Cómo financiar un negocio a través de los idilios 

Foto: Pixabay.

“Hacía justo seis meses que Luis le había presentado a Lidia, ahí mismo, una tarde de margaritas y daiquirís, de aquellas que se armaban en verano después de jugar tenis. Al principio, Lidia le había parecido poca cosa, con su cuerpecito hecho de huesos y esos ojillos lánguidos que parecían albergar mucha tristeza”. Penúltima entrega de nuestros ‘Relatos de Agosto’ en colaboración con el Taller de Escritura de Clara Obligado. Hoy, la seducción al servicio del negocio. “Recordó la energía que solía poner para financiar su negocio a través de sus idilios”.

Por RENATA VILLORO 

La cita era a las diez, pero Carlo llegó media hora antes. Mientras esperaba a Lidia en el restaurante del Country Club, observaba a los que desayunaban en las mesas a su alrededor: empresarios, señoras jóvenes, delgadas y rubias, alguna que otra acompañada de una nana meciendo una carriola. Los bolsos caros y las manicuras perfectas lo trasladaron a la época en la que las mujeres solo le interesaban por dinero. Recordó la energía que solía poner para financiar su negocio a través de sus idilios. Les ofrecía flores, cenas, serenatas, era encantador con sus padres y regalaba cajas de chocolates finos a sus madres. Si no invertían ellos en su bar, siempre conocían a alguien dispuesto a hacerlo. Al poco tiempo de obtener los fondos, le explicaba a la novia de turno que era una mujer maravillosa, pero él estaba en otro momento de vida.

–Otro timing –decía, mientras ella lloraba en silencio–. No eres tú, soy yo.

Le aseguraba que habían sido meses entrañables (le encantaba ese adjetivo) y que se recuperaría. Casi siempre dejaba escapar una lágrima, porque las despedidas le daban pena de verdad; le movían algo dentro, aunque nunca había sabido bien por qué. En todo caso, ese ritual de conquistador le parecía ahora una película vieja con cuyo protagonista no se identificaba más. Un mercantilismo ordinario.

Miró su reloj: nueve cuarenta. Vio la fecha en el periódico que el mesero le había ofrecido. Hacía justo seis meses que Luis le había presentado a Lidia, ahí mismo, una tarde de margaritas y daiquirís, de aquellas que se armaban en verano después de jugar tenis. Al principio, Lidia le había parecido poca cosa, con su cuerpecito hecho de huesos y esos ojillos lánguidos que parecían albergar mucha tristeza. Acababa de llegar de Monterrey y no conocía a nadie, salvo a Luis, su compañero de primaria. A Carlo le había gustado que viniera de una ciudad próspera. 

–Su padre es dueño de todo el acero de México –le había susurrado Luis con un discreto guiño mientras la sentaba a su lado.

–Y… ¿qué te parece el Country? –había preguntado Carlo a Lidia, mientras señalaba al mesero que trajera otro daiquirí de limón.

–Me gusta su biblioteca –respondió ella mirando seriamente su plato–. Tiene todas las obras de Henry James.

Carlo la había volteado a ver con un dejo de ternura en los ojos. Lidia era claramente diferente.

Llamó al mesero y pidió un café. Miró el ejemplar de Washington Square que había dejado sobre la mesa. Una primera edición conseguida a través de un anticuario. Dentro, sobre la primera página, estaba el anillo que había comprado el día anterior. 

Después de que Luis se la presentara, Carlo había empezado a frecuentar a Lidia con la idea inicial de pedirle a su padre un préstamo para arrancar un nuevo bar. A ella no le gustaba salir de noche, así que la invitaba por las tardes al Country Club, del que era socio desde siempre. Después de jugar al tenis con Luis, éste se unía al equipo de golf, y Carlo y Lidia se retiraban a platicar durante horas en alguna de las terrazas. No era hermosa, pero era elocuente. Entre dientes levemente desalineados, hablaba sobre lo que leía y lo que pensaba con un candor desconocido para Carlo.

Una tarde Lidia le reveló, agachando la frente, que su madre había muerto en el parto. Sus padres nunca se habían casado. En la sociedad regiomontana eso suponía cargar con un estigma perpetuo. Por ello su padre había decidido mudarse con ella a la Ciudad de México, donde tendría más oportunidades de matrimonio. Carlo había sentido en el pecho una sensación nueva: eran las ganas de cuidarla. Le pidió que fuera su novia.

A los dos meses, su suegro le había explicado que solo financiaba negocios familiares. Como muestra de confianza, lo había invitado a invertir en su fondo privado. “Se trata de un capital de la familia, ¿entiendes, hijo?”, había dicho. “Y mi niña es muy feliz contigo”. A Carlo no se le había escapado la sutileza de la propuesta. Los de Monterrey sabían hacer dinero bien, sin regalos y con compromiso. Y él quería pertenecer a ese club. A los pocos días le había pedido la mano de su hija. 

Dio un trago a su café y miró de nuevo a su alrededor. Imaginó a las señoras dentro unas horas, esperando en sus casas llenas de empleados a sus maridos para comer. Todas las relaciones implican alguna transacción, por más sutil que sea; un toma-y-daca consensuado, pensó, al tiempo que le venía a la memoria la conversación que había tenido con Luis esa mañana por teléfono. 

–¡Te felicito, hermano! –había exclamado su amigo al contarle que acababa de invertir en el fondo del papá de Lidia– ¿Y de dónde sacaste la lana?

–Hipotequé el bar, obvio. Ayer hice la transferencia.

Casi de inmediato, inspirando para tomar coraje, Carlo agregó:

–Además, al rato le voy a pedir matrimonio a Lidia. 

Luis se había quedado mudo. Como si no le creyera. Tras unos segundos, con el tono del que se dirige a un retrasado mental, le había preguntado:

–¿Pero tú entiendes que eso es para siempre? ¡Tú no vas a aguantar!

Carlo se había ofendido. Odiaba los estereotipos. Tenían menos de un año de conocerse, desde que Luis había entrado al Country. ¿Quién era para asegurar que no podía sentar cabeza? ¿Quizás estaba celoso de su relación con Lidia? En cualquier caso, se había limitado a responder, eligiendo cada palabra con cuidado:

–Estoy muy encariñado. 

–¡Cuando hay champaña de por medio cualquiera se encariña! 

La risa de Luis le había parecido a Carlo de una vulgaridad insoportable, igual que el tono que empezaba a tomar la conversación, pero contestó con cordialidad:

–Se trata de una alianza formal.

–Claro, hermano. Lidia es una niña bien. Eso es lo único que importa. 

Carlo terminó su café. Decidió limitar la relación con Luis a partir de ahora. Pidió un vaso de agua al mesero y volvió a mirar el reloj. Las diez y tres. Se aprestó en su silla, levantando la mirada hacia la entrada.

Un mesero se dirigió hacia él. Al llegar a su mesa, depositó a su lado una charolita plateada con una carta. Tras una leve inclinación de cabeza, se retiró. Confuso, Carlo abrió el sobre. Dentro, con letras mecanografiadas, una tarjeta decía:

Han sido meses entrañables.

Te recuperarás. 

L y L

Carlo se levantó de golpe. Recordó las uñas levemente desquebrajadas de Lidia, el ligero aroma a colonia barata del que decía ser su padre, el apretón de manos del encargado del banco. Se dio cuenta de que nunca había sabido el nombre completo de Luis.

Tuvo que apoyarse con ambas manos en la mesa para no caerse. Temblando, aflojó su corbata, tomó el vaso de agua y bebió unos tragos. Algunas gotas resbalaron por su barbilla y salpicaron el libro frente a él, con la portada ligeramente levantada por el anillo. 

Entonces comprendió lo que provocaban las despedidas. 

El taller de escritura creativa de Clara Obligado nació en 1980 en Madrid. Desde entonces, ha acompañado el proceso creativo de personas interesadas en la literatura a todos los niveles. Para algunos ha sido un lugar en el que compartir y aprender literatura; para otros, una puerta hacia la publicación, hacia la escritura profesional, o simplemente un punto de encuentro en torno a los libros.

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