Ciencia ficción con una necesaria mirada femenina o feminista

Ciencia ficción con una necesaria mirada femenina o feminista

A la izquierda, Elia Barceló, la autora de ciencia ficción más consolidada de las letras españolas. A la derecha, Elisa McCausland, experta en cultura popular y feminismo.

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Enmarcada en el ciclo ‘Pensamiento’ del Centro de Cultura Contemporánea Conde Duque de Madrid, Elisa McCausland, experta en cultura popular y feminismo, y Elia Barceló, la autora de ciencia ficción más consolidada de las letras españolas, han mantenido recientemente una charla en torno al género literario de la ciencia ficción, las posibilidades del punto de vista femenino o feminista y el estancamiento de la imaginación. Allí estuvimos y aquí os lo contamos.

Pocas horas antes de moderar una conversación bajo el sugerente título Ciencia ficción: el relato de las mujeres en el centro cultural madrileño Conde Duque, el escritor argentino Patricio Pron recuperaba en Twitter aquel acertijo que el mítico John W. Campbell, editor de la revista Astounding Science Fiction, planteó allá por la década de 1940: “¿Qué criatura en el universo piensa tan bien como un hombre, o mejor que un hombre, pero no como un hombre?”.

Sus lectores, y algunas firmas de renombre como el mismísimo Isaac Asimov, se dedicaron a especular en torno a todo tipo de razas alienígenas de fisionomía, lenguaje y pensamiento complejos, más sofisticados, menos humanoides. Ninguno fue capaz de dar con “el otro” adecuado. No se les llegó a pasar por la cabeza la respuesta más sencilla y evidente: una mujer.

¿Es importante, incluso determinante, el género de quien escribe una obra literaria? ¿El punto de vista de las mujeres es radicalmente distinto al de los hombres? ¿Se puede considerar feminista cualquier obra escrita por una mujer? Estas preguntas flotan por el auditorio, y son captadas al vuelo, retorcidas y hábilmente explicadas por dos de las personas –sí, personas, en neutro aséptico, no vaya a ser que especificando “mujeres” penséis que me refiero a una categoría de segunda, a un pequeño colectivo apartado de la norma- que más saben acerca de la cultura popular, la literatura especulativa y la creación feminista en nuestro país: Elisa McCausland, divulgadora, autora de ensayos como Wonder Woman, el feminismo como superpoder y Una historia feminista de la ciencia ficción audiovisual y promotora del Colectivo de Autoras de Cómic; y Elia Barceló, escritora de ficción especulativa, multipremiada (Ignotus, Celsius, UPC, el Nacional de Literatura Infantil y Juvenil…) por obras como El mundo de Yarek, Consecuencias naturales, Ánima Mundi o El efecto Frankenstein. Si tuviésemos que buscarle un apelativo a la autora alicantina, le tomaríamos prestado a Octavia C. Butler el de “gran dama de la ciencia ficción”.

Elia Barceló, que actualmente ejerce como profesora en la Universidad de Innsbruck, sueña con que llegue el día en que nos dé completamente igual si una novela de ciencia ficción ha sido escrita por un hombre, por una mujer o por alguien que no se identifica con ningún constructo tradicional de género. Pero, hasta entonces, subrayar la autoría femenina es relevante por una cuestión: la genealogía. Para conocer en profundidad la historia de la ciencia ficción como género literario es imprescindible recuperar y poner en valor a todas aquellas primeras autoras que fueron desprestigiadas, censuradas u olvidadas. Sin ellas, el género está incompleto.

En los albores de la ciencia ficción nos encontramos con el nombre de una mujer. Aunque algunos insistan en citar a Jules Verne, o en darle el crédito a su marido Percy, Mary Shelly y su moderno Prometeo están ahí, en 1818, insuflando vida a un cadáver mediante prodigios científicos. No podemos afirmar que estas primerísimas autoras escribiesen ficción especulativa feminista, puesto que casi nunca se cuestionaban el orden patriarcal o la posición subyugada de la mujer en la sociedad. Frankenstein no es, a priori, una novela feminista: apenas aparecen personajes femeninos, y los pocos que asoman son simples y lánguidos. Pero sí que podríamos considerar feminista, además de raro y subversivo, el acto de la escritura de Frankenstein en sí mismo: Mary Wollstonecraft Shelley, hija de una pionera en la lucha por los derechos de las mujeres, se atreve a escribir acerca de algo totalmente nuevo y a firmarlo con su nombre.

Trazando un recorrido rápido por la evolución de la ciencia ficción escrita por mujeres, Elisa McCausland señala la singularidad de las utopías feministas que abundaron a finales del siglo XIX y principios del XX. Títulos como Mizora, de Mary E. Bradley Lane; Matriarcadia, de Charlotte Perkings Gilman; o Nueva Amazonia, de Elizabeth Corbett. Estas sociedades de mujeres están en las antípodas de las distopías imaginadas a raíz del éxito -más de tres décadas después de su publicación original- de El cuento de la criada, de Margaret Atwood. Tanto Barceló como McCausland se preguntan si la voluntad de estas distopías es verdaderamente feminista o rayana en el espectáculo voyeur del sufrimiento femenino.

Entre las décadas de 1930 y 1970 nos encontramos con la Edad de Oro de la ciencia ficción, una ristra de nombres célebres como Isaac Asimov, Ray Bradbury, Arthur C. Clarke, Robert A. Heinlein, Alfred Bester, John Wyndham… y muy pocas mujeres. La escritora y periodista Layla Martínez, en su epílogo a la edición de Las niñas salvajes, de Ursula K. Le Guin en Virus editorial, explica que muchos autores consideraban “la existencia de dos tipos de ciencia ficción: una dura, centrada en los aspectos científicos y tecnológicos y que sería la predominante entre los autores masculinos, y otra blanda, donde el protagonismo lo tienen los aspectos sociológicos y que sería la predominante en autoras femeninas”.

Más allá de la categorización simplista y falible del hard y el soft, en la década de los 70 asistimos a una explosión sin precedentes de la ciencia ficción feminista. Títulos complejos y fascinantes como Los desposeídos, de Ursula K. Le Guin; El hombre hembra, de Joanna Russ; Mujer al borde del tiempo, de Marge Piercy; o Parentesco, de Octavia Butler, se encumbran a los altares, no solo de la ciencia ficción, sino de la literatura en general.

Para trazar correctamente esta genealogía a la que se refiere Barceló son muy útiles las antologías, ensayos y listados de autoras especulativas. Contábamos con Infiltradas (Palabaristas Press), coordinado por otras dos de las personas que más saben de ciencia ficción en nuestro país, Cristina Jurado y Lola Robles, una soberbia recopilación de artículos que a día de hoy se encuentra descatalogada. La editorial Consonni ha recuperado y actualizado gran parte de Infiltradas en su libro Hijas del futuro (Una ‘mirada violeta’ a la literatura de ciencia ficción y fantástica), nuevamente editado por Jurado y Robles. Hace poco, Cristina Jurado también elaboró, en colaboración con la Biblioteca Regional de Murcia, una Guía de Lectura de Ciencia Ficción de Autoras (GUIAccficcionAUTORASp.pdf ). En ella encontramos nombres internacionales como Martha Wells o N. K. Jemisin, que junto a Sarah Pinsker, Mary Robinette Kowal o Charlie Jane Edwards, entre otras, se están llevando todos los premios Hugo y Nébula en los últimos años. Elia Barceló señala que este triunfo incomoda a muchos autores masculinos. ¿Acaso les parecía injusto que durante las últimas cinco décadas prácticamente ningún nombre femenino asomase en los palmarés?

Que sepamos. Porque la historia de la literatura escrita por mujeres está íntimamente ligada a la problemática de los anónimos y los seudónimos. Patricio Pron le pregunta a Barceló si alguna vez se planteó usar un nombre masculino para hacerse hueco más fácilmente en la ciencia ficción española. De ninguna manera, jamás lo necesitó. Inevitablemente aparece en la charla el nombre de James Tiptree, Jr., es decir, Alice B. Sheldon. Su caso es, seguramente, el más famoso del género. Tiptree era un autor muy leído, premiado y adorado tanto por la crítica especializada como por el fandom. Todo el mundo especulaba acerca de su verdadera identidad: su edad, su procedencia, su profesión…

“¿Qué criatura en el universo piensa tan bien como un hombre, o mejor que un hombre, pero no como un hombre?”. El misterio se desveló casi por casualidad, a raíz del obituario de la madre de la autora. Muchos se sorprendieron, casi todos se indignaron, y antiguos amigos pasaron a adoptar un tono condescendiente y paternalista con ella. “De repente, fui una mujer más, con mis tribulaciones de mujer. Adiós a la magia”, explica la autora en el ensayo Una mujer escribiendo ciencia ficción (Una mirada a Alice B. Sheldon, editorial Crononauta). Hubo quienes, sacando pecho, aseguraron que ya se lo imaginaban. ¿Por qué? Porque no escribía como un hombre. Y aquí nos topamos con una de las grandes discusiones no resueltas de la historia de la literatura. ¿Hay una forma de escribir masculina y otra femenina? ¿O sencillamente hay voces y puntos de vista diferentes, algunos más conservadores y regios, otros más rupturistas, más concienciados? Os dejo que resolváis este acertijo.


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Comentarios

  • Luis Conde Martín

    Por Luis Conde Martín, el 06 abril 2022

    Sobre el artículo CIENCIA FICCIÓN FEMENINA, que me ha gustado mucho, estoy interesado en leer alguno de tus libros y artículos.

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