Las aves, estrellas del cine: de ‘Los Pájaros’ a ‘El hombre de Alcatraz’

Las aves, estrellas del cine: de ‘Los Pájaros’ a ‘El hombre de Alcatraz’

Alfred Hitchcock, promocionando su película ‘Los pájaros’.

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‘Mirad las aves del cielo’, del polaco Stanislaw Lubieński, recientemente publicado por Volcano, es un extraordinario libro de amor por las aves, lleno de reflexiones no solo sobre las salidas ornitológicas al campo, sino las aves en relación con la sociedad y la historia, la literatura y el cine… “Una exploración brillante sobre nuestra fascinación por las aves que demuestra que, alzando la mirada, existe todo un mundo de sonidos, colores y significados asombrosos”. Como muestra de su belleza, hemos elegido unos extractos del capítulo ‘James Bond S. A.’ en los que desgrana el protagonismo de las aves en películas como ‘Los Pájaros’, de Hitchcock, ‘El hombre de Alcatraz’ y ‘Kes’, de Ken Loach.

“Los pájaros (1963), de Alfred Hitchcock, es una de las pocas películas en las que las aves tienen un papel importante, aunque es una pena que este sea más bien negativo. Durante una de las escenas, para conseguir un efecto realista, el equipo le lanzó pájaros vivos a Tippi Hedren. Al cabo de una semana hubo que interrumpir el rodaje para que la actriz se recuperase. Desde la perspectiva actual, los cuervos dibujados en la película y superpuestos en los planos sobre los actores resultan más bien cómicos. Lo mismo ocurre con los especímenes que se adhieren a la ropa de los personajes que huyen. Sin embargo, la imagen de una bandada que se arremolina, un elemento irracional, es muy potente. Está grabada en algún lugar del subconsciente y nadie que haya visto Los pájaros mirará con desapasionamiento una lúgubre y chirriante tromba de grajos y grajillas. Ni las bandadas de miles y miles de estorninos que se congregan al atardecer llenando el silencio vespertino de ansia y estrépito.

En Los pájaros, los agresores no son aves rapaces, sino máquinas de matar con garras aladas. La amenaza tiene un rostro aterradoramente inocente y familiar. En la película de Hitchcock atacan a las personas las aves que conviven con nosotros: gaviotas, cuervos, gorriones, estorninos. Es cierto que las gaviotas pueden ser bastante atrevidas en las ciudades portuarias. Las recuerdo arrebatando el contenido de los platos a los turistas que comían en el muelle de Brighton. Eran enormes e insolentes, sus picos amarillos con puntos rojos eran sobrecogedores y muy pocos se atrevían a protestar. La gente engullía tímidamente los restos de comida que habían ocultado con la esperanza de ser más rápidos que las gaviotas.

Los pájaros de Hitchcock se comportan de forma poco natural. En una escena, los cuervos se congregan silenciosamente frente a una escuela. Cualquiera que haya visto, al menos una vez, una bandada de cuervos (u otros córvidos) sabe que son bastante ruidosos en grupo. Es evidente que traman algo (con su inteligencia colectiva). Cuando los niños aparecen delante del edificio, la bandada los ataca con un alarido. Su aliada es una ornitóloga pesada y gruñona. Afirma que los pájaros “aportan belleza al mundo”, y se explaya sin pies ni cabeza sobre su recuento anual. Todo en su aspecto indica claramente que es una vieja excéntrica.

El espectador está deseoso de que la señora se dé de bruces con la realidad. Y efectivamente, pronto las gaviotas la atacan, como si cediesen a este deseo. Provocan un incendio en el centro de la ciudad. La ornitóloga está devastada; su visión idealista del mundo acaba de romperse en pedazos.

El filósofo esloveno Slavoj Žižek recurre a Freud para explicar Los Pájaros: la agresión animal como emanación de la tensión sexual entre los tres protagonistas. ¿Es la bandada que sale volando de la chimenea una explosión de energía incestuosa de una madre que no quiere compartir a su hijo con su prometida? No lo sé. Yo, en mi interpretación superficial, me centro en el carácter de la ornitóloga. Hitchcock se pone del lado de los que cuestionan la autoridad y se sienten molestos con las pontificaciones de los expertos. Porque, al fin y al cabo, no todo se puede explicar. “¿Por qué lo hacen?”. No lo sabemos ni tampoco lo averiguaremos. La película nos inculca la sensación de que la realidad puede rebelarse contra nosotros. Una lástima que Hitchcock haya elegido a las aves para ilustrar esta tesis”.

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“En la película Kes (1969), el comprometido director inglés Ken Loach retrata la ciudad minera de Barnsley y sus habitantes. La mayoría de los papeles los interpretaron actores no profesionales. Sus acentos eran tan incomprensibles que el sonido fue doblado para los espectadores estadounidenses. El efecto de profundo realismo lo acentúa aún más la fotografía, hecha con luz natural. Esto hace que el mundo de Barnsley sea sombrío, pero es que tampoco la historia es precisamente alegre. Se trata de Billy Casper, un adolescente marginado que crece en medio de una pobreza desesperante. La casa de la familia es tan pequeña que el niño tiene que compartir la cama con su hermano mayor Jud, que se levanta todos los días al amanecer para ir a la mina. Y la mina es lo máximo a lo que Billy puede aspirar.

El chico vaga sin rumbo por la ciudad: reparte los periódicos y se mete en problemas en la escuela. No parece que vaya a ser una persona de provecho. Pero un día, mientras pasea por un bosque en el extrarradio, se fija en un cernícalo mientras caza. Observa fascinado cómo el diminuto halcón planea en el aire, surca el cielo con ágiles planeos y se posa en lo alto de un viejo muro de piedra. Billy roba un atlas de cetrería de una tienda de antigüedades, y una mañana arrebata a un polluelo del nido. Es una hembra, y el niño le bautiza Kes (cernícalo en inglés). Todos los días le consigue carne e intenta adiestrarla, aunque afirma que a un halcón no se le puede adiestrar, simplemente se le puede enseñar a cooperar. ¿O será el pájaro quien adiestre al niño?

Billy se deja sugestionar por una fantasía. Quisiera ser como el halcón, libre, independiente, mientras que las instituciones estatales y los estrictos profesores ya le han hecho un hueco en la mina. Su cernícalo, protegido desde que era un polluelo, tampoco es libre, no conoce ni necesita la libertad. La libertad de las aves silvestres es solo aparente. Sí, no están limitados por el espacio, pero su vuelo debe tener un propósito. Se guían por el instinto, no por capricho. No abandonarán a sus polluelos en un arrebato irreflexivo, y su migración de otoño y primavera no es un simple viaje, sino su lucha por la vida. Historias como Kes nunca acaban bien, sobre todo cuando pretenden despertar nuestra ira ante la injusticia del mundo. El cernícalo es asesinado por el primitivo Jud, para castigar a su hermano por la apropiación indebida de una pequeña cantidad de dinero. La muerte del halcón es el fin de sus ilusiones. Lo que queda es la realidad gris cubierta de hollín de las minas de carbón.

Encuentro similitudes con la historia de Kes en la película El hombre de Alcatraz (1962), cuya historia está basada en hechos reales. Un imponente Burt Lancaster interpreta a Robert Stroud, un preso condenado a cadena perpetua que ya ha pasado cuarenta y tres años en régimen de aislamiento. Este evidente psicópata se ablanda inesperadamente cuando encuentra a un polluelo de gorrión, arrojado al patio por la ventisca. Las autoridades penitenciarias le dan permiso para tener el pájaro en aislamiento y empieza a cuidarlo con mimo. Y entonces aparece un atisbo de humor en esta película deprimente. El precedente desencadena una avalancha: las celdas de asesinos, violadores y otros degenerados se llenan de canarios. Pero el entusiasmo de los presos dura poco. Uno por uno, le envían todos los pájaros a Stroud.

Stroud recibe un canario hembra de Feto Gómez (Telly Savalas). Decide criar los pájaros en su celda. “¿Una nueva vida? ¿En la cárcel?”, se pregunta el guardia. “Creo que les da igual. De todos modos, los canarios viven entre rejas”, responde el viejo reincidente, que no se hace ilusiones. Solo el hombre encarcelado anhela la libertad. Liberados de su jaula, los canarios revolotean indefensos por su celda. No saben lo que es la libertad. El hombre de Alcatraz es una película sobre el éxito de la rehabilitación y la crueldad del sistema. Stroud, a pesar de haber completado solo algunos cursos de primaria, lee libros de texto y artículos científicos escritos por académicos. Inventa curas para las enfermedades comunes de las aves de granja. Los resultados de sus investigaciones aparecen en revistas profesionales y las universidades le ofrecen becas. Pero nunca saldrá de la cárcel. Es mejor ser un canario y no conocer el sabor de la libertad”.

El actor Burt Lancaster con un gorrión en ‘El hombre de Alcatraz’

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“Los ornitólogos de las películas no suelen ser hombres fuertes, decididos y con iniciativa, pero hay excepciones. Por ejemplo, Raymond Tusk, de la primera temporada de House of Cards (2013), un empresario y magnate de la energía. El protagonista de la serie, el cínico y despiadado político Frank Underwood, va a visitarle a su mansión y le ofrece el cargo de vicepresidente. Frank se retuerce literalmente de celos porque cree que ese puesto le corresponde a él, y no sabe que es solo una prueba. En realidad, él es el candidato al puesto de vicepresidente, y Raymond está allí para juzgar si Underwood da la talla.

Así que Frank se ahoga de pura indignación y Tusk se lo pasa en grande. Le lleva a su jardín para mostrarle una especie de pájaro carpintero. Es un ornitólogo aficionado, es decir, el clásico bicho raro. Frank nos mira directamente a nosotros, los espectadores (una de las señas de identidad de la serie), con burla y desdén. “Menudo soso”, dice su mirada. Al fin y al cabo, no es muy serio ver pájaros cuando solo habría que hablar de lo único que le interesa a Underwood: el poder. Nosotros, por supuesto, estamos de acuerdo con él; hemos sido rehenes y cómplices silenciosos de sus iniquidades desde el principio. Y sin embargo, Tusk le mirará por encima del hombro y saboteará sus planes. A su vez, Frank primero lo subestimará, luego lo apreciará y finalmente lo destruirá. Al igual que todos los obstáculos en su camino”.

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“La comedia estadounidense El gran año (2011), dirigida por David Frankel, está dedicada al tema de la compulsión por las aves. A pesar del reparto estelar, la película fue un fracaso estrepitoso. Las críticas tampoco fueron demasiado elogiosas, y no es de extrañar: la comedia provoca, como mucho, una débil sonrisa. ¿Qué significa el “gran año” del título? Doce meses de estampida ininterrumpida de especies avícolas en todo Estados Unidos. Desde la isla de Attu, en Alaska, pasando por los desiertos de Nevada, hasta los manglares de Florida. Muchos observadores de aves se tomaron un año libre para la ocasión. El plusmarquista goza de la misma reputación en la comunidad que un medallista olímpico.

Imagen promocional de la película ‘El gran año’.

Los tres protagonistas no solo lidian con sus rivales, sino también con sus propios problemas. Stu Preissler (Steve Martin) es el director general de una gran empresa que se jubila y que teme la ociosidad, así que lucha contra la tentación de volver al trabajo. Brad Harris (Jack Black) es el clásico perdedor. Un divorciado en plena crisis vital que vive con sus padres y tiene que pedir apoyo a su progenitor, que critica su pasión por los pájaros. La obsesión por los pájaros del actual plusmarquista, Kenny Bostick (Owen Wilson), le ha llevado al divorcio. Ante nuestros ojos, destruye otro matrimonio a costa de la victoria.

La película no intenta explicar por qué la gente está dispuesta a participar en este agotador concurso sin premios. No es más que cine familiar de verano. La carrera y sus reglas no escritas parecen una tontería para la gente que apenas repara en la existencia de los pájaros. El gran año, al parecer, pretende convencer de que la ornitología no es aburrida y los observadores de aves no están locos, pero solo consigue reforzar los estereotipos. El crítico del Daily Telegraph lo resumió acertadamente: las películas sobre excéntricos requieren un enfoque excéntrico. ¿Y si la hubiera rodado Wes Anderson?”.

‘Mirad las aves del cielo’. De Stanislaw Lubieński (Volcano Libros). Traducción de Amelia Serraller.

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