Carmen Velayos: “Todo feminismo debería ser ya ecofeminista”

Carmen Velayos: “Todo feminismo debería ser ya ecofeminista”

La profesora Carmen Velayos con algunos de sus alumnos plantando laureles.

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“Era tan bonito el pinar que había al lado de la Facultad… Y sin embargo estaba siempre vacío, como un no-lugar en una ciudad que apenas tiene arbolado”. ¿Cómo resistirse a aprovechar su sombra y dar rienda suelta a las ideas? Profesora de Ética y Filosofía Política en la Universidad de Salamanca, con especialidad en Ecoética, Carmen Velayos contagia entusiasmo al contar cómo el pasado junio se hizo realidad un viejo sueño: inaugurar un aula al aire libre en el seno de la Universidad más antigua de España. Y ahí, entre pinos, reflexiona: “Yo creo que todo feminismo debería ser ya ecofeminista. Si no, te dejas atrás argumentativa y analíticamente parte de la razón que explica los dominios”.  

“Cuando leemos y analizamos un texto nos fijamos irremediablemente en las luces y las sombras; de repente se posa una mariposa o canta un pájaro”. El tiempo en las aulas es estático, nos dice, parece no transcurrir detenido por su luz artificial y estéril, pero aquí recuperas la noción cíclica del tiempo, respiras el devenir de la vida, y aprendes a pensar bajo el flujo natural de las cosas. “Creo que la naturaleza no habla con palabras, pero sí con signos no lingüísticos», dijo durante la presentación de la ecoaula. Ante las recientes olas de calor parece que la sombra de los árboles y la humedad de la tierra le hayan dado la razón sentando cátedra al recordarnos que seguimos siendo Homo Sapiens Sapiens. 

“Cuando yo hice la tesis no había Ecoética en España, pero desde los años 70 en los países anglosajones sí que había cierta tradición de eso que llamamos filosofía ambiental. En Salamanca teníamos dos profesores, Nicolás Sosa, y mi maestro, José María García Gómez-Heras, que lucharon pioneramente por la Ecoética, y el segundo en particular, para que hubiera una asignatura con ese u otro nombre en la Universidad. Hablamos de finales de los 80. Empezó como Ética Aplicada, pero ahora prácticamente en todas las facultades de España hay una asignatura de Bioética, que tiene una parte clínica, otra más vinculada a la genética, y otra a la ecoética, o sea la parte de la filosofía que se cuestiona las relaciones del ser humano con el resto de la naturaleza y analiza los problemas derivados de esa nula o mala relación con ella. Además, en el Máster de Filosofía doy la asignatura de Ecoética, y de Ecofeminismo en el Máster de Género”.  

Todo esto habrá evolucionado mucho en los últimos años, ¿no?  

Fíjate que cuando yo empecé a hacer la tesis todo el mundo me decía: pero ¿qué es eso? Yo creo que era la friki de la Facultad, pero confiaban en mí por mis notas, y además en España tampoco había grandes especialistas. Tuve que irme fuera para fotocopiar y leer cientos de artículos. Estuve con uno de los pioneros en Gales, Robin Attfield. Pero yo estaba tan convencida, veía el problema tan claro, que no me importaba nada. Y ya desde el principio nuestros alumnos lo iban captando muy bien y les gustaba. Pero es que ahora es una enseñanza inevitable. Los alumnos sufren mucho con lo que pasa, ven el mundo de una manera muy distinta a sus antepasados, sienten mucha frustración, tanto en sus vidas cotidianas como a nivel argumentativo.

¿De dónde crees que venía tu convencimiento?  

Cuando empecé la carrera, tenía claro que no quería hacer Filosofía si no me servía, como decía Epicuro, para aliviar el sufrimiento de las personas. Y a mí me dañaba mucho la situación ambiental que desencadenaba dolor, pérdidas y un futuro incierto para la vida en global. Desde pequeñita, tenía devoción por los paisajes y los animales, pero junto al amor estaban los datos, que ya entonces eran muy, muy malos. Y cuando veías la obra tan magnífica que se hacía en otros lugares como Inglaterra, Noruega o Países Bajos… Por otro lado, una se pregunta por qué países como Japón, que tiene en teoría una concepción bastante ecológica del mundo, en la práctica está entre los países más contaminantes. Es importante tu visión del mundo, pero debe ir acompañada de una política y de una economía determinadas. Nunca hemos tenido más leyes ambientales, y ¿para qué han servido? Porque nunca hemos contaminado tanto, nunca hemos tratado tan mal a millones de animales, nunca hemos matado tantos animales de una forma tan triste, con unas vidas tan tristes, nunca se ha comido tanta carne, etc… Y lo que buscamos con la Ecoética es un cambio de paradigma en todo: lo legal, lo administrativo, lo institucional, lo económico. Si las personas no dejan de pensar cómo piensan en distintos ámbitos y a encontrar una relación entre todos ellos… Si no empezamos a actuar ya, será la necesidad la que actúe de forma descontrolada.

Parece que eso es lo más difícil, como si realmente fuésemos todavía seres irracionales que actúan por costumbre o de forma instintiva. 

Decía Hannah Arendt que los mayores daños que hacemos son los males banales, los que se cometen por seguir un eslogan, una tradición, y por no formular juicios prácticos. Y ponía el ejemplo de los alemanes, cuando veían que empezaban a pasar cosas a su alrededor y no querían enterarse, no querían pensarlo ni plantearse lo que les pasaba a sus compañeros judíos de Universidad, de hospital, a los que despidieron sin ninguna protesta. Aquí pasa un poco lo mismo. Si le hablas a la gente de lo que está pasando te dicen: “¡Ay! No me pongas triste… ¡Es que eso es muy triste!”. O les hablas de las olas de calor y del calentamiento global y te dicen: “Es que los romanos también pasaron momentos de mucho calor”. Es un tipo de autoengaño estudiado psicológicamente para evitar llegar a la raíz y hacer cambios en tu vida, en la forma de comprar y en tantas otras cosas. Y claro que influye la forma de vida que se nos vende. Con el consumismo extremo yo creo que la gente en lo que menos piensa es en el daño ambiental. Son tradiciones y formas de vida institucionalizadas.

En junio inaugurasteis, junto al rector de la Universidad de Salamanca, Ricardo Rivero, una ecoaula pionera en España, dentro del Campus Unamuno. Un espacio entre árboles, plantas y frutos que además de jardín botánico sirva para amparar el aula, disminuir el ruido y favorecer la polinización como un nicho de biodiversidad. ¿Cómo surgió esta idea y por qué? 

Yo llevaba muchos años intentando hablar con alguien del Rectorado, porque era tan bonito el pinar que hay al lado de la Facultad… Y estaba, sin embargo, siempre vacío, y era como un no-lugar en una ciudad que apenas tiene arbolado. Antes de la pandemia coincidí con el señor gerente de la Universidad en una oposición, le planteé el proyecto y me dijo que me apoyaría. Presentamos el proyecto el año pasado y ha salido adelante. Hemos puesto unos banquitos en forma de cubo que semejan un recinto romano en círculo, y luego unos arbustos autóctonos que rodean el recinto (cornejo, laurel, majuelo, madroño, tejo y acebo). Todos ellos llevan una señal que es una escultura preciosa hecha por los profesores de Bellas Artes.

Ah, ¿que han colaborado otras Facultades?

¡Claro! Hay una colaboración estrecha entre botánicos, arquitectos, profesores de Bellas Artes, filósofos, alumnos… Fíjate qué bonito que, además, el monolito  que han creado los profesores de Bellas Artes, que actúa también como puerta, es una escultura que indica el nombre de la persona a la que va dedicada el aula, Blanca Catalán de Ocón, la primera botánica española. Además,  han creado unas figuras-piquetas en metal, y del mismo modo que pasa el tiempo biológico en el aula, irá pasando por las esculturas. De hecho, eran plateadas y ahora ya están marrones. Irán cambiando con el paso de las estaciones.

¿Y la usáis solo en clases de Filosofía? 

¡No, no! Me la han pedido ya en Filología para un taller de poesía, y algún profesor de Ciencias Ambientales. Hay muchos colegas interesados. Había quien pensaba que un matemático no podría dar clases allí, pero personal de ciencias puras también se ha interesado.

La verdad es que sorprende, porque asociamos más este tipo de educación al aire libre con Primaria o Secundaria, pero no con la educación superior, y sin embargo históricamente la Universidad ha sido siempre un laboratorio de ideas en las causas sociales del momento.  

Hay pocas, pero las hay. En Inglaterra, en Estados Unidos… Ya se están observando los beneficios. Y es que se ha visto que la atención aumenta muchísimo, se liberan mucho los niveles de ansiedad, y hay mayor cooperación, porque los alumnos están sentados más o menos en círculo, más pegados que en el aula convencional. Como se suele decir en pedagogía, el espacio es el tercer profesor. Y es verdad que no es lo mismo estar entre paredes y bajo un techo que al aire libre. En el aula parece que no hubiera tiempo ni variara el espacio. Y afuera ves constantemente cómo cambia todo.

El concepto de aula abierta es muy interesante desde el punto de vista neurocientífico, que tanto está influyendo últimamente en el diseño de espacios y en arquitectura. 

El cerebro se pone en otra disposición cuando está en la naturaleza. Tengo experiencias muy bonitas, como cuando leemos un texto y lo analizamos, y vemos las luces y las sombras del texto y del entorno, de repente se posa una mariposa o canta un pájaro. Un día comentábamos un texto sobre la felicidad de Madame de Chatelet, filósofa maravillosa del siglo XVIII, muy hedonista, muy vitalista, que termina diciendo que sin placeres la felicidad no existe, que necesitamos ciertas dosis de placer… Entonces un pájaro empezó a parlotear interrumpiéndonos como si quisiera intervenir… Y los alumnos parecían encantados. Esto en las aulas no pasa. Aquí siempre estamos con la sorpresa de los elementos. No sé qué harán otros profesores, porque yo les pido ir sin el ordenador.

Eso te iba a preguntar, porque he leído que eres crítica con la educación digital y quieres concienciar sobre la contaminación y la cantidad de toneladas de carbono que generan las búsquedas en Internet.  

Es muy relevante. Ahora van con el ordenador al aula, pero solo unos pocos, los demás escuchan sin tomar apuntes. De hecho, muchos escriben fatal… La ecoaula tiene también por eso un sentido de compromiso. No entendería que la usaran sin ningún tipo de mentalidad ambiental, solamente por disfrute o por ocio. Desde el momento que la pisas, ya te encuentras con un montón de criaturas a tu alrededor: las bacterias, los gusanos por debajo de ti… todo, y tú tienes que sentirte un poco parte de este espacio. Yo les advierto entonces que vengan con una carpeta para apoyar, el folio y el bolígrafo. Y ¿por qué? Porque no son conscientes de la cantidad de gramos de carbono que supone una hora de consumo de ordenador. Les he llevado las cifras a clase y te dicen que no sabían nada de esto. Suele impresionarles. Aquí venimos a estar en otro contexto educativo y no pasa nada porque tomen apuntes con boli.

¿Por qué se le ha dado a la ecoaula el nombre de Blanca Catalán? 

Se le considera la primera botánica española del siglo XIX, porque descubrió una especie autóctona en Aragón y fue una mujer a la que desde niña le dio por buscar e identificar plantas, llegando a hacer herbarios reconocidos a nivel europeo y ya con los nombres científicos. En este proyecto han participado hombres y mujeres, pero también tiene cierto toque de reivindicación de la mujer en la universidad.

¿Una reivindicación ecofeminista? 

Sí, porque creo que la mujer aporta una visión diferente respecto a la protección ambiental. Tiene que ver también con los cuidados, los afectos o la corporeidad, y no solo con el tipo de visiones más abstractas, centradas en derechos, pero derechos para todo, que es una aproximación más masculina. Creo que el ecofeminismo ha dado importancia a muchas cosas que parecían no existir, como la lógica de la dominación, fuese ésta sobre los indígenas, las mujeres, los animales o la tierra.

Parece haber una correlación entre el movimiento feminista y el ecologismo.  

El ecologismo por supuesto ha incorporado los valores feministas desde siempre. Al feminismo le está costando mucho incorporar la ecología.

¿Puede ser porque el feminismo, como tantos otros movimientos, tiene una visión más política o sociológica y menos biológica? 

Hay muchas feministas a las que les cuesta ver que puede haber grandes analogías entre la dominación que se ha ejercido sobre nosotras, porque supuestamente no éramos racionales, y la dominación ejercida sobre otras criaturas por esa misma razón. Hay compañeras que no terminan de ver mucha relación, cuando yo creo que todo feminismo debería ser ya ecofeminista. Si no, te dejas atrás argumentativa y analíticamente parte de la razón que explica los dominios.

Quizá las aspiraciones del feminismo urbano encuentre incongruentes las aspiraciones del ecologismo cuando apela a una cultura más tradicional o agraria, donde los roles cambian.  

Pero no debería haber esas incongruencias porque nadie en el ecofeminismo está diciendo que tú te tengas que ir a vivir a un pueblo o trabajar en las condiciones que la mujer ha tenido tradicionalmente en el campo, o asumir los papeles de antes bajo el paraguas del patriarcado. No queremos mujeres todoterreno o cuidadoras, lo que queremos es que el cuidado se politice. Que las políticas institucionalicen los cuidados.

Durante la pandemia publicaste un libro: ‘Rachel Carson: la revolución entrañable’. ¿Qué crees que nos aporta su figura hoy en día? 

Lo primero, que es una mujer que te invita a admirar la naturaleza; a sentir, a asombrarte. Y cree que eso debe estar en la educación de todos los niños, porque cuanto más admiras, más cuidas. No deja de lado esa educación emocional, e incluso estética, en el gusto por lo natural. Porque ella cree que si a ti algo te gusta mucho no vas a querer destruirlo. En vez de una mirada fría a nuestro entorno como un objeto, educa en una co-pertenencia e interrelación entre todas las criaturas y el ser humano. Y ella ya se dio cuenta de lo que estaba pasando, de que habíamos optado, como ella dice, por una carretera de gran velocidad, en vez de por un camino más sinuoso, pero mucho más reconfortante; y también de que esto nos podría llevar al desastre.

En todo caso, ella no quería insistir solo en los desastres, como hacen hoy los que solo hablan del colapso, y esto es también muy importante en su pensamiento. Insistía en lo que podemos ganar y no sólo en lo que podemos perder, en cuanto a los deleites y la felicidad, y decía que el compromiso nos hace también felices. Su visión del ser humano es mucho más humilde y cercana a la naturaleza. Las cartas, por ejemplo, que escribió a su gran amiga Dorothy han sido para mí al menos tan elocuentes como el resto de sus escritos, porque ahí te cuenta cómo vivía ella sus experiencias cotidianas en la naturaleza, y lo que aprendía de ellas. Por ejemplo, sobre la muerte, frente a tanto existencialismo y tanto “ser para la muerte” del siglo XX, ella, que se estaba muriendo de cáncer, le dice a su amiga: «Sé que me queda poco, pero me he levantado, me he sentado al piano, he tocado un poco de Beethoven, he mirado a las estrellas, y me he sentido mucho más aliviada”. Estaba agradecida a la naturaleza por darle motivos de felicidad.

Es curioso eso que dices porque las últimas generaciones hemos crecido bajo esa influencia del relativismo nihilista que cuestionaba el sentido hasta de la naturaleza. 

Bueno, el existencialismo por ejemplo en Sartre no cree en esencias, cree en existencias. Entonces, podría deducirse: ¿qué es la naturaleza? No es nada, poco darwiniano. Sin embargo, ahora hay muchos filósofos en esa línea. Se han saltado a Darwin, y hemos pasado de los filósofos que eran escépticos sobre la naturaleza porque eran idealistas y creían que la realidad era lo que había en tu mente; a los existencialistas, y luego a los estructuralistas, postestructuralistas, etc… para los que la naturaleza es una construcción como lo es lo artificial. En sí no tendría mucha importancia porque admito que todo pasa por nuestra mente y por nuestro lenguaje. Pero ¿de qué construcción hablamos? Tu corazón late, ¿qué construcción es ésa?

Hay colegas filósofos que defienden que hablar a los alumnos de la naturaleza es un error porque la naturaleza dejó de existir hace mucho tiempo. Pero tú dices: vamos a ver, en la naturaleza siempre hay grados entre lo más artificial y lo más natural o espontáneo. Creo que la posmodernidad más relativista tiene cosas interesantes que yo recojo y utilizo, pero para los estudios ambientales ha sido en parte nefasta, porque cuando todo fluye, cuando nada es nada y cuando todo es movimiento, ¿de qué estamos hablando? Ese escepticismo universal no se puede dar en un momento en el que hace falta que todos creamos lo que no queremos creernos: lo que está pasando.

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Comentarios

  • Mariano Mérida

    Por Mariano Mérida, el 23 agosto 2022

    Me interesa todos los aspectos medioambientales

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