Dos magistrales novelas de misterio de Joyce Carol Oates

La escritora Joyce Carol Oates. Foto: Nancy Crampton.

“No te detendrás, no te entretendrás al pie de las escaleras como una niña herida”. Bastaría con escribir tan solo esta frase en el texto para que todos los lectores que se acerquen a estas dos prodigiosas novelas cortas, ‘El legado de Maud Donegal / El hijo supervivente’ supieran de antemano en qué consiste la narrativa y la narración de Joyce Carol Oates (Lockport, Nueva York, 1938). Bastaría con que leyesen esta sentencia para que tuviesen la certeza de que al sumergirse en ellas caerán en un estado de venturosa e inteligente hipnosis que acabará únicamente cuando sus ojos se enfrenten a estos tres guarismos, página 279.

Los recovecos de la imaginación de la autora estadounidense son en estas dos historias una concatenación de fascinantes vidas, de vociferantes submundos plagados de salidas inesperadas. Oates narra en estas páginas desde la placidez de un ritmo que contradice la naturaleza de las historias. Oates habla de asesinato, de encubrimiento, de abandono, de estigmas, como si estos temas no necesitasen una reinvención del sistema nervioso del lector mientras son contados. Lo hace sin excentricidades, sin la estela que deja el aroma a podrido de los lugares comunes. Cada párrafo acoge la veracidad del paisaje y de la emoción sin repetirse ni una sola vez, y da acceso a una pluralidad plástica que ofrece simas que el lector es incapaz de intuir mientras pasa las páginas. Cada párrafo es una alerta escueta, pero eficaz:

“La mujer habla con vehemencia, con los ojos heridos, como si Claire hubiera intentado discutir con ella; pero Claire sabe mejor que nadie que no conviene refutar la interpretación del pasado de otra persona”.

Oates conoce la mente humana de esa forma profunda y peligrosa en que Jonás conoció el vientre de la ballena, sabe de qué depende la verosimilitud de dos historias de este calibre literario y por eso coloca como supervivientes a dos personajes incuestionables, a dos niños, porque los niños son los grandes acumuladores de verdad. Son quienes ríen, lloran, sufren y permanecen impávidos sin necesidad de que otras biografías intervengan en la resolución de sus movimientos. También introduce personajes rayanos en el esperpento, casi espectros, casi ilusiones que, sin embargo, a pesar de su fantasmagórica presencia, saben pellizcar la memoria con esa saña con que una araña empuja una y mil veces a su víctima antes de derramar sobre ella su mortífero aliento.

“En el rostro de Gerard, una crucifixión”.

Juega con maestría con la religión, muestra que no siempre Caín es culpable, o que Abel es a veces el hijo pródigo al que desfigura la intrincada figura de un padre que se olvida de sus obligaciones. Y homenajea a grandes figuras de la literatura como Capote a Daphne Du Maurier. Oates es una jugadora nata y ofrece juegos hasta ahora inéditos en la literatura. Pone la mirada sobre la redención de los muertos y nos enseña que las autopsias no siempre están escritas con renglones rectos. Que hay que prestar más atención al silencio que a cualquier palabra, porque el silencio sale siempre de la boca de la verdad, y las palabras son a veces engendros inválidos con aviesas intenciones. Oates sabe que los silencios jamás traicionan, mientras que las palabras son a veces monstruos megalómanos.

Oates tiene además la facultad de convertir al lector en un niño ávido de acción, en un espectador hechizado por el poder arrollador de su misterio. Sabe cómo, cuándo y dónde colocar cada reflexión. Sabe dónde colocar la sombra de cada uno de sus personajes y transformarla en la luz más cegadora e inesperada que se pueda imaginar. Oates parte de la oscuridad, del drama, pero acaba transformando ambas historias en un manantial de coherencia y de transfiguraciones del que es imposible no querer beber.

Podría contar muchos más detalles de El legado de Maude Donegal o de El hijo superviviente, pero les haría un flaco favor porque estos dos ardientes textos deben ser traspasados a ciegas, ya saben como si fuesen cíclopes que se han encontrado con Ulises en su camino.

Solo les diré que todo es magnífico dentro de las entrañas de este libro, que se van a enamorar de Elspeth y Morag, que van a querer salvar a Gerard, que van a querer empaparle el sudor a Clare, que van a hiperventilar observando a Elisabeth o que se enervarán con el pusilánime comportamiento de Lucius Fischer. Que sentirán cómo el vaho azul del monóxido de carbono colorea sus nombres. Que maldecirán a Medea y que querrán derribar con furia a algunos de los protagonistas de estas dos novelas.

Les diré también que caerán hechizados bajo el influjo del color narrativo que Oates despliega a lo largo y ancho de este libro.

La polivalencia del relato abruma y sacia. Es extremo y vigoroso como el arañazo de un felino, fantástico, pero también deja y abre paso a la narrativa convencional.

Está claro que Oates merece el Premio Nobel de Literatura, ¿pero la academia sueca merece que el nombre de esta narradora descomunal esté vinculado a ella? Lean este libro y todas sus dudas se disiparán.

‘El legado de Maud Donegal / El hijo superviviente’. Joyce Carol Oates. Traducción de Susane de la Higuera Glynne-Jonnes. Siruela. 279 páginas.

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Comentarios

  • Cesar Sánchez torres

    Por Cesar Sánchez torres, el 09 abril 2022

    Asombroso leer las novelas

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