La triste historia de la destrucción del paraíso del pueblo innu

La triste historia de la destrucción del paraíso del pueblo innu

Cuatro muchachos innus. Foto: Judith-Pauline White. Alika Podolinksy Webber fonds. Library and Archives Canada.

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El escritor y periodista innu Michel Jen lleva vendidos en el mundo más de 150.000 ejemplares de ‘Kukum’, una novela en la que relata la historia de Almanda, su bisabuela, que no es otra que la historia de la destrucción del territorio innu. “En la madurez, Almanda tendrá que enfrentarse a la pérdida de sus tierras, el encierro en las reservas y la violencia de los internados, todo en nombre del progreso”. Un conmovedor relato que expresa cómo se ha atropellado la vida y dignidad de los pueblos autóctonos y cómo la ‘civilización’ ha ido arrasando algunos de los lugares más bellos y salvajes del planeta. Os reproducimos dos capítulos que resumen bien la esencia de un libro muy recomendable, ahora publicado por Tiempo de Papel.

LA NÁUSEA

Las señales precursoras estaban ahí desde hacía mucho tiempo. Los granjeros habían desbrozado y rodeado todo el lago. El olor a estiércol se extendía. Nacían nuevos pueblos y varios campanarios se elevaban ahora en el cielo de Nitassinan. Los leñadores, sobre todo, eran cada vez más numerosos y activos. Habían comenzado por los árboles alrededor del lago y de los pueblos. Luego, habían remontado bosque arriba. Nos los cruzábamos en la bahía De la Pipe de cuando en cuando. A veces tropezábamos con una zona asolada por ellos. Los leñadores no dejaban a su paso más que lodazales hostigados por enjambres de moscas negras.

Cuando nos topábamos con alguna tala indiscriminada, Thomas, tan calmado por lo general, se dejaba llevar.

“No les vale con cortar los árboles –rabiaba–, es toda la vida lo que destruyen: los pájaros, los animales… Talan hasta el espíritu mismo del bosque. ¿Cómo pueden ser tan crueles unos hombres?”.

Thomas tenía razón. Pero su razonamiento era el de un innu que sabe que siempre volverá sobre sus pasos. El leñador, por su parte, camina recto hacia adelante, sin mirar atrás. Sigue al progreso.

En los años que siguieron a la muerte de Malek, comenzamos a ver cada vez más caminos para llevar a los hombres y sus máquinas todavía más adentro del bosque. Tal vez el anciano habría sabido cómo prepararnos. Cuando más lo necesitábamos, no podíamos contar con su sabiduría para guiarnos.

Nitassinan se transformaba, pero nos negábamos a verlo. O tal vez fuera que simplemente no podíamos. ¿Cómo imaginar un bosque arrasado? El tiempo se aceleraba, pero nosotros seguíamos viviendo al ritmo del bosque agonizante, porque no conocíamos otro.

Aquel verano había sido suave y lluvioso. Cuando llegó a su fin, preparamos febrilmente nuestro equipaje, como de costumbre. Antes de la partida, la iglesia de Pointe-Bleue se llenó y los cánticos de los innus ascendieron en el aire templado. Después de comulgar, todo el clan echó al agua las canoas. Pekuakami apenas se movía. Como si lo supiera y estuviera aguantando la respiración.

Al cabo de tres días, conforme nos acercábamos a la desembocadura del río Péribonka, el aire se cargó de un olor a madera mojada que daba náuseas. En el lago flotaba una masa inmensa, oscura y ondulante. Ninguno de nosotros había visto nunca nada parecido. Solo cuando nos acercamos lo comprendimos.

Miles de árboles cortados flotaban en la superficie de Pekuakami, empujados por la corriente. La madera venía del río. Nuestro río, en el que danzaban unos hombres armados de largas astas provistas de ganchos de metal en el extremo con las que sacaban de entre las rocas los troncos atrapados por la corriente.

Nos quedamos paralizados por el horror en nuestras canoas. Ante nosotros, el Péribonka, asfixiándose bajo el peso de los troncos, vomitaba el bosque en el lago.

EL MAL

Mis hijos nacieron en el bosque. Mis nietos crecieron en una reserva. Los primeros recibieron su educación en el territorio; los segundos, en el internado. Cuando volvían de este último, los niños se expresaban en francés. Los religiosos blancos les prohibían hablar innu-aimun e incluso castigaban a aquellos que lo hacían. Quedaba cortado así otro puente entre las generaciones. Pensaron que, desposeyéndolos de su lengua, los convertirían en blancos, pero un innu que habla francés sigue siendo un innu. Con una herida más.

Por primera vez en nuestra historia, los jóvenes innus no acudían a sus mayores para aprender. Peor: desconfiaban de ellos, porque sus profesores les habían repetido que sus padres, incapaces de leer, eran unos salvajes, unos incultos, unos retrasados. A fuerza de escucharlo, terminaron creyéndoselo.

A finales de verano, cuando reaparecieron los aviones, los niños volvieron a marcharse a Fort George. Nos esperaba otro invierno sin ellos. Eso también alimentó la cólera.

Thomas conseguía cazar alces suficientes para abastecernos de pieles. Los mocasines y las manoplas decoradas con cuentas se vendían bien, así como los cestos de corteza de abedul. Trabajábamos muchas horas, y Gérard, mi hijo menor, seguía ayudándonos. Clément, por su parte, acompañaba a su padre al bosque. Antonio solía quedarse atrás para beber. Hay penas que dejan cicatrices imborrables en el corazón.

Mujeres Inuit. Foto: Museo de Historia de Canadá.

Comenzamos a observar fenómenos que nunca habíamos visto antes en Pointe-Bleue. Había hombres que se emborrachaban durante el día y luego pegaban a sus mujeres. Algunas madres también bebían, incluso embarazadas, y se peleaban entre ellas. Antes, la gente bebía en verano, pero el resto del año jamás, porque nadie se llevaba alcohol al territorio. Ahora que todo el mundo se quedaba en Pointe-Bleue, muchos no tenían otra cosa que hacer.

Hubo también varios accidentes de tren. La gente intoxicada caminaba por los raíles sin preocuparse por las locomotoras. Algunos se quedaban allí dormidos de día o de noche. Tras varias muertes trágicas, el tren empezó a ralentizar en cuanto entraba en territorio de Pointe-Bleue, y el conductor accionaba la sirena y no la quitaba hasta que no salía de la reserva. Hoy todavía lo hacen.

Los primeros suicidios fueron una conmoción. Jamás habíamos visto algo así. ¿Qué podía haber empujado a la gente a tamaña desesperación? Luego se multiplicaron. De repente, se extendió una epidemia de muertes.

Y, sin embargo, visto desde fuera, parecía que la situación en la reserva había mejorado. Se construían casas nuevas, más comercios abrían sus puertas. El antiguo poblado de tiendas empezaba a parecerse a una comunidad moderna. El progreso, por fin. Pero las señales de desarraigo se acumulaban: casas en ruinas, calles de tierra batida por las que deambulaban los jóvenes hasta tarde durante las noches de verano…

El alcohol y la violencia no eran el problema. Eran más bien los síntomas del mal insidioso que roía a los innus.


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