Clarice Lispector: acero al escribir, carne herida viviendo

Clarice Lispector: acero al escribir, carne herida viviendo

La escritora Luciana Prodan.

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Entrevistamos a la autora argentina Luciana Prodan sobre su libro ‘Clarice Lispector: pararse sobre los escombros’ (Huso Editorial, Colección Palabras Hilanderas). Luciana ‘dialoga’ con la escritora ucraniana-brasileña que está considerada una de las mejores y más innovadoras escritoras del siglo XX: “Pararnos sobre los escombros, animarnos a pararnos sobre nuestras propias ruinas, siempre me pareció uno de los actos más heroicos y vitales que podemos ejercer como seres humanos. Clarice era una mujer rota, pero entera. Como todas. Como ninguna. Clarice era también una mujer muy valiente”.

Empezaré por el título del libro. Un título que incurre en una sabrosísima contradicción. ¿Por qué elegiste ese título si en esta pequeña ‘biografía’ expones e impones al lector la mejor reconstrucción de Clarice Lispector (1920-1977) como ser humano y como escritora?

A modo de confesión, debo decir que el título es una frase de mi psicóloga. O mejor dicho, una reflexión que ella dejó volando en el aire en medio de una sesión de terapia. Una ¿sentencia? que llegó a mi vida, se hizo carne y me ayudó a sobrevivirme cuando ya no había tiempo para nada. “Pararse sobre los escombros, Luciana: esa es la imagen”, me dijo… Y entonces, por suerte o por desgracia, me quedé sin excusas. Por otra parte, pararnos sobre los escombros, animarnos a pararnos sobre nuestras propias ruinas, quiero decir, siempre me pareció uno de los actos más heroicos y vitales que podemos ejercer como seres humanos. Clarice era una mujer rota, pero entera. Como todas. Como ninguna. Clarice era también una mujer muy valiente.

Hay una integridad desbordante en tu relato, una manera muy personal al revertir la hipotética conversación con la escritora objeto de tu análisis capaz de acercarla hasta a los más escépticos. Parece que ella está sentada a tu lado supervisando cada palabra, que está contenta con el testamento que estás escribiendo para ella. Hay, como es lógico, mucha ensoñación en estas páginas. ¿Cómo conseguiste alcanzar desde la admiración y el conocimiento de la obra de Lispector esa acérrima neutralidad?

Qué mirada más sensible e interesante. Me impresiona tu observación, porque fue así. Algo que surgió naturalmente. Una energía que me envolvía y me devolvía la mirada cómplice de Clarice, incluso cuando yo me encargaba de refutar sus certezas. De incomodarla y hacerle salir de su zona de confort, invitándole a revisar sus verdades. No sé si la palabra es neutralidad, pero de algo estoy segura: por todo lo que Clarice es y significa en mi vida, no podría ser complaciente con ella. Y menos en este caso. O en este ensayo. No nos hubiese servido a ninguna de las dos. Hubiese sido casi una estafa.

Mientras escribes eres un fantasma respetuoso, estricto, pero nada invasivo. Pura generosidad. Normalmente las biografías de personajes tan poco simpáticos, pero tan atractivos, son autopsias llenas de fechas, de anécdotas, de dramas inciertos para conseguir alejarlos de lo volátil, pero lo tuyo es otra cosa, es borrar el silencio que se le impone a los muertos. Es incluir un diccionario emocional con el que poder defenderla del olvido y de sus detractores. ¿Cómo te enfrentas al hermetismo crónico de Lispector? ¿Cómo consigues que su árbol genealógico se llene de luz? 

No lo sé. Me emociona lo que dices, pero realmente no lo sé. Lo único que puedo decirte es que yo (y sé que esto puede sonar medio delirante y no me importa) siento que la conozco. Clarice no me es ajena. Y creo que quizás ahí está la clave. En ese sentir –tan íntimo y tan personal– que me permite y me regala la impunidad de presentirla. O de ¿predecirla?, sin pensar si me equivoco o no, porque es algo que me pasa. Que siento que me traspasa, y que no tiene nada que ver con ningún tipo de truco ni artilugio literario. Es algo que sucede. Que se impone. Por otra parte, no sé si Clarice era tan hermética, me animaría a decirte que era todo lo contrario, y que, por eso, justamente por eso, y como mecanismo de defensa, creó esa máscara. Esa cáscara frágil, ¿inútil? y compacta, que terminó transformándose en su escudo, su cruz y su condena. Desde mi humilde lugar, lo único que me interesaba era que ella se sintiera a salvo. Que no sintiera la necesidad de protegerse de nada. De nadie. Ni de ella misma.

Leyendo tu libro da la sensación de que te olvidaste del conocimiento total sobre la autora brasileña. Que te situaste en un punto muerto capaz de rehacer tu admiración por ella. Se nota que eres capaz, siendo quien lleva las riendas, quien tiene la ventaja, de desaprender y de enfrentarte a la memoria de tu biografiada con el único propósito de que ella acabe estando en paz consigo misma. ¿Eres consciente de que ese trato cortés con que vas reconduciendo tus reflexiones podría haber dado al traste con tu eficaz reinvención de Clarice? 

Sí, soy consciente de eso. Y es innegable que es un lugar arriesgado, filoso, pero, como te dije antes, preferí correr el riesgo y no engañarme. No traicionarla a ella ni a los lectores. Todos los que escribimos sabemos cómo y de qué manera protegernos. Encontrar esos atajos que muchas veces nos salvan de caer en los pozos más oscuros, y eso está muy bien; pero en este caso, insisto, era imposible. No me lo hubiese perdonado nunca. Ese era el trato que tenía conmigo.

Por otra parte, me gustaría comentarte algo que hace de tu libro un epílogo imbatible: el interrogatorio ininterrumpido al que te sometes. Eso le otorga una inestabilidad al libro, por supuesto ficticia, que acaba haciendo mella en la mirada del lector. ¿Cómo has conseguido huir del totalitarismo que suelen llevar implícitas las biografías? ¿Cómo has conseguido ser a la vez pregunta y respuesta para que Clarice encuentre su lugar en el mundo? 

Tus observaciones me emocionan otra vez… Esa lupa que hace foco en todo lo intenté hacer y decir en esas páginas, me conmueve. Me impresiona. Leo, releo y lo único que puedo agregar a esa certeza, hablo de tu certeza, es que no sé si logré que Clarice encontrara su lugar en el mundo. No lo sé y, por cuestiones obvias, jamás voy a saberlo; pero que este ensayo se transformara en su refugio y su cobijo, o su lugar en el mundo –aunque sea por un rato– era, es y será (aunque me avergüence un poco admitirlo) uno de mis mayores deseos. El tema de sus biografías (hay muchas y muy buenas, eso lo sabemos todos) es un tema aparte. A mí no me interesaba que este libro recorriera esos caminos. Yo no escribo sobre Clarice para competir con nadie. No quería hacer de este ensayo un almanaque. No pretendo demostrar todo lo que sé de ella. Mis intenciones eran otras. Son otras.

Escuchas a Clarice, la admiras, la cuidas, pero no le consientes devaneos simplones. Escribes frases como esta: “Cuánta fuerza hay que tener para poder llevar la cruz de sentirnos los asesinos de nuestra propia madre”. Tú la comprendes, entiendes su deriva, pero no le das palmaditas en la espalda. ¿Lo haces porque no quieres hundirte en ese desastre que hubiera supuesto envolver esta historia en el sentimentalismo más atroz o porque eres sabedora de que la herida de Lispector ha de ser contada desde la asepsia para no empañar el peso de su literatura?

Por las dos cosas. Por eso que dices y porque respeto la inteligencia y el dolor de Clarice que, entre otras cosas, siempre van de la mano. Clarice tiene una hipersensibilidad atroz, pero también es dueña de un exceso de racionalización implacable. Impecable. No iba a ser yo la que jugara el papel de complaciente. Ella no lo necesita. Y tampoco me lo hubiese permitido.

Imagino que eres consciente de que tu libro es una autopsia que favorece de principio a fin al cuerpo quieto de tu biografiada, y de que lo haces sin mentiras y sin trucos literarios. Que ilumina las zonas de luz y de sombra hasta crear un espacio incontestable para la realidad de Lispector. ¿Lo hiciste para conseguir huir del mito y así poder escuchar a la niña que jamás la abandonó, que fue su prisión?

Clarice es magia. Y la magia, la verdadera magia –irónicamente– carece de trucos. Y también es una nena grande, como lo somos todas, con ganas de ser y hacer… Pensándolo bien, la infancia se parece bastante a una cárcel que siempre mantiene sus puertas abiertas. Quizás, vaya uno a saber, tomarla de la mano, invitarle a charlar conmigo y huir de aquel lugar que a todos nos cobija y nos condena con la misma fuerza, era una necesidad compartida. Una felicidad clandestina que nos debíamos las dos.

Hay también una profundidad lisérgica en tu libro. Es un sueño, pero también una realidad que ampara el legado de Clarice. Sugestiona al lector para gestionar la supervivencia de una autora incómoda y libre. ¿Cuándo supiste que en la alternancia de textos propios y ajenos residía el éxito de este libro delgado, pero tan potente? ¿Cuándo supiste que para acceder a ese objetivo el peso de la narración debía recaer sobre las pausas narrativas de Clarice que introduces en tu texto?

Como te dije antes, fue algo que se fue dando solo. Comencé a escribir y de pronto todo se volvía oscuro, denso, caótico. Me sentaba, me paraba, lo intentaba una y otra vez. Estaba rodeada de fotos, de libros, de documentos. Hasta que me di cuenta de que Clarice se contaba sola. Que ella se cuenta a sí misma todo el tiempo, pero que, en este caso (y sin saber muy bien el porqué), me invitaba a relajarnos y charlar. Que esto era de a dos. De las dos. Y yo hice lo que pude.

Luciana, eres sin duda una cazadora de verdades, una exterminadora de mitos en este paseo sobre los combativos escombros de una mujer única. Tu libro es una reflexión sin concesiones atada a la anarquía y paradójicamente también a la esperanza. Te alejas del juicio e incurres una y otra vez en la caricia intelectual, femenina y literaria. ¿Nunca perdiste pie, nunca cerraste los ojos al sentir el incontrolable y copioso aliento que es tu biografía ‘excarcelatoria’ de Clarice Lispector?

Sí, al principio. Cuando comencé a escribir el libro pensando que podía darle una estructura formal, pero me daba cuenta de que era imposible. Que Clarice se imponía. Que era ella la que en realidad iba a escribirse, y que yo tenía que tener el valor suficiente para acompañarla. Para encontrar el cómo (que fue lo más simple y lo más complicado; lo más delicado).

Este libro es pura generosidad porque no nace solo de la admiración, sino del aprendizaje que brinda la devoción útil. Tu ‘transexualidad’ emocional, ese habitar todos los cuerpos para llegar a ella, es uno de los mayores hallazgos de este libro, tu dedicación a su obra, a sus abismos, a sus certezas, a su ferocidad. Clarice es acero cuando escribe, pero carne herida mientras vive y así lo cuentas, y así lo compartes, y así lo conviertes en eternidad para ella. ¿Cómo conseguiste acceder a un equilibrio tan justo, tan ponderado?

No sé si lo logré. Ojalá. De todos modos, me quedo con eso de la “devoción útil”. Qué definición más interesante. Me identifica. Me identifica y me animaría a decirte que con eso me alcanza y me sobra.

Por último, me gustaría comentarte el acierto a la hora de escoger los textos de Clarice que compartes. Darte la enhorabuena por la forma en que te has enfrentado a un coloso como Lispector. Se nota que no hay complejos, ni dudas, ni miedos. ¿Cómo has logrado que dos líneas en principio paralelas, y por tanto condenadas a no entenderse, hayan cambiado y evolucionado hasta ser líneas cortantes? ¿Cómo has logrado que tus páginas y las de Lispector convivan con una naturalidad a priori imposible? 

Gracias por la certeza otra vez… No sé cómo y de qué manera lo logré (si es que lo logré) porque no tengo recetas, pero lo que sí puedo decirte es que el conocimiento, el presentimiento y el instinto, generan un entramado que siempre me acompaña al momento de hablar de Clarice. ¿Con Clarice?


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