La Cunicultura y los Defensores del Profundo Olor a Paquete

La Cunicultura y los Defensores del Profundo Olor a Paquete

Foto: Pixabay

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Seguimos con nuestro particular despliegue ‘asombrario’ de apoyo a los libros coincidiendo con la celebración de la otoñal Feria del Libro de Madrid. Hoy os dejamos aquí dos del medio centenar de relatos reunidos por Rafa Ruiz, coordinador de esta revista, en su nuevo libro, Sol Nulo’ (MadLibro). Fieles a nuestro compromiso con el medioambiente, ambos llevan una fuerte carga verde. En el primer cuento, defendiendo el consumo de productos de temporada y proximidad. En el segundo relato, dando cobertura a una asociación que propugna una nueva vía de freno al cambio climático a través del ahorro en el consumo de agua, geles y perfumes. Por la salud del Planeta.

La cunicultura y los manuales de instrucciones son mucho más humanos de lo que podamos pensar

Él era un apuesto escritor de manuales de instrucciones de los más variados electrodomésticos de las más variadas gamas; eso sí, siempre de los de más probada eficiencia energética y con mayores facilidades de reciclado.

Ella era una reputada influencer volcada en la promoción del consumo en nuestro país de la saludable carne de conejo.

Él disfrutaba de un cómodo horario de trabajo en casa, de 11 a 15 horas.

Ella acudía cada mañana a la Asociación Interprofesional de Impulso Social y Sectorial Cunícola Nacional, conocida por las siglas AIISS, para difundir en redes las bondades nutricionales de la carne de conejo a través de espectaculares fotos de guisos a los que siempre había que añadir la coletilla “de la abuela”.

Él, muy celoso de su trabajo, había decidido dedicar su vida al aprendizaje de 20 idiomas, desde el chino y el ruso al coreano, el portugués y el italiano, para escribirse él solito y al completo los manuales de instrucciones, desde la marca registrada hasta el aviso de la peligrosidad de la bolsa de plástico, sin necesidad de recurrir a traductores o máquinas traductoras, que siempre incurrían en algún error en torno al consumo energético y el desembalaje. (Sí, sobre todo en estos dos puntos era donde él había notado mayores imprecisiones).

Ella recorría granjas cunícolas de la España Vacía para tomar primerísimos planos de conejos y conejas que lograran granjearse el respeto y las ganas de comérselos de los consumidores más exigentes y preocupados por una dieta sana y equilibrada.

Él había rechazado las más sustanciosas ofertas para escribir manuales de cepillos de dientes, porque subrayaba que no estaba preparado para enfrentarse a estos aparatos, tal era su pulcritud y honradez profesional.

Ella había completado varios cursos sobre la conveniencia de un consumo de temporada y de proximidad, de cara a mejorar algunos aspectos dudosos sobre la trazabilidad y sostenibilidad de las conejas más longevas, cuya carne solía triturarse en forma de albóndigas para consumo de mascotas, sobre todo de conejitos y conejitas.

Él había decidido no comprometer su entrega profesional a las batidoras, lavadoras y molinillos con aventuras amorosas o sexuales de dudosa satisfacción y estabilidad.

Ella había decidido serle fiel a la difusión nacional nutricional de conejos y conejas.

Pero él se sentía preparado ya para dar El Paso. Era su primera cita a ciegas. Ella era una respetada influencer de la carne de conejo, con miles de fieles seguidores que ponían corazones y likes en sus instantáneas de cunicultura.

Ella había decidido que ya era hora de lanzarse a lo loco. Era su primera cita a ciegas. Él era un reputado escritor de manuales de instrucciones de electrodomésticos de todo tipo, al que invitaban a dar conferencias de cinco minutos con power point en torno a la credibilidad literaria de los manuales de instrucciones. (Sí, esa era su especialidad, siempre añadía alguna metáfora o figura retórica en el capítulo de limpieza y mantenimiento del utensilio).

Él rápidamente quedó prendado del profundo olor a conejo de ella, o a guiso de conejo, no supo en un primer momento dilucidarlo bien y comenzó a olisquearla, un poco automáticamente, por el escote y la nuca.

Ella no tardó mucho en descubrir cómo se le erizaba el vello del pubis con la mano robótica de él ascendiendo poco a poco por los muslos, con la precisión que cabe esperar de un afamado escritor de manuales de instrucciones, con más de 3.000 prestigiosos prospectos plegables escritos en todos los idiomas.

Ella se le entregó moviendo el hociquillo, tal y como tantas veces lo había simulado en ocurrentes gifs de blanquísimas conejas en celo, mientras de vez en cuando comprobaba en sus redes el impacto de su última foto con una receta de la abuela con conejo, brócoli, gambas y almendras y muuuy poquitita sal.

Él rápidamente activó su mecanismo en todos los idiomas bajo el pantalón y supo cómo enchufarla y hacerla funcionar en modo ahorro energético y evitando al máximo las emisiones de dióxido de carbono.

Fueron felices.

Y comieron conejos.

***

Ese profundo y ecológico olor a paquete

–Hola, soy Antonio. Y soy adicto al olor a paquete.

–Hola, Antonio. Explícanos. ¿A qué tipo de paquete?

–A paquete de macho peludo en celo.

–Cuéntanos, Antonio, cómo empezó todo.

–Nada, era yo un adolescente, cuando un día de agosto se sentó a mi lado en el autobús de línea un hombre con un profundo olor a hombre en los sobacos.

–Dices un profundo olor a hombre. Explícanos cómo era ese olor.

–No sé describirlo muy bien. Es como una mezcla de sudor y sexo, de tierra, de barro, de hierba, de animal, de paja, de pajar… Con algo picante y algo que te marea, te deja fuera de sí, como una droga.

–Te enajena.

–Eso. Y ya no puedes ni pensar.

–¿Y qué hiciste ese día, Antonio?

–Le propuse meternos en un baño de la estación en cuanto llegáramos.

–¿Y aceptó?

–Aceptó encantado.

–¿Y qué más pasó, Antonio?

–En el baño le lamí entero. De arriba abajo. Empecé por los sobacos, claro. Luego el cuello, la espalda, la barriga, los muslos, el culo y toda la zona del paquete. Bien lamido. La zona del paquete es la que concentra más esencia de ese olor animal. Aquel primer hombre me confesó que llevaba una semana sin ducharse. ¡Madre mía, aquello era la gloria, joder! Menudo macho cabrío, el cabrón.

–Dices, Antonio, que le lamiste, que no te bastaba con oler.

–Sí, claro, es que si te atrae un olor, al probarlo, al lamerlo, al llevártelo a la boca, la experiencia gana en intensidad, se hace más auténtica, más profunda, te compenetras mejor con el otro, ¿me entiendes?

–Y esa primera experiencia, luego se convirtió en un hábito…

–Así es. Más o menos todas las tardes, cuando ya se acerca la noche, me dirijo a algún baño público buscando ese inconfundible olor a hombre sin ducharse y sin perfume para lamerle de arriba abajo.

–¿Y si no lo encuentras, Antonio?

–Joder, no sea usted gafe, hasta ahora siempre lo he encontrado. Unas veces tardo más, otras menos, pero siempre pillo algo que llevarme a la nariz y la boca.

–¿Y te corres?

–Joder que si me corro, ¡pues claro! A veces hasta demasiado pronto y sin necesidad siquiera de tocarme.

–Y, explícanos, Antonio, ¿esto te hace feliz o te causa algún problema, algún tipo de trauma o de complejo?

–No, joder, qué trauma ni qué complejo, ni que estuviera haciendo algo malo… Si a ellos les encanta y se van más limpitos a casa. Yo he venido aquí a contárselo no porque piense que tengo un desarreglo de personalidad ni nada de eso, sino porque me han dicho que mi experiencia podría ser interesante para contarla en un libro de forma anónima, o algo así, yo qué sé. Yo le cuento lo que me gusta y ya está, que no hay nada de malo en ello.

–Por supuesto que no, Antonio; claro que no hay nada de malo en ir oliendo por ahí los paquetes de los hombres, te lo pregunto sólo para tener un reflejo más fiel y completo de tu afición.

–Pues nada, es que básicamente es eso, huelo ese profundo olor a paquete, lo lamo y ya. No tiene mayor misterio la cosa.

–Gracias por contárnoslo, Antonio. Seguro que tu testimonio puede ayudar a mucha gente que se encuentre en una situación similar a la tuya.

–Oiga, que yo no quiero ayudar a nadie, eh, que yo estoy muy contento de cómo soy, y si hay otros que hacen lo mismo, que enhorabuena para ellos, que les animo a que practiquen mucho y lo cuenten. Mire, estamos creando una asociación sin ánimo de lucro para defendernos, que ya sabe usted que hoy en día si no te asocias, vas de culo.

–Una especie de lobby.

–Sí, algo así. Para que la gente no se duche tanto ni se eche tantos perfumes y potingues, para que vaya más suelta y natural. Queremos acceder a un programa de subvenciones para proyectos de adaptación al cambio climático, porque ofrecemos mucho ahorro de agua, energía, productos químicos y envases, y, claro, todo eso se traduce en reducción de contaminación y efecto invernadero.

–Interesante iniciativa, Antonio.

–Mire, le dejo unos panfletillos por si quiere apuntarse. Los simpatizantes no pagan nada, es gratis. Sólo tienen que comprometerse a ducharse una vez a la semana, no más. Y llevar un lazo de color amarillo tirando a turquesa y verde en la solapa. Para identificarse. Nos costó mucho encontrar un color para el lazo, porque con tanta campaña solidaria que hay hoy en día están cogidos casi todos los colores.

–Gracias, Antonio, por informarnos de esta iniciativa. Nada, lectores, ya lo saben, si quieren contribuir a tener un planeta más sano y habitable, pueden dirigirse a ADOPP, la Asociación de Defensores del Olor Profundo a Paquete.

Para encontrar ‘Sol Nulo’ (textos de Rafa Ruiz y diseño de Diego Lara): a través de los puntos de venta de la distribuidora Librerantes o en la galería Mad is Mad (Pelayo, 48, Madrid).


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Comentarios

  • María Luengo

    Por María Luengo, el 16 septiembre 2021

    Otro bodrio supuestamente pro «ecológico» que no tiene nada, nada que justifique el despilfarro de papel en la empresa inútil de editarlo.

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