Desde el interior de una planta carnívora

Foto: Pixabay.

Quinta entrega de nuestra serie ‘El viaje de las heroínas’, nuestros Relatos de Agosto en colaboración con el Taller de Escritura de Clara Obligado. Hoy nos embarcamos en un viaje al interior de una planta carnívora que os va a resultar cautivador y romper algunas certezas.

POR NURIA PRIETO 

(Recordando a Sibylle von Olfers)

Quizá lo había atraído su olor dulce; quizá la impertinente carnosidad de las hojas, sus ribetes carmín. También es cierto que le habían perdido el respeto a la Venus atrapamoscas. Seguramente tenía que ocurrir: el Bubi se acercó más de lo debido y la planta se lo tragó de un bocado, allí mismo, delante de su nariz de gnoma. Frizzelise lo contempló clavada por el espanto. Clavada en el suelo, podría decirse, como las setas del jardín.

Primero vino el estupor: cómo era posible, la ingrata. Recordó a la Venus tal como era cuando la trajeron hacía más de veinte años, apenas un tallo enroscado con brotes que ya apuntaban finos dientes vegetales. Su hija era entonces poco mayor que el Bubi, una criatura tiernita y gateante, y nunca se les ocurrió que pudiera correr ningún peligro. Pero en todo ese tiempo ambas habían crecido: aquella gnomita adorable se había convertido en la joven que, confiada y cariñosa, la había dejado al cuidado de su bebé. Y la planta había centuplicado su tamaño, quién sabe si aguardando el momento de devorar a sus anfitriones.

Después llegó la furia: la culpa la tenía su marido, que fue quien la plantó, emperrado como estaba en que era peligrosísima la picadura de un mosquito. Y aunque ella nunca se fio de la Venus (la muy zorra, tantos años en su rincón al sol, contoneándose para atraer a cualquier bichejo), era cierto que había cumplido su misión y jamás los importunó ningún insecto. Por otra parte, el señor Tejón les había asegurado mil veces que estas plantas no comen gnomos. ¿Dónde estaba ahora el señor Tejón? ¿Dónde su marido, para sacarlos del lío? ¡Así los tuviera a los dos delante!

Todos estos pensamientos hacían un ruido tremendo en su cabeza hasta que los silenció una orden:

–Tienes que sacar de ahí a tu nieto.

Y Frizzelise asintió, escuchándola solo a ella.

Sabido es que entre la succión de un insecto por una planta carnívora y su muerte transcurren entre diez y quince minutos. Eso está bien, se dijo Frizzelise: que no mastican. No consideró la agonía de los que, aún vivos, tratan de escapar de la gran boca vegetal, pegadas sus patitas, sus alas, al mucílago que recubre los canales de un calabozo verde y sombrío. Pero su nieto no iba a morir así, no aquel día. La gnoma aún perdió dos minutos mientras pensaba cómo proceder; quizá podría engullirla también a ella. Entonces debería intentar no adherirse a las paredes de la planta, lo que seguramente ocurriría con toda aquella ropa. Si pudiera descender por el tallo, sería cuestión de alcanzar al Bubi y salir con él.

Todo había ocurrido en un suspiro del sol mientras preparaba una bebida de flor de saúco y la brisa ondulaba las aguas del estanque. Embadurnándose con él, aquel mismo jugo podría servir de lubricante. Empezó a desnudarse, primero el delantal, la falda de enaguas, la blusa bordada, la combinación. Las medias, desajustando nerviosamente cada liga. Las braguitas. Lo apiló todo al pie de la planta; junto al montón, con gran vergüenza, el gran gorro colorado. Al descubrir su cabeza miró a ambos lados porque jamás se había quitado el gorro en público y aquella situación la turbaba tanto que se le habían puesto los pezones de punta. No había nadie en el jardín.

Chorreante de jugo, se humilló ante la Venus. Por un momento sintió que le dirigía, desde arriba, una mirada compasiva.

–No va a funcionar –se dijo–. Eres demasiado grande y estás vieja para estas cosas.

Y hubiera jurado que la planta la entendía.

Un tornado la succionó, y con él un zumbido, el vértigo y la certeza de que había llegado su hora; pero si podía percibir aquello, si le ardían los pulmones en la primera bocanada y todo su cuerpo estaba siendo abrazado y lamido, saboreado y deglutido, entonces debía suponer que continuaba con vida en la garganta de la Venus atrapamoscas. Estiró los hombros y al hacerlo comprobó que la baba de la pared, o lo que fueran aquellos miles de pelitos viscosos, no quería retenerla; por el contrario, parecía impulsarla a través de un túnel. Encogiéndose y estirándose encontró la manera de avanzar por él. Las paredes, elásticas, cedían a su presión y un amago de luz le permitía vislumbrar el camino. Gatear, reptar, ser parida a través de un canal de clorofila.

Escuchó un gorjeo. Comenzó a moverse más deprisa hasta desembocar, rodando como un bicho bola, en una cavidad iluminada como si las paredes fueran de esmeralda. Allá se encontraba su nieto, mecido por filamentos acuosos. Se precipitó hacia él: ¡aún vivía!, y, aunque manchado aquí y allá con restos vegetales, no lo encontró magullado ni una pizca. Al tomarlo en brazos tuvo una sensación peculiar, como si hubiera alguien más en aquel lugar. ¿Cómo era posible? Por puro instinto, los cachorros de todas las especies lloran cuando se les deja solos, intuyendo que la soledad equivale al abandono y a una muerte segura. Pero el Bubi canturreaba, feliz, y eso debía significar que alguien cuidaba de él, y ese alguien no podía ser más que la propia planta. En aquel resonar de gotas en el techo, y esto lo notó Frizzelise entonces por primera vez, una conciencia latía detrás de las paredes. Los estaba protegiendo, la planta; y los había conducido a aquel lugar con un propósito.

Por otra parte, ¿dónde estaban? Calculó que ya habrían atravesado el tallo y quizá aquello era la antesala de una raíz. Olía a menta en el momento justo en que empieza a pudrirse; de ser otras las circunstancias, le habría interesado mucho explorar aquel lugar. Con su nieto en brazos comenzó a buscar en la pared el agujero por donde habían caído, pero parecía camuflado en un panel de células cristalinas. En esto, por un recodo entró en la cueva un niño. Desde el punto de vista anatómico se trataba de un gnomo infante; sin embargo, no era ninguno que ella conociera de la aldea; y tampoco vestía como es costumbre entre los de su raza. No llevaba pantalones de tirantes, sino un sayo nacarado; en vez del gorro cónico, un casco de bellota.

–Palisandro dermatelo –le dijo el niño con una voz de gorrión–. Úpsala céntrila mentores subandos.

Vaya.

–No te entiendo –le respondió Frizzelise, abrazada al bebé y tratando de obviar el hecho de que se encontraba desnuda.

Él le extendió un bulto que resultó ser un batín de finísimo tejido (después averiguó que se trataba de tela de araña).

–¡Fringilos tilos! –le indicó, terminante.

Tenía el pelo cortado a ras de orejas, con algunos rizos, y los ojos brillantes como carbunclos. Señaló al Bubi con un gesto de impaciencia. Dio media vuelta y empezó a caminar, y a ella no le quedó más remedio que seguirlo.

Lo que vio entonces Frizzelise es algo que los gnomos han trasladado a los anales de su historia. Bajo tierra, entre raíces, se extendía una ciudad de niños. Eran seres afanosos que hablaban una lengua de trinos; podía diferenciarlos por sus rostros, por los colores de sus túnicas y en la edad, sin que ninguno sobrepasara los siete años. Dieron a Frizzelise cornezuelo para comer y al bebé leche de almendras. La condujeron por estancias donde los vio acarrear semillas, escarbar túneles, pintar hojas. Reían.

Bajo una cúpula de lianas los aguardaba su reina, la gran criatura vegetal. Era un manto de cien mandíbulas que respiraban al unísono provocando un aleteo en el aire; a través de los cuchillos de sus dientes se adivinaban cien lenguas sonrosadas. Frizzelise agarró fuerte al bebé.

–¿De dónde salen todos estos niños? –le espetó, medio indignada–. ¿Es que te los has comido?

La planta respondió en un murmullo.

–Yo no traigo a nadie que no quiera venir.

Era una respuesta seductora, pero falsa, dado que su nieto no había expresado ninguna voluntad de llegar hasta allí. La planta prosiguió ronroneante:

–Quizá la pregunta es: ¿son más felices aquí? Podrías quedarte a averiguarlo.

Frizzelise masticó su bocado de cornezuelo sintiéndose ligera y valiente, tan lejos que casi podía reírse de la aldea, del bobo de su marido y las listezas del señor Tejón. Imaginó una vida nueva junto a los niños en la que nunca más tendría que llorar la ausencia de su hija, ya nunca ahuyentar la congoja de su dormitorio abandonado. Pero también pensó precisamente en ella, en su desesperación si perdía a su bebé y en los días dorados en que la había arrullado entre canciones. En que el Bubi crecería y quizá tendría hijos y los querría con la misma certeza de que un día se iban a marchar. En la luz del sol, terrible y serena, y en todo lo que dolía allá arriba.

Y declinó la oferta, por lo que, junto a su nieto, fue acompañada amablemente a la superficie.

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Comentarios

  • José Luis Lejárraga

    Por José Luis Lejárraga, el 10 agosto 2022

    Relato magnífico, Nuria, lleno de imágenes poderosas.

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