Antonio Machado, señor de los escarabajos: de la Biosfera a la Psicosfera

Antonio Machado, el señor de los escarabajos: de la Biosfera a la Psicosfera

El biólogo Antonio Machado.

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Puedes seguir al autor, Alberto Pereiras, en Twitter, aquí.  

‘La guerra de los mundos’ de H. G. Wells concluye con una poderosa cura de humildad: “Tras fracasar las armas del hombre, [los invasores] fueron derrotados por las criaturas más humildes que Dios, en su sabiduría, puso sobre la Tierra”: las bacterias. Más de 100 años después, muchas reseñas rescataron estas palabras ante la llegada de la ‘covid’, conscientes de que los microorganismos que fundaron la vida pueden tener aún la última palabra. Y esa humilde perspectiva vital, de lo cósmico a lo microscópico, la inculca desde hace años en sus interesantísimos artículos y conferencias el biólogo Antonio Machado (Madrid, 1953), un experto al que merece mucho la pena acercarse y escucharle: “El ecologismo debería renunciar a la nostalgia del equilibrio biosférico y asumir la psicosfera: la capa donde opera la mente (psique), con todas sus consecuencias”. 

De vocación entomólogo (o bichólogo, como se define), en su rica trayectoria ha sido profesor de Ecología en la Universidad de La Laguna, director-conservador del Parque Nacional del Teide, asesor de política ambiental del gobierno canario, consejero de la UICN (Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza), editor jefe del Journal of Nature Conservation, presidente del ECNC (European Centre for Nature Conservation), miembro numerario de la World Academy of Art and Science y de la Academia Canaria de la Lengua.

Machado critica el arrogante especismo humano al jactarse de llegar a la Luna “olvidando los millones de organismos que hicieron el viaje con él”: en su boca, en su estómago o en su piel. “Incluso no somos esa individualidad que la consciencia nos reafirma a diario, sino una suerte de consorcio simbiótico”. Esta interrelación invisible es la que sostiene la vida, pero también la mente, que él reivindica como gran horizonte ecológico del siglo XXI: no somos simple materia, pero tampoco solo vida. Somos materia pensante. Fue en un seminario rodeado de astrofísicos, donde al querer explicar la vida como fenómeno natural tomó conciencia de algo que revolucionó su paradigma científico: la información: “En el universo la información se viene acumulando y acelerando desde sus inicios, y gracias a la mente humana, en nuestro planeta alcanza cotas extraordinarias. Si queremos afrontar los actuales desafíos ambientales, el ecologismo debería renunciar a la nostalgia del equilibrio biosférico y asumir la psicosfera: la capa donde opera la mente (psique), con todas sus consecuencias”. Este biólogo “multiuso” me atiende contagiando entusiasmo y sentido del humor desde su casa en La Laguna, donde dice estar encerrado como un burgado para escribir una monografía sobre sus queridos bichos.

En tus artículos, conferencias y libros hablas del concepto de “psicosfera”, y de cómo la ecología debería reinventarse para corregir su deriva biologicista. ¿La psicosfera incluye solo al ser humano?

Yo lo que intento al acuñar el nombre de psicosfera es diferenciarlo del término antroposfera, para desligarlo precisamente del antropocentrismo que casi siempre nos nubla la vista, porque somos una especie muy presumida. Igual que existe una hidrosfera porque hay agua, una atmósfera porque hay aire o una geosfera porque hay piedras, con la aparición de la vida surgió la biosfera. Lo que tiene de peculiar la psicosfera es la mente. La materia pensante es y se comporta de forma distinta a la materia viva, igual que esta es y funciona de forma distinta a la materia inerte. La mente ha surgido en los homínidos como podía haber surgido en los cetáceos, en los pulpos o en otras especies sociales… Lo importante fenomenológicamente es la mente, no la especie portadora. El caso es que desde una visión física objetiva, la mente –me gusta llamarla materia pensante para que quede claro lo que es– aporta una serie de cualidades o propiedades que no existían antes en nuestro planeta. Igual que cuando surgió la materia viva aparecieron también novedades inexistentes en un planeta que solo contaba con materia inerte. En física, cuando de un sistema surge otro con propiedades nuevas no reducibles a los primeros fundamentos, se habla de propiedades emergentes. De hecho, la química es una propiedad emergente de la física; la vida es una propiedad emergente de la química; y la mente lo es de la vida, apoyándose cada una en los sistemas anteriores.

¿Y no ha caído la ciencia en un reduccionismo material eludiendo esos otros niveles?  

Yo no creo que los haya eludido, sino que, como pasa siempre, el avance científico ha consistido en ir superando la ceguera de nuestro antropocentrismo: creernos el centro del universo, la cúspide de la evolución o poseedores de un libre albedrío absoluto. Y lo que hay que hacer es analizar la vida y la mente desde la distancia, como fenómenos cósmicos que se han dado en nuestro planeta, y resulta obvio que son algo nuevo. La mente maneja y transmite información altamente estructurada como nunca había ocurrido, y con la consciencia aparece una cualidad nueva que no había en el universo (conocido), que es el determinismo. El hombre puede escoger y planificar para conseguir lo que quiere, y hacer que ocurra. Antes las cosas nuevas aparecían por azar, por contingencias, o por simple deriva.

Sostienes que la ecología no está teniendo esto en cuenta y haces autocrítica del conservacionismo por tener una visión demasiado biosférica.  

Sí, porque como profesional de la conservación de la naturaleza he tenido mucho contacto con ecologistas, y lo que yo detecto en sus planteamientos es mucha nostalgia y despiste. Intentan que el planeta vuelva a ser una biosfera en equilibrio, y eso es una falacia. Me temo que sería un salto atrás, como querer que el planeta volviera al estado en que no había vida. La biosfera transformó buena parte de la atmósfera, de la geosfera y de la hidrosfera. La presencia de oxígeno en el aire, sin ir más lejos. Es iluso pensar que con la irrupción de la mente en la Tierra, las cosas iban a seguir igual. Ahora, además de evolución biológica se ha incorporado una evolución cultural que transmite la información por vía directa y no por vía genética. Así, la evolución cultural y los cambios que suscita, como el desarrollo de la tecnología, son infinitamente más rápidos. Piensa en Internet, por ejemplo. Y los problemas ambientales a los que se enfrenta la humanidad, creados o no por nosotros, no se podrán comprender ni resolver con planteamientos biosféricos. Porque ahora además de la biosfera habitamos en una psicosfera, con sus propias reglas, que no se enseñan por cierto en nuestras universidades. Es obvio. Si no integramos la información en una ecología renovada, mal podremos entender el funcionamiento de la psicosfera.

¿Y si por un lado debemos escapar del antropocentrismo y por otro superar la nostalgia biosférica no entramos en una disyuntiva? 

No necesariamente. Lo que hay que hacer es entender a nuestra especie en su propia medida y lo que aporta como amalgama psico-biológica. Por eso yo intento hacer esa distinción entre materia viva y materia pensante. Muy bien, el ser humano cuenta con su voluntad si quiere amoldar el planeta a su conveniencia. Habrá metas a nuestro alcance y otras que nos superen o cuya oportunidad ya perdimos. Podemos intentarlo, algo que otras especies no pueden hacer, y todo ello gracias a la mente. Pero de ahí a cegarnos por nuestra presunción… Va un trecho. Tampoco somos dioses. Usemos la razón, que para eso la tenemos. Intentemos controlar un poquito nuestra parte instintiva, la parte de mamífero. Ese es el camino o sendero de los seres humanos: domar los instintos, superar el tribalismo e ir hacia la civilización basada en la razón, la ciencia y la ética social. Por supuesto, hay mucha gente que tiene otra visión basada en creencias religiosas o en planteamientos místicos, que respeto aunque no comparta.

¿Has descartado el espiritualismo o la ecología profunda de Arne Naess?

Sí, no sé qué palabra usar. Hay posturas que me resultan próximas, porque soy biofílico y comparto la pasión por la naturaleza, pero difiero mucho en las formas. No soy un ecólatra ni sitúo a nuestra especie en el mismo plano de igualdad que las demás especies que cohabitan el planeta. Precisamente, la mente nos hace cualitativamente diferentes entre otras cosas, siendo responsables de nuestros actos libres. Coincido más bien con las ideas de Bjørg Lomborg en su obra El ecologista escéptico. ¿Tenemos problemas ambientales? Sí, sin duda. Pero si los exageramos y no los analizamos correctamente, será muy difícil que les encontremos solución. Nos hemos dejado fuera el papel que la información juega en toda la fenomenología que nos preocupa.

El biólogo Antonio Machado en Laos.

¿Y cómo crees que deberíamos incorporarla, con las humanidades, la psicología? 

No, no. En absoluto. A través de la física cuántica, para empezar. La información es una propiedad de la materia. Cuando la gente habla de información normalmente piensa en comunicación, en un nivel muy alambicado de gestión de la información con lenguaje, mensaje, receptor… Pero la información se crea con el primer quark o átomo que toma forma; de ahí viene la palabra: in-forma. Cuando la energía se transforma en materia o viceversa, también cambia la información asociada a la materia, pero nos la hemos dejado fuera. No aparece en la famosa fórmula de Einstein E = mc2. Nos falta toda una física, una ecología, una revolución científica que incorpore la información en sus fundamentos. El único que se aproximó un poco a esta necesidad fue Ramón Margalef, un ecólogo español brillante. La introdujo en la fórmula con signo contrario a la temperatura, en grados Kelvin, lo que resulta cuanto menos llamativo. Era un primer esbozo. Me consta que ya ha habido algún simposio tratando de abordar la información a nivel físico y cuántico, pero estamos en el comienzo. Si la ecología tiene que integrarse con la economía, como creo que hace falta, la información podría ser el nexo.

Es curioso, porque todo esto se acerca bastante a lo que me contó el biólogo italiano Marcello Barbieri en una entrevista el año pasado, con su teoría del código biológico. Define la vida como una suma de química, información y códigos.

Bueno, es obvio porque la vida es mnemónica, eso quiere decir que arrastra mucha información histórica consigo. ¿Cómo organizas un ser vivo si no tienes un programa gigantesco con la información que se ha generado en más de 3.500 millones de años? Imagínate que a ti te dan todos los ingredientes que forman un ser vivo: el hierro, el calcio, el agua… ¿Cuántas instrucciones necesitarías para montarlo? Pues imagínate el tamaño del recetario. Eso es lo que llevamos en los cromosomas. Y esa información, escrita en código genético, se ha venido transmitiendo desde la primera bacteria que surgió en el planeta. Porque la vida tiene una cualidad propia: una vez que arranca es como un fuego que tiene que pasarle la llama a otro. La misma llama que se inició es la que sigue hoy viva, como en la Olimpiadas. La vida se transmite de ser vivo en ser vivo. Y así ha sido desde el inicio, sin apagarse. La velocidad a la que funcionan los elementos químicos en la materia viva no tiene nada que ver con la química inorgánica de la materia inerte. ¡La de sustancias que se han inventado en el universo los seres vivos! Tu imagínate cuando te entra un virus; nuestro sistema inmunológico empieza a crear moléculas bien complejas hasta dar con la que consigue frenar al virus. El sistema inmunológico de los mamíferos es posiblemente de las cosas más creativas que se conocen. Y no digamos el funcionamiento de nuestro cerebro, porque los pensamientos no son etéreos, y el lenguaje está igualmente soportado por reacciones neuroquímicas velocísimas.

Cuando hablas de psicosfera me hace pensar en la tecnosfera, que resulta más visible o palpable. En 2020 el peso de nuestra materia artificial superó el de toda la biomasa del planeta.

Bueno, esa es una consecuencia de la psicosfera; el resultado de aplicar la mente a la tecnología. Es más, que sepamos, nuestras ondas de radio y televisión ya han superado el sistema solar y pronto llegarán a las estrellas próximas. Eso es un logro de la mente, mientras que la vida sigue confinada en el planeta. La información tiene sus peculiaridades. Una es que se va acelerando. De hecho, si uno analiza toda la evolución del universo y se pregunta qué es lo que la puede empujar, yo creo que es la información. Porque cuando juntas un cuerpo caliente y uno frío se intercambian las temperaturas y se nivelan. Pero en la información no hay un equilibrio 50/50. Cuando un cuerpo más informado se junta con uno menos informado gana el que más información tenía con una diferencia quizás del 80/20. Eso explicaría por qué la vida ha ido ganando en tamaño y complejidad. No porque sea práctico para desenvolverte en el entorno, sino porque es capaz de portar más información y con ello, gana en potencial para resolver papeletas y dominar lo que le rodea.

Machado trata estos temas en ‘Catorce días. Reflexiones sobre la vida, la mente y más cosas’ (Caligrama), que escribió a pluma durante un viaje a la selva de Laos, cumpliendo la promesa hecha a su mujer de escribir un libro sobre el sentido de la vida. Fascina lo mucho que se aprende para su brevedad, pues día a día va hilando con gracia temas cotidianos y profundos con la naturalidad de quien observa la vida girando la rueda de aumentos de una lente, pasando de la escala humana a la telescópica o la microscópica, y dando perspectiva a las crisis que nos asedian, desde la globalización a la infoxicación o la especiación cultural, y a conceptos como el “gozo palanca”, acuñado por Jorge Wagensberg y que tan bien explica el poder de adicción del móvil, ese ‘caballo de Troya’ que hemos metido en el bolsillo.

Otra cosa que señalas es que la vida es esencialmente microscópica, pero nos empeñamos en verla y juzgarla desde nuestra desproporcionada escala. Uno de los documentales que me acercó a esa perspectiva es ‘Microcosmos’, de Jacques Perrin. ¿Por qué algunos insectos, como arañas y ciempiés, tienen tan mala prensa o les tenemos esa fobia? 

Recuerdo bien Microcosmos, un documental magnífico. Y sí, hay una parte instintiva en ese asunto. Arañas y ciempiés suelen ser ponzoñosos, y eso acaba por registrarse o se adquiere por vía del aprendizaje. La aracnofobia es bastante común en los humanos y otros vertebrados. A mí toda la naturaleza me fascina, pero los insectos en particular, y dentro de ellos, de lo que hay más: los escarabajos. Mi colega Max Barclay, del Museo Británico, decía que quienes nos dedicamos a los coleópteros vemos la vida con más píxeles. Su diversidad es imbatible y nunca deja de sorprenderme.

 ¿En las islas como en la península? 

En todos los sitios, pero en el Trópico muchos más que en las zonas templadas. Y siempre barren por goleada frente a cualquier otro grupo animal. A J. B. S. Haldane, un biólogo evolucionista medio filósofo, le preguntaron una vez por Dios y respondió: “Creo que tenía una afición desmesurada por los escarabajos”. Yo tengo la suerte de ser isleño y vivir en un archipiélago volcánico como son las Canarias. En sitios así, aislados, la evolución se prodiga en generar multitud de especies singulares y exclusivas. Es un tópico conocido considerar las islas como micro-continentes, auténticos laboratorios de la evolución. Creo que yo mismo llevo descritas más de 150 especies de escarabajos que eran desconocidas, y en la mesa de mi estudio hay unas cuantas más en espera.

¿Y crees que ahora que tendemos a una vida más sostenible llegaremos a incorporarlos en nuestra dieta como los países asiáticos? 

Sí, sin duda. Por pura eficiencia. Es decir, la capacidad que tienen los insectos de transformar vegetales en proteínas gana a las vacas y a cualquier otro mamífero o pez. Para nosotros sería mucho más rentable convertir los vegetales en proteína animal usando los insectos. Ya se están empezando a criar en granjas, además de que hay pueblos que los vienen consumiendo del natural desde siempre. Yo he comido saltamontes y orugas de mariposa en Vietnam, o termitas con los pemones en la Gran Sabana de Venezuela. Quitando el reparo cultural que nos puedan producir, los saltamontes fritos y con piri-piri están mejor que muchas gambas…

¿Hay posibilidad, como se comenta, de que con el calentamiento global suframos más plagas?

Cada vez hay más estudios al respecto. Depende del lugar. Aquí en Tenerife, por ejemplo, había insectos exóticos localizados en los jardines de los hoteles, donde encontraban calor y humedad proporcionada por los riegos. Ahora que el clima se ha tropicalizado un poquito y nos llueve algo en verano, se mezcla el calor y la humedad, y esas especies tropicales se han echado fuera y están extendiéndose por las islas afectando a algunos cultivos. Pero eso ocurre en todos lados. En realidad, la naturaleza casi nunca se está quieta, y los animales se desplazan para acomodarse a los cambios del clima. Lo que pasa es que los humanos nos hemos acostumbrado mal en los últimos 200 años de cierta estabilidad climática.

Tras tu experiencia involucrado en temas de turismo sostenible, he visto que eres crítico con el concepto de “sostenibilidad”, que consideras pervertido. ¿Qué cosas se han hecho bien y mal en las islas a nivel de conservación y turismo? 

Difícil de resumir. Es cierto que se ha hecho un esfuerzo por tener una red de áreas protegidas enorme, mayor que en otros territorios, pero siempre he dicho que el pueblo canario ha sido muy torpe, porque el recurso turístico, que se podía haber usado inteligentemente para vivir bien, holgadamente, lo hemos despilfarrado; lo hemos puesto en manos de terceros y hemos dejado que vengan aquí a exprimir el limón y hacer el negocio inmobiliario. Canarias ha sido la lavandería de dinero negro de muchos orígenes, primero Alemania, después Colombia, Italia, etc… Una presión crematística de ese calibre es muy difícil de controlar, y le ha dado la vuelta a la tortilla. Las islas han estado al servicio del turismo y no al revés. Una torpeza tremenda. 

Creo que esa imagen que tenemos en la península del turismo canario asociado al sol y playa se ha ido compensando en los últimos años por abanderar la conservación y el turismo sostenible. 

Sí, últimamente se ha desarrollado un turismo rural de bajo impacto ambiental y contamos con muchas zonas encantadoras. Pero es además de, no en vez de. Se ha mantenido la explotación del llamado turismo de las tres eses (see, sand, sun), en el que somos especialistas a nivel internacional y sin el cual estas islas se irían a la porra, como se ha estado barruntando con la crisis de la covid. El turismo de sol y playa estaba en la costa, pero ahora el turismo ha ocupado el interior, extendiéndose a la naturaleza, que no estaba en el mercado. Tenemos también turismo de cetáceos, y lo último, de estrellas, gracias a la limpieza de nuestros cielos nocturnos. Canarias está enganchada al turismo para bien o para mal.

¿Y cómo concibes un modelo turístico alternativo?

Cuando yo estaba asesorando al gobierno de Canarias planteé unas capacidades de carga por isla, planteamientos que tenían lectura política. Algunos intentos por poner freno al desmadre se hicieron, pero me temo que las inercias del negocio inmobiliario-turístico son muy potentes, y vuelven a desbocarse a poco que se afloje… Alguna cosilla va saliendo mejor que antes, pero hablar de sostenibilidad, de islas sostenibles, es de mal gusto, además de una mentira. Estas islas para mantener una población con sus propios recursos, es decir, para ser (auto)sostenibles, no deberían superar los 350.000 habitantes, como mucho. Y vamos por dos millones. Tenemos que importar energía, alimentos, desalinizar agua del mar, etc… Hable usted de lo que quiera, pero no prometa una falacia (la sostenibilidad), porque entonces la palabra acaba sin sentido. Hoy ya todo es sostenible. Los hoteles son sostenibles, y hasta los postes de la luz son sostenibles… Pues porque no se caen.

Pues esperemos que podamos todavía hacer algo. 

Yo creo ya en pocas cosas, pero siempre he pensado que la sensatez es como el corcho, que cuando las aguas se calman, sale a flote por su propia naturaleza. Cuando las turbulencias políticas, la agitación mediática y la demagogia electoral se calmen, tengo la esperanza de que la sensatez aflore. Se pueden hacer cosas que sean menos insostenibles, sin prometer la sostenibilidad. Decirlo así, sin hipocresía, ya sería algo sensato…

Me queda como mito la isla de La Palma, por lo que he oído en cuanto a su conservación del patrimonio no solo natural sino astronómico.  

Pues mira, La Palma ha resistido el deterioro ambiental y la banalización de su cultura e idiosincrasia mejor que otras islas, y creo que el secreto reside en la cultura del pueblo palmero. Por allí pasó la Ilustración camino hacia las Américas, y dejó una huella que no todo el mundo percibe. Pero sí, los palmeros en general tienen más criterio sobre lo que les conviene que sus colegas isleños.

 Por amigos que tengo en Canarias sé que en La Palma se conserva un archivo o hemeroteca con cantidad de publicaciones ilustradas de la época.  

¡Cierto, y tiene un nombre exquisito! Se llama La Cosmológica. Recuerdo su vieja sede donde acudía en las vacaciones de verano a leer y admirar sus libros, maravillosamente impresos y cargados de misterio. Creo que buena parte de mi bibliofilia se la debo a ese lugar mágico. En La Palma la cultura se percibe. Comentándolo con otros profesores, siempre coincidimos en que los alumnos palmeros destacaban por su curiosidad, por el hambre y afán de cultura que traían. Y eso es algo que se cultiva en una sociedad. O en el crisol de una isla afortunada.

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Comentarios

  • Julio Loras Zaera

    Por Julio Loras Zaera, el 25 junio 2021

    Me da la sensación de que este hombre, más que como biólogo, habla como aficionado a una filosofía que, por otra parte, poco tiene que ver con las conclusiones que podría inferir de su trabajo profesional.

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