Atrapados en la espiral del odio y el dolor

Foto: CC:

POR ANA CAMPOS Y ANTONIO ARETXABALA 

Escribimos este artículo devastados por la impotencia que sentimos ante las imágenes que nos llegan desde Gaza. Queremos unir nuestras voces a las de todos los ciudadanos de buena voluntad del mundo que están exigiendo el fin de la violencia, y el derecho a la dignidad y la vida de los oprimidos. Así mismo, condenamos rotundamente a los sicarios de las ideologías del odio, auténticos artífices de la espiral de dolor y muerte que sacude al mundo. Pese al dolor, hoy más que nunca es imprescindible elevar la voces para reivindicar la necesidad de hacer prevalecer los valores del amor frente al azote del odio.

Los registros históricos muestran que nuestra historia ha sido escrita en sangre, que no deja de manar a borbotones. Avanzando por el siglo XXI, lo único que parecería que hemos conseguido, gracias al progreso, es seguir las guerras en directo con un nivel de detalle inédito. El horror que se desborda de las pantallas nos sume en la impotencia, enfrentándonos a una espiral de dolor de la que no parece haber salida. ¿Acaso somos una especie sin porvenir? ¿Estamos condenados a matarnos los unos a los otros hasta la autoextinción?

El conflicto en Palestina rompe por completo los esquemas de aquellos que nos abrazamos a la falsa esperanza de que el sufrimiento tiene como contrapartida hacernos mejores personas. “De la pandemia saldremos mejores”, decíamos. Pero no fue así. La historia de Palestina es otra dolorosa muestra. Pocos pueblos han sufrido en sus carnes crímenes tan abyectos como el judío. Las discriminaciones, persecuciones y expulsiones que se remontan a la época medieval fueron seguidas de terribles progromos hasta culminar en el holocausto. El odio ciego a los judíos, el antisemitismo, prendió la llama de los peores crímenes que recuerda la humanidad llenándonos de oprobio a los europeos, ese pueblo “ilustrado” que presume de cultura y civilidad olvidando con demasiada frecuencia su infausto pasado como colonizador.

Que un Estado impulsado por judíos desplazase a otro pueblo de su hogar tras el holocausto, arrebatándole su tierra a sangre y fuego, es algo que cuesta mucho digerir. ¿Acaso el terrible sufrimiento que les fue cruelmente infringido no les hizo más sensibles al dolor ajeno? Es imposible no simpatizar con el objetivo original del sionismo: encontrar una tierra donde refugiarse de las persecuciones, una tierra a la que llamar “suya” en la que nadie pudiese discriminarles ni hacerles sentir extranjeros. Ni enviarles a una cámara de gas por el hecho de ser judíos. Pero no menos imposible resulta encontrar una justificación a lo injustificable: la forma en la que el movimiento sionista hizo realidad su sueño, con la complicidad de una Europa a la que le escocía la conciencia a la par que ardía en deseos de quitarse un problema de encima.

Conocer la historia hasta el último de sus detalles, remontándonos atrás en el tiempo para desenmascarar que el origen de la tragedia es la discriminación del otro, de cualquier otro, ya sea por razones de etnia, de cultura, de religión, o una mezcla de todas ellas, queda claro que no sirve para resolver un conflicto que lleva abierto 75 años inundado de sangre inocente. ¿Cómo podemos dormir tan tranquilos después de que, a la hora de la cena, se hayan colado en nuestros hogares imágenes en tiempo real de niños condenados a un infierno en vida, o de otros cuya vida les ha sido arrebatada con una crueldad indescriptible?

No podemos. O, al menos, no deberíamos.

Desafortunadamente, lo cierto es que ni podemos esperar que el sufrimiento nos haga mejores, ni tampoco que la razón arroje esa luz que tanto necesitamos para salir adelante. Estamos sumidos en una espiral de odio y de dolor que genera más odio y más dolor, una espiral que acabará con nosotros si no somos capaces de escapar de ella. Que el mundo esté nuevamente al borde de una escalada bélica de consecuencias difíciles de anticipar no deja de ser la guinda que falta al pastel del drama climático-ambiental, un drama que sólo puede ser afrontado desde una solidaridad global, y transversal a todos esos parámetros que nos segmentan en grupos en virtud de nuestra etnia, nuestro país de nacimiento, nuestras creencias o nuestro patrimonio material. Una solidaridad absolutamente inédita en la historia de nuestra especie, experta en las matanzas mutuas como forma de resolver los conflictos. Cómo seremos de absurdos, de idiotas, que uno de los grandes logros del Idioceno es haber establecido reglas ¡para la guerra! (Y bienvenidas sean, mientras no seamos capaces de resolver los problemas de otra forma).

Ideologías del odio

Los europeos hemos sido educados en el culto a la razón, a poner nuestros mejores esfuerzos en intentar que la ciudadanía sea consciente de los problemas que nos azotan junto a las causas que los subyacen como fórmula para solventarlos. Pero la realidad, tozuda, muestra una y otra vez que de poco sirve fomentar una ciudadanía consciente si no somos, también, una ciudadanía sintiente. El materialismo racionalista heredero de la modernidad ha cerrado la puerta a los sentimientos bajo el argumento de que dejarnos llevar por los impulsos emotivos, por la ira, el enfado, la sorpresa, la alegría… nos convierte en barquitos a la deriva. Y es cierto: dejarnos llevar por las emociones es muy poco recomendable. Pero este argumento es falso pues confunde emociones con sentimientos, algo mucho más profundo que va cocinándose a fuego lento en los corazones a través de nuestras experiencias vitales. Las sociedades occidentales son fábricas de analfabetos afectivos a escala industrial.

Los sentimientos prevalecen al pensamiento. Esto es así, y así lo comprobamos cada día cuando vemos a la razón darse de bruces contra el odio, que la destroza desde el sinsentido. Algo bien sabido por las ideologías del odio, que se nutren de fomentar antivalores como el egoísmo, la envidia, la soberbia y la mentira para ir empoderando la ignorancia ajena y manipular a la gente. La mezcla de maniqueísmo, desinformación y egoísmo es el caldo en el que se cultiva el odio. Una vez servido, la razón pierde la batalla arrojándonos a esa espiral que se retroalimenta a sí misma, pues la impotencia frente a la sinrazón es otra de las fuentes de las que emerge odio. El odio y el dolor generan más odio y más dolor, con la razón demostrándose incapaz de contener el tsunami.

Reivindicando el amor para combatir el odio

Al odio sólo se le puede combatir con otro sentimiento que sea más fuerte, un sentimiento capaz de hacerlo añicos. Al odio solo se le puede combatir con amor, ese poderoso sentimiento que tal vez sea lo que subyace a la vida, dotándola de una razón de ser. Al abrazarnos al odio dando la espalda al amor, a la esencia de la vida misma, nos condenamos a muerte, como demuestran una y otra vez los hechos.

Hay que seguir fomentando que la ciudadanía sea consciente, hay que seguir educando en la razón como guía de nuestros pasos, aprender de los errores pasados para no volver a repetirlos. Pero es mucho más urgente, e imprescindible, fomentar los valores de los que surge el amor: la empatía, la solidaridad, la compasión, la justicia, el respeto al diferente. En definitiva, el encuentro.

Es muy fácil caer en la trampa de las ideologías del odio, que nos atrapan en ella consiguiendo que hasta los más inocentes acaben por alimentar la espiral de odio y dolor, de dolor y odio. Tal vez sea porque el sufrimiento, en lugar de hacernos mejores como creíamos, tan sólo consigue endurecer el corazón de aquel para el que la vida ha perdido todo su valor. ¿Qué valor puede otorgar a la vida, propia y ajena, quien desde niño sólo ha visto que el otro es un cruel maltratador, alguien que se dedica a disparar a las ambulancias con su vecina embarazada, paralizándola varias horas hasta que la pobre mujer retorcida de dolor tenga un aborto? ¿Qué valor otorga a la vida, propia y ajena, quien ha visto cómo el otro le rompe los brazos con una enorme piedra a su primo de 14 años para que no vuelva a lanzar piedras a los soldados?

Los que tenemos la fortuna de estar fuera del vórtice del terror tenemos la obligación de apostar por el amor para combatirlo. Sólo si somos capaces de instalarnos en el amor podremos hacer frente al odio para romper la espiral de dolor. Ahora bien: ¿Cómo se apuesta por el amor? ¿Cómo se fomenta una ciudadanía sintiente? ¿Cómo escapamos de las trampas de las ideologías del odio? ¿Cómo se lucha contra los antivalores del odio para reemplazarlos por los valores del amor? Estas son las preguntas que deberíamos hacernos. Contestarlas tal vez sea el mayor reto de nuestro tiempo pues, en sus respuestas, reside la única fórmula capaz de salvarnos del abismo de la autoextinción.

Las tres dimensiones humanas –pensar, sentir y querer (como voluntad)– pueden y deben ser armónicas. Cuando los antiguos hablaban de enfermedades del alma o patologías del ser humano, veían cómo la voluntad se desligaba del pensar y del sentir. Con el sistema capitalista basado en el consumo de ingentes cantidades de energía fósil, pensar, sentir y querer se desligaron por completo, de tal manera que en las sociedades contemporáneas se imponen pensamientos contrarios al sentir e incluso a la voluntad: quiero esto, pero hago aquello porque, aunque me sienta mal por hacerlo, el convenio económico y social así me lo exige. Así nacieron la esquizofrenia y los trastornos mentales con nuevos impactos en las maneras de pensar, estados de ánimo y comportamientos crueles con los demás e incluso con uno mismo. Así fue como nos convertimos en minusválidos del amor. Una última pregunta, para la reflexión: ¿qué llevamos grabado en el alma para que, fuera del contexto romántico o familiar, la palabra amor suene tan insufriblemente ñoña que casi provoque sonrisas indisimuladas de desdén?

El arte, embajador del amor

El amor tiene un poderoso embajador en el arte, en la expresión a través de la belleza de aquello que no puede ser razonado sino tan solo sentido porque modula esas tres dimensiones. “En cuanto cedes a algo que no crees, sucumbes y te conviertes en un conformista. El arte actúa sobre la sensibilidad y, por lo tanto, sólo puede actuar a través de la sensibilidad” (Vasili Kandinsky. De lo espiritual en el arte, 1911).

En estos tiempos de dolor el arte redime a su autor, y lo hace a través del amor que este vuelca en su obra. El arte, fuente de inspiración, nos señala el camino a seguir para romper con la espiral de odio y escapar de ella: convertirnos en artistas de lo cotidiano que cultivan el arte de la compasión, inseparable compañera y brazo armado del amor.

Deja tu comentario

¿Qué hacemos con tus datos?

En elasombrario.com le pedimos su nombre y correo electrónico (no publicamos el correo electrónico) para identificarlo entre el resto de las personas que comentan en el blog.

No hay comentarios

Te pedimos tu nombre y email para poder enviarte nuestro newsletter o boletín de noticias y novedades de manera personalizada.

Solo usamos tu email para enviarte el newsletter y lo hacemos mediante MailChimp.