‘El derecho a quedarse quieto’: quizá la forma más radical de resistir
La escritora Marina Perezagua.
Hay algo personalísimo en la literatura de Marina Perezagua. Un afán por desenterrar errores históricos que siempre conmueve. Ella no comulga con ese silencio que persiguen siempre los poderosos para tapar sus gestos inhumanos. Lo hizo en ‘Yoro’ y ahora lo vuelve a hacer al escribir su nueva novela, ‘El derecho a quedarse quieto’. Una epopeya sin héroes ni episodios grandilocuentes. Solo la historia de un hombre y una mujer atrapados bajo el pegajoso aliento que sella el porvenir de los vencidos tras cualquier guerra. Perezagua habla de actos reprobables, de abusos. Carga contra la invasión de las tecnologías. Perezagua pone en guardia al futuro, enseñándole los estragos que ha hecho ese pasado que los sátrapas están empeñados en repetir. Una novela tan dura como mágica.
Una periodista que exhala humanidad, un hombre que desobedece las leyes de la lógica y una madre que se niega a que su hijo muera de hambre conforman un puzle de reflexiones deslumbrantes, de resistencia y de humanidad al alcance de pocos narradores.
Perezagua atrapa al lector por la contención del personaje principal de esta narración, Masoto, un hombre bueno que sobrevive porque tiene la necesidad de que sobrevivan los animales de los que jamás se acuerdan los poderosos. Masoto alimenta a varios perros, perdidos como él en los estragos de los residuos nucleares, los aísla del abandono y les otorga ese poder que es la supervivencia, pese a todo.
La narración está custodiada por un lenguaje que arde, que quema, y que en ocasiones queda emparentado con el de la premio Nobel, Han Kang. Ambas saben mover el lenguaje hacia los lugares más incómodos. Le hacen pelear, hasta entroncar con la delgada piel de lo onírico, de lo impensable. Ellas convocan la silueta de la fragilidad para armarse hasta los dientes de certezas, pero también de súplicas hacia la sinrazón.
Perezagua habla de dignidades remotas. De actos reprobables, de abusos. Carga contra la invasión de las tecnologías. Ese veneno cada vez más extendido que se ofrece en cada esquina de este siglo XXI al que me atrevo a apodar como “el malnacido”.
Perezagua pone en guardia al futuro, enseñándole los estragos que ha hecho ese pasado que los sátrapas están empeñados en repetir. La carrera hacia el uso de las armas nucleares como si de inofensivas pistolas de agua se tratasen desespera a la autora sevillana que pelea y pelea por exponer y exponencializar el peligro que nos rodea.
Perezagua se lo juega todo a los detalles, como una de las caras más hermosas de la exactitud, en esta novela tan dura como mágica.
“El perro la siguió durante un tramo, a distancia. Akiyama pensó en abrir la ventanilla, ofrecerle siquiera una caricia, pero no lo hizo. Tal vez le pareció que la compasión, en ese lugar, era una forma de arrogancia”.
“–Un héroe… –miró sus botas–. Tengo agujeros aquí y aquí. Soy un hombre con las botas rotas.”
Perezagua calcula cada frase, cada réplica, cada movimiento del paisaje, cada voz y se rinde ante la polifonía del silencio tan totalitaria en las vidas de los tres personajes sobre los que triangula esta historia de un poder emocional electrificante.
Su incorrección política es una forma de salvar el lenguaje. Su ferocidad es sublime, una luz que marca el camino. Siempre inventa códigos, términos y realidades para encararse con el poder.
“Pensó en aquello que le había respondido Masoto cuando ella le dijo que no quería incomodarlo: ‘No creo que hayas venido a hacerme daño. Pero al final siempre pasa algo. No es culpa tuya. Basta con venir. Y ya estás aquí. Es tu trabajo’. Y se preguntó, no por primera vez, si su periodismo era, definitivamente, otra forma de turismo: el turismo de lo irreversible”.
“En un lugar sin gente, uno empieza a oír intenciones donde solo hay viento”.
Hay una fortaleza incandescente en cada diálogo, en cada pensamiento. En la soledad de los marcados por la radiación, en la de los que marca el hambre, en la de los que marca su necesidad de tener escrúpulos.
Perezagua marca con destreza el lenguaje de los que resisten y el de los invasores. Conoce la violencia que reside en cada uno de ellos y los explora y los muestra en cada uno de los parlamentos de sus tres protagonistas.
“La guerra parece insistir siempre en las mismas soluciones visuales, se diría que la destrucción humana trabaja con una plantilla”.
“Allá afuera todavía lo seguían considerando un héroe, un animalista, un ermitaño. Nadie quería saber que, antes de la catástrofe, Masoto nunca había mostrado demasiado interés por los animales, porque no interesaba saberlo, porque contradeciría la narración, carnaza para la industria hambrienta, el mercado de la compasión”.
“Los animales recuerdan las heridas. Nosotros recordamos todos los rasgos de quien las causó”.
Hay una belleza única en el territorio literario de Marina Perezagua. Un trato con la perfección que llena de calma el ardor que habita en sus novelas.
Perezagua tiene una marcada identidad como narradora. Una identidad que oprime al poder sin entrar en su juego soez y castrador.
La literatura de Marina Perezagua es un río que fluye como si naciese a cada instante. Por lo que está exento de toxicidades y manipulaciones.
Es hermoso sumergirse en la teatralidad de sus luces y sus sombras, en la claridad de sus expectativas, en la brillante corporalidad de sus denuncias.
Marina Perezagua tiene una voz que se renueva cada vez que existe y que renueva el corazón y la memoria de quien traspasa las puertas de su casa literaria.
‘El derecho a quedarse quieto’. Marina Perezagua. Galaxia Guntenberg. Premio Internacional de Novela Ciudad de Barbastro 2026. 163 páginas.



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