Cuando una niña de 11 años le pide a Dios la muerte de su padre

Cuando una niña de 11 años le pide a Dios la muerte de su padre

La escritora Linda Boström.

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“El alivio que sentí al oír la llave en la cerradura seguía siendo el mismo. Mi madre había sobrevivido, estaba viva”. La escritora sueca Linda Boström nos trae una breve y poética novela basada en su propia infancia, ‘Bienvenidos a América’, traducida ya a más de 20 idiomas. Una niña de 11 años le pide a Dios la muerte de su colérico y alcohólico padre. Su deseo se cumple.

La infancia y la violencia mezcladas con esa precisión y descaro con que se mezclan los inestables elementos de un cóctel molotov. La infancia como prisión y no como ese paraíso que se le imagina a nuestra carne a medio hacer. Quedarse quieta entre el desamor, el odio y el silencio de tus progenitores. Que tu vida no valga nada, que la desgana y el terror te hagan olvidar que la infancia es el tiempo del descubrimiento y de los juegos. Tener la necesidad de convertirte en una diosa justiciera que no está preparada para cargar por el peso de sus deseos, sean de la índole que sean. Todo esto le pasa a Ellen, la prodigiosa protagonista de esta novela afilada y gravosa con que Linda Boström (Estocolmo, 1972) sorprende al lector.

Bienvenidos a América es un infierno delgado de paredes gruesas en el que la violencia es un enigma indeseable, un gigante lento y opaco cuyos movimientos van cambiando el sentido en el que debería circular la vida de quien la padece. En esta novela a la que deberíamos llamar diario encubierto o medida biografía, la violencia convierte a su protagonista de 11 años en una sabia con la piel y la memoria en carne viva. Nada podrá salvarla ni siquiera el cumplimiento a rajatabla de ese deseo que le pide a Dios:

“Hazla feliz. Dios la hace más feliz que yo. Yo rezaba por ella todas las noches, y ¿por qué sabía  que Dios me escuchaba?;  eso no lo sé, pero así era. Yo tenía acceso a Dios. Fuimos Dios y yo quienes matamos a mi padre. Lo hicimos juntos de una vez por todas. Dios y yo”.

Ellen está sola, custodiada por una fuerza invisible que la obliga a una reflexión sin tregua, que la aleja de la vida que se supone que todo niño ha venido a vivir y que la obliga a callar, porque a pesar de ser solo una niña ya sabe que todos los pecados que se cometen han de ser expiados. Ellen le teme a la fortaleza de sus palabras, a la fuerza de su mente:

“El alivio que sentí al oír la llave en la cerradura seguía siendo el mismo. Mi madre había sobrevivido, estaba viva”.

Y carga con el peso de una madre descomunal:

“La habitación necesitaba recuperarse después de su visita”.

Sabe que su única aliada es la noche, una madre que no tiene útero y que sin embargo le proporciona a nuestra joven justiciera el alimento con el que sabe consolar el cordón umbilical el hambre de un nonato mientras llega su conocimiento total de la cara más hostil del mundo:

“La noche era como un amigo. El silencio no tenía nada de extraño por la noche. Y la soledad era auténtica”.

“Yo era una con la noche y hablábamos el mismo idioma”.

Esta novela deja muy claro que la violencia no crea monstruos inocentes y perecederos  que  caben bajo nuestras camas y que su terror forma un aliento helado que mata a todos los muñecos e ídolos que cuelgan de nuestras paredes.

Boström se arriesga sin descanso, se retroalimenta del luminoso silencio de su alter ego hasta concertar una cita con el diablo que irá acorralándola y le hará creer que la luz está de su parte.

En esta historia todo son tinieblas y es sublime la manera en que la autora retrata la letra pequeña  con que los fantasmas hacen enfermar nuestra rutina.

Boström domina de principio a fin la dialéctica macabra que a veces nos mete en la boca el peso de una infancia que modificará la verdad que todos somos al nacer, y no lo hace por exotismo estético, ni por aligerar el gélido vaho que exhala una boca sin palabras, sino por pura necesidad:

“Mi padre se me metía por debajo de los párpados y cantaba su Willkommen, bienvenu, welcome”.

“Se sentaba en el borde de la cama y me ponía una venda en lo ojos. Para que nunca veas lo que hicisteis, decía”.

«¿Quién era yo mientras dormía?». 

Así que no dejen de leer esta novela, porque hay novelas que en cuanto empiezas a leerlas toman el control sobre tu sangre,  y Bienvenidos a América es una de esas novelas.

No dejen de leerla porque su brevedad es comparable al hambre de un océano que parece decidido a devorar a todos los seres humanos que se tomen la licencia de pararse a contemplarlo.

No dejen de leerla porque es veloz e inmisericorde. Porque nos enseña que un relámpago es mucho más que ese resplandor vívido y deslumbrante que todos hemos visto sacudiendo la tranquilidad del cielo.

‘Bienvenidos a América’. Linda Boström Knausgård. Traducción de Carmen Montes Cano. Gato Pardo Ediciones. 86 páginas.


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