Cómo eran y cómo morían los gladiadores

Cuadro ‘Gladiadores después del combate’, del pintor español José Moreno Carbonero, datado en 1882.

En este arranque de agosto de este tórrido verano, ‘El Asombrario’ os ofrece varios días de lecturas a partir de algunos de los libros más interesantes que nos han llegado últimamente a la Redacción. Comenzamos con ‘Gladiadores’, un riguroso estudio escrito por Desiderio Vaquerizo, catedrático de Arqueología de la Universidad de Córdoba, y publicado por Almuzara, en torno a estos luchadores del Imperio Romano, admirados y sacrificados, símbolos de virilidad hasta el punto de que su sangre se convirtió en un muy deseado artículo frente a enfermedades y decaimiento de ánimo. Os dejamos aquí dos extractos del libro que nos acerca al violento y morboso mundo de los gladiadores.

“Destacan los estudios antropológicos realizados sobre 68 cuerpos atribuidos a gladiadores, que fueron recuperados en 1993 en un sepulcretum específico de la ciudad de Éfeso, donde murieron cuando ésta era capital de la provincia de Asia (siglos II-III d. C.). Corresponden en su inmensa mayoría a hombres jóvenes, de edades comprendidas entre los 20 y los 30 años y una altura media de 1,68 m, cuyos huesos han testimoniado lesiones provocadas por las principales armas ofensivas utilizadas en la gladiatura, especialmente el tridente. Al menos 11 de ellos habían sufrido fuertes traumatismos craneales bien curados antes de su muerte, en su mayor parte localizados en el lado izquierdo del cráneo y sobre todo en el hueso frontal, compatibles, por tanto, con un combate unipersonal contra un oponente diestro, pero otros 10 los sufrieron perimortem en los huesos parietales y en el transcurso final de su último combate, quizás ya cuerpo a cuerpo y tras perder la protección, por lo que pudieron ser la causa de su muerte. Aun así, Kanz y Grosschmidt han considerado esta última circunstancia un tanto extraña, dado que la mayor parte de los gladiadores usaron yelmo, por lo que no descartan que esas heridas perimortales pudieran haber sido provocadas por el martillo del personaje disfrazado de Dis Pater durante la ceremonia posterior al combate, quizás más habitual en la mitad oriental del Imperio de lo que tradicionalmente se ha creído.

Ninguno de los gladiadores analizados presentaba traumatismos en la zona occipital del cráneo, lo que viene a confirmar el carácter frontal de la lucha.

También se ha podido comprobar que tenían los músculos del cuello muy desarrollados —circunstancia atribuida precisamente al uso habitual de yelmos de bronce, cuyo peso de hasta 6,8 kg en el caso de los conservados exigiría buenas cervicales—, al igual que los huesos de los pies y las inserciones en ellos de los tendones, lo que ha sido relacionado con el hecho de que en la arena, y seguramente en los entrenamientos, se movían descalzos. Todos tenían una salud excelente en el momento de la muerte, con sus heridas anteriores bien cicatrizadas y sus fracturas soldadas, lo que confirma la calidad de la asistencia médica que recibían. De igual modo, se cuidó mucho su alimentación, como ha demostrado el análisis de los isótopos de sus huesos: siguieron una dieta rica en carne, trigo, cebada y legumbres, que los autores de la época llamaban gladiatoriam saginam (Galeno, De alimentorum facultatibus I, 19; vol. VI, 529; Tácito, Historiae Liber II, 88). Por su consumo habitual y predominante de cebada, fueron conocidos como hordearii, que significaba precisamente eso: «comedores de cebada» (Plinio, Nat. Hist. XVIII, 14, 72). Del mismo modo, parece haber unanimidad en que ingerían en forma de bebida un complemento de calcio destinado a fortalecer su masa ósea; el brebaje se obtenía a partir de ceniza vegetal y hueso pulverizado.

Finalmente, para entender hasta qué punto primaba en el mundo de la gladiatura el concepto de espectáculo, basta recordar la farsa final aludida un poco más arriba, que animaba la arena cuando un gladiador era condenado a iugula y dos operarios del anfiteatro entraban por la Porta Libitina disfrazados de Dis Pater con su correspondiente martillo, en una imagen heredada del Caronte etrusco, y Mercurius Psicopompus portando un hierro al rojo vivo. Entre bromas y chanzas, celebradas ruidosamente por el público, ambos personajes comprobaban que el luchador degollado por su compañero había expirado y, si no era así, lo remataban antes de colocarlo en una camilla para llevarlo hasta su destino final en el Averno (Tertuliano, Apolog. 15, 4-5; Ad Nationes, 1, 10, 47). Sin embargo, no sabemos con qué frecuencia ni en qué lugares se representaría esta escena, y no cabe descartar que la dinámica habitual fuera bastante más prosaica: Tertuliano habla de gladiadores posiblemente por extensión (al fin y al cabo, eran combatientes en el anfiteatro), pero lo cierto es que en sus citas no alude en ningún caso a los munera gladiatoria, sino a los ludi meridiani, las luchas entre condenados a muerte celebradas a mediodía durante las cuales tenían lugar las damnationes ad gladium; algo que, dentro del carácter un tanto discutible de la cita, parece tener bastante más sentido.

En realidad, los gladiadores moribundos solían ser rematados en el spoliarum, espacio anejo al anfiteatro donde se les despojaba de la armadura y quedaban pendientes de que los recogieran sus familiares o sus compañeros de ludus o collegium; y los encargados de terminar con su vida eran los confectores mediante el correspondiente golpe de gracia (ferrum recipere). Esto no quita que en algún espectáculo pudieran también serlo ante el público de la mano del árbitro principal (summa rudis), o que este cediera coyunturalmente el «honor» a los dos personajes antes descritos, protagonistas de una farsa pensada para divertir a los espectadores. Por regla general, sin embargo, una vez que los gladiadores recibían la condena a iugula, solían ser degollados, apuntillados o atravesados por una estocada en el corazón, todas ellas formas bastante efectivas de provocar la muerte, por lo que no sería muy frecuente que llegaran vivos al spoliarium”.

Detalle de un mosaico de la Villa Borghese en el que se ve una pelea entre los gladiadores Retarius y Secutor.

Detalle de un mosaico de la Villa Borghese en el que se ve una pelea entre los gladiadores Retarius y Secutor.

 

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El valor terapéutico de la sangre de gladiador

“El pueblo romano (…) llegó a sentir verdadera devoción por los gladiadores más famosos, que representaban para ellos verdaderos ídolos, símbolos de gallardía y nobleza de carácter, de valentía y arrojo, incluso de belleza masculina, a pesar de su infamia. Esto favoreció que en torno a ellos se creara un activo comercio de objetos (figurillas de terracota o de bronce, lucernas, amuletos, etc.) consumidos con fruición por la gente. Muchos pensaban que todo lo que hubiera tocado un gladiador o le hubiera pertenecido traía buena suerte, protegía de los malos espíritus o curaba determinadas enfermedades como la epilepsia. Son bastantes, de hecho, los autores antiguos, incluso médicos de profesión (Aulo Cornelio Celso, De re medicae 3, 23.7; Plinio, Naturalis Historia, 28, 2.4; Escribonio Largo, Compos, 17, 19 ss.; Minucio Felix, Octo 30, 5; Celio Aureliano, De morbis acutis, libro I, etc.), que destacan el valor terapéutico frente a la epilepsia de la sangre humana. Por este motivo, algunos enfermos la bebían directamente de las heridas recién infligidas a los gladiadores, emblemas universales de fuerza, virilidad y valentía, ante la vida y ante la muerte; e incluso hubo quien comerciaba con ella.

Tertuliano (Apologeticum, 9.11) llega a hacer extensiva esta práctica a la sangre de algunos noxii, condenados a muerte habitualmente de baja extracción social y condición humana execrable, por lo que tenían poco de modélicos o ejemplares; de ahí que haya dudas sobre la realidad del hecho o su intención al contarlo.

Se entiende, en cualquier caso, que la gente rivalizara por conseguir algo de los luchadores que morían en la arena —incluida la sangre de los apenas caídos en combate, recomendada como medicina para los enfermos—; que sus despojos fueran muy codiciados por magos, brujas, hechiceros y nigromantes, y que los propios gladiadores hubieran de protegerse frente a este tipo de prácticas, como parece demostrar en Córdoba la defixio incluida por el mirmillón Actius en su epitafio (vid. infra).

No conocemos bien el mundo de la espiritualidad de estos luchadores, sometidos, como ya señalé al principio, al escarnio público de ver sus cadáveres, o incluso sus cuerpos agonizantes, ultrajados por los dos operarios del anfiteatro disfrazados como Mercurius Psicompompus y Dis Pater, pero la presunta existencia de un mercado de sangre de gladiador es quizás lo que más llama nuestra atención desde una óptica actual. A través de ella, reitero, se esperaba recibir algo del ideal de virilidad que representaban, de su vigor, su fortaleza y su gallardía, al tiempo que combatir la esterilidad, la impotencia, el mal de ojo y la mala suerte, o la tan temida epilepsia.

«Quien de verdad sufría de epilepsia además sorbía la cálida sangre que manaba de la herida, como remedio excelente a sus males», dejó escrito el médico Celio Aureliano (De Morbis Acutis, Lib. I, cap. de epilepsia), para horror nuestro. ¿Cómo no intentar defenderse ante algo así, aunque fuera solicitando la ayuda de los dioses infernales…? Pues, a pesar de lo terrible de tales prácticas, las supersticiones en torno a los gladiadores no terminaban aquí, ni mucho menos, si bien prefiero no entrar en detalles para no caer en el morbo ni en la simplificación, por cuanto no debemos olvidar que algunas de las fuentes escritas al respecto exageran o son mailintencionadas.

El mundo de la gladiatura —como en realidad la sociedad romana en su conjunto— debió estar en su día a día fuertemente dominado por la superstición. Todos en la época tenían un miedo cerval al mal de ojo, y muchos trataban de conjurarlo, o de propiciarlo, mediante herramientas al alcance de cualquiera que, elaboradas por nigromantes o de fabricación propia, servían para intentar que un combate se decantara en determinado sentido, que un gladiador quedara paralizado en la arena o, simplemente, que las apuestas les favorecieran. Fueron, en este sentido, muy frecuentes las figurillas de cera, que se moldeaban evocando la imagen de la persona a la que iba destinado el conjuro, se inscribían con el nombre de la misma y luego se arrojaban al fuego.

También, y muy especialmente, las tabellae defixionum: textos escritos sobre láminas de plomo de forma bustrofédica (de izquierda a derecha, de forma que solo se pueden leer reflejándolos en un espejo), que luego se enrollaban y eran atravesadas por un clavo antes de depositarlas en la tumba de un muerto prematuro o traumático y, en el caso del anfiteatro, en el lugar más ligado con la muerte, donde se acumulaban cadáveres sedientos de venganza y, consiguientemente, deseosos de hacer el mal. Hablo del spoliarum, donde se han encontrado en el anfiteatro de Cartago casi una cincuentena de estas tablillas, muy frecuentes también en circos y estadios. Córdoba ha proporcionado un número significativo de ellas; si bien, que me conste, ninguna ha sido catalogada con carácter deportivo, ni ha aparecido en el entorno del anfiteatro.

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