Lo cotidiano, el maravilloso tesoro del día a día

Lo cotidiano, el maravilloso tesoro del día a día

Objet Trouvé / los díez©

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¿Cuándo ha sido la última vez que hemos levantado los ojos de la pantalla para dejarnos sorprender, como si fuera la primera, por todo lo que acontece durante un trayecto de metro? ¿Cuándo ha sido la última vez que hemos disfrutado sinceramente de una conversación banal entre amigos sin intentar reproducir una tertulia televisiva de entendidos, por no decir de enterados? Frente a tanto acontecimiento histórico, prisas y labores urgentes para pintar algo en el panorama social, hoy en esta sección de ‘poemas objeto’ queremos poner en valor ‘lo cotidiano’, los placeres sencillos del día a día.

Hoy me voy a permitir utilizar este artículo para poner en valor una de mis palabras fetiche, en cuya idea me apoyo a la hora de desarrollar ya sea mi trabajo como diseñador de producto ya sea como creador de poemas objeto; se trata del concepto de lo cotidiano, de ese fluir que día a día nos envuelve al que, al igual que les sucede a los jóvenes peces con el agua en el que están inmersos del texto de Foster Wallace, no le damos importancia, e incluso ni siquiera percibimos.

Lo cotidiano, no confundir con lo rutinario o lo anodino, es aquello en lo que, si prestamos un mínimo de atención, reducimos nuestro acelerado ritmo de vida y ampliamos nuestro campo perceptivo, podemos encontrar pequeñas dosis de satisfacción que actúen a modo de golosinas para el alma.

La cosa está complicada; saturados por acontecimientos históricos que suceden día sí y día también, por partidos del siglo semanales, por la enésima repetición de las imágenes más espectaculares, por los trending topics que quedan obsoletos cada media hora, ¿dónde queda ese acontecimiento, ese suceso que nosotros vivimos como íntimo, pero que, paradójica y simultáneamente, acontece a millones de personas?

¿Cuándo ha sido la última vez que hemos degustado un simple y sencillo café casero, sin necesidad de recurrir a la suprema experiencia barista? ¿Cuándo ha sido la última vez que hemos levantado los ojos de la pantalla para dejarnos sorprender, como si fuera la primera, por todo lo que acontece durante un trayecto de metro? ¿Cuándo ha sido la última vez que durante uno de esos recorridos que hacemos todos los días, y no habló del deambular errático del flâneur, hemos descubierto detalles de nuestra ciudad en los que nunca habíamos reparado? ¿Cuándo ha sido la última vez que, obviando los titulares a toda página y la urgencia de las noticias de última hora, hemos leído alguna carta al director tratando algún tema que nos atañe de manera directa, mucho más, por supuesto, que las tendencias para el próximo siglo? ¿Y cuándo ha sido la última vez que hemos disfrutado sinceramente de una conversación banal entre amigos sin intentar reproducir una tertulia televisiva de entendidos, por no decir de enterados?

Sí, sé que tal vez me haya quedado un artículo lleno de tópicos y de lugares, precisamente, comunes, pero sinceramente es lo que buscaba, un texto para andar por casa, despojado de la gravedad, convertida en lastre, del tema trascendente, y de la pretensión de convertirse en referente de opinión.

Ha sido un texto sin pretensiones, o tal vez, íntimamente, sí, con un deseo, el de ser guardado en un cajón, aunque sea digital, y ser leído, de vez en cuando, a lo largo de nuestra, cotidiana, vida.

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