El callejón sin salida de Marga ante la emergencia climática
Vecinos de Sanlúcar de Barrameda a la fresca frente a sus casas. Foto: M. Cuéllar.
Esta es la historia de Marga y de las empresas que prometen eliminar la huella de carbono. Marga no sabe si lo hacen por conciencia verdaderamente ecológica o para vender más. Pero quizá tampoco necesite saberlo. Lo que sí le importa es el efecto que producen esos mensajes. Ya que no solo le ofrecen información, sino que le proponen una forma de identificarse con aquello a lo que aspira ser. Estas historias no son inocentes. Moldean las circunstancias bajo las que aprendemos en qué consiste esto del cambio climático y como interpretar las acciones de empresas, gobiernos e individuos. Pero ¿de qué le sirve a Marga saber que la temperatura global ha aumentado 1,2 grados desde la era preindustrial? ¿De qué le sirve saber que el cambio climático se mide en emisiones de CO2? Esta es la historia de mucha gente, la encrucijada sin opciones, en que se encuentran. La ciencia del clima es indispensable para comprender la magnitud del problema, pero ha de ser complementada por los estudios de las desigualdades territoriales, la pobreza energética o las experiencias de quienes afrontan la crisis desde posiciones de vulnerabilidad. Si en el centro del problema ponemos a Marga, la pregunta es: ¿Estamos diseñando un futuro en el que Marga pueda vivir con dignidad?
Por CAROLINA BELENGUER
Los anuncios construyen mensajes que parten de hechos indiscutibles, ya sea el aumento de las temperaturas o las emisiones de dióxido de carbono, para señalar las causas, las consecuencias y también las posibles soluciones. Los personajes que aparecen representan distintos papeles dentro de este relato: las personas responsables, las que sufren los efectos de la contaminación y aquellas que pueden hacer algo para solucionarlo.
Estas historias no son inocentes. Moldean las circunstancias bajo las que aprendemos en qué consiste esto del cambio climático y como interpretar las acciones de empresas, gobiernos e individuos. Además, de mostrar las vías razonables por las que se supone que debemos encontrar las soluciones para resolverlo. La narrativa principal lleva años siendo la misma y está clara: el cambio climático es un problema estrictamente científico-tecnológico y de gestión de recursos. Un problema de datos. Un problema de emisiones y eficiencia.
Pero ¿y si esta manera de narrar el cambio climático fuese parte del problema?
Para entender el problema del cambio climático más allá de los gráficos y las toneladas de CO2 es necesario explorar otras perspectivas e incluir otras voces; crear otras historias que integren y conecten las experiencias de la vida cotidiana con los avances científicos.
Pongámonos en los zapatos de Marga.
Marga trabaja como auxiliar administrativa en un hospital de una ciudad mediana. Cada día necesita coger un tren de cercanías y un autobús para llegar a su puesto de trabajo porque no puede pagar una vivienda más cerca. Tiene una hija en la universidad y un hijo que comenzará una ingeniería el próximo año gracias a las becas. Eso significa más gastos de transporte y más comidas fuera de casa. Su hija sueña con hacer un año de Erasmus, lo que supondrá nuevos desembolsos con los mismos ingresos. Los gastos fijos e imprescindibles no le permiten modernizar los electrodomésticos, así que consume más energía de la que puede permitirse. Poner el aire acondicionado o la calefacción se reserva solo para ocasiones especiales. En los días de calor o frío insoportables se van al centro comercial a refugiarse. Es el único lugar gratuito y con temperatura regulada al que tienen acceso, pero está lleno de recordatorios de su pobreza. La sensación de impotencia se apodera de ella. Es una mezcla del miedo a quedar atrapada en el apocalipsis climático, la tristeza de dejar un mundo enfermo y también la frustración de ver que los gobiernos son incapaces de tomar medidas efectivas. Es como si estuviera atrapada en una rueda que gira y gira sin parar y cuya dirección no puede cambiar.
¿De qué le sirve a Marga saber que la temperatura global ha aumentado 1,2 grados desde la era preindustrial? ¿De qué le sirve saber que el cambio climático se mide en emisiones de CO2? ¿Dónde se encuentra Marga en esa historia?
Después de un día de trabajo, de casi tres horas de trayecto, de resolver los imprevistos, de gestionar el presupuesto, de pensar en cómo resolver las necesidades de su familia y en cómo comprar una lavadora nueva, ¿Marga es parte del problema o parte de la solución?
Cuando el cambio climático se describe principalmente mediante emisiones, megavatios, sumideros de carbono o modelos climáticos, ocurre que ese lenguaje se convierte en el dominante y esa visión en la única legítima. Pero resulta que en ese lenguaje Marga no tiene voz. En la hoja de ruta climática no aparece la imposibilidad de cambiar la lavadora, la dependencia de un transporte público deficiente o la impotencia de quien querría reducir su impacto ambiental pero no puede elegir otra cosa.
Esta representación de la crisis produce un efecto anestesiante que logra desactivar la indignación.
En primer lugar, transforma la crisis ecosocial en un frío problema de eficiencia “ingenieril” que requiere la presencia de super-expertos/as, en lugar de plantear los cambios necesarios en nuestros modos de vivir y relacionarnos con la naturaleza. Marga necesita un piso en un barrio desde el que pueda ir andando al trabajo, un edificio que no acumule calor y un refugio climático que no dependa de consumir. Estas cuestiones requieren políticas públicas, planificación urbana y redistribución de recursos en aras de conseguir mayor igualdad y justicia. Sustituir las decisiones colectivas por la innovación tecnológica socava la solidaridad social.
En segundo lugar, si sólo se miden las emisiones en toneladas de carbono, cualquier descenso podría considerarse un éxito, aunque los costes se invisibilicen para ciertas personas y no aparezcan en ningún indicador. La extracción de cobre para hacer más eficientes los electrodomésticos, esos que Marga no puede permitirse comprar, pero que aparecen en los escaparates como símbolos de un futuro sostenible, incrementa hasta un 56% el riesgo de parto prematuro antes de las 28 semanas y hasta un 366% la malformación en el sistema circulatorio de los y las recién nacidos/as, en mujeres que viven cerca de esas explotaciones mineras. Mientras el contador de emisiones baja, ellas y sus bebés pagan la cuenta. Estas mujeres como otros colectivos son considerados prescindibles por el sistema neoliberal. O simplemente obstáculos para conseguir más dinero y más poder.
En tercer lugar, poner la atención en las emisiones distrae de preguntar por las verdaderas causas del problema. El modelo que ha producido la crisis climática se sostiene sobre una idea cuestionable: el progreso exige crecimiento infinito (ganar más, producir más, tener más), en un planeta con recursos naturales finitos. Marga repara, recicla y reúsa antes de tirar nada porque no le queda otra opción. Marga usa el transporte público, aunque le cueste el doble de tiempo. Marga compra lo que puede y no lo que desearía. Marga siente que el sistema la considera una fracasada. Sin embargo, su forma de vida genera una fracción de las emisiones de aquellos/as que tienen éxito.
¿Es Marga el problema o el problema es a lo que llamamos éxito?
Marga no necesita más datos. Los datos no le pagan las facturas ni le refrescan en verano. Lo que necesita es que la historia que se cuenta reconozca que su situación no es un efecto secundario ni indirecto del cambio climático. Más bien es la expresión concreta y cotidiana de una emergencia social. Necesita soluciones, no como alivios puntuales, sino como garantías de estabilidad. Acciones que promuevan la seguridad para poder vivir una vida digna y la protección para hacer frente a los daños que la ciencia pronostica.
Despolitizar la crisis, silenciar su dimensión ética y ocultar la raíz del problema invisibiliza a todas las personas que ya la están sufriendo además de culpabilizarlas. Carga a todas ellas con una mochila de responsabilidad que ni han elegido ni pueden soltar.
Cuando se pone el foco en los hábitos y decisiones individuales se dejan en la penumbra otras cuestiones: ¿Por qué el transporte público es escaso y caro en las periferias? ¿Por qué hay barrios que cuentan con peores infraestructuras? ¿Por qué la vivienda energéticamente eficiente es un lujo? ¿Por qué las zonas en las que vive la gente con menos recursos económicos son también las que alcanzan las temperaturas más altas?
Las respuestas a estas preguntas rara vez apuntan a personas concretas. En cambio, señalan directamente a las estructuras económicas, las decisiones políticas, las prioridades presupuestarias y las relaciones de poder que condicionan las opciones disponibles para millones de personas.
Desde esta perspectiva, el cambio climático deja de ser únicamente un problema ambiental y aparece también como un problema de justicia social. ¿quién tiene interés en que la crisis climática se interprete principalmente como un problema de consumo individual y no como una cuestión relacionada con la redistribución de recursos, infraestructuras o poder?
Cuando los problemas se definen de manera incompleta, lo más fácil es que la responsabilidad se desplace hacia quienes tienen menos capacidad para resolverlo. Así muchas personas terminan siendo castigadas por no resolver lo que nunca estuvo en su mano resolver.
La ciudadanía atrapada en la rueda de la precariedad no destruye el planeta por insolidaridad o indiferencia; simplemente sobrevive dentro de un sistema malvado que hace más fácil y cómodas las opciones ecológicamente más dañinas. Mientras tanto, muchas políticas públicas continúan favoreciendo actividades intensivas en combustibles fósiles o retrasando inversiones que mejorarían simultáneamente la calidad de vida y la sostenibilidad.
Por eso resulta necesario examinar críticamente algunas soluciones climáticas para que no acaben castigando a los eslabones más débiles de la cadena. Por ejemplo, la rehabilitación energética de las viviendas, medida necesaria, en la práctica beneficia a quienes ya tienen un patrimonio que rehabilitar. Las reformas reducen las facturas, mejoran el confort y aumentan el valor de la propiedad. Lo que contribuye a encarecer aún más el acceso a la vivienda sostenible. Al ritmo irrefrenable que va el mercado inmobiliario Marga jamás podrá adquirir un hogar. Una política climática que reduce emisiones pero genera exclusión social corre el riesgo de debilitar su propia legitimidad.
Para proteger nuestro entorno, no necesitamos convertirnos en contables de nuestra huella de carbono individual. Necesitamos rediseñar las reglas del juego colectivo para que proteger la vida en la Tierra sea, por primera vez, la opción más fácil, justa y accesible para todas y todos.
En lugar de calcular cuánta energía limpia podemos producir para sostener un consumo desbocado que no se cuestiona, las políticas públicas del futuro deberían proponer alternativas que indagaran sobre las condiciones mínimas que necesitamos para vivir con dignidad y con el menor daño posible para el entorno que compartimos.
Ahora que conocemos a Marga, ahora que le ponemos cara, lugar y tiempo al cambio climático, podemos volver al punto de partida.
Las campañas publicitarias y las promesas que hacen las empresas son solo una manera de ver el problema. Independientemente de si la empresa actúa de buena fe, el anuncio produce exactamente el mismo resultado que si actúa de mala fe. En los dos casos, Marga recibe el mismo mensaje, que el problema del clima se resuelve eligiendo mejor, comprando diferente y calculando la propia huella. En ambos casos, esa historia deja fuera a Marga, porque sus dificultades no tienen que ver con la falta de conciencia ecológica. Tienen que ver con los límites materiales dentro de los cuales organiza su vida cotidiana. Marga no tiene un margen de elección.
Preguntarse si las empresas son sinceras o hipócritas es exactamente el tipo de debate que el relato dominante necesita para sobrevivir. Mientras discutimos la autenticidad de sus promesas, el foco sigue en ellas y en nosotros como consumidores, y no en las decisiones políticas que determinan que Marga viva a hora y media de su trabajo, que su edificio acumule calor en agosto o que la única opción de refugio climático a su alcance sea un centro comercial.
Lo decisivo no es solo la intención con la que se construye un relato, sino los efectos que produce sobre personas concretas. Una empresa que de buena fe reduce emisiones, pero no pregunta quién paga los costes invisibles de esa reducción está construyendo, sin quererlo, una historia incompleta. Para completarla están los trabajos de quienes llevan años nombrando lo que los indicadores no miden: la ciencia que investiga los efectos de la minería en los cuerpos de las mujeres, los/as urbanistas que documentan las desigualdades de las temperaturas en los barrios ricos y pobres o las personas mayores que hablan sobre como sobrevivir a una ola de calor.
La ciencia del clima es indispensable para comprender la magnitud del problema, pero ha de ser complementada por los estudios de las desigualdades territoriales, la pobreza energética o las experiencias de quienes afrontan la crisis desde posiciones de vulnerabilidad.
Si en el centro del problema ponemos a Marga, la pregunta es: ¿Estamos diseñando un futuro en el que Marga pueda vivir con dignidad?
Cambiar un problema comienza por formular preguntas diferentes. Si en lugar de preguntarnos cómo reducir las emisiones dentro del sistema que las produce, nos preguntamos qué tipo de vida queremos y a costa de qué, las respuestas no vendrán solo de quienes saben medir el CO2. Tendrán que incluir también a quienes saben lo que cuesta llegar a fin de mes, criar una familia y sobrevivir a un verano que cada año empieza antes y es más caliente.
En esta historia, por fin, Marga podrá participar y tener palabra propia.
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Nota: Este artículo aplica el marco analítico ‘What’s the Problem Represented to Be’ (WPR) de Carol Bacchi, desarrollado en su obra ‘Analysing Policy: What’s the Problem Represented to Be?’ (2009). El enfoque invita a examinar los supuestos implícitos en las definiciones de problemas públicos y sus efectos sobre distintos grupos sociales. El perfil de Marga es un personaje ficticio pero representativo de situaciones documentadas en estudios sobre pobreza energética y vulnerabilidad climática en España y Europa.



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