El día amanece de noche
Foto: Pixabay.
“El día amanece de noche. Las nubes negras tapan el sol y se extienden por todas direcciones. En el horizonte, allá donde miro, incendios más grandes que edificios elevan al cielo muros de humo del color de las nubes. Las fachadas de la ciudad cambian del blanco al gris ceniza”. Este verano, los Relatos de Agosto de ‘El Asombrario’ en colaboración con el Taller de Escritura de Clara Obligado se centran en la ‘liternatura’. Literatura de naturaleza. Hoy entramos en un apocalíptico paisaje. “Afuera la gente mira con pánico al cielo. Las amplias calles están llenas de coches quemados o abandonados, por fortuna solo unos pocos edificios han colapsado. Las explosiones se sucedieron días atrás. Se habla del Apocalipsis. No es así, esto tiene poco de divino y mucho de humano, pese a que quien lo inició se crea casi un dios”.
POR ÁLVARO MOLINA BARQUERA
Llueve muerte. No se me ocurre otra forma de describirlo.
Creía que después de los últimos días me había acostumbrado a mirar al cielo con terror. Por desgracia, me equivocaba. El ser humano siempre encuentra una forma más horrible que la anterior de sorprenderme.
El día amanece de noche. Las nubes negras tapan el sol y se extienden por todas direcciones. En el horizonte, allá donde miro, incendios más grandes que edificios elevan al cielo muros de humo del color de las nubes. Las fachadas de la ciudad cambian del blanco al gris ceniza.
Incluso con las ventanas cerradas el olor a carburante se queda a vivir en mi nariz, el humo me raspa la garganta y me invita a toser. Busco un vaso y abro la nevera para aliviarme. No me queda agua, tan solo una botella de un litro que me durará dos de días. Mis vecinos tampoco tienen. No sé si mienten para ocultar sus reservas o están tan apurados como yo. Gasto un poco de la que me queda en mojar un pañuelo y salgo a la calle.
Afuera la gente mira con pánico al cielo. Las amplias calles están llenas de coches quemados o abandonados, por fortuna solo unos pocos edificios han colapsado. Las explosiones se sucedieron días atrás. Se habla del Apocalipsis. No es así, esto tiene poco de divino y mucho de humano, pese a que quien lo inició se crea casi un dios.
Mi casa está a las afueras, lejos del centro de la ciudad. Por desgracia, en esa dirección está el supermercado. El olor es más intenso e incluso con el pañuelo me cuesta respirar. Ese olor a carburante en la nariz me acompaña, al igual que las explosiones lejanas, durante todo el viaje.
Veo arder, con esa distancia que solo se desarrolla con el dolor, el monte en el que jugaba de pequeño. Con un poco de suerte la bolsa de gas estará contenida en lo alto y las llamas no bajarán hasta el valle, donde me encuentro. El agua del río no es potable. No la habría bebido antes y no la beberé ahora que baja con un color tan oscuro como un tintero derramado.
Ojalá lloviera algo que no fuese muerte.
Los cielos escuchan mi plegaria cuando casi he llegado al supermercado. Una gotita en el cuello llama mi atención a las nubes, no tardan en seguirle más. Sonrío hasta que una me impacta en la cara y al limpiarme veo que mi dedo está negruzco. Huele como el aire y al tratar de quitarla de la yema mis manos quedan oleosas. Las gotas caen dispersas, algunas tan solo flotan, como copos de nieve, sobre nosotros. Una lluvia negra se cierne sobre la ciudad.
Echo a correr. Algunos sacan el móvil y graban, otros se refugian en casas o coches. No puedo permitirme el lujo de quedarme sin agua. De un descampado en el que ya no crece nada tomo varios puñados de arena y me embadurno con ellos, con suerte evitará que la muerte se me adhiera al cuerpo.
Unos puñados de arena sirven para evitar que la muerte se me adhiera al cuerpo. Mi carrera se trunca rápido, el suelo se vuelve aceitoso y resulta imposible correr sin resbalar.
Llego fatigado y tosiendo al supermercado. Me da miedo mirar el pañuelo, no sea que tosa negro o rojo. Me reciben los militares, han tomado el control del lugar y ahora racionan los suministros. Me llevo lo que sé que me permitirán, un poco de comida y dos garrafas de agua. A la salida me dicen que solo puedo llevarme una. Protesto, porque es la única forma que tengo de desahogarme. Él no se anda con pequeñeces y amenaza con echarme sin nada. Al final cedo, aunque le exijo explicaciones. “Han atacado los centros de desalinización”, me dice. Asiento. Sé lo que significa. No hay agua que potabilizar del mar, no hay agua que sacar de los ríos o del cielo. Quizá los que han quedado expuestos a la lluvia negra no mueran de los contaminantes, sino de sed.
El camino de vuelta lo hago andando. Las gotas continúan su lenta precipitación. A mis espaldas los gritos, los truenos, el calor y las explosiones indican que vuelve a llover muerte. Pero de la primera, de la que me es más familiar. Temo mirar atrás, no sea que me transforme en una estatua de sal. Pero no puedo escapar de la destrucción, una de las explosiones ocurre cerca y le siguen otras en cadena, extendiéndose por las bolsas y conductos de gas. Hasta que me alcanzan.
Un latigazo en el pecho. Donde antes había sonido ahora no hay nada.
En un momento estoy en el suelo, he logrado proteger con mi cuerpo la garrafa de agua. En el estómago siento una humedad fría. A unos metros una mujer suplica ayuda. No se la ofrezco, abrazo la garrafa en lugar de ayudar a mis vecinos. Huyo de lo que antes era un paseo verde y ahora está en llamas. El fuego salta con facilidad allá donde se ha acumulado más lluvia negra.
Logro llegar a casa con solo retazos del camino de vuelta. Cuando recupero la compostura, ya no se escuchan las explosiones. Estoy tirado en el suelo, hay un rastro aceitoso desde la puerta. La marca negruzca de mi mano contra la hoja y el pomo. Abrazo la garrafa de agua, demasiado ligera. Se ha dañado en algún momento y se ha perdido casi todo el contenido. Trasvaso lo que puedo a botellas en mejor estado. Me limpio y tiro la ropa a la basura.
Mientras trato de recuperarme de la impresión, solo pienso en que dentro de pocos días tendré que volver a salir ahí fuera.



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