¿Y si cambiamos a blanco y negro una película de Almodóvar?

¿Y si cambiamos a blanco y negro una película de Almodóvar?

Fotograma con Penélope Cruz de la película ‘Dolor y gloria’. de Pedro Almodóvar. Foto: El Deseo.

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El autor nos introduce en un experimento cinematográfico bastante ‘friki’: invita al espectador a hacer el montaje definitivo de algunas de sus películas o series favoritas, según sus gustos propios, para apreciar mejor lo que quieren contar. Cambiando el ritmo de visión, el color de la cinta o la escena final… Así, decide ver ‘Retorno a Brideshead’ espaciando la visión de los capítulos primero por semanas, y luego por meses y luego por años. O cambiar ‘Dolor y gloria’, de Pedro Almodóvar, al blanco y negro. O prescindir de los planos finales de algunas películas clásicas.

Nota primera: este artículo está basado en hechos reales, o siendo más preciso, en experiencias reales. Lo que quiero decir es que lo que voy a relatar a continuación lo he vivido en primera persona, y no solamente pensado, reflexionado u opinado a lo largo de los años.

Nota segunda: la tesis que voy a plantear a continuación, si es que se le puede llamar así, es por tanto personal y totalmente subjetiva, y no pretende fundamentarse como una proposición primordial de la teoría audiovisual contemporánea; digamos que es una tesis de andar por casa, o por el espacio doméstico, que es como se llama ahora.

Todo comenzó allá por 2008, cuando asistí, junto a una amiga, a la proyección de la versión cinematográfica de Brideshead Revisited (Retorno a Brideshead). A la salida, lógicamente, comentamos qué nos había parecido lo que acabábamos de ver; a ella, que no conocía la versión televisiva que de la novela de Evelyn Waugh se había emitido en España a comienzos de los ochenta, le había gustado, sin entusiasmo, pero le había resultado correcta, buenas interpretaciones, un diseño de producción excelente, a la altura de las producciones británicas de época, pero poco más; yo, que sí había visto la serie, estaba de acuerdo, era una cinta interesante, pero en mi valoración intuía algo más, y no sabía exactamente lo que era, que la hacía fallida.

Pasé varios días dándole vueltas al asunto; presentía que, aunque las comparaciones son odiosas y juzgar dos creaciones que surgen de un mismo origen, aquí una magnífica novela, es muy difícil, y en ocasiones vano, la confrontación en este caso iba más allá de las cualidades técnicas o artísticas de cada producción.

Hasta que por fin creo que encontré la respuesta; la clave estaba, o mejor dicho era, el tiempo; mientras que la película duraba algo más de dos horas, la serie se dilataba a lo largo de algo más de once.

La controversia entre ambas creaciones, deduje, se encontraba en que el largometraje, a pesar de lo paradójico de su designación, difuminaba hasta casi hacerlo desaparecer a uno de los protagonistas principales que a mi parecer tiene la obra de Waugh: el tiempo, representado bajo diferentes apariencias, ya fuese como proyección de futuro y soporte de anhelos, proyectos e ilusiones, pero sobre todo como condensador del pasado en forma de memoria, nostalgia y sueños, la mayoría de ellos frustrados.

Fotograma de la serie ‘Retorno a Brideshead’.

Para confirmar mi tesis, y disponiendo ya de la versión en dvd, me dispuse a volver a contemplar la serie, pero no con una periodicidad de un capítulo por semana, como originalmente lo había hecho en mi adolescencia obligado por la tiranía de la programación de la televisión estatal, sino a un capítulo por mes. Intuía que mi investigación iba por buen camino, pero quise ir más allá, y así, el 1 de enero del año 2000, comencé de nuevo a ver la serie, pero asignándole entonces un lapso anual entre capítulo y capítulo.

Y entonces constaté cómo ese visionado anual añadía un factor de olvido, o mejor dicho, de desmemoria, que difuminaba los recuerdos que yo iba acumulando sobre lo narrado, e incluso de confusión sobre lo todavía no acontecido, pero que yo recordaba de visionados anteriores.

Y creo que acerté en mi pronóstico; junto a la triada de protagonistas y todo un coro de personajes secundarios, surgió en un papel estelar, al haberle proporcionado, gracias a un visionado cada vez más dilatado, un protagonismo cada vez mayor, el tiempo; por decirlo de otra manera, otorgaba espacio al tiempo y lo mostraba como actor fundamental de un relato que no deja de ser un prolongado flashback circular.

Por si alguien siente curiosidad y se pregunta si Retorno a Brideshead ha abandonado mi vida después de ese visionado expandido a lo largo de diez años, decirle que no; desde el pasado 1 de enero he comenzado lo que supone una deconstrucción total de esta maravillosa serie volviendo a recuperar la periodicidad de un capítulo anual, pero introduciendo ahora el factor aleatorio, reforzando de esta manera la discontinuidad del relato original.

Dentro de 10 años les contaré el resultado. (En El Asombrario).

Esta experiencia me hizo reflexionar sobre las posibilidades que a día de hoy tiene el espectador de reformular, reconstruir y revisionar el objeto audiovisual, ya sea cinematográfico o televisivo, aunque, en una época de pantallas ubicuas y omnipresentes, estos términos creo que han quedado obsoletos por superados; visionados fragmentarios y discontinuos de productos que se concibieron originalmente como unitarios, sesiones maratonianas de capítulos concebidos para ser disfrutados con una lógica episódica espaciada, ruptura, mediante la difusión del spoiler, del ordenamiento del relato audiovisual… hacen que el espectador actual deje de asumir un papel meramente pasivo de observación y asimilación de lo visto para convertirse, al igual que sucede en ciertas manifestaciones del arte contemporáneo (performance, instalaciones, arte digital interactivo, videojuegos…), en, no voy a decir protagonista, pero sí en una especie de montador o maker último.

Y así, recordé cómo a lo largo de mi vida, cada vez que he visto esa obra maestra del cine negro que es The Killing (Atraco perfecto), sentía un tremendo desasosiego cuando se proyectaban las imágenes que muestran los preparativos de ejecución para asesinar a uno de los caballos que participan en la carrera.

Siempre vi en esas secuencias un apéndice totalmente innecesario en una maquinaria narrativa perfecta.

Dada mi falta de conocimientos y pericia en el ámbito digital, sólo he podido visualizar la obra de Kubrick tal como me gustaría hacerlo en mi cabeza, borrando mentalmente dichas escenas ecuestres, esperando que algún día alguien pueda proporcionarme esta cinta editada con mi personal montaje, y poder así comprobar si la estructura narrativa se resiente, o no, después de la censura, o incluso queda reforzada.

Y ahora un caso más reciente.

Habiendo visto la obra con tintes (anoten mentalmente el sustantivo) biográficos Dolor y gloria de Pedro Almodóvar en el cine, el sabor que me dejó fue, no digamos agridulce porque sería utilizar un tópico demasiado manido, pero sí, extraño. Por eso, ya con el dvd en la mano, intenté averiguar de dónde provenía esa sensación que me hacía verla, igual que me había sucedido con Retorno a Brideshead, como una obra interesante, pero nada más, intuyendo que podría ofrecerme otras sensaciones cocinada de manera diferente, introduciendo algún factor de corrección; sabía que lo que se me había contado me había interesado, incluso emocionado, pero intuía algo en el cómo se había realizado que no llegaba a satisfacerme.

Y así, me dispuse nuevamente a ver el largometraje, pero pudiéndome desentender de la trama y urdimbre narrativa, de lo que en ella se me contaba, para fijar mi atención en lo que siempre me ha sobrepasado en el cine de Almodóvar, su estética, donde residía, presuponía, de manera especial, la insatisfacción ante esta creación.

Lo que concebí fue eliminar el color y ver así una película en blanco y negro, alejada del histrionismo cromático del universo almodovariano que tanto interfiere en mi visión de sus películas; y efectivamente, para mi gusto, y no me canso de repetirlo, a título personal y totalmente subjetivo, el producto empezó a gustarme, y la obra empezó a cobrar sentido pleno.

Pero la satisfacción no era completa, y volví a verla en grises, que creo que tendría que ser la denominación correcta, pero manteniendo ahora el color en las secuencias que se centraban en los recuerdos de infancia del narrador/director; de esa manera, el pasado, como sucede en Retorno a Brideshead, surgía, como sucede en cualquier relato autobiográfico, como protagonista vivencial y esclarecedor frente a un presente que por contraste se nos muestra acromático. Ahora sí, mi montaje, con el hallazgo en la asignación inversa del color para el pasado y el blanco y negro para el presente, quedaba concluido.

Antonio Banderas en ‘Dolor y Gloria’.

Y finalizo este repaso a mi repaso como artífice cinematográfico con algunos ejemplos de esas películas que consideraría buenas o muy buenas, o al menos interesantes, de cuatro o cinco estrellas sobre cinco, si no fuera por esos minutos, e incluso segundos, finales que sólo se explican por los dictados de los productores ávidos de ofrecer finales digeribles para el público más acomodaticio y no acostumbrado a sabores extraños, o a meros despistes de algunos guionistas, realizadores o montadores, que son capaces de arruinar una magnífica carrera en los metros finales, o incluso de malograrla por un tropiezo estúpido a mitad de recorrido.

Así, cada vez que veo la magnífica Lantana, una película a medio camino entre el policiaco y el subgénero de vidas cruzadas, que es capaz de mantener la tensión y curiosidad del espectador durante dos horas, abandono su visionado cuando quedan únicamente cuatro minutos, ya que no dejan de ser, canción de fondo incluida, un magnífico anuncio de seguros.

O si veo Two lovers (Mis dos amores), en la que la dicotomía, ambivalencia, ambigüedad o cualquier otra designación múltiplo de dos que puedan definir la relación de funambulista del protagonista con sus dos amantes, queda destrozada en las secuencias finales y que yo, para no incurrir en el spoiler, o dicho en la jerga castiza, ahora que el nacionalismo matritense está en auge, para no destripar el final, marco en el minuto 96.

Y como último ejemplo, Last night (Sólo una noche), en la que utilizo las tijeras para deshacerme de los últimos 18 segundos, para dejar el protagonismo del plano final a unos mudos pero acusadores zapatos, y no al confuso plano/contraplano de la pareja protagonista.

En resumen, creo que el actual espectador que posea cierto planteamiento e inquietudes críticos tiene a día de hoy las posibilidades de conformar su propio montaje, o al menos el visionado de cualquier producto audiovisual, para convertir ese spertador´s cut en el montaje definitivo que supere al que dicten por diferentes motivos, especialmente los económicos, los propios directores, o por motivos comerciales, crematísticos al fin y al cabo, los productores.

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