El refugio donde Lorca fue feliz

El refugio donde Lorca fue feliz

Federico García Lorca en La Huerta de San Vicente.

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El libro se adentra en la vida cotidiana de Lorca durante los años en los que la familia vivió en La Huerta de San Vicente, pero es mucho más que eso. Es la biografía de un lugar cuya historia corre paralela a la de Granada, a la historia de España y a nuestra propia memoria, herida para siempre por la muerte del poeta. Hablamos con Jesús Ortega sobre ‘La caja de la alegría’, que se detiene en el lugar donde Lorca fue feliz. “Impresiona saber que el 18 de julio de 1936 el poeta se encontraba en esa casa, entre esas mismas paredes”.

Me habría encantado mantener esta entrevista en Granada. Quizá sentados en una de las numerosas plazas que abrigan la ciudad, como la de la Romanilla, donde se ubica el Centro Federico García Lorca. En este espacio privilegiado trabaja el escritor Jesús Ortega (Melilla, 1968) como responsable del programa Granada Ciudad de la Unesco. Autor de varios libros de cuentos, como el luminoso Calle Aristóteles, Ortega ha mostrado siempre una atención especial por el lugar de la escritura, que ha volcado en obras como Proyecto escritorio. Este interés por el espacio de la creación le ha llevado ahora en La caja de la alegría (Editorial Comares), su nuevo libro, a La Huerta de San Vicente, en la que Lorca escribió algunas de sus obras maestras y en la que fue feliz.

“La Huerta de San Vicente es un lugar de memoria, y los lugares de memoria son una forma de pervivencia de la vida, en el sentido de que el pasado que recordamos forma parte del presente que vivimos”, me cuenta Ortega en esta entrevista, que finalmente tuvimos que hacer por correo electrónico.

La caja de la alegría es un libro contado por un narrador amante y gran conocedor de la obra de Lorca, no por un académico, y eso se nota en la fluidez con la que leemos este ensayo, como si fuera una novela, en la que el autor ha logrado sintetizar en pocas páginas una investigación de años y su propia experiencia personal como guía de la Casa Museo.

En tu obra siempre has sentido fascinación por el lugar de la escritura y de alguna manera este libro sigue profundizando en esa idea que recorre otros libros tuyos, ¿no?

Cierto. Igual es porque he trabajado durante años explicando al público el significado de las habitaciones de una casa o la historia de un paisaje. O igual es porque siempre me estoy haciendo preguntas sobre las condiciones de posibilidad de la escritura, la escritura como problema, y eso afecta por supuesto a los lugares donde se escribe. La poética del espacio, de Gaston Bachelard, ha sido uno de mis libros de cabecera. Siempre que visito las casas de amigos escritores no dudo en pedirles que me dejen echar un vistazo al rinconcito donde escriben. Me encantan las casas-museo de escritores y de toda clase de artistas, con sus habitaciones propias, llenas de verdades y mentiras. Hace unos años publiqué Proyecto Escritorio, una especie de investigación hecha de textos e imágenes sobre el lugar donde escriben los escritores. Proyecto Escritorio y La caja de alegría provienen de la misma fascinación, es verdad.

Como explicas en el prólogo, la idea de escribir ‘La caja de alegría’ surgió en 2008, cuando paseabas por las habitaciones vacías de la Huerta de San Vicente, desposeídas de los muebles y objetos de la casa museo. Me gusta mucho eso que dices de que la ausencia puede ser una forma elocuente de presencia. ¿En qué medida sigue vivo Lorca en esa casa en la que pasó tantos momentos importantes de su vida?

La Huerta de San Vicente es un lugar de memoria, y los lugares de memoria son una forma de pervivencia de la vida, en el sentido de que el pasado que recordamos forma parte del presente que vivimos. Siempre que varias personas se reúnen para recordar en común, para compartir un recuerdo que les afecta, de alguna manera convocan a un fantasma muy real. Un lugar de memoria puede ser cualquier clase de espacio, siempre que nos pongamos de acuerdo en que nos afecte, en que tenga un significado para nosotros. Puede ser un espacio simbólico también, pero en el caso de la Huerta de San Vicente es un lugar con una evidente impronta física, presencial. Todo el que ha estado allí lo sabe. Impresiona saber que en ese mismo escritorio de nogal Federico García Lorca escribió Bodas de sangre o la mayor parte de Yerma, por ejemplo. Impresiona saber que el 18 de julio de 1936 él se encontraba en esa casa, entre esas mismas paredes.

Como especialista en Lorca, ¿crees que se ha idealizado en exceso su figura, que hay quienes lo ven casi como un ‘santo’ laico? Tú mismo hablas en ese prólogo de que algunos vieron como una profanación el rodaje que ese año hizo el cineasta Pere Portabella en La Huerta, cuando pidió que se retiraran todos los muebles y enseres.

Se lo merece, ¿no? No creo que se esté idealizando en exceso a Lorca. O sí, pero es porque lo necesitamos. Necesitamos a Lorca. Nuestro país carece de santos laicos, de figuras simbólicas de consenso. Como muchas Españas, ninguna se pone de acuerdo, y eso afecta por supuesto a los mitos fundacionales, a los mitos culturales. Pero me atrevería a decir que Federico García Lorca es la única figura cultural respetada por todos y que emociona a todos.

Lorca vio siempre La Huerta de San Vicente como una “caja de alegría”. Allí escribió buena parte de su obra y se sintió libre y protegido a la vez por su familia y por sus amigos, ¿no? Era alguien muy familiar y sociable, pero allí encontró su refugio. Quizás con una imagen diferente a la que daba en otros lugares, como Madrid.

La Huerta de San Vicente significaba para él el regreso a los orígenes. Lo que Lorca necesitaba era sentirse arropado, la sensación de nido maternal que desprendía la casa. Para él la Huerta no era como esas cabañas aisladas que se hicieron construir artistas coetáneos como Virginia Woolf, George Bernard Shaw o August Strindberg. No buscaba aislarse, o buscaba otra clase de aislamiento. La Vega de Granada no significaba lejanía ni huida del mundo, sino conexión con el mundo, con su mundo íntimo. El país de la Infancia Inmóvil, como dice Bachelard. No le molestaban para escribir las risas y las conversaciones que llenaban los espacios a cada momento. Era una casa abierta, que recibía constantes visitas. Y a la vez el lugar donde mejor podía concentrarse para escribir.

Es muy clarificador el capítulo que dedicas a La Huerta de San Vicente como refugio para la escritura. Desmontas esa idea tópica de que era un perezoso, que escribía a ratos. Algo así como la cruel imagen del “andaluz profesional” con la que lo definió Borges. ¿Hay en esa imagen algo del tópico generalizado hacia los andaluces, que aún hoy persiste?

Algo de ese tópico le alcanzó dolorosamente cuando publicó el Romancero gitano. Pero todos esos clichés sobre su pereza hedonista y su supuesto antiintelectualismo no se sostienen desde hace mucho tiempo, a la vista de las miles de páginas que dejó escritas y del interés que su obra despierta en todo el mundo. En la Huerta escribía mucho. Trabajó en obras como Diván del Tamarit, Así que pasen cinco años, La zapatera prodigiosa. “He sido como una fuente”, dice en una de sus cartas de aquellos veranos.

El libro se convierte en una especie de viaje por la vida cotidiana de Lorca, quizás la menos conocida, la que está alejada de la fama, la del poeta universal. Y en ese sentido es fundamental las fotografías que aportas.

Las fotografías familiares del periodo 1926-1935 son muy elocuentes. Son como la quintaesencia de la idea feliz del verano. Provienen en su mayor parte del Archivo de la Fundación Federico García Lorca. Casi todas ellas las hizo Francisco, su hermano menor. Se los ve sentados en las mecedoras, al fresco, en el pequeño jardín atravesado de acequias, junto a las macetas de geranios, conversando con amigos y familiares, o en la terraza, con el gramófono puesto. Los niños juegan con triciclos en la placeta de la casa o en el frondoso carril de entrada, lleno de granadillos y almeces. Las fotos, las cartas de Lorca y los testimonios de amigos y familiares dan cuenta de aquella felicidad veraniega, llena de paseos por los alrededores, de risa y de juegos y de fruta recién cogida de los árboles.

La historia de La Huerta no es solo la de Lorca, sino también la de la propia familia, incluso la de una época, cuando La Vega de Granada era algo así como un vergel. La memoria individual acaba convirtiéndose también en memoria colectiva.

Claro, porque la Vega de Granada ya era un vergel lleno de casas de recreo durante la época nazarí. Las almunias, las alquerías y los cármenes eran tipos de casas de labor y de recreo a la vez, una mezcla de huerto y jardín para disfrute de las clases acomodadas. La Vega se convirtió en un topos literario para los viajeros renacentistas europeos y para los poetas barrocos españoles. Y luego para los románticos, claro. Gracias a Lorca, casas de campo como la Huerta de San Vicente y la Huerta del Tamarit han perdurado en la memoria. Son el último momento brillante de un espacio, de un paisaje. La primera mitad del siglo XX. Hoy la Vega está asediada y agonizante. Han pasado a ser lugares culturales que hay que proteger. Una especie en extinción.

En ese sentido, la vida de la Huerta después de la muerte del poeta es también la historia de la propia ciudad, Granada, que comienza a expandirse hacia la Vega. La imagen de una Huerta rodeada de carreteras es muy ilustrativa del desarrollismo en el que aún seguimos instalados…

Desde luego. En el libro hay varias fotografías estremecedoras que dan cuenta de este asedio. Una de ellas la tomó un jovencísimo Ian Gibson, en 1966, recién llegado a Granada para investigar sobre García Lorca. Se ven los edificios a medio construir del Camino de Ronda, las cuadrículas de cemento como bocas desdentadas que engullen los sembrados de maíz. Y en otra foto de principios de los años noventa, una imagen aérea, se ve la Huerta como una pequeña joya frágil, casi zarandeada por el roce monstruoso de la autovía de circunvalación.

Granada es sin duda una ciudad de poetas y para la poesía. Pero es mucho más. Desde hace años eres el responsable del proyecto Granada Ciudad de la Unesco, una labor que ejerces desde el Centro Federico García Lorca. Cuéntanos cuál es la proyección internacional que tiene hoy la ciudad a nivel cultural. La figura del poeta es una puerta, pero también puede ser un lastre, ¿no?

Granada es una ciudad cultural, una ciudad literaria desde hace mucho tiempo y tiene una buena imagen internacional en este sentido. En 2014 la UNESCO designó a Granada Ciudad Creativa en el campo de la Literatura y desde entonces estamos en contacto estrecho con otras Ciudades UNESCO de Literatura de todo el mundo, ciudades de tanto prestigio cultural como Dublín, Edimburgo, Heidelberg, Praga o Milán. Federico García Lorca es un activo impresionante, no dejo de comprobar el respeto que se le tiene en las reuniones internacionales y en los proyectos que emprendemos en colaboración con otras ciudades. Lorca nunca puede ser un lastre. Es un privilegio y una suerte que su nombre esté asociado de manera entrañable con Granada.


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Comentarios

  • Miguel Francisco Gutierrez Quesada

    Por Miguel Francisco Gutierrez Quesada, el 14 marzo 2021

    Muy buen artículo sobre alguien como Lorca..y una obrita que hice en colaboración con los estudiantes de magisterio de los años 80…o 90..cuyo recuerdo me es muy grato..

  • Ana Orbaneja

    Por Ana Orbaneja, el 20 marzo 2021

    Gracias,què necesario.
    Espero tenerlo pronto entre mis manos y disfrutarlo

  • Lucía Esteva

    Por Lucía Esteva, el 21 marzo 2021

    Muchas gracias. Estoy deseando leerlo. Podemos aprender a gustar la poesía de una o un poeta… hoy, día de la poesía y leyendo su entrevista, siento que Lorca estuvo siempre en mi vida. Desde que mi madre me leía «madre yo quiero ser de …»

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