Cuándo perdimos la magia de la luz de las luciérnagas

Cuándo perdimos la magia de la luz de las luciérnagas

Luciérnagas en el bosque de bambú encantado, en Japón. Foto: Kei Nomiyama. 

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Uno de los síntomas más emblemáticos de nuestra crisis ambiental y cultural es la extinción de pequeñas y furtivas especies como las luciérnagas. Porque, pese a nuestra obsesión por todo lo que reluce, son uno de los pocos seres capaces de brillar, y nuestro derroche de luz artificial las está apagando. Ese culto a la desmesura que equipara el progreso con el resplandor o el bullicio condena al olvido todo lo que queda en penumbra o en silencio, y constata nuestra incapacidad de apreciar el encanto real del mundo. Un encanto más sutil y complejo que los efectos especiales o la brillantina navideña a los que nos tienen tan acostumbrados. Celebramos la Noche mágica de San Juan con este asombrario homenaje a las luciérnagas.

El joven divulgador indio Sriram Murali dice en su último documental sobre la contaminación lumínica que la bioluminiscencia que derrocha el fascinante mundo de la película Avatar es ficticia, pero la de las luciérnagas que descuidamos es real. Plantea así una cuestión clave: hemos desencantado el mundo real por sobre-iluminar con un falso encanto nuestro mundo artificial y virtual, dejándonos deslumbrar por pantallas o escaparates que minan nuestro gusto y criterio, mientras las luciérnagas se apagan o los grillos enmudecen camino de su extinción. “La población de luciérnagas decrece en todo el mundo y es crítico preservar estas diminutas criaturas mágicas para las futuras generaciones”, advierte Sriram mientras vemos cintilar cientos de lucecitas en medio de un bosque.

Salvar la noche, y con ella lo que entendemos por encanto real, tiene tanto de reto científico como de gesta artística y filosófica. Porque es un error cultural anteponer siempre la luz (o cualquier tipo de luz) a la sombra en vez de armonizarlas, como reza el yin y el yang. Somos hijos de ese equilibrio o de esa alternancia, y de ahí quizá el encanto. Las noches refrigeran y dan un respiro al planeta de la radiación solar. En documentales como Lost in Light Saving the Dark, Sriram Murali muestra cómo a medida que nos alejamos de la civilización y su resplandor, el cielo nocturno ensancha nuestro horizonte encendiéndose de millones de estrellas y revelando el verdadero rostro de la realidad, que durante el día vela la luz del sol: “Los cielos nocturnos nos recuerdan nuestro lugar en el Universo”, afirma. “Cuando era niño, mi madre me contó una historia sobre un rey indio y uno de sus ministros. El rey Akbar tomó un palo largo y prometió una recompensa a cualquiera que hiciera el palo más pequeño sin tocarlo. Cuando todos fallaron, el ingenioso ministro Birbal tomó un palo más largo y lo acercó al otro, haciendo que pareciera pequeño. El Universo nos da esta perspectiva, sin la cual solo aumentan nuestras diferencias como seres humanos”.

Si hoy nuestro concepto de realidad es tan erróneamente materialista en vez de espiritual o más inquisitivo es en parte porque al tapiar el cielo estrellado falseamos la realidad, perdiendo la perspectiva del universo que nos trasciende. Reduciendo el mundo solo a lo que queremos ver e iluminar. Robar el fuego a los dioses no es nada comparado con adueñarnos de la atención que durante millones de años dirigió sobre el paisaje la cíclica luz de los astros. Hoy la luz eléctrica de cualquier móvil o dispositivo es la que manipula ese foco.

La danza de las luciérnagas

En su último documental, Sriram Murali, que es astrofotógrafo y voluntario de la International Dark-Sky Association, la asociación más importante del mundo en la protección de los cielos oscuros, nos acerca a su tierra, a la reserva Anamalai, en la India. Un parque nacional donde durante el día se pasean pesos pesados de la jungla, como tigres y elefantes, “pero hay una diminuta criatura que roba el show por las noches” dice Sriram: las luciérnagas, o minmini, en lengua tamil. Su luz es 100% eficiente, añade, y la usan para comunicarse en la oscuridad como signo de reclamo, advertencia o amorosa señal de cortejo, para atraer pareja. La biosemiótica de la que ya hablamos en El Asombrario haciendo otra vez de las suyas… “Hay unas 2000 especies de luciérnagas en el mundo, pero solo unas pocas como estas pueden sincronizarse, siendo un indicador del prístino ambiente de la reserva”.

Algunas de la imágenes más impresionantes de la danza de las luciérnagas nos llegan también del Este, del lejano Oriente. El naturalista Kei Nomiyama fue internacionalmente reconocido por fotografías como la que encabeza este artículo, tomadas en la isla Shikoku, en Japón. “La estación de las luciérnagas comienza al principio de la temporada de lluvias en Japón”, dice en su web. Estas luciérnagas pertenecen a la especie Luciola parvula, y reciben el nombre de Hime-Hotaru en Japón”. No sería de extrañar que muchos de los seres mitológicos que pueblan nuestros cuentos, desde las hadas a los duendes, nacieran inspirados por ellas, como evoca su nombre en tantas lenguas: vagalume en gallego, cuca de llum en catalán, ipurtargi en euskera…

Un mundo desencantado 

En la Antigüedad, el arte existía para recordarnos nuestro lugar bajo el cielo, manteniéndonos alerta ante la fragilidad de la vida o consagrando la belleza de la naturaleza y de las virtudes humanas frente a la catarsis y el recuerdo amenazador de la tragedia. ¿Qué pasó con esa perspectiva del mundo? ¿Con una realidad ante la que somos insignificantes o con el culto a su belleza y el respeto a sus límites? Mientras el progreso jugaba a transgredirlos y las pantallas se convertían en el nuevo escenario estético y moral, el mundo real se descuidaba. Ese que veíamos explotarse desde la ventanilla de coches, trenes o aviones cada vez más rápidos, enmudeció huérfano de musas. Y se «desencantó», como dijo Max Weber. Y como por despecho tras el desengaño religioso, de tanto desmitificarlo no solo perdió su dimensión sobrenatural sino su dimensión sobrehumana, hasta que dejamos de admirar la naturaleza desde el suelo, con los pies en la tierra, para verla desde un pedestal, por encima del hombro, cuando a nuestra especie le corresponde lo primero, o como mucho de frente.

A fines del siglo XX muchos críticos denunciaron esta inversión de perspectivas, reivindicando un Renacimiento humanista o ecológico, el llamado “reencantamiento del mundo», pero no apelando al idealismo, sino precisamente a la razón y el realismo, que los cínicos se habían apropiado. Si solo lo material existe, lo moral o espiritual podía relativizarse hasta parodiar todo lo que antes era bello o solemne, que pasó a sonar cursi, romántico o grandilocuente. Desde Bertrand Russell a Karl Popper criticaron ese escepticismo cínico que hacía estragos entre la juventud conformista y ociosa: «Ser capaz de llenar el ocio de manera inteligente es el último resultado de la civilización». El realismo cínico desplazó el valor estético al utilitarismo, caricaturizando desde el amor a la ecología, que cayó en el mismo saco naif.

Las musas de la ciencia

¿Hasta qué punto esos cánones deformaron nuestro gusto y perspectiva? La neurociencia lleva tiempo investigando las bases biológicas de la belleza y la correlación entre nuestros sentidos, emociones y sesgos morales. Los estudios del neurobiólogo Semir Zeki señalan que «la belleza en nuestro entorno no es un lujo, sino un ingrediente esencial del cerebro emocional». De hecho, si el feísmo paisajístico y el esteticismo virtual son secuelas de esta subversión cultural, el «reencantamiento del mundo» podría consistir en una cultura que eduque nuestra atención y sensibilidad desde una perspectiva que restituya al mundo su dimensión real, desde la vida microscópica a las estrellas. Que promueva el respeto por la realidad, no su banalización, cultivando el asombro, la curiosidad y el escepticismo científico desde la humildad, no desde el cinismo. Como esa lucecita inquisitiva que a ras de suelo, desafiando a la oscuridad del espacio, despiden las luciérnagas.

 


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