El técnico de calderas viene a la revisión

Foto: Pixabay.

«Cuando le vi la raja del culo asomar por encima del cinturón, no me aguanté la risa». Seducir a un posible amante, a un lector. Seducir para que nos acompañen a un lugar al que no queremos ir solos. Seducir a las masas, a un cliente, a los empleados, a una jefa. Seducir conociendo bien el oficio y la presión que necesita cada válvula, como en este nuevo relato de la colaboración del Taller de Escritura de Clara Obligado con ‘El Asombrario’. “Él iba diciendo, con tono de inspector, que la presión estaba baja, que si los tubos fríos, que así era difícil que el sistema entrase en calor, que todo aquello estaba reteniendo la presión donde no debía y que, seguramente, la válvula principal estaba atascada y convenía apretarla con cuidado hasta que cediera”.

POR BREOGÁN MARTÍNEZ 

Fue en esa noche que apareció de pronto sobre mi cuerpo y cuando quise darme cuenta ya estaba encima de mí, aplastándome con el vigor de un hombre que sabe exactamente lo que ha venido a hacer, mientras me empezaba a explicar, Señorita, me decía, Señorita, que era el técnico de calderas y que venía de parte de la comunidad (aunque yo, le contesté, no recordaba haber llamado a nadie y mucho menos haberle abierto la puerta). Para entonces ya sabía que habíamos comenzado y que esa noche tocaba eso, como otras noches había tocado tantas otras cosas del estilo. Por esa razón no añadí nada: solo estiré la pierna derecha al tiempo que él iba diciendo, con tono de inspector, muy conseguido, que la presión estaba baja, que si los tubos fríos, que así era difícil que el sistema entrase en calor, que todo aquello, sin duda, estaba reteniendo la presión donde no debía y que, seguramente, la válvula principal estaba atascada y convenía apretarla con cuidado hasta que cediera, Señorita, me decía, Señorita, con su permiso, voy a tener que apretar la válvula, no hay otra solución, así, ve, así, hasta que ceda, y procedió y apretó la válvula.

De modo que estiré la otra pierna y me fui metiendo en ello, y le mencioné que, tal vez, quizás, a lo mejor, no sabía si, aunque yo no era experta en calderas, vaya, porque no lo era de ningún modo, no sería suficiente solo con manipular esa pieza, me preocupaba que tuviésemos que purgar todo el sistema y, claro, entonces se armaría mucho ruido: los vecinos a esa hora ya estarían durmiendo y no sería conveniente del todo. Él me respondió, firme, confiado, que estuviese tranquila y que era lo habitual, él sabía porque era el técnico de calderas, y si sonaba fuerte no pasaba nada, era parte de su trabajo y no pensaba dejar nada a medias, y añadió que si yo notaba un temblor o un cambio brusco de temperatura no debía asustarme: era normal al principio, Señorita, bastaba con controlar bien la presión, así como él estaba haciendo, con cuidado, así, ve, podía ir más despacio si yo quería, la máquina haría su trabajo, igualmente se drenaría todo lo que hubiese que drenar.

Asentí mirando al techo, buscando algún punto fijo que me ayudara a no reírme, porque no dejaba de hacerme gracia lo en serio que se lo tomaba y la sofisticación que había alcanzado el juego, su preparación con un esmero casi profesional: traía accesorios en una riñonera, se había trabajado un acento sutil, como de otro barrio, y olía a radiador recién purgado, vestía un polo de empresa sucio y un pantalón que no terminaba de sujetársele bien, y se había tatuado con henna una libélula entre las tetillas, convencido realmente de que ese detalle le completaba el uniforme y le daba más verosimilitud al personaje, y tenía aspecto de técnico de calderas, sí, no había ningún motivo para pensar que no lo era, un técnico de calderas de verdad, sin duda alguna, con un convencimiento que no se cuestionaba y que seguía su trabajo con la pieza, metódico, concentrado, cuidadoso, y ya empezaba también a chequear la temperatura del sistema con su mano en mi vientre. Realmente él creía estar haciéndolo, ponía cara de estar haciéndolo, haciendo eso: chequear la temperatura del sistema en serio, apretar con cuidado la válvula en serio, y no regodeándose en esa ceremonia de tanteos que a él le gustaba alargar hasta el límite y a mí también, no prolongando el momento previo a que nos volviéramos irreconocibles del todo y nos dejásemos llevar los dos juntos en ese teatro que nos enajenaba, que solo ocurría cuando no éramos exactamente nosotros sino los otros, a los que enloquecía dar circunloquios alrededor del deseo para magnificarlo y ampliarlo. Y así me acariciaba sin tocarme, así frotaba mis bordes con una brocha de aire. Así me dejaba yo, porque me divertía y hasta me ilusionaba ver que cuando se metía en todo esto se le pasaba un poco la tristeza, porque el juego era ligero, inofensivo y tierno, y me excitaba su manera de creérselo y de moverse con propósito y de ser alguien seguro y que no duda.

Entonces fue en esa noche que apareció de pronto sobre mi cuerpo y me dijo que era el técnico de calderas y tenía la mano en la válvula y la otra en mi vientre, cuando le vi la raja del culo asomar por encima del cinturón y no me aguanté la risa. Cuando él se incorporó para besarme, en personaje todavía, yo exploté y no pude evitarlo: fue una carcajada de esas que el cuerpo expulsa solo, un espasmo, como las que te asaltan en los funerales o en mitad de un discurso solemne y son imposibles de guardar, y él se detuvo a medio gesto, con la boca aún cerca de la mía, sus labios apenas separados, como si hubiese olvidado qué venía después porque su compañera de escena se había salido de guion. Y yo seguí riéndome, primero con fuerza, como defendiéndome del silencio, pero poco a poco se me fue apagando el impulso, mi cuerpo entendió solito que ya no debía sostenerlo, hasta que me quedé con la boca apenas abierta y me di cuenta de que él no había movido ni un músculo: seguía allí muy cerca, todavía inclinado hacia mí, sin tensión y sin propósito, con la inmovilidad de quien ya no es personaje ni actor, y sí algo más frágil y expuesto que no sabe muy bien dónde está o qué papel le toca, ahora que el otro no dirá sus líneas. Fue en esa noche que él aún murmuró algo sobre si este era el piso correcto, el del aviso, y parpadeó otra vez, una sola vez, despacio, y en ese parpadeo, lo juro, parecía que todavía esperaba algo distinto, como si aún se pudiera seguir jugando y el aire no se hubiera enfriado de repente y yo pudiera decirle que sí, que efectivamente había habido un aviso, una fuga, un problema concreto con la presión, y que él había hecho bien en venir, que estábamos en el sitio correcto, en el tiempo correcto, que siguiese apretando esa válvula que ya no volvería a apretar.

El taller de escritura creativa de Clara Obligado nació en 1980 en Madrid. Desde entonces, ha acompañado el proceso creativo de personas interesadas en la literatura a todos los niveles. Para algunos ha sido un lugar en el que compartir y aprender literatura; para otros, una puerta hacia la publicación, hacia la escritura profesional, o simplemente un punto de encuentro en torno a los libros.

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