El peor rostro de la guerra: el secuestro de menores

La periodista Marta Solano.

A Marta Solano, como periodista de raza que es y reportera inteligentísima, le gustan los retos: con el abundante material de investigación recopilado sobre la generación robada en las guerras actuales, sobre los niños soldado y los abusos de la población infantil, podía haber publicado un ensayo con el resultado de sus pesquisas. Pero, en vez de eso, ha publicado una excelente novela, La ciudad de los girasoles (Berenice, 2026), con un ritmo trepidante, protagonizada por una joven de 16 años, Liv, que junto a su hermano mayor Zorik busca a sus dos hermanos pequeños en mitad de una gran guerra devastadora que ha provocado un gran Imperio.

Hay que insistir en el esfuerzo que Marta ha realizado para la escritura de esta novela, porque desde la primera página se derrama un conocimiento inusual sobre los niños robados que late bajo la piel de una escritora que se va cincelando y, sobre todo, superando, como una disposición afectiva del periodista que se implica emocionalmente con los protagonistas de sus reportajes. Marta, que también es madre de un adolescente, ha liberado en cada página su propia conciencia. Su voz, ahora mismo, es importantísima para que nos concienciemos de que miles de niños están siendo secuestrados en cualquier frontera bélica, vendidos, reeducados y enviados al frente a una muerte segura. “No son soldados, son menores de edad”, nos dice con emoción, un rato antes de ponerse al frente junto a David Cantero en Las tardes de RNE, referente de calidad y de ese difícil equilibrio que es el infotainment. Esta es la historia de la periodista que escribió una tesina y que, como los grandes del Nuevo Periodismo, decidió convertirla en una novela muy real para que llegase a más personas.

‘La ciudad de los girasoles’ está atravesada por una gran información testimonial y documental. ¿Cuál es el germen de tu novela?

El origen está en una conferencia a la que asistí de una ONG donde se denunciaba el uso de niños como botín de guerra. A partir de ahí, hice una investigación académica, una tesina, sobre los niños robados en las guerras modernas. Consulté fuentes internacionales muy potentes (ONG, víctimas reales, rescatadores, abogados que han llevado estos casos ante la Corte Penal Internacional) y sentí que el mundo tenía que conocer esta historia. Yo misma no era consciente de lo que ocurría y eso que presentaba las noticias en el Canal 24h cada semana. El robo de niños ha pasado siempre, no es algo nuevo. Para que fuera una historia universal, decidí convertirlo en novela. La ficción me ha ayudado mucho, sobre todo para completar lagunas sobre lo que ocurre en los rescates, que es información protegida por la propia seguridad de las víctimas. 

¿Hay una ONG real detrás de Bring Kids Back?

Sí, el 90% de la novela se inspira en hechos reales, así como que muchos personajes tiene su equivalente en la vida real. Como tenía tantos testimonios, a Liv, por ejemplo, la he construido con las voces y miradas de varios supervivientes. El campamento Ciudad de los Girasoles no existe exactamente, pero sí decenas de ellos similares, donde se reeduca a toda una generación, como hicieron los nazis en la II Guerra Mundial. Hechos como la labor protectora de las monjas de clausura, los perros devorando cadáveres –como en Gaza– o huir en globo, como sucedió con dos familias que el 16 de septiembre de 1976 cruzaron el muro de Berlín a Alemania Occidental, han ocurrido en la vida real. También la orden de arresto dictada por la Corte Penal Internacional contra dictadores que comenten genocidio es real o los asedios, las patrullas del zoo que rescatan mascotas o las mujeres que dan a luz en los refugios.

¿Por qué te has decantado por una novela y no por el ensayo?

La realidad la veo todos los días como periodista y me gustan los retos. Con la literatura me evado, me permite volar con mi imaginación y tener licencias que no caben en el periodismo y tengo más espacio para contar, aunque mis libros tienen mucho de periodismo, investigación y narrativa audiovisual; es inevitable. En La ciudad de los girasoles hay una banda sonora con la radio como protagonista y los capítulos se beben a un ritmo cinematográfico; no olvidemos que es un thriller bélico donde se abordan grandes temas, como la esperanza, el amor, la inocencia o la importancia de la familia y la identidad. Podría ser el argumento de una serie o una película perfectamente. 

El tema que has elegido, el robo de menores en contextos bélicos, es extraordinariamente duro, y sorprende que no se investigue más como has hecho tú.

La realidad es muy cruel, el abuso y robo de menores en territorio de conflicto se ha convertido en un delito estructural por parte de algunos Estados, y creo que es una carrera contrarreloj. Lo vemos en las guerras de Gaza, Sudán o Ucrania, y en el pasado en la Segunda Guerra Mundial o durante las dictaduras en España, Chile y Argentina. La ONU da hoy una cifra aproximada de más de 35.000 niños robados, dados en adopción ilegal, que ven sus mentes reprogramadas para odiar a su país y sus familias o víctimas de la trata. Es una generación entera de menores y muchos son militarizados como niños soldado para que luchen contra su propio pueblo. Mi protagonista, Liv, pasa por dos campamentos de reeducación en su búsqueda incansable y denuncia que el enemigo quiere robarles hasta la identidad: su idioma, su nombre, su historia. Muchos niños mueren en los traslados durante los ataques, no olvidemos que es una huida hacia adelante entre trincheras, vigilancia de drones y bombardeos constantes.

¿Podría decirse que es una novela comprometida socialmente, casi activista?

En cierto modo, aunque mi activismo no es el de una sola causa o país o bandera, sino el de todas las víctimas. Esta novela es un altavoz para que el lector sepa que estas cosas ocurren en todo el mundo, que hay gobiernos que fletan aviones presidenciales y crean toda una infraestructura para que el robo de niños suceda. No es solo un tema de mafias o de organizaciones criminales únicamente. El secuestro de niños de orfanatos y hospitales es un plan preestablecido, solo así se entiende que estos niños puedan ser trasladados, exhiban nuevos pasaportes, haya adopciones ilegales y se les pierda la pista para siempre. Hablamos de un crimen de guerra perseguido por la Corte Penal Internacional, con sede en La Haya, pero no todos los países implicados reconocen su jurisdicción. Es el caso de China, Rusia, Israel o Estados Unidos.

¿Qué secuelas padecen aquellos niños que logran escapar y regresar a sus hogares de origen?

Los afortunados que consiguen volver y recobrar su identidad robada arrastran cicatrices de por vida. Y algunos convierten esta causa en el sentido de su existencia y ayudan a otros en su misma situación. Es algo que vemos en la novela. Pero la mayoría no volverá nunca y puede que ni siquiera sepan su verdadero origen. Estamos ante un problema global. Porque los robos de niños pueden deberse a motivos ideológicos, como ocurrió en la II Guerra Mundial con los totalitarismos; motivos económicos, como sucedió en las dictaduras de España, Chile y Argentina, o por mera esclavitud, como sucede ahora, donde ya hay una mercantilización de menores como un sacrificio barato y fácil. Robar niños es un negocio muy rentable, que va desde el tráfico de órganos a tener una generación cuando el mundo atraviesa un problema demográfico importante. Me gustaría que cuando el lector termine el libro se indigne, abra los ojos y se emocione tanto como yo al escribirlo.

¿Cómo se lleva a cabo ese plan de secuestro y reeducación?

En las guerras modernas secuestran a los niños de los orfanatos; muchos de ellos no son huérfanos, pero están bajo el cuidado estatal porque sus padres no tienen recursos o están luchando en el frente. El ejército enemigo asalta hospitales y hogares de niños o sus propias casas y se los lleva a punta de pistola. Muchos son adoptados por altos mandos enemigos que se fotografían con ellos sin ningún pudor como un ejemplo de propaganda política y los exhiben en redes sociales. A otros menores les seducen ofreciéndoles becas de estudios, prometiéndoles un futuro y diciéndoles que su país de origen les ha abandonado.

¿Con qué testimonios y apoyo documental has contado?

Me han ayudado las víctimas, ONG internacionales, abogados internacionales, investigadores de la Universidad de Yale que monitorizan estos casos. Hay tantas historias como personas; me impactó conocer el testimonio de médicos que escribían los nombres de los niños de los hospitales y las guarderías en el abrigo para que no se olvidaran de quiénes eran. 

¿Estos dictadores y señores de la guerra pagarán por sus crímenes?

Es difícil, porque de estos crímenes de guerra se encarga la Corte Penal Internacional; son procesos largos y muchos países no reconocen este alto tribunal. Los que roban niños no reconocen que están cometiendo estos delitos, lo disfrazan de ayuda humanitaria, traslados para proteger a los menores de bombardeos, pero no es así. No es algo temporal, la mayoría nunca regresa.

¿Qué has podido concluir después de este viaje a los infiernos infantiles como periodista y escritora? ¿Qué has descubierto, Marta?

He descubierto un manual de deshumanización que usan todos los criminales internacionales contra los niños, porque hay un plan sistemático y simultáneo en todas las guerras de tratar de acabar con la identidad del país invadido, de hacerla desaparecer por completo, y eso lo hacen empezando por las generaciones más jóvenes. Estamos ante una generación perdida.

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