Dos amantes de los libros que esta vez no han ido a la Feria

Dos amantes de los libros que esta vez no han ido a la Feria

Asistentes a la Feria del Libro de Madrid. Foto: FLM

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Hoy termina la Feria del Libro de Madrid y, para mí, ha tenido un saber agridulce. Por un lado, el fin de las restricciones pandémicas ha propiciado una afluencia masiva y entusiasta del público. Parece que libreros y editores están contentos y eso es una buena noticia, porque una parte importante de sus ingresos se dan en estas semanas, que en Madrid simbolizan el paso definitivo de la breve primavera al tórrido verano, aunque por el cambio climático es posible que pronto no tengamos ya primaveras. Pero, por otro lado, he echado de menos a dos hombres generosos, dos almas entregadas con pasión a la mejor literatura: el crítico literario Javier Goñi, recientemente fallecido, y el editor Julián Rodríguez. A ellos va dedicada esta ‘Área de Descanso’.

“Lo mejor de la Feria del Libro es su anacronismo. La Feria del Libro es tan anacrónica como las bicicletas, como los tranvías, como el hábito de ir a pie a los recados y a las compras, el de charlar con un amigo, o el de encontrar un amor en el mundo real y no en las redes sociales, o el de refrescar la casa entornando puertas y cortinas y favoreciendo las corrientes de aire”, escribía con lucidez hace poco Antonio Muñoz Molina en Babelia.

La gente tenía ganas de regresar a la Feria, a ese anacronismo, que en cierta forma representa un poco lo que es Madrid, ese poblachón manchego del que hablaba Galdós. Y ahí reside su encanto. A pesar de las torres que coronan la Castellana, símbolo de la especulación, hay otro Madrid más popular y cercano, abierto, también reivindicativo, como los colectivos que en el barrio de Campamento se oponen a que el Ministerio de Defensa haya vendido a un fondo especulativo un solar donde los vecinos llevan años pidiendo que se haga un parque pero, para variar, se construirán viviendas. Hay que alicatar todo lo posible las ciudades, claro, en lugar de llenarlas de árboles y vida.

Pero en esta Feria he echado de menos a dos amigos, a Javier Goñi y a Julián Rodríguez. A Julián, escritor, galerista y editor de la editorial Periférica, lo perdimos en junio de 2019. El escritor y crítico Javier Goñi murió en abril de este año y la Feria le ha rendido un homenaje. En una mesa en torno a su figura y el papel de la crítica cultural en la actualidad, nos reunimos decenas de amigos, tantos que llenamos la sala en un día laborable y por la mañana. Hablaron Javier Jiménez, editor de Fórcola, y los escritores Nuria Barrios, Fernando Clemot y Javier Rodríguez Marcos. También Eva Orúe, directora de la Feria este año y fundadora de Divertinajes, una de las primeras revistas literarias que surgieron en los albores de la prensa digital y en la que Goñi colaboraba con una sección, El pizarrín. Las reunió luego estas columnas, con una escritura digna de Faulkner, en Milhojas de sentido, publicada por Siltolá.

Después de que Javier Jiménez leyera un emotivo “pizarrín” al estilo de Goñi, como si lo hubiera escrito el propio crítico al hilo del encuentro, me acordé de un artículo que yo mismo escribí en esta Área de Descanso cuando se publicó el libro, el 31 de mayo de 2014, en plena Feria. Goñi era un asiduo y solía acudir con su hijo Mateo. Aunque como crítico de Babelia estoy seguro de que podía recibir en su casa todos los libros que publicaban, era un militante de las librerías y no dejaba de comprar. Siempre nos pedía a los autores que le firmáramos un ejemplar para su hijo. Y una foto.

En ese artículo que escribí entonces, comparaba a Goñi con José Carlos Mainer. En un país donde se escribe mucho, pero se lee poco, en el que quienes se encargan de ir fijando el canon en los medios tiene cada vez menos sedimentos lectores, Goñi era una excepción. Conocía muy bien la tradición de la literatura en castellano y a la vez estaba abierto siempre a leer voces nuevas. De lo primero, da fe el libro memorable de entrevistas con Miguel Delibes, Cinco horas con Mario, que recuperó precisamente la editorial Fórcola. De lo segundo, de esa apertura mental y de su generosidad, se habló mucho en el encuentro.

Mientras que lo más frecuente es que los críticos consolidados escriban sobre las novedades mainstream, Goñi tenía un ojo puesto en los autores emergentes, sabedor de que sin una oportunidad, sin que alguien se fije en la obra de un nuevo autor, su obra quizás no logre arrancar del todo. Yo mismo tengo que agradecerle la primera reseña que salió de uno de mis primeros libros de relatos, Lisboa.  Publicado por la única editorial pública que funciona, la Editora Regional de Extremadura, en la cuidada colección La Gaveta, aún recuerdo la emoción que sentí cuando un sábado por la mañana me llamó un amigo para contarme que Goñi había reseñado mi libro en Babelia. Creo que ahora los suplementos literarios se han abierto más a editoriales pequeñas, pero en aquellos días el ecosistema editorial que aparecía era muy limitado. Que alguien como Goñi se hubiera fijado en un librito de cuentos publicado en una pequeña editorial me dejó perplejo. Como tantos autores, le estaré siempre agradecido. Se lo dije entonces y lo recuerdo ahora.

Casualidades, tanto el informe de lectura como el diseño de Lisboa eran de Julián Rodríguez. Creo que fue antes de que fundara junto a Paca Flores su propia editorial, Periférica, radicada en Cáceres y cuyo nombre es ya toda una declaración de intenciones. En lugar de ubicarla en Barcelona o Madrid, por donde pasa gran parte del mercado editorial, apostar por una pequeña ciudad fue un acto de rebeldía. También por el tipo de literatura que quería publicar, al margen de los cánones oficiales, autores situados en la periferia, que es el mejor lugar para ser un buen escritor. Galerista y editor, Rodríguez es autor, entre otros, del que a mí me parece uno de los libros más singulares y originales en castellano de lo que llevamos de siglo, Cultivos, la segunda entrega de sus Piezas de Resistencia, donde cultiva un género híbrido y fragmentario, ensayístico, diarístico y narrativo, en el que se alternan los apuntes de alta cultura con la vida a pie de tierra y más cercana. A Julián Rodríguez pasaba a saludarlo casi siempre en la Feria. Solía encontrármelo también por Lavapiés y una de esas veces iba con Zama, su perra y amiga.

Justo estos días he terminado de leer Diario de un editor con perro, publicado con delicadeza, como siempre, por la Editora Regional de Extremadura. “Como en el capítulo de un libro hipotético, recoge las entradas en Facebook escritas por Julián Rodríguez durante los años 2018 y 2019, días en los que se sucede la huella de sus lecturas, músicas y paseos acompañado de Zama, en la casa de las montañas”, escribe Martín López Vega, quien se ha encargado de la edición y la selección. Rodríguez vivía en una casa de la Sierra de Guadarrama los fines de semana, de jueves o viernes a lunes. Yo ya había leído algunas de estas entradas en Facebook, pero al releerlas ahora, reunidas, en este libro que puede ser una manera excelente de adentrarse en la obra de este autor casi del Renacimiento, he sentido una cierta congoja, sobre todo a medida que me acercaba al final.

Porque en este caso el final no solo era el del libro, sino también el de la vida de un amigo al que admiraba. Al leer estos diarios, uno tiene la sensación de que esa vida en las montañas no era tanto un retiro como, me aventuro a pensar, un lugar para vivir. Melómano, lector curioso y vastísimo (podía hablarte de autores de los que no habías oído hablar en tu vida, y me precio de ser un buen lector), Rodríguez entrevera su pasión por la música con referencias literarias surgidas de la cotidianidad (“Aún no se lo he dicho a mi jardín”, escribió Emily Dickinson, y pensé en ese verso al abrir el portón) o que le llevan a la cotidianidad de la vida en el campo, con los paseos con Zama, apuntes sobre la temperatura y el tiempo o la comida que va a preparar ese día (Rodríguez tuvo en su día un restaurante).

Aparte de lo ya dicho, Rodríguez demuestra en estos diarios que fue también un gran observador de la naturaleza. “¿Cómo dicen los versos finales de ese poema de Berger? “Yo he vivido / bajando / y subiendo / esta escalera”. He pensado muchas veces en ellos en esta casa de las montañas. Versos minúsculos, pero exactos”, escribe Rodríguez. Su propia escritura, malograda por una temprana muerte, era así: minúscula, pero exacta.


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Comentarios

  • Marisol

    Por Marisol, el 13 junio 2022

    Respecto a lo q se dice en este comentario sobre el solar para construir viviendas, no crees q es necesario, para toda las personas q pagan esos alquileres tan altos, se puedan construir viviendas y sea menor el problema? Porque efectivamente se necesitan parques y árboles pero hoy por hoy no podemos vivir ni en los parques ni sobre los árboles

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