“Cuando una amiga te dice que no mereces la pena, estás muerta”
La escritora Nuria Labari. Foto: Asis Ayerbe.
Los libros de Nuria Labari (Santander, 1979) se parecen a esa iluminación sencilla, pero eficaz que ilumina las más francas conversaciones en la desnudez de la noche. Una puesta en escena que, sin lugar a dudas, es ya su tarjeta de visita. Lo ha hecho en sus novelas, en sus ensayos y en sus cuentos. La literatura de Labari se nutre de núcleos, porque ni practica ni cree en la superficialidad. Si ella escribe una palabra es LA PALABRA, si ella escribe una frase es LA FRASE, si ella escribe un párrafo es EL PÁRRAFO, y si ella escribe un libro es EL LIBRO. Es lo que pasa con ‘La amiga que me dejó’, un breve ensayo que disecciona la amistad con brillante lucidez y naturalidad. Se escribe mucho sobre la pérdida del amor; no tanto sobre la pérdida de la amistad. De ahí el doble valor de esta obra.
Siempre me ha sobrecogido su precisión, la naturalidad con que congrega lo sustancial, lo que importa, sin bagatelas ni relleno.
Sentarse frente a sus historias es sentarse frente a las nuestras, es librarse del espejismo y enfrentarse a un espejo cuya labor excede de su propia naturaleza.
Sentarse frente a La amiga que me dejó es encontrar una nueva vida para nuestras heridas sin ningún atisbo de demagógicos dramatismos.
Qué importante es siempre leer a Nuria Labari, qué importante sumergirse en las verdades profundas y desnudas que plantea su literatura.
Qué bendición es acurrucarse en su firmeza narrativa y que, al final de la lectura, te pertenezcan todas las páginas que alientan y alimentan sus historias.
La amiga que me dejó vuelve a ser un ejemplo de excelencia. De su pulcro trato con la verdad y de esa alianza suya con la poesía emocional y emocionante que siempre delimita, hasta hacer infinita cualquiera de sus reflexiones.
Labari entrega al lector un ejercicio de magia sin invasiones efectistas. Tan solo ella y la verdad, mano a mano. Tan solo la inteligencia y la generosidad sumidas en un duelo tan antológico como sencillo.
“Cuando te deja una amiga solo existe un foso de silencio bajo los pies. No es una metáfora, es un desierto que se puede pisar. Y que hay que transitar descalza”.
Labari reniega de la poesía con una manera efectísima de poetizar sus reflexiones. De abanderar la complicada poética del abandono.
“Lo de la esencia no es una metáfora del alma, sino un hecho literal”.
“Recuerdo un verso de Paul Valéry: ‘No hay nada más profundo que la piel”.
“Cuando una amiga te dice que no mereces la pena, estás muerta”.
La amiga que me dejó es un ejercicio tan emocional como pragmático. Y en esa comprometedora dualidad reside su descomunal éxito en la memoria de quien lee y en la propia idiosincrasia del género ensayístico.
“Después de todo, ¿quién quiere leer el libro de una tipa a la que dejan sus amigas?, ¿en qué clase de monstruo me convertiría eso?”.
“Yo no tengo nada que denunciar, yo soy solo esa mujer a la que dejan sus amigas. Y eso me da mucha vergüenza. Y me hace sentir culpable”.
“La buena literatura, como las buenas amigas, vuelve liviana la pesada capa de tiempo que atravesamos en la vida”.
Labari domina esa liviandad de la que habla en el párrafo anterior hasta transformarla en un férreo testigo del dolor, en un avezado cicerone capaz de transformar sus manidas rutas. El dolor que narra la Labari tiene efectos especiales, transformadoras secuencias e irreversibles y sanadores hallazgos.
La amiga que me dejó no es una elegía de trazo infantil, sino un sentido homenaje a lo perdido, un análisis pormenorizado de errores y aciertos, una perfecta operación matemática sin cuyo resultado todo habrían sido palabras huecas y reproches inculpatorios que destruirían el poder de la gran literatura convocada por Labari en este libro:
“No existe el relato para la separación de las amigas”.
Y de ahí, de esa valiosa afirmación hecha por Labari, emergen las páginas más importantes de este libro. Las cuatro páginas en blanco, que, aunque suene a boutade, revolucionan y hacen poderoso este pequeño, pero enorme ensayo.
Labari se arriesga con ese corte en el suministro verbal al que somete la narración a la pérdida completa de su hasta entonces exuberante credibilidad. Y aun así, lo hace, perpetra esa valiosísima interrupción. Y al hacerlo cambia el sentido del género y de la propia narración.
Labari puede permitírselo, porque la importancia de la cultura privada que va acumulando antes y después de esa ruptura con el lenguaje, le sirve de puente reparador entre lo ya contado y lo que queda por contar.
“Si una mujer tiene miedo de los rincones más oscuros de su corazón, ¿puede tener alguna amiga en el mundo?”.
“Todo fracaso concluye en un combate por la razón’, escribió el autor español Juan Benet en ‘Herrumbrosas lanzas’. Una novela que leí en tres tomos que cayeron en mis manos como ladrillos, con el peso con que doblan los brazos las lecturas obligatorias”.
“A veces una amiga aparece así, en un chispazo de lucidez. Conocernos, para nosotras, fue el relámpago, que hubiera dicho el poeta Pedro Salinas”.
“En el Lisis se llega a la conclusión de que no puede haber grandes desequilibrios entre las amigas, desequilibrios económicos quiero decir”.
Labari resuelve con soltura y deliciosa erudición un tema peliagudo como el de la amistad y sus atroces sombras.
Labari inyecta en las 123 páginas que conforman La amiga que me dejó una ingente dosis de generosidad, de filosofía y de belleza contra ese monstruo insaciable que es la traición. (El lector debe recalar en la apoteósica página 111 de este libro para tomar conciencia de lo que digo).
“La palabra ‘amiga’ no significaba lo mismo para nosotras que para las mujeres que leían a Safo en el Templo de la Amistad de Natalie (Clifford Barney)”.
La amiga que me dejó es un libro soberbio de principio a fin. Una confesión apoteósica. Un ejercicio de compacta cordura. La delicada vivisección de un Olimpo en el que la presencia de una inesperada Quíone consigue que todo se hiele.
‘La amiga que me dejó’. Nuria Labari. Debate. 123 páginas.



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