Dos buenos libros para reflexionar sobre qué somos y adónde vamos
Atardecer en la estación de Atocha, Madrid. Foto: Manuel Cuéllar.
Última parada de julio en estos viajes literarios para detenernos en dos buenos libros que nos llevan a reflexionar sobre nosotros y nuestro viaje vital: ‘Siluetas pensantes’, de Ernesto Calabuig, y ‘Trenviajeros’, de Javier Sáez de Ibarra. Calabuig nos pregunta sobre el porqué de las cosas, sobre el qué somos y adónde vamos, una tarea fundamental del ser humano. Sáez de Ibarra nos habla de las relaciones humanas para tratar de comprender quiénes somos y qué hacemos con el tiempo que se nos ha concedido en este viaje que es la vida.
Escribía en un reciente y bello artículo el filósofo Santiago Alba Rico que, dado que la IA ya puede contar historias, lo que nos diferencia del algoritmo, tirando de lo que pensaba Hannah Arendt, es que los humanos nacemos y morimos. Esto último es cierto, pero, si lo pensamos, la IA tampoco puede contar historias. Las historias las han creado previamente los humanos y la máquina se limita a robar nuestra creatividad bajo unas indicaciones. De momento, al menos, la IA carece de alma, de espíritu o de conciencia, de esas cualidades que nos hacen humanos.
La filosofía lleva siglos preguntándose qué es la conciencia, con la que también cuentan otros animales, dicho sea de paso. “Solo con abordar el misterio de la conciencia como peculiaridad humana tendríamos para una vida de análisis filosófico que trataría, quizás en vano, de sortear una dimensión o explicación religiosa de esta rareza cósmica que somos”, reflexiona el escritor Ernesto Calabuig en Siluetas pensantes (Tres Hermanas), un breve libro en el que recoge apuntes, píldoras de pensamiento que interrogan el mundo en el que nos ha tocado vivir y nos aporta algunas iluminaciones para poder comprenderlo. Abunda el humor en este ensayo narrativo, fruto del trabajo de Calabuig como profesor de Filosofía en un instituto.
El escritor madrileño se convierte en una suerte de Juan de Mairena y demuestra que la reflexión, la pregunta sobre el porqué de las cosas, sobre el qué somos y adónde vamos, sigue siendo una tarea fundamental del ser humano. Y esa reflexión nace ya desde que somos pequeños y es tarea de la educación encarrilarla, solo así podremos convertirnos en personas críticas y con criterio. Los alumnos sorprenden a veces a Calabuig con opiniones inesperadas, por lo profundas tras su aparente superficialidad (a uno, por ejemplo, le raya la idea de la nada). Algo que, frente al pesimismo, confirma que no todo está perdido, que algunas luces se abren paso en la neblina que nos rodea. Opiniones, materiales de clase y anécdotas que llevan a este filósofo escritor a indagar en la vida y la muerte, a reflexionar sobre el paso del tiempo (una constante en sus escritos, también en su narrativa), el mundo que vivimos, tan complejo, y las posibilidades de reconstrucción que pueden erigirse desde la filosofía. “Primeros días de un nuevo curso. Un alumno levanta la mano: “Profe, dilo ya de una vez… tú lo sabrás, como profe de Filosofía… ¿Existe Dios?”, “¿Existe la sabiduría absoluta?, “¿Existe, profe, la verdad”. La sensación de que queda esperanza mientras aún le importe a alguien hacerse preguntas”, escribe el autor madrileño, alguien que no ha perdido la capacidad del asombro. ¿Pueden hacerlo las máquinas, la IA, asombrarse?
La narrativa, la buena, es un buen campo también para experimentar, para repensar nuestra condición humana, marcada por el tiempo, por un reloj, por un cronómetro que nos va descontando los segundos que nos quedan apenas salimos del vientre de la madre (pocas obras han superado en ese sentido el Tristan Shandy, de Sterne), por ese nacer y morir al que se refería Alba Rico.
Un reloj, un cronómetro, un viaje en un tren muy particular, son algunos de los elementos con los que juega el escritor Javier Sáez de Ibarra en su novela Trenviajeros (Menoscuarto) para repensar las relaciones humanas, para tratar de comprender (¿para qué se escribe, si no?) quiénes somos y qué hacemos con el tiempo que se nos ha concedido en este viaje que es la vida. Al fin y al cabo, toda la literatura occidental viene de ahí, de ese viaje de Ulises que ahora ha llevado Nolan a la gran pantalla con una superproducción que no sé si veré este verano, pero sí sé que volveré a este poema épico de Homero, un autor (o autora) del que se desconoce casi todo, pero qué importa la autoría cuando tenemos una obra universal escrita hace más de 2.000 años, un clásico que aún nos interpela.
La novela de Sáez de Ibarra apareció publicada por entregas hace años en la revista penúltiMA, de Antonio Jiménez Morato. Tuve ocasión entonces de leer los primeros capítulos. Ya entonces me engancharon, pero luego no seguí, ¿por qué? Confieso que me cuesta leer literatura en formato digital, soy muy antiguo y aún prefiero el tacto del papel, abrir el libro, tocar las páginas. De ahí que agradezca a Menoscuarto que haya publicado Trenviajeros en una preciosa edición. En la obra de Sáez de Ibarra conviven el misterio, los secretos que por su condición no se nombran, el romance, la reflexión sobre cómo vemos a los otros, con sus aristas, esa punta del iceberg que esconde un bloque de hielo que algunas veces se funde. Sáez de Ibarra nos habla sobre la necesidad de compartir la vida, aunque sea con los viajeros desconocidos de un tren, como si esos vagones fueran el escenario de un teatro en el que hemos de representar un papel. El título ya nos da una pista importante de lo que nos vamos a encontrar. No dice el clásico viajeros al tren; o al tren, viajeros; o viajeros en un tren; sino trenviajeros, como si el tren y los viajeros fueran un mismo elemento, el tren convertido en un viajero más, en un personaje más.
“¡Cómo no va un autor literario a promocionar sus obras! Más allá de lo que haga la editorial (Menoscuarto) y los amigos en sus recomendaciones. Somos muchos los que escribimos. No me cabe duda de que cada cual con su parcelita de fieles o circunstanciales lectores, aquellos para quienes su literatura sea importante. Enhorabuena. Así que aquí vengo. Si no has leído esta novela, el verano puede ser la ocasión. Un viaje por el alma de unos personajes que se encuentran en el azar de un tren. Me dicen que soy un escritor difícil, abstracto, profundo, que los textos se leen bien pero tienen varias capas. Que hay que pararse un poco… No sé. Escribí esta novela hallando prejuicios, miedos, aperturas, valentía, sensualidad, amor”, contó hace unas semanas el autor en su cuenta de Facebook.
Parte de lo que dice es cierto, que sus historias nunca son evidentes, que siempre tienen varias capas (¿qué buena narración no las tiene?). Pero no creo que sea un escritor difícil, más bien un autor a quien le gusta que el lector sea activo, que construya también su propia historia a partir de lo narrado. Sáez de Ibarra ha contado alguna vez que no lee ni escribe para eso que se llama entretener, aunque yo, como lector, confieso que siempre me divierto con sus historias, siempre distintas, con poéticas diferentes. Escribió la novela hace tiempo y, durante la presentación en la librería Alberti de Madrid, a la que asistí, le pregunté si hoy la habría escrito de otra manera. Javier Sáez de Ibarra contestó que no, que cada historia precisa de una forma concreta, que no ve su trabajo como el de alguien que está en eso que se llama progreso. La estructura, las palabras, la forma, los personajes son los que la historia necesitaba en ese momento y, como señala Carlos Castán, “la precisión de la prosa de Sáez de Ibarra contribuye a hacer transparentes aguas muy profundas”.



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