En el castillo de Barbazul, el Mesías es mujer

Escena del tercer acto de ‘Ariadna y Barbazul’ en el Teatro Real, bajo la dirección escénica de Alex Ollé. Foto: Javier del Real.

Convenció, y mucho, la propuesta de Álex Ollé para el regreso de ‘Ariadna y Barbazul’, de Paul Dukas, a las tablas del Teatro Real. La dirección musical de Pinchas Steinberg logró sacar lo mejor de la orquesta y los cantantes. La visión feminista de Ollé, con una escenografía sorprendente de Alfons Flores, apuntala el éxito de esta producción.

La oscuridad no es solo la ausencia de luz. En el Teatro Real cristaliza, además, en toda una estructura de dominación. La puesta en escena de Ariadna y Barbazul, de Paul Dukas, bajo la dirección de Alex Ollé (La Fura dels Baus), no es solo la traducción a imágenes de una partitura impresionista injustamente olvidada. 113 años ha tardado en regresar a Madrid. Es, en realidad, todo un manifiesto político que subvierte el mito para situarnos frente a una verdad sin aditivos: la emancipación no es un regalo. Se trata de un sacrificio que pocos están dispuestos a aceptar. Emancipación entendida no solo en el ámbito privado, el de las relaciones cercanas y familiares, sino también en su esfera pública, la que nos concierne a todos en el cada día más utópico empeño de luchar contra el poderoso por el advenimiento de bien común.

El síndrome de Jesucristo: el peso de la redención

Desde la primera escena queda claro que la Ariadna de esta producción no es otra víctima curiosa, ni siquiera un nuevo paradigma dispuesto a rectificar la masculinidad frágil de su nuevo marido. No. Ella es una enviada.

Resulta paradójico que fuera precisamente el director de orquesta israelí Pinchas Steinberg quien introdujese el factor del síndrome de Jesucristo en la rueda de prensa de presentación hace más de una semana para tratar de clarificar la procedencia psicológica de la protagonista de la ópera. No es algo nuevo. Estudios psicológicos y algunos críticos literarios ya habían transitado por estos derroteros y, en cierta medida, se intuye cierta contaminación en la versión de Ollé. Para Ariadna, lo principal no es la consecución de su propia libertad; su empeño principal se desvía hacia la búsqueda de la salvación colectiva de las otras víctimas. Al tiempo que descubre que su nuevo marido no es un asesino –como insistentemente cuenta el rumor precedente inevitable de las noticias falsas– comprende que él jamás será capaz de respetarla, lo que le imposibilita para el amor. Pero no solo eso. Interioriza que, superada la decepción sentimental, su misión en el mundo consiste en liberar a las esposas anteriores que yacen no muertas, sino anuladas en el sótano del castillo.

Ella ya no es una novia recién casada. Se transforma en un Mesías que desciende a los infiernos. Ignorará no solo las tentaciones materiales, también los designios de su corazón enamorado en su búsqueda implacable de la verdad, y al descubrir que no está sola en ese viaje cambiará radicalmente su destino. Lo importante ya no es su propia biografía, lo urgente ahora es el bien común.

Sin embargo, en la obra de Dukas y Maeterlinck, tamizada por la lente de Ollé, la salvación tiene rostro femenino, pero carece de fieles. No hay nada peor para un libertador que un pueblo que se niega a ser liberado. Ni el cielo, ni la espuma del mar, ni la pureza del aire atravesando la luz, ninguna promesa resulta capaz de vencer al miedo. Ariadna encarna la dolorosa soledad de la vanguardia: aquella que rompe las cadenas solo para darse cuenta de que en ocasiones el mundo exterior da más miedo que la celda conocida. ¿Estamos listos para ser libres si eso significa abandonar la seguridad del castillo? ¿Escoger lo malo conocido a lo bueno por conocer es también un ejercicio de libertad?

La propuesta de Ollé bascula entre el cuento de hadas y el búnker de diseño contemporáneo. La opresión sistemática no necesita de mazmorras de piedra. A veces el laberinto de la propia mente, de la propia alma, de la propia existencia es cárcel suficiente. En el primer acto el espectador se dará literalmente cuenta de ello en un efecto escenográfico muy sorprendente.

La visión feminista de Ollé es incómoda y necesaria. El coro del Teatro Real le sirve para dejar claro que las cinco esposas no son solo las víctimas del cuento, sino todas las mujeres como realidad conceptual sobre las que el quehacer disruptivo de Ariadna chocará con fuerza.

La mezzosoprano Paula Murrihy interpretando a Ariadna en Ariadna y Barbazul de Paul Dukas. Foto: Javier del Real.

La mezzosoprano Paula Murrihy interpretando a Ariadna en ‘Ariadna y Barbazul’, de Paul Dukas. Foto: Javier del Real.

Arrollador sinfonismo

En el entreacto, un aficionado se preguntaba, mientras degustaba un cava y un canapé –y no sin un pequeño deje de maldad–, cómo era posible que aquella fuera la misma orquesta que había interpretado una Carmen ciertamente descafeinada unas semanas antes. Y es que la dirección musical de Steinberg fue magnífica. La impresionante partitura de Dukas se reveló en toda su amplitud durante los tres actos de la ópera. Su arrollador sinfonismo, su ecologista impresionismo se desplegó con carácter y emoción. Con potencia cuando era menester, pero siempre con un cuidado especial para con los cantantes dejándoles espacio y una clara autopista sonora para que el muro de sonido de la orquesta no fuera impedimento a la hora de llegar al patio de butacas.

La mezzo Paula Murrihy, que interpreta el papel de Ariadna, sale más que airosa de un papel extenuante, difícil y correoso. Su canto fue emocionante y se vio amplificado por las órdenes dramatúrgicas de Ollé. Pero, sin duda, una de las mejores interpretaciones de la noche fue la de Silvia Tro Santafé en el papel de la nodriza.

El coro del Teatro Real volvió una vez más a cumplir su doble cometido a las mil maravillas. No solo cantando, sino siendo una pieza clave en la propuesta escénica de Álex Ollé que les otorga un protagonismo que necesita de la entrega total de los cantantes. La obtuvo y con creces.

Es de alabar que el Teatro Real apueste por títulos fuera de repertorio y que se suben al escenario en contadas ocasiones. Es importante para la institución y para el público. Ese público muchas veces reacio y que en ocasiones tampoco quiere ser salvado.

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Comentarios

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