El cuarto de Livia, la nueva vecinita

Foto: Manuel Cuéllar

Seducir a un posible amante, a un lector. Seducir para que nos acompañen a un lugar al que no queremos ir solos. Seducir a las masas, a un cliente, a los empleados, a una jefa. En una nueva colaboración con ‘El Asombrario’, este verano las escritoras y escritores del Taller de Clara Obligado nos traen 23 historias en torno a un arte, el de la seducción, tan antiguo como la humanidad. Arrancamos hoy con una vecinita que, al principio, parece tímida y callada, pero esconde muchas armas de seducción, y una autora, Beatriz Velayos, que nos ha acompañado ya varios veranos.

POR BEATRIZ VELAYOS

Livia y su madre se mudaron al apartamento de enfrente un viernes. Yo había tenido un cumpleaños, así que cuando llegué, mamá me contó la novedad. Marina, tenemos vecinas nuevas, la niña tiene tu edad, ¿por qué no vas a saludarla? Después de varios días cedí, y cuando me abrió la puerta no me costó entender por qué mamá había insistido tanto. 

Livia ya había pegado el estirón, era una niña delgaducha con los ojos demasiado grandes y las uñas mordidas hasta la raíz. Sus ojos rebotaron por mi cara, sin encontrarse con los míos. Una semana después de la mudanza, la entrada de su casa seguía llena de cajas y el suelo tenía una capa de polvo considerable. Intenté ignorar las manchas de su ropa. 

—¿Te apetece merendar y ver una peli? ¿Te dejan? 

Aunque fuese sábado, su madre trabajaba, así que solo tuvo que encogerse de hombros y coger la llave de un clavo.

Livia inhaló las tortitas y se plantó delante de la televisión, dejándome elegir la película, la luz apagada, la chaise longue para mí mientras ella se sentaba en el sofá, rectísima y con las manos en el regazo. Cuando comenzaron los créditos se levantó como por resorte, me dio las gracias en un murmullo y fue a despedirse de mamá. Vuelve cuando quieras, bonita. Le encantaron sus buenos modales. No puedo decir que me cayese mal, tampoco una pared vacía puede desagradarte. Así que continué invitándola.

Con las chicas del colegio siempre había una lucha subterránea por ver quién imponía su gusto y por lo tanto su voluntad, pero a Livia no había que dominarla y eso me hizo relajarme. Siempre estaba disponible. Para ella no existían las negociaciones eternas con los padres ni la hora de vuelta a casa. Muchos días, mamá tenía que recordarle que se fuese.

A veces, mientras yo elegía la película o cambiaba el disco sin esperar a que acabase una canción, ella se iba de mi cuarto. Al ratito volvía contenta, con dos zumos de melocotón. Pensaba que iba a curiosear, pero cuando la encontré en la cocina hablando con mamá me dio tanta pena que no le pregunté. Se le iluminaban los ojos hasta cuando mamá le pedía ayuda para vaciar el lavavajillas, y a cambio de dejar que aquello sucediese dejé de escuchar Marina no te entretengas, Marina por qué pones esa cara, Marina estudia, Marina, Marina, Marina. 

Un día, mamá se fijó en que Livia tenía la manga desgarrada. ¡Ay, bonita, trae que te lo coso! Toma, ponte esta camiseta de Marina. Cuando le pregunté quién era ella para ir regalando mi ropa, la charla sobre la generosidad, la empatía y el egoísmo duró más de una hora. Tuve que callarme cuando la vi llevarse un libro que no me había leído, una caja de ceras que no llegué a estrenar, la mochila de Pocoyó que ni muerta me pondría para el colegio. No sé cuándo dejó de pedirme permiso con esos ojos enormes, pero no volví a invitarla.

Tampoco hacía falta. No pasó mucho tiempo hasta que llegué a casa y escuché las carcajadas estruendosas de mamá a coro con un sonido nuevo. Era la risita ratonil de Livia, feliz por haber contado tan buen chiste. Yo me fui a mi habitación mientras ellas seguían viendo mis fotos antiguas: el disfraz de tomate que casi me tragaba, el San Isidro donde tuve que bailar el chotis con Simón y sus mocos colganderos. Mi silencio estaba disimulado por la brillante sonrisa de Livia. En la siguiente visita a mis abuelos, puse de excusa los exámenes. Livia no parecía tener que estudiar, y a la vuelta me enseñó los pañuelos bordados por mi abuela. Tenían margaritas por los bordes y mis iniciales en una esquina, pero yo no los había visto nunca. 

Una mañana se fueron de compras y yo llamé al timbre del piso de enfrente. Me abrió una mujer con el pelo sucio y muchísimas cajas todavía sin abrir. Tiene que llevarse a su hija, quise decir, hacerle caso para que me deje en paz. Pero ante sus ojos derrotados no pude exigir nada, e incluso le ofrecí ayuda. Después de barrer aquella casa desolada, volví a la mía y me abracé a los cojines del salón. Cuando volvieron, oí a mi madre decir por favor, por favor, ningún problema, es un placer, gracias a ti. Sin buscarme, se fue a la cama contenta, y yo me quedé dormida en el sofá.

Hoy he llegado a casa y no me ha extrañado escucharlas susurrar en mi habitación. Qué le dirá mamá que no me ha contado nunca. Me he sentado en la cocina, sin saber muy bien dónde ir. Al rato, mamá ha pasado por detrás de mí y me ha tocado la cabeza. Hola, bonita, ¿qué tal? Ha cogido un zumo de melocotón y se ha marchado sin mirarme. Desde el cuarto de Livia la he oído preguntar, ¿no sería momento de que tu amiguita se vaya a su casa?

El taller de escritura creativa de Clara Obligado nació en 1980 en Madrid. Desde entonces, ha acompañado el proceso creativo de personas interesadas en la literatura a todos los niveles. Para algunos ha sido un lugar en el que compartir y aprender literatura; para otros, una puerta hacia la publicación, hacia la escritura profesional, o simplemente un punto de encuentro en torno a los libros.

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