La asombrosa historia de abejas y abejorros: ¡los necesitamos!

La asombrosa historia de abejas y abejorros: ¡los necesitamos!

Las valiosísimas abejas. Foto: Pixabay.

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Comenzamos aquí una serie de cinco entregas de lecturas extraídas de exitosos libros publicados en estos últimos meses y que nos han llamado poderosamente la atención en El Asombrario, porque sus contenidos encajan a la perfección en nuestra principal razón de ser, la defensa de una nueva conciencia de la Humanidad, de un nuevo pacto con el planeta. Arrancamos con Una historia con aguijón: Mis aventuras con los abejorros, del biólogo británico y fundador del Fondo para la Conservación del Abejorro Dave Goulson, publicado por Capitán Swing. Un libro que explica la importancia crucial de las abejas. Reproducimos parte del capítulo sobre una didáctica y entretenida historia de estos insectos.

Traducción de Catalina Martínez Muñoz

Retrocedamos 135 millones de años en el tiempo. El inmenso continente de Gondwana empezaba a fragmentarse: América del Sur se separaba de África occidental y Australia se alejaba majestuosamente hacia el este, condenando a la mayoría de sus especies a una gélida sepultura de la que solo se librarían aquellas con mayor capacidad de adaptación. El océano Atlántico Sur y el océano Índico se encontraban en su lento proceso de formación.

En estos tiempos remotos, una era que los geólogos denominan el Cretácico, los continentes estaban cubiertos de bosques de helechos, cícadas, enormes colas de caballo y coníferas como pinos y cedros. Fue en este periodo geológico cuando el reino de los dinosaurios alcanzó su momento de máximo esplendor, aunque no con las especies tan conocidas por los niños de todo el mundo. Entre los árboles pacían manadas de grandes herbívoros, como el iguanodón, que se apoyaba en las patas traseras para alcanzar las ramas altas del follaje; animales como el Gastonia, un dinosaurio parecido a un tanque, arrasaban el suelo provistos de imponentes armaduras; y manadas de fieros carnívoros, como el Utahraptor, salían a cazar sus presas. El aire estaba plagado de insectos primitivos, entre los que no faltaban las libélulas gigantes y las primeras mariposas, y esta era también la época de apogeo de los pterosaurios, los animales más grandes que jamás han sobrevolado la Tierra, con una envergadura de alas de hasta doce metros. Otros dinosaurios, más pequeños, también habían empezado a volar. Las plumas, que estas criaturas desarrollaron probablemente en un principio con el fin de conservar el calor, se volvieron más largas en las patas delanteras, para permitirles deslizarse primero por el aire y más tarde volar activamente. Estos dinosaurios fueron las primeras aves. Nuestros antepasados eran por aquel entonces muy pequeños, seres que merodeaban como ratas entre la maleza y salían de noche, asustados, a picotear insectos, semillas y frutos caídos de los árboles. Si pudiéramos viajar a este planeta, la preocupación por los peligros que entrañaban aquellas criaturas enormes no nos permi- tiría fijarnos en que allí no había flores. Ni orquídeas, ni ranúnculos, ni margaritas, ni flores de cerezo, ni dedaleras en los claros del bosque. Y, por más que aguzásemos el oído, no oiríamos el peculiar zumbido de las abejas. Pero todo eso estaba a punto de cambiar.

El sexo siempre ha sido difícil para las plantas, debido a que no pueden moverse. Cuando uno no se puede mover, encontrar un compañero con el que intercambiar las células sexuales resulta complicado. El equivalente al esperma de las plantas es el polen, y el desafío al que se enfrenta una planta es el de conseguir que el polen llegue a los órganos reproductores de otra planta femenina. Esto no es fácil cuando uno está enraizado en el suelo. La primera solución, que todavía siguen utilizando algunas plantas, es servirse del viento. Hace 135 millones de años, prácticamente todas las plantas esparcían el polen con ayuda del viento y albergaban la incierta esperanza de que alguna partícula aterrizara, por casualidad, sobre una flor femenina. Como cabe imaginar, el sistema era muy ineficiente, por no hablar del derroche que representaba, pues cerca del 99,9 por ciento del polen se perdía en el intento: o caía al suelo o llegaba hasta el mar. Para compensar la pérdida, las plantas tenían que producir ingentes cantidades de polen.

Como la naturaleza aborrece el derroche, era solo cuestión de tiempo que el inexorable avance de la evolución encontrase una fórmula más segura: los insectos. El polen tiene un alto valor nutritivo. Algunos insectos voladores empezaron entonces a alimentarse de polen y no tardaron en especializarse en esta tarea. Al volar de flor en flor en busca de alimento, los insectos llevaban por azar granos de polen adheridos al cuerpo, atrapados en el pelo o en las articulaciones de sus segmentos. Cuando un grano de polen caía en los órganos femeninos de una flor, esta se polinizaba, y fue así como los insectos se convirtieron en los primeros polinizadores o facilitadores del sexo para las plantas. Había comenzado una relación de ayuda mutua que iba a transformar el aspecto del planeta. Aunque los insectos consumían la mayor parte del polen, esta práctica supuso una notable ventaja para las plantas, en comparación con los inciertos resultados del viento.

En un principio, los insectos tenían que localizar las discretas flores marrones o verdes entre el follaje. Ahora, las plantas contaban con la ventaja de anunciar la presencia de sus flores, de manera que atraían a los insectos más deprisa y los alejaban de sus competidores. Fue así como comenzó la campaña de publicidad más larga de la historia, cuando los primeros lirios de agua y las magnolias empezaron a producir unos pétalos blancos que llamaban poderosamente la atención en mitad de los bosques verdes. Es posible que los primeros polinizadores fueran los escarabajos, de los que muchos lirios de agua siguen dependiendo hoy en día. Gracias a este nuevo y fiable método de polinización, las plantas polinizadas por los insectos se reprodujeron y diversificaron con enorme éxito. Las diferentes especies de plantas empezaron a disputarse la atención de los insectos, desarrollando vivos colores y formas muy complicadas, y la Tierra se vistió de flores. En esta batalla por atraer a los polinizadores, algunas flores recurrieron a un arma adicional: comenzaron a producir el dulce néctar como recompensa extra. Con la proliferación de estas plantas, aumentaron las oportunidades de los insectos para especializarse en la recolección, y las mariposas, además de algunas moscas, desarrollaron unos órganos bucales largos y en forma de tubo que les facilitaban la succión del néctar. Fue entonces cuando apareció el grupo de especialistas más eficiente, las abejas, que siguen siendo las maestras en el arte de la recolección del néctar y el polen.

Las abejas se alimentan más o menos exclusivamente de néctar y polen a lo largo de toda la vida. Mientras que muchos otros insectos, como las mariposas y los sírfidos, se alimentan de flores cuando son adultos, muy pocos lo hacen también en la juventud. La distribución de las flores en el entorno es escasa, y los insectos inmaduros no pueden volar de unas a otras, ya que solo los adultos tienen alas. La innovación única de las abejas consiste en que las hembras adultas recolectan el alimento para su prole y, por tanto, las larvas no necesitan moverse en absoluto. En su fase larvaria, las abejas son como los gusanos: no tienen patas y son en general seres muy débiles, indefensos y dotados de una capacidad de movimiento muy reducida. Dependen totalmente del alimento que les ofrecen las abejas adultas.

Las primeras abejas evolucionaron a partir de las avispas, que eran y siguen siendo depredadoras. Su nombre evoca la imagen de insectos amarillos y negros que a menudo construyen grandes nidos en desvanes y cobertizos de jardín y pueden llegar a ser sumamente molestos a finales del verano, cuando su población se multiplica y la escasez de alimento les obliga a entrar en las casas y acercarse a nuestras mesas de pícnic. Lo cierto es que hay una enorme variedad de especies de avispas, y en su mayoría no se comportan así. Muchas de ellas son parásitas y tienen un estilo de vida truculento que probablemente sirvió de inspiración para Alien, la película de ciencia ficción. Las hembras de estas avispas depositan sus huevos en el interior de otros insectos, inyectándolos a través de un tubo con la punta afilada. Una vez incubadas, las larvas devoran las entrañas de sus anfitriones y abandonan finalmente el cuerpo de la víctima agonizante para formar la crisálida. Otras especies de avispa cazan para alimentar a sus larvas en el nido, construido normalmente en una madriguera subterránea, donde depositan los cadáveres o los cuerpos paralizados, aunque vivos todavía, de sus presas predilectas. Atacan a una amplia diversidad de insectos y arañas, como pulgones, saltamontes o escarabajos, según las preferencias de cada especie. En algún momento de la evolución, una avispa esfécida hizo la prueba de abastecer su nido con polen en lugar de insectos muertos. Como el polen es rico en proteínas, debió de ser un buen suplemento nutricional, sobre todo en los momentos en que escaseaban las presas. La primera abeja apareció cuando la avispa empezó a alimentar a su prole exclusivamente con polen.

No sabemos con exactitud cuándo ocurrió, pues es raro encontrar insectos fósiles y eso nos obliga a reconstruir su historia a partir de la dispersa información disponible. De vez en cuando, un insecto queda atrapado en la resina de los árboles, que al fosilizarse se convierte en ámbar y conserva para la eternidad en un hermoso fragmento sólido al ejemplar cautivo. Los insectos que andan despacio, como las hormigas, quedan atrapados con mayor frecuencia, pero las abejas no suelen ser tan incautas, de ahí que apenas se encuentren restos fósiles. La abeja más antigua conservada en ámbar tiene alrededor de ochenta millones de años y es un ejemplar de una especie conocida como abeja sin aguijón, similar a las que hoy viven en América del Sur. Pertenece a una especie de abejas sociales muy avanzadas, que se agrupan en inmensas colonias, por lo que es fácil deducir que las primeras abejas ya volaban mucho antes que ella.

Una fuente de información muy distinta sobre la evolución de los insectos la ofrece el análisis de la secuencia de ADN, que nos permite calcular la antigüedad de los diferentes linajes evolutivos. Los estudios comparativos del ADN de las avispas y las abejas sugieren que las primeras abejas aparecieron hace unos 130 millones de años, 50 millones de años antes del primer fósil de abeja conocido y probablemente muy poco después de la aparición de las flores, en el Cretácico.

A lo largo de milenios, las abejas han desarrollado diversas estrategias de adaptación para alimentarse de las flores. Muchas especies se han vuelto peludas, porque el pelo les ayuda a desprender el polen de las flores y también a transportarlo durante el vuelo. La abeja cortadora, por ejemplo, almacena el polen entre la densa capa de pelo que le cubre el abdomen; por eso las abejas a menudo tienen el vientre de un color amarillo claro. Los abejorros y las abejas de la miel tienen unas pilosidades duras en las patas traseras con las que forman un cestillo en el que guardan el polen. Cuando alguien visita las flores en busca de polen, es natural que recolecte también el néctar, rico en azúcar necesario para resistir el vuelo. El néctar es costoso de producir para las plantas, de ahí que muchas flores hayan desarrollado con el tiempo diversos sistemas de ocultación, asegurándose de que solo los insectos que les proporcionan un suministro de polen fiable puedan disfrutar de este alimento. Muchas abejas han desarrollado lenguas cada vez más largas para extraer el néctar escondido en las flores. Algunas tienen ahora la la lengua más larga que el cuerpo.

Las primeras abejas, hace 130 millones de años, eran casi con toda seguridad especies solitarias, y la mayoría de las especies de abejas que existen en la actualidad lo siguen siendo. Cada hembra construye su propio nido, normalmente en un agujero del terreno, un tronco o una pared. Las abejas cortadoras forran el nido con hojas que seccionan en perfectos semicírculos y unen con seda unos a otros. Una vez terminado el nido, la abeja lo llena de polen mezclado con néctar y pone uno o varios huevos. Su ciclo vital es muy variable, aunque generalmente se desentiende de su progenie; se limita a sellar la entrada del nido y deja a las larvas el polen necesario para que se desarrollen por su cuenta. La mayoría de las abejas solitarias de climas templados tiene una sola generación por año, y así la prole a veces pasa once meses desarrollándose en el nido antes de abandonarlo, cuando alcanza la edad adulta.

Las especies de abejas solitarias suelen ser pequeñas, oscuras o de colores apagados; por eso la gente rara vez se fija en ellas. Sin embargo, muchas de ellas son muy comunes en los jardines, incluso anidan entre el cemento de los ladrillos de nuestras casas. La presencia de estos seres tan poco llamativos consigue llamar nuestra atención solo en contadas ocasiones, a pesar de que probablemente contribuyen a la polinización de muchos cultivos sin que nos demos cuenta (las abejas de la miel suelen llevarse todos los méritos).

Una vez me vi involucrado en un caso, bastante extraño y aún menos agradable, de una abeja solitaria que estaba causando problemas. Recibí una llamada de unos ingenieros aeronáuticos que estaban investigando la causa del fallo de un instrumento que había obligado a cierta famosa superpotencia —un acuerdo de confidencialidad me impide revelar su nombre— a efectuar un aterrizaje de emergencia. Un instrumento pequeño, aunque decisivo, que mide la velocidad del aire y controla la velocidad de rotación del rotor trasero había fallado, y los fabricantes británicos del aparato se vieron bajo sospecha de suministrar piezas peligrosamente defectuosas. Tras una investigación exhaustiva se descubrió que la causa del fallo era un tapón de una sustancia amarilla y viscosa que bloqueaba un orificio diminuto, aunque imprescindible, en la carcasa del artefacto. Sus análisis indicaban que la sustancia podía ser polen, y fue entonces cuando yo entré en escena. Era polen, efectivamente, identificado como el que producen algunas especies de leguminosas, y sin duda lo había puesto allí una abejita solitaria que escogió el orificio para hacer el nido mientras el helicóptero estaba estacionado. A su regreso de alguna expedición en busca de alimento, la abeja debió de llevarse un buen chasco al ver que su nido se había esfumado.

Sigamos nuestro viaje a través del tiempo. Ya hemos dicho que las abejas aparecieron hará unos 130 millones de años y que hace 80 millones de años algunas adoptaron un modo de vida social, puesto que el fósil más antiguo pertenece a una especie de abeja social desprovista de aguijón. Alrededor de 65 millones de años después de la aparición de las primeras abejas (y, curiosamente, 65 millones de años antes de hoy), la Tierra experimentó un cambio catastrófico. La mayoría de los científicos coinciden en que un meteoro impactó más o menos en la región donde ahora se encuentra la península de Yucatán, provocando olas gigantescas y erupciones volcánicas a gran escala que cubrieron el aire de cenizas y bloquearon la luz del Sol, lo que a su vez provocó un descenso de las temperaturas por debajo del punto de congelación durante meses o años. Prácticamente todas las grandes formas de vida del planeta desaparecieron en muy poco tiempo, entre ellas los dinosaurios. Lo sorprendente es que los representantes de muchos grupos de organismos más pequeños lograron sobrevivir. Según revelan los escasos registros fósiles, los principales grupos de insectos —abejas, hormigas, escarabajos, saltamontes, etc.— al parecer se recuperaron rápidamente, aunque es probable que se extinguiera una enorme cantidad de especies. Las plantas con flores también sobrevivieron, quizá por encontrarse sus semillas en estado de latencia. Es posible que nuestros antepasados —pequeños, peludos y de sangre caliente— lograran sobrevivir alimentándose con los cadáveres de animales más grandes o con las reservas de semillas y frutas del bosque y protegiéndose de las bajas temperaturas en los inmensos depósitos de materia vegetal en descomposición que se formaron al morir los bosques. El planeta no tardó en poblarse de vida, bien es verdad que con formas mucho más pequeñas.

Nuestros antepasados mamíferos aprovecharon los numerosos nichos desocupados para diversificarse. De no haber sido por ese meteoro, es poco probable que la mayoría de los grandes mamíferos, incluida nuestra especie, hubiese llegado a aparecer. Algunas especies se hicieron más grandes y pasaron a ocupar las funciones que anteriormente desempeñaban los dinosaurios. Entre ellas figuran los perezosos, que medían seis metros de altura y pesaban tres toneladas, y el inmenso Uintatherium, parecido a un rinoceronte. Fue en este mundo de gigantes donde surgieron los primeros abejorros, hará entre treinta y cuarenta millones de años. El periodo coincidió con un lapso de temperaturas más frescas que las de hoy, que quizá animaran a las abejas a hacerse más grandes y más peludas. Nuestra mejor hipótesis es que el primer abejorro vivió en alguna parte de las montañas de Asia central, pues esta sigue siendo la región que presenta mayor diversidad de abejorros. Desde allí se extendieron al oeste, al este y al norte del Himalaya, hasta ocupar Europa, China, Siberia e incluso el círculo polar ártico. Como los abejorros no soportan los climas cálidos, no se acercaron al sur, hacia el ecuador, lo que explica que no hubiera abejorros en Australia, Nueva Zelanda o África, al sur del Sáhara, hasta que no se introdujeron en fechas recientes. Hará alrededor de veinte millones de años que los abejorros cruzaron de Siberia a América del Norte, donde proliferaron y se extendieron hacia el sur. Hace unos cuatro millones de años, un puñado de especies atravesaron las sierras de América Central para ocupar América del Sur, convirtiéndose en la única especie natural de abejorros del hemisferio meridional.

Y así llegamos al momento presente. El mundo cuenta con una extraordinaria diversidad de especies de organismos. Hasta ahora se han identificado alrededor de 1,4 millones, aunque se estima que el número total puede presentar enormes variaciones, entre los dos y los cien millones. Doscientas cincuenta de las especies conocidas son abejorros (pertenecientes al género Bombus) y veintisiete de ellas son originarias del Reino Unido. Podría haber algunas especies desconocidas en regiones remotas, aunque probablemente no sean demasiadas. Se conocen unas 25.000 especies de abejas (la superfamilia de los apoideos), de las que se han identificado 253 en el Reino Unido. No cabe duda de que quedan muchas más por descubrir, sobre todo en las zonas tropicales. Las abejas pertenecen a su vez al próspero orden de los himenópteros, que abarca a las hormigas y las avispas, de las que evolucionaron las abejas y hoy se conocen 115.000 especies. Los himenópteros son, por su parte, uno de los muchos tipos de insectos, en conjunto el grupo de organismos más prolífico del planeta, que incluye alrededor de un millón de especies con nombre propio, lo que representa un 70 por ciento de todas las especies conocidas.

Hasta tiempos recientes, este número de especies era el más elevado desde los orígenes de la vida. Sin embargo, a lo largo de los últimos milenios ha empezado a caer drásticamente como consecuencia de la transformación provocada por el ser humano en la superficie del planeta. Cuando nuestros ancestros se extendieron desde África, muchos de los grandes mamíferos, como el mamut, el perezoso gigante y el tigre dientes de sable, sucumbieron en muy poco tiempo, extinguidos por la caza o por la desaparición de sus presas. La mayoría de estos animales no pudo defenderse de los grupos de hombres armados con lanzas y arcos y flechas. En la actualidad, las especies se están extinguiendo a un ritmo entre cien y mil veces superior al natural, en gran medida por la destrucción de sus hábitats y los estragos que causan las especies invasoras. Se calcula que cada veinte minutos se extingue una especie.

Por ahora, se cree que solo tres especies de abejorro se han extinguido a escala mundial: Bombus rubriventrisBombus melanopoda Bombus franklini; pero muchas más correrán la misma suerte. Es la amenaza de extinción de los grandes mamíferos, como el tigre o el rinoceronte, lo que normalmente acapara la atención pública, pero hay razones para afirmar que la pérdida de estas pequeñas criaturas es lo que más debería preocuparnos. Los insectos son responsables de la prestación de numerosos servicios al ecosistema, como la polinización y la descomposición, y hoy sabemos sin lugar a dudas que la vida en la Tierra (también la nuestra) no podría sobrevivir sin ellos. Como dijo el famoso biólogo E. O. Wilson: «Si toda la especie humana desapareciera, el mundo recuperaría el rico estado de equilibrio que tenía hace diez mil años. Si se extinguieran los insectos, la naturaleza se sumiría en el caos».


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