Cuando Lou me dijo: Silence, silence, no dejes que se enteren

Cuando Lou me dijo: Silence, silence, no dejes que se enteren

Detalle del retrato que Victoria Iglesias hizo al músico Lou Reed.

Menéalo

Una fotografía puede contar toda una vida. Un día como hoy, el 27 de octubre de 2013, murió Lou Reed. El retrato que le hice en 1996 se empeña poco a poco en contar la mía. Si hay un retrato interior, que no ve la luz, éste solo puede ser revelado con palabras. Es el camino oculto entre la fotógrafa y el fotografiado. Los trozos de texto que encadeno a continuación pertenecen a distintas fotografías, recogidas en el libro –PhotoBolsillo– que recientemente ha publicado La Fábrica con una selección de mi trabajo. Son el resultado de encuentros que desembocan en la imagen que pide silencio, o tal vez que parten de ella. Lou pide no ser revelado. Lou es la portada de ese libro. Lou Reed condensa aquí todos esos momentos imperecederos que han ido marcando mi vida con un clic y otro clic y otro clic.

Recuerdo aquel día extraño. Tan extraño como el viento encerrado, como el eco que rebota palabras que no se mencionan. Corto, pero de segundos largos y minutos eternos. Oscuro, pero brillante. Claro, pero de nubosidad variable. Tan raro que no parecía encontrarse seguido de otros días.

Solo se puede fotografiar, sin más, cuando ya te ha atrapado la monotonía y te ha empapado la rutina.

Solo se puede retratar, de verdad, cuando intentas que no te inunde la nada y alcanzas a dar brazadas para no morir.

Yo llamé a su puerta. A menudo llamo a las puertas.

Un momento emocionante antes de que se deslicen las bisagras.

Se llama Gato, me dijo, así sin más ¿Qué otro nombre puede tener un gato? Era todo tan simple como las zapatillas de felpa que llevaba mientras pintaba en el baño.

“Una chaqueta de Vicky, unos pantalones de Vicky, un libro, unos apuntes de Ascen…”. Así ordenaba mi padre las cosas desahuciadas en el garaje”.

Mientras, mi madre ponía en las estanterías las figuritas de Vilar Formoso, al lado de la enciclopedia.

Pero aquella otra casa tenía largos pasillos para las cosas, que no eran otras que libros y más libros.

Ahora puedo recordar esos olores opacos a libro viejo. A maderas nobles con aromas de hojarasca y tomillo, a cajas de habanos, a minerales, a especias tostadas de gran intensidad…

Y en aquel cuarto, por fin, no hubo más. No había nada que rompiera la temprana calma que nos había empezado a rondar, solo el papel que sonaba como un estruendo entre tanto silencio.

Sin embargo, la mirada se produce así. Cuando desaparece el ruido de las palabras y conviertes el obturador de tu cámara en la claqueta que da paso al rodaje.

Un terreno enmudecido pero que, como un camino solitario en el bosque, te deja escuchar el aleteo de un pájaro o el crujido de una pisada sobre un manto seco. Un hilo conductor que, tal vez, te hace descubrir el final del trayecto. Un lugar donde puede que algo se haya aniquilado y a la vez pueda ser reconstruido.

Como los versos, uno languidece y pide paso el siguiente.

Aprendo que soy una pavesa que se esfuma. Brilla mucho, de repente, y enseguida muere. También les ocurre a las luciérnagas, aquellas que bailaban en el viento de Illinois.

Siempre habrá personas que remuevan la tierra y que claven fuertemente en ella las espuelas movidas por sus creaciones.

Es ella. O es él.

Yo hablé con él, por vez primera, un día de otoño cuando la tarde de Madrid también languidecía como aquellos versos. No en otros lugares se refleja de esta manera la luz sobre las calles grises y las colinas peladas. Estos cerros de cemento son brillantes cuando enfocaban su soledad entre la multitud y los ruidos.

Y años antes…

Él soñaba como el tiempo flotando como un velero.

Y estaba sin saberlo empezando, con palmas suaves, un viaje al corazón sobre aquello que fue un sueño, hundido hasta los cabellos.

La luz cae como un triángulo. La chaqueta roja se enciende. Las pulseras tintinean.

Clic, clic, clic…

Disparé tres veces, solo tres, mientras se llevaba los dedos a la boca y me decía:

Silence, silence, no dejes que se enteren.

¿Cómo me iba a imaginar yo que decían que ese tío era el más borde del mundo?

Simplemente, una leyenda.

Bye, bye… Lou.

Thanks, thanks… Lou.


Deja tu comentario

¿Qué hacemos con tus datos?

En elasombrario.com le pedimos su nombre y correo electrónico (no publicamos el correo electrónico) para identificarlo entre el resto de las personas que comentan en el blog.

Comentarios

  • Oscar Bedogni

    Por Oscar Bedogni, el 27 octubre 2022

    No eres una pavesa que se esfuma, Victoria, mientras escribas y fotografíes así serás una pavesa perenne.

    • victoria

      Por victoria, el 29 octubre 2022

      Gracias. Muchas gracias.

Te pedimos tu nombre y email para poder enviarte nuestro newsletter o boletín de noticias y novedades de manera personalizada.

Solo usamos tu email para enviarte el newsletter y lo hacemos mediante MailChimp.