Ella sueña con el poder de las amapolas 

Foto: Pixabay.

Los Relatos de Agosto de ‘El Asombrario’ en colaboración con el Taller de Escritura de Clara Obligado se centran este verano en la ‘liternatura’, literatura de naturaleza. La entrega de hoy, la número 12 de la serie, tiene como protagonista a una mujer que sueña con un campo inmenso de amapolas. “Las amapolas parecen reconocerla, estaban esperándola. La envuelven en un abrazo. Le hacen cosquillas. Cierra los ojos. Las amapolas le susurran y le cuentan sus secretos, los de la naturaleza. Cómo se alimentan, cómo se conectan entre ellas, cómo viven y también cómo mueren”. 

POR PAULA SANTOS ORTIZ 

Sus músculos no responden. Le da instrucciones a su cuerpo, pero hay algo entre sus extremidades y el cerebro, un muro quizás, que impide la llegada de información.

La cocina se encuentra en semioscuridad, con las persianas recias y verdes bajadas para que no entre el calor sofocante de mediados de julio. Siente el suelo frío aliviándole las magulladuras. En la penumbra, no puede ver si ya tiene moratones o si es algo más grave.

No cree que haya sido como la última vez. O al menos eso espera, porque si es así, es un jaleo. No quiere tener que volver a urgencias y escuchar a Manolo repetir una y otra vez que era una exagerada, que cómo podía ser tan torpe. Y allí le hicieron miles de preguntas. Que cómo se había hecho esto, que era un golpe demasiado fuerte para una caída. Ella respondía como había hecho siempre, mirando fijamente a un punto de la pared. Así llevaba viviendo los últimos 40 años y no iba a cambiarlo ahora. De qué serviría.

Por fin, su cuerpo reacciona, el muro se cae. Se levanta, recoge los platos que se han caído. Manolo se ha quedado dormido en el salón viendo la novela. Después de la tormenta siempre llega la calma, piensa.

Un cafelito le vendrá bien para entonarse. Sigue los pasos de siempre cual autómata: agua hirviendo, café, fuego a medio gas, para que no se queme, que luego está asqueroso. Después, escoba, recoger los trozos grandes del suelo, cuidado con los pequeños, no te vayas a hacer sangre tú solita, que eres muy torpe. La comida que está por el suelo, con un papel de cocina, la aspiradora, para que no quede ninguna miga, la fregona, que hay manchas de comida en el suelo. Movimientos conocidos y simples para no pensar. El toque final, el trapo amarillo en su sitio, que le da a la cocina un espacio de orden y paz.

Entra al salón y el susto le hace saltar y derramar un poquito de su café recién hecho: Manolo dormido y con la boca abierta parece un hipopótamo.

Aprovecha para cambiar de canal sin que se entere. Esa novela no le gusta. Demasiadas fantasías. Demasiadas vidas que no son reales.

La 5, con sus programas de cotilleo. Los de la Sexta, con el análisis político. Los de La 2, con sus documentales de siempre …

Antes de cambiar, algo le hace detenerse.

“Bienvenidos a los misterios de las amapolas”, relata el locutor, con voz grave.

Se queda embobada viendo la sucesión de las imágenes. Una llanura extensa y verde clarita salpicada de puntitos rojos se mueve al ritmo del viento, bailando. Las flores rojas, de tallo alto, sobresalen entre la maleza, asomándose.

Tiene la sensación de que el locutor le va a contar algo esencial. Casi un secreto.

Flores silvestres que crecen en campos abiertos, en caminos. Flores libres, que no pueden ser arrancadas, porque mueren”, como ella, piensa con sarcasmo.

Su broma interna le hace sonreír. Se zambulle más en la butaca y en el documental.

Flores con una clara vinculación con la mitología. 

Perséfone recogía amapolas en un campo cuando Hades la raptó para llevarla al inframundo y convertirla en su esposa. Las amapolas brotaron de las lágrimas de Deméter, la madre de Perséfone, mientras buscaba a su hija”. Lágrimas que son sangre de tanto dolor, piensa. Siente un pinchazo en la boca del estómago y agarra fuerte la taza.

Flores conocidas ya en la antigüedad, utilizadas para obtener opio, panacea en las civilizaciones antiguas, ya que servía como un potente analgésico y sedante antes del desarrollo de la medicina sintética moderna.

_No es de extrañar, entonces que las amapolas surjan en el lugar de los sueños. 

–Y de qué sirve la vida, si no es para soñar.

Pantalla negra.

Los títulos del documental indican que ha acabado, pero ella sigue congelada. Las puntas de los dedos están rojas de agarrar fuerte la taza, pero ella no las siente.

Están esperándola. Tiene la piel de gallina. No recordaba que su cuerpo pudiera hacer eso.

Se levanta de la butaca. Se pone las sandalias, agarra el bolso y abre la puerta. Antes de cerrar, mira al hipopótamo en su butaca y desea que se atragante con su propia saliva.

Cierra de un portazo. No coge las llaves, no las necesita.

Aunque las piernas y los moratones no le dejan ir rápido, ella ya no las siente.

Dos vueltas a la manzana, un cruce de calle y allí están.

San Blas está llena de sitios como ese. Descampados llenos de tierra y escombros donde, por arte de magia, o más bien porque la naturaleza es caprichosa, crecen espacios de hierba.

Este es diferente, porque de entre la maleza, puntitos rojos asoman por encima.

Se acerca despacio. Mueve los dedos de las manos, pareciera que hubiera encontrado un tesoro. Pero esta vez, sólo el suyo.

Las amapolas se agitan de un lado a otro, saludándola. Por fin, alguien se alegra de verla.

Sin pisarlas, se acerca para olerlas, agachándose cada vez más, hasta que se tumba con ellas.

Las amapolas parecen reconocerla, estaban esperándola. La envuelven en un abrazo. Le hacen cosquillas.

Le acarician los pies, los brazos, la espalda y la cara. Le envuelven sus moratones y magulladuras. Los antiguos y los nuevos, besándola.

Cierra los ojos. Las amapolas le susurran y le cuentan sus secretos, los de la naturaleza. Cómo se alimentan, cómo se conectan entre ellas, cómo viven y también cómo mueren.

Pero también siente que las amapolas la conocen mejor que nadie. Las amapolas le transmiten amor y visten el campo con sus sentimientos.

Y entonces, Mari Carmen, sueña.

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