Carlos Pérez, el ingeniero de Renault al que mató el trabajo

Carlos Pérez, el ingeniero de Renault al que mató el trabajo

Detalle de la portada y una de las páginas de la historia ilustrada ‘Cuando el trabajo mata’.

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La adaptación gráfica de la investigación periodística llevada a cabo por Hubert Prolongeau y Paul Moreira tras la oleada de suicidios en Renault y France Télécom (Orange) nos recuerda cómo el sistema también hunde sus raíces en nosotros hasta, quizá, llegar a ese punto final que es quitarse la vida uno mismo. La publicación se titula ‘Cuando el trabajo mata’ (Garbuix Books) y es un perfecto repaso a la explotación laboral cotidiana, la exigencia esgrimida por los superiores, la pérdida de la noción de la vida familiar y la externalización de la explotación en otros países con condiciones laborales menos avanzadas. Aquí está la historia en cómic de la vida de Carlos Pérez… Pero también la de su muerte.

Sus nombres no abren telediarios. Las noticias se reducen a pequeños apartados en los grandes medios una vez que salen las estadísticas oficiales; y como suele ocurrir, habrá que esperar un año más para volver a hablar de ello. Todo como si se tratara de un suceso aislado, sin relación, algo casual que no tiene hondas raíces integradas en el capitalismo. Son los trabajadores fallecidos mientras desempeñaban sus funciones o se dirigían a su puesto de trabajo. ‘Terrorismo patronal’, que dirían algunos. En España, el año pasado fueron 705 personas las que perdieron la vida en estas circunstancias, 648 hombres y 57 mujeres.

Una portada rojinegra nos invita a pasar a esta sala repleta de verdades indeseables. “Puedo prometerle una cosa: todo lo que pueda darle a la empresa, se lo daré”, dice Carlos ya al principio. Entusiasmado por haber podido estudiar ingeniería, su sueño desde pequeño fue diseñar coches. De origen humilde, él lo consiguió, y eso es lo que le hizo pensar, equivocado, que la oportunidad de trabajar en Renault debía devolvérsela a la empresa.

A los cinco años se convirtió en jefe de taller, con un equipo bajo sus órdenes. “Podré hacer lo que quiera. Ya sabes que tengo un montón de ideas”, le decía entusiasmado a su mujer, Françoise. Pero pronto el capitalismo hace de las suyas y llega la deslocalización de las oficinas a un edificio y, cómo no, moderno. La casa que los dos se habían comprado cerca de las ahora antiguas oficinas, en aquel momento contiguas a los talleres de la multinacional, queda ya muy lejos de su centro de trabajo.

La deslocalización no viene sola; de la mano trae un nuevo concepto: los objetivos individualizados, un ataque directo contra el trabajo en equipo. “Así sabrán quién hace qué y quién lo hace bien y quién lo hace mal. Es una forma de controlarnos”, acierta a pensar el propio Carlos. El trabajo se endurece y las eternas jornadas laborales le asfixian; tanto, que apenas llega a tiempo para ver nacer a su primera hija.

Cambian las cosas. Ahora todos los trabajadores deben entrevistarse con el responsable para evaluar su trabajo. El jefe, instruido en el nada noble arte de hacer creer lo que no es, suelta por su boca los mayores deseos de sus empleados, nada más lejos de la realidad: “Aquí co-decidimos. Construimos el proyecto juntos (…)”, llega a decir. Mientras tanto, la vida familiar sigue su curso. La escena se repite: Françoise le da el biberón a su hija, Carlos no para de hablar sobre el trabajo.

El color de las viñetas que presenta la publicación adquiere un lenguaje propio, un contraste perfecto en cada escena que se sucede. Por eso, cuando llegan unos niños de papá a gestionar una empresa que no conocen, los tonos se ensombrecen. Carlos, que piensa que debe su vida a la empresa e ignora que la empresa no sería nada sin él y sus compañeros, cree que no será para tanto.

Ya espera a su segunda hija y la encargada de recursos humanos, cuando pide un aumento, le responde sin remilgos: “¡No podemos hacer nada! Vale más hacerse a la idea, ponerse una tirita y seguir adelante”. Una lástima que las tiritas no frenen el estrés laboral, persecutorio, torturador, al que cada día se ven sometidos millones de trabajadores en el mundo. A la vez, algunas huelgas se suceden en otras factorías de Renault. “¡Huelga a la cara!”, grita uno de los compañeros de Carlos. Poco después, se conoce la noticia de diversos suicidios en otras plantas de la multinacional.

“Ya no duerme. Le encuentro extremadamente angustiado y nervioso. Me tomo la libertad de decírselo porque se trata de un amigo”, avisan a la empresa. El dibujo esbozado de Carlos cambia en las páginas, se apaga, envejece y su barba cada vez cuenta más penosidades. La nueva jefa no hace cambiar las cosas: “Soy dura pero justa. Siempre que se haga el trabajo”, se presenta.

Es ahí cuando le llega su primera ideación suicida. ¿Cómo quedaría su cabeza si la asomara al andén justo en el momento en el que el tren entre en la estación? Pero sigue con su vida, que no es otra que contestar correos electrónicos de la empresa un sábado a las diez de la noche. “Me acuesto sin ti toda la semana, nunca vienes conmigo”, le dice Françoise.

La deslocalización ahora se hace intercontinental. Dado su buen nivel de español al ser hijo de una modesta familia de migrantes, la empresa decide mandarle a Argentina. Se tiene que ir pasado mañana. Eso sí, la nueva jefa, en agradecimiento, en lugar de referirse a él como Pérez, en este caso lo hace como Carlos. El pago, como en tantas otras ocasiones, es tan simbólico como mínimo. El siguiente destino no tarda en aparecer. Tendrá que irse a trabajar a Rumanía por un tiempo. ¿Y su familia? Ya se encarga Françoise de ello, que ahora sus mensajes están escritos en negrita sobre el papel.

“Los obreros protestan. No están contentos. Quieren más dinero. Pero no podemos, así que les contratamos y luego les echamos”, le dicen a Carlos en Rumanía. Esa es la antesala de externalizar la explotación laboral a aquellas latitudes en la que los derechos laborales no son tan avanzados. Cuando el trabajo mata tampoco se olvida del tiempo, ese preciado oro del trabajador que cada vez más se ve obligado a regalar a la empresa. Decenas de relojes acompañan a las viñetas, gritando a Carlos que ya es demasiado tarde para seguir trabajando. Carlos, en cambio, siempre le da la espalda. Prefiere no saber.

La empresa, a su vuelta, le degrada de su puesto de trabajo. En tres meses escribe un manual de formación de 300 páginas que nadie le ha pedido, pero que aumentaría enormemente la producción en Rumanía y que nadie tiene en consideración. “Ya no soy bueno en nada. Ya no sé qué hacer”, piensa. Tras una tensa discusión con su superiora directa y decir que iba a valer sus derechos, una docena de viñetas mudas son suficientes para mostrar el suicidio de Carlos.

Silencio

Françoise continúa en los tribunales. La historia no ha terminado. Por fin, la sentencia dice que, debido a las condiciones impuestas por la empresa en las que se veía obligado a trabajar Carlos, el empleador tenía o debería de haber tenido conciencia del peligro al que su asalariado estaba expuesto. La justicia en los tribunales, por un momento, hizo honor a su nombre. La jurisprudencia del caso facilitó la reapertura de otros suicidios, pues según datos de los sindicatos franceses, tan solo en cuatro plantas del grupo Renault tuvieron lugar 10 suicidios y seis tentativas entre 2013 y 2017.

Carlos fue asesinado por el capitalismo, el consumo desenfrenado que trae parejo y la exigencia laboral incluso por encima de las posibilidades vitales de una persona. Si descansamos, es del trabajo. Entonces, ¿cuándo dejamos de trabajar? ¿Cuándo no somos productivos para el sistema?


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