Crisis en el palomar
Foto: Pixabay.
“Todo empezó la noche que mi padre volvió a casa con un aleteo triste. Mi madre y mi hermano también lo notaron, pero yo fui la única que pudo ver no solo tristeza en el movimiento de sus alas, sino también miedo”. Los Relatos de Agosto de ‘El Asombrario’ en colaboración con el Taller de Escritura de Clara Obligado se centran este verano en la ‘liternatura’, literatura de naturaleza. La entrega de hoy, la número 17 de la serie, tiene como protagonista a las palomas mensajeras.
POR CARLOS RIQUELME
Todo empezó la noche que mi padre volvió a casa con un aleteo triste. Mi madre y mi hermano también lo notaron, pero yo fui la única que pudo ver no solo tristeza en el movimiento de sus alas, sino también miedo.
Las noches siguientes fueron aún peores. Por cada pequeño contratiempo, se le erizaban las plumas y erguía el cuello amenazante. Dejó de hablarnos en ese tono suave que nos distinguía como familia y se le empezaron a oscurecer las plumas bajo los ojos. Mi madre, con tal de animarlo, empezó a recolectar pipas de calabaza para que las tomara en la cena. Sabía que eran sus favoritas. Pero rechazó este y cualquier otro alimento, lo que le llevó a perder paulatinamente su característica barriga.
En una de estas noches, le escuché relatar, entre arrullos, lo que sonó como una historia de terror. Al parecer, don Evaristo llevaba días sin aparecer por el palomar. El hombre encorvado de barba gris y nariz prominente había desaparecido. Él las había entrenado como mensajeras. Siempre solía bromear con que, después de décadas rodeado de todas ellas, acabarían por salirle alas de la chepa. Mi padre guardaba la esperanza de que ese fuera el motivo de su ausencia y ahora estuviese volando muy lejos de allí.
A la semana siguiente, mi padre llegó a casa cuando el sol aún no había empezado a descender. Se instaló en una esquina y permaneció ahí todo el día, sin emitir sonido y con la mirada perdida. Cuando reunió el valor suficiente, le anunció a mi madre que había llegado el momento que tanto temían. Esa misma mañana, los tres hijos de don Evaristo aparecieron cargando con un objeto extraño. Instalaron sobre una mesa una caja gris que despedía una luz intensa y radiante. Sus compañeras le dijeron que se trataba de uno de esos super mensajeros que podían realizar el trabajo de todas ellas en cuestión de segundos. Esos a los que no había que alimentar ni cuidar. Don Evaristo, así como su padre antes que él, habían sido de los pocos en negarse a la imposición de los nuevos tiempos. Pero esta lucha no había calado en las nuevas generaciones. Mi madre argumentó que, por muy rápido que fueran esos nuevos seres, ¿qué iban a hacer? ¿Echarlas a todas? No merecía la pena preocuparse.
Con la llamada rutinaria del amanecer, mi padre emprendió el vuelo con un sobre sin dirección ni remite. Cada mañana realizaba la misma acción, pero nunca supimos a dónde se dirigía. Solo veíamos cómo volvía antes a casa, con el mismo sobre en el pico. Una mañana, cuando salí a sentir el aire fresco de principios de otoño bajo las plumas, lo descubrí volando en círculos, dando vueltas y más vueltas, con el sobre ya medio carcomido por el sol.
Las cajas grises empezaron a multiplicarse en el palomar. Lo llenaron todo de un ensordecedor ruido blanco, sin espacio para nuestros arrullos. La comida comenzó a escasear y la suciedad marcaba las paredes. Hasta que, un día cualquiera, los hijos de don Evaristo llegaron con pisadas violentas. Como espantapájaros, empezaron a arrancar las puertas de nuestras jaulas. Entre palmadas y aspavientos, imitando el movimiento de nuestras alas, nos invitaron a abandonar nuestro hogar.
Mis padres decidieron entonces reunirnos a todas y, empleando sonidos que no les había escuchado antes, nos animaron a alzar nuestras alas al cielo. Volaríamos todas al mismo son, creando una lluvia de heces por toda la ciudad. Molestaríamos lo suficiente para que escucharan nuestra queja. Sin embargo, muchas prefirieron centrarse en su propia supervivencia, convencidas de que no había modo de cambiar nuestro destino. Mi padre se dio de bruces con su resignación, y mi madre tuvo que vivir cada día regurgitando su rabia.
Pronto conseguimos instalarnos en un árbol cercano. Nada boyante, tan solo un plátano de sombra de mediano tamaño con algunas ramas secas y vistas a unos ladrillos. Varias familias del palomar se instalaron en el mismo árbol. Escuchamos de otras que probaron suerte en cornisas recién pintadas, pero pronto las echaron instalando punzones bien afilados, pues no eran de la especie que solía habitar esos barrios. Resultaban demasiado vulgares. Hacían feo.
Mi padre, por supuesto, no volvió a trabajar, aunque no dejó de intentarlo. Recorrió todos los palomares de la ciudad y algunos del extranjero, pero todo lo que encontró fueron habitaciones vacías. En su último vuelo se dejó olvidado lo que quedaba del sobre y, desde entonces, tuvimos que esperar su vuelta para siempre. Decidimos enterrar el amarillento trozo de papel junto al árbol, no como monumento mortuorio, sino para conservarlo.
Mientras tanto, los vecinos conseguimos crear una comunidad en nuestro plátano de sombra, que creció y se llenó de hojas para devolver el honor a su nombre. Un día cualquiera, mientras inspeccionaba el suelo en busca de alguna migaja de pan, vi que algo había cambiado. Una pequeña raíz empezó a germinar tímidamente en el lugar donde habíamos guardado el sobre. En ese momento, extendí mis plumas, abrí el pico e, impulsada por una canción triste, fui en busca de mi hermano. Ambos hicimos guardia frente a nuestro antiguo palomar. Cuando por fin divisamos a unos de los espantapájaros, que se acercaba cargando con otro de los seres grises, nos lanzamos al vuelo. Con una puntería certera, le disparamos una palomina en la cabeza. La caja gris se espació en mil pedazos al caer al suelo, mientras que el hombre nos maldecía y escapaba agachando la cabeza.
No cambiaríamos nuestra suerte ni la de ninguna de nosotras con este acto. El día siguiente sería igual que el resto. Sin embargo, conseguimos que nuestro plátano de sombra vibrara entre arrullos victoriosos. Habíamos plantado la semilla correcta.



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