Cuando solo queda el amor, podemos ofrecerlo compartido…

Cuando solo queda el amor, podemos ofrecerlo compartido…

Foto: Pixabay.

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‘Quand on a que l’amour’ (“Cuando solo queda el amor”), canta Jacques Brel. Esa era la canción favorita de mi madre. Yo la escucho a menudo desde que ella ya no está. Hoy, cuando se cumplen cuatro meses de su muerte, cortaré unas rosas del rosal silvestre del vecino y le haré con ellas un ramo que acompañará la canción.

Así es la vida de los que hemos perdido a quienes queremos, y digo “perdido” porque eso es exactamente. No están los abrazos, no están los enfados por teléfono, no está la vida correspondida desde el otro lado. “Duelo”, así se llama. Hace unos días, rellenando un formulario para un trámite oficial, me preguntaron por mi estado civil. “Duelo”, dije sin pensar. De dolor. De doler. Intransitivo, cada uno en su forma y fondo.

De eso quería hablar. De los dolientes.

En este último año hay en este país 80.000 personas (cifras oficiales que yo multiplicaría por 2 o por 3 en números reales) que, víctimas del Covid, han dejado tras de sí un cúmulo de vidas en duelo. Muchos/as son los que han visto desaparecer a sus padres, hermanos/as, maridos, hijos/as tras la puerta de urgencias de un hospital y lo que recibieron a cambio fue una urna con cenizas en la que no se reconocen, con la que es imposible vincularse. No han podido penar una muerte real, no han visto, no han consolado, despedido, abrazado… A esas decenas de miles hay que sumar otras tantas de enfermos que no han podido ser atendidos ni diagnosticados a tiempo de enfermedades graves, atendidas demasiado tarde, fuera de plazo. Quién sabe de qué cifra hablamos. Mi madre murió de cáncer en marzo. También mi padre. Durante su enfermedad, nuestro gran temor era el ingreso hospitalario. Cualquier cosa menos eso, nos repetíamos a diario. Todo en casa, por favor. Y así fue. Tuvimos esa suerte. La menos mala. La menos cruel. Después, un trámite rápido y nuestra urna con las cenizas en las manos.

El tiempo no se detiene y el país parece vivir el anticipo del final de este episodio oscuro que nos ha trizado el presente, recordándonos que aquí estamos de paso y que nuestra debilidad es toda. El tiempo, como el espectáculo, debe continuar, pero no todos seguiremos igual. Hay una nube de pena entre nosotros que no va a desaparecer por muchos festivales, cultura abierta, viajes, ocio y aire libre que consigamos recuperar. La pena es honda porque no ha podido vivirse en abierto. Todos esos hombres, mujeres y niños que han perdido a alguien querido durante este año, sea por Covid o por cualquier otro motivo, no han tenido un duelo porque no han estado acompañados en el dolor.

Las muertes se han contado por cientos a diario muchas veces y quienes no las han vivido en sus carnes han terminado viviéndolas en cantidad, no en calidad, siempre desde el alivio de que nadie de los suyos estuviera entre los nombres de los difuntos. 80.000 familias dolientes en cifras oficiales son el eco multiplicado de muchas muertes, son muchos vivos tristes que necesitan que alguien reconozca en ellos lo que no hemos sabido hacer mejor: víctimas de un duelo torcido que necesitan, ahora que lo más duro está empezando a menguar –o eso al menos es lo que parecía hasta la fecha–, que quienes tuvieron la suerte de escapar ilesos a este infierno que tanto daño ha hecho se vuelvan a mirarlos y cuiden de ellos.

Si lo que tenemos en nuestro país es un Estado de Bienestar, debemos atender la salud emocional de quienes sufren todavía una pérdida que no han podido asimilar y que, por simple supervivencia, todos intentamos olvidar cuanto antes para poder pasar página y convencernos de que esto no va a volver a pasar. Y ahí está el error. No sabemos si volverá a pasar. Lo que sí sabemos es que si no cuidamos de la pena del vecino, si no reconocemos en quienes nos rodean a quienes duelen en silencio porque todavía no entienden cómo ha podido llegar la muerte a sus casas así, arrancándoles la alegría de noche y sin avisar, no habremos aprendido nada. Esta pandemia se ha llevado a muchos y a muchas de los/as nuestros/as. Los que quedamos debemos ayudar a enterrar a los muertos de quienes no pudieron hacerlo y empujar para que desde las instituciones se cree un dispositivo especial y de urgencia (como se hace en casos de grandes catástrofes –los accidentes de avión, terremotos…–) para que los dolientes de esta pandemia, aquellos/as que siguen en shock sin saber cómo gestionar el arrebato de un futuro que ya no será, puedan hacer el duelo en compañía, sabiendo que aquí fuera alguien sabe y entiende que una pena así es, a menudo y si no se acompaña bien, demasiado negra.

Toca arrimar el hombro. Nos toca. A todos/as.

Porque en el fondo solo nos tenemos los unos a los otros y, como canta Jacques Brel desde la cocina mientras intento no llorar y preparo el ramo de dalias para mi madre: “Cuando solo queda el amor, podemos ofrecerlo compartido como único socorro…”.

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Comentarios

  • Ana Rosa Béjar Molera

    Por Ana Rosa Béjar Molera, el 14 julio 2021

    Así me siento Alejandro, totalmente identificada contigo. También he perdido a mi madre en marzo de cáncer. Tenía 90 años. No puedo parar de acordarme de ella a cada momento. Siento un vacío inmenso. Tengo la esperanza de volver a verla cuando yo deje este mundo, en otra dimensión o en la Gloria, como ella estará porque era muy creyente.

  • Clara

    Por Clara, el 14 julio 2021

    Empatizo tanto con tu sensibilidad que, a veces, me produce cierta envidia el leerte por no haberlo escrito yo, jaja.
    Maravilloso todo lo que escribes y eso que te descubrí hace poco.
    Ojalá pueda conocerte a día en alguna firma de libros.
    Un abrazo con toda mi admiración y cariño
    Clara

  • Mari Luz

    Por Mari Luz, el 14 julio 2021

    Maravilloso querido Alejandro. mil besos

  • Mabel Cejas Tonani

    Por Mabel Cejas Tonani, el 14 julio 2021

    Tan cierto y doloroso 😔😔😔 y nadie como vos para hacerlo palabra… gracias Alejandro Palomas !!!💞💞💞

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