Sigue la destrucción de Madrid a beneficio de unas minorías extractivas

Sigue la destrucción de Madrid a beneficio de unas minorías extractivas

Presión de motos de alquiler que ocupan espacio público en la plaza Tirso de Molina, en Madrid. Foto: M. Cuéllar.

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Tras el parón de la pandemia, regresan los procesos de especulación, turistificación y gentrificación de Madrid. Vuelven las actividades de quienes ven la ciudad como una tarta de la que obtener la mayor rentabilidad a costa de los demás y de la propia urbe, que languidece indefensa ante los abusos. Paralelamente, regresan los movimientos que se oponen a la destrucción de la ciudad. El barrio de Lavapiés como ejemplo.

Las tortillas de patata y los sándwiches mixtos están en retirada frente al poke hawaiano y los batidos smoothies. El sonido de los ruedines de las maletas trolley retumba cada amanecer contra los edificios. Rebaños de turistas inocentes son conducidos arriba y abajo por los rincones más insulsos, pero de todo se puede sacar un relato para animar al visitante. Las terrazas se llenan de algarabía. Pero más silenciosamente los vecinos van abandonando sus hogares para mudarse a otra parte. La ciudad se convierte en otra cosa, un conjunto de ladrillos y neones listo para ser ordeñado a beneficio de unas minorías extractivas.

La pandemia detuvo algunos de los procesos que amenazaban la ciudad tal y como la conocemos (es decir, como un lugar para vivir y convivir), como son la especulación, la gentrificación o la turistificación. Pero según se va yendo el virus, van volviendo las actividades de aquellos que ven la ciudad como una tarta de la que quieren obtener la mayor rentabilidad a costa de los demás y de la propia urbe, que languidece indefensa ante los abusos. Acción y reacción: paralelamente van regresando los movimientos, hasta ahora algo aletargados, que se oponen a la destrucción de la ciudad.

En el madrileño barrio de Lavapiés hace tiempo que fue noticia el cierre de un famoso restaurante senegalés, el Baobab (muy recomendables algunos de sus platos como el yassa poulet o el mafé), símbolo y punto de encuentro de esta comunidad africana en la zona, y también el cierre de la pensión Prinoy, que se encontraba justo encima del local y en la que solían refugiarse personas sin hogar. Se trata de un pequeño edificio de dos plantas que hace esquina en la plaza de Cabestreros, muy cerca de la única fuente pública que sobrevivió al franquismo con una inscripción de la Segunda República Española y también cerca del local donde el famoso trapero Yung Beef había abierto una boutique de ropa cara y modernuqui, Clockers, que cerró por la pandemia. Los nuevos propietarios quieren derrumbar el edificio y construir un (otro) hotel en un barrio particularmente hostigado por el turismo masivo, en el que proliferan los hoteles, los pisos turísticos y los hostels para el turismo juvenil desbocado. Un grupo de colectivos del barrio se opone a la construcción del hotel en particular y a la deriva especulativa del barrio en general. Se manifestaron el otro día, con la idea de retomar el adormecido movimiento en defensa del derecho la ciudad.

Manifestación contra la apertura de otro hotel más en el barrio de Lavapiés. Foto: S. C. Fanjul.

El modelo turístico del barrio, si es que existe, es contradictorio: por un lado se quiere promover el turismo cultural de calidad, atraído por las galerías de arte de la calle Dr. Fourquet, los bares hipsters, la cercanía de muchísimos centros culturales (el eje del Prado, la Filmoteca, el Centro Dramático Nacional, La Casa Encendida y la miríada de salas alternativas), mientras que otros promotores reman en dirección contraria, apostando por los citados hostels, los hoteles low cost (como el Ibis Bugdet que se encuentra en plena plaza de Lavapiés), el ocio nocturno o los inefables negocios para lanzar hachas y beber hasta la extenuación jugando el beer pong. Una de las asociaciones del barrio se llama Lavapiés, ¿dónde vas?, y es un nombre bien traído porque ni siquiera los atractores de las visitas internas o externas se ponen de acuerdo en qué demonios son esas calles y para qué demonios sirven. ¿Es posible la convivencia del turismo y la visita de la ceja alta con los grupos de despedidas de soltero y las borracheras de más allá de nuestras fronteras?

Entre tanto, los perdedores son los vecinos, que se ven expulsados forzosamente del barrio, algunos de ellos después de toda una vida en estas calles y con una densa red social que se disuelve a sus espaldas, por los alquileres abusivos o la subida de los precios de artículos de primera necesidad, desde los desayunos hasta los productos que se venden en pequeños supermercados, diríase que diseñados, estos últimos, para atender las necesidades de los turistas de piso alquilado, como son los Carrefour Express. “El monocultivo turístico está provocando el desplazamiento forzoso de los vecinos a otros barrios”, decía el manifiesto de la concentración que los diversos colectivos del barrio celebraron en la plaza de Cabestreros. “Con la pérdida del vecindario mueren los vínculos y las redes de los barrios; elementos como la memoria, la cultura y el tejido asociativo agonizan cuando las comunidades que dan vida al territorio son desarraigadas”.

El caso no es único de Lavapiés, ni de Madrid, sino de los centros urbanos de buena parte de las ciudades del mundo, que dejan de ser aptos para la vida y se convierten, como se ha repetido hasta la saciedad, y muy acertadamente, en parques temáticos. Los vecinos, mientras duremos, hacemos de Micky Mouse.


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Comentarios

  • Lino Slegers Duarte

    Por Lino Slegers Duarte, el 07 abril 2022

    ¡Muy buenas! Somos el inefable negocio llamado Beer Pong. Que pena que no tomes ni el tiempo de acercarte a conocernos antes de criticar nuestro establecimiento.

    Vaya ejemplo de periodismo: «beber hasta la extenuación jugando el beer pong» en otras palabras, tomarse 2 cervezas.

  • Alberto Calvo

    Por Alberto Calvo, el 07 abril 2022

    Para mi desgracia personal todos tus comentarios son acertados, Madrid a dejado de ser Madrid para convertirse en otro parque temático del consumo y del ocio anodino.
    Hasta el Rastro de mis amores ha perdido su encanto. Ya no es el Rastro señores y ya no vengan y animense.
    Por eso al final y en el ultimo tramo de mi vida, he abandonado la, ciudad de mis ancestros, donde unas buenas patatas bravas, un buen bocadillo de calamares, una conversación con el tendero de ultramarinos o con el lechero, como ejemplos de vecendidad han sido sustituidos por tiendas de «souvenirs*, franquicias de bares sin alma y tiendas de alto copete.

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