El río se convirtió en un monstruo 

Foto: Pixabay.

“Semanas antes, las aguas apenas llegaban a la orilla. Ahora era un monstruo y arrastraba a su paso un tronco que parecía una pluma mareada por el remolino. Poderoso, el río jugaba con los juncos y matorrales de las riberas que, al tiempo que se inclinaban y admitían la superioridad del torrente, se agarraban a la tierra con desesperación”. Llegamos al relato número 18 de esta serie de agosto de ‘El Asombrario’ en colaboración con el Taller de Escritura de Clara Obligado. Este verano en torno a la literatura de naturaleza. Hoy nos acercamos a un río fuera de sí. 

POR MARÍA JOSÉ ZAMORA DE PEDRO

Alborotada y oscura, bajaba rabiosa la corriente; parecía imposible que aquel fuera el río humilde de otras veces, un río de corto recorrido, amable en verano con los jóvenes que se refrescaban en las pozas. Desde la ventana de su casa, al lado del puente, Raúl, casi de puntillas y pegado al cristal, quería abarcar con la vista aquella masa incontrolable en que se había convertido. Semanas antes, las aguas apenas llegaban a la orilla. Ahora era un monstruo y arrastraba a su paso un tronco que parecía una pluma mareada por el remolino. Poderoso, el río jugaba con los juncos y matorrales de las riberas que, al tiempo que se inclinaban y admitían la superioridad del torrente, se agarraban a la tierra con desesperación. Las aguas, fuera de los márgenes, quisieron trepar por las escaleras del muro que subían hasta el puente. Amarrada a un árbol, una barca bailaba sin oponer resistencia al deseo de la fiera, que amenazaba con llevársela.

Para Raúl era difícil comprender el cambio que se había producido después de las tormentas. El caudal y la fuerza del agua habían aumentado de tal modo que daba miedo ver cómo el río quería ensanchar sus dominios. Bajar a la orilla, como les gustaba a Goyo y a él, ya no era posible. Iban a tener que esperar.

Goyo vivía al otro lado del puente, en la parte vieja, donde la gente más pobre. A Raúl le gustaba ir con su amigo porque no había quien lo controlara. La madre de Goyo pasaba el día trabajando en las casas de los ricos. De su padre se decía que estaba en la cárcel. Entre ellos no hablaban de ese tema.

Cuando las lluvias cesaron, Raúl y Goyo se decidieron a bajar al río. Les gustaba buscar lombrices para usarlas como cebo, mirar las tijeretas que saltaban sin hundirse sobre el torbellino, tirar chinas y hacer ondas. En verano se habrían descalzado y metido los pies en el agua, pero aún bajaba turbia y se sentían cobardes ante su fuerza; la ribera estaba llena de barro y el lodo impedía ver el fondo. Haciendo equilibrios entre las piedras, se aproximaron al lugar donde algo se movía. Quizá era un pez que se había desorientado, pero cuando estuvieron cerca vieron un animal largo, grisáceo, que se desplazaba como una serpiente. El susto les hizo gritar y echaron a correr. Más pendientes de dónde ponían los pies que de otra cosa, se dieron de narices con el Bizco, un chico mayor que les dio el alto.

—¡Eh! ¿Qué os pasa? Corréis como si hubierais visto un fantasma.

—Es que hay una culebra un poco más allá.

—¿Ah, sí? ¿Dónde está?

No era algo que les apeteciera, pero ¿quién era el guapo que se oponía a los deseos del Bizco? Los obligó a dar marcha atrás. Temerosos por lo que pudiera hacerles el malote, y por tener que enfrentarse de nuevo a la serpiente, se encaminaron hacia el sitio donde la habían encontrado.

—Ahí está, en el barro, mírala.

El Bizco se agachó y metió las manos en la masa fangosa.

—Es una anguila —dijo—. Sois unos miedicas.

Manejarla era más complicado de lo que imaginaba, pero el Bizco quería dejar claro que ni tenía miedo ni iba a desaprovechar la ocasión de dejarles asombrados. La piel viscosa del animal hacía que se le escurriese de las manos y pensó por un momento que se le iba a escapar. Murmuraba palabras incomprensibles como si estuviera dándose ánimos y tuvo que emplearse a fondo para sujetarla. Con los ojos muy abiertos, Raúl y Goyo lo observaban.

Cuando logró sacarla del fango, la arrojó con fuerza hacia los niños, quizá también por el deseo de librarse de ella. Raúl recibió el golpe en la cara con tal violencia que perdió el equilibrio y cayó al río; su amigo, para esquivarla, dio un paso atrás y el resultado fue el mismo. Los dos en el agua trataban de mantenerse a flote, pero Goyo no sabía nadar. El grandullón se reía mientras contemplaba su hazaña. Raúl le gritó:

—¡Goyo no sabe nadar, sácalo de ahí!

El semblante del Bizco empezó a cambiar cuando vio en los ojos del chico el terror, su cabeza aparecía y desaparecía y sus brazos buscaban un asidero inexistente. El pánico le hizo reaccionar. Saltó y en un par de brazadas consiguió llegar hasta el punto donde la corriente lo había arrastrado, el niño se agarró a su cuello y el Bizco avanzó, a la vez que sentía la fuerza del río que lo empujaba como si quisiera desprenderse de un extraño. Pusieron a Goyo boca abajo para que expulsara el agua. De su boca salió un vómito oscuro. Después de recuperar el ritmo de la respiración, desató su llanto y contagió a los otros dos. Aún esperaron un rato sentados en las piedras de la orilla.

Ateridos, sucios, subieron las escaleras que conducían hasta el puente. Atrás dejaron la anguila, el lodo y la infancia.

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