El beso en la frente: ¿nos encanta o produce rechazo?

El beso en la frente: ¿nos encanta o produce rechazo?

Una idea cartesiana ha recorrido las revistas femeninas de todos los tiempos, y en varios idiomas: el beso en la frente representa un beso al alma. ¿La razón? La glándula pineal o epífisis cerebral, que se encuentra en el centro de nuestras cabecitas y cumple una función endocrina fundamental (regula los ciclos circadianos), fue considerada por René Descartes (1596-1650) como el receptáculo del alma humana. Por supuesto que aquella ocurrencia ilustrada ya quedó desacreditada, pero el símbolo del beso al alma parece haber perdurado. Contra esa noción tan benévola del beso en la frente, yo opongo la sensación de frustración que suele producirnos que alguien con quien tenemos algo (o lo queremos tener o lo tuvimos) nos plante un beso en la frente.

Desde mi punto de vista, más que una caricia al alma, el beso sobre el hueso frontal del cráneo es un rechazo en toda regla. Una casta, piadosa y complaciente manera de decirte que ni se te ocurra acercarte con otras intenciones a ninguna otra área más erótica de su cuerpo. Además, allí hay un claro mensaje de cierre, de clausura, un ‘hasta aquí hemos llegado’ con toda certeza, sin vueltas ¿No os parece?

Hay una escena muy elocuente en el filme Melancholia (2011), de Lars Von Trier, exactamente en la mitad del metraje, en la que un marido perplejo llamado Michael (Alexander Skarsgård) se despide de su mujer, Justine (Kirtsten Dunst), en la mismísima fiesta de bodas, con un beso en la frente. Según la hermana de Justine (Charlotte Gainsbourg), el reciente marido ha estado “intentando alcanzar” a Justine toda la noche, y ella, honestamente inquieta, ha rehuido de todas las convenciones. “Habría podido ser diferente”, le dice el marido, maleta en mano. “Sí, Michael, pero, ¿qué esperabas”, le responde ella. La película va ni más ni menos que de los últimos instantes del fin del mundo, al tiempo que muestra los últimos signos del fin de una ilusión, la de una pareja, que se sella con un beso en la frente. Un calculado gesto que un autor como Lars Von Trier no deja librado al azar de la interpretación.

¿Protección? ¿Intimidad?

Si echamos un vistazo a lo que se lee por ahí sobre el beso en la frente, encontraremos muchas veces repetida la palabra ‘protección’, porque alguien que te da un beso en la cabeza es, seguramente, “más alto que tú” y te desea lo mejor, dirigiéndose al fondo de tu alma (o tu glándula pineal), puesto que no pone su atención en zonas más erógenas de la cabeza, como el cuello, la boca o las equívocas mejillas, tan cerca de las comisuras de los labios. Mientras leo estas afirmaciones, pienso que el gesto denota más bien un “vaya con dios” o “le deseo lo mejor… pero lejos”.

De ahí que de ‘intimidad’ (la otra palabra a la que suelen aludir las columnas femeninas), nada o poca… es decir, la intimidad que hubo y no se desea reeditar. Porque es verdad que alguien que da a otro/a un beso en la frente cuenta con la confianza de la otra persona, que puede ser una vieja complicidad de amantes, o una relación afectivo-amistosa con clara reciprocidad. El mensaje, nítido, es “ahora (o a partir de ahora) no habrá sexo, ni existe intención alguna al respecto”.

A pesar de nuestro deseo interruptus (llámese frustración, aceptación o resignación), cuentan algunas publicaciones que el beso en la frente puede, en cambio, comportar beneficios para la salud porque deja patente la ternura que alguien tiene por otra persona, expresando un lazo sentimental intenso, que suele aparecer para calmar tensiones. Y es que no se da a la ligera, ni a cualquiera. Efectivamente, son contadas las veces que recibimos un beso en la frente, porque no anda la gente por la calle aproximándose tanto a nuestro cráneo y menos, nosotras, permitiendo ese acercamiento en total indefensión.

¿Qué se esconde detrás de esa contención?

En mi caso, varias veces me vi cabizbaja, pateando cubos de basura –en sentido figurado, claro– después de un santo beso en la frente…, llena de preguntas sobre lo que se esconde tras esa contención. Siempre me quedé indignada y bendecida por un ritual que necesariamente implica proximidad afectiva. ¡Vaya paradoja!

Veamos los contextos: la primera vez que tomé consciencia de ese gesto que me causaba una cierta satisfacción, a la vez que una enorme bronca, fue en mi época universitaria, cuando, tomando un café con un compañero al que amaba secretamente desde el primer año, él me preguntó por la persona con la que yo salía en ese momento y, tras charlar un rato sobre el otro, mi amor platónico me besó la frente, arqueándose sobre la mesa para alcanzar mi cabezota.

De las más recientes puedo recordar la desazón que me causó el beso en la frente de un hombre con el que había dormido dos noches atrás y con el que había promesas de continuidad a medio decir. Sucedió otra noche, tarde, compartíamos hotel y él me acompañó a mi habitación, pero lo que sucedió fue que entró y me dio las buenas noches y el consabido beso en la frente.

Otra: también en un hotel, nuevo colega. Con este compañero habíamos compartido largos tres días trabajando, comiendo y cenando juntos, respirando complicidad; a la tercera noche, subiendo juntos en el mismo ascensor, el suspense se disolvería llegando a su piso. Entonces, con todo el poder de decisión en sus manos (porque mi habitación estaba una planta más arriba), se acercó tentadoramente y me besó… la frente. Mente-frente, la decepción suele salir con rima, y con más cabeza que corazón.

Mi conclusión es que, en terreno afectivo, no hay signo más ambivalente (y, sin embargo, agradable) que un beso en la frente.


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