o, al igual que Rossel, hemos mirado un poco para otro lado?

El relato siempre lo hacen los vencedores; en España venció el franquismo y ese fue el relato que prevaleció. El franquismo hizo la Transición. En Alemania les obligaron a mirarse en ese espejo deforme que fue el nazismo, para que fuesen conscientes del horror que habían cometido. En España, no. Para eso se necesita tiempo, es lo que te decía antes, la sociedad evoluciona y debe cambiar el paradigma de pensamiento. Como dice Mujica, «la libertad de pensamiento hay que pelearla día a día».

En uno de sus libros, Primo Levi dijo: “Con cada obra que nace, mueres un poco”. Sin embargo, tú pareces renacer con cada proyecto que haces.

Me muevo en esa contradicción. Por suerte, sigo manteniendo la pasión de querer hacer grandes papeles, de contar historias, de reinventarme, de intentar dar un nuevo salto mortal… y por otro lado, tengo que admitir que solo soy un ser humano que tiene sus limitaciones. Tampoco soy Rafa Nadal (risas).


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Comentarios

  • fran

    Por fran, el 14 febrero 2022

    Gran persona y actor, totalmente de acuerdo con sus reflexiones. un saludo

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