Encerrados en guarderías/cárceles de mayores

Encerrados en guarderías/cárceles de mayores

Foto: Pixabay.

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“Encerrado en un centro de atención residencial, el incorrecto señor Busken se revela al orden establecido en el lugar al que ha quedado reducido su universo”. “A medio camino entre la cárcel y la guardería, los residentes buscan refugio en algún lugar de su memoria”. “Siguiendo este flujo de conciencia, el autor, Jeroen Browers (Yakarta, 1940–Maastricht, mayo 2022, considerado uno de los autores más importantes de la literatura holandesa) construye su propio canto del cisne en un monólogo que nos enfrenta a la propia degeneración de la mente del protagonista”. ‘Cliente E. Busken’ (editorial De Conatus) aborda la vejez y las residencias de mayores; un libro duro, pero necesario, un aldabonazo más para abrir el debate, injustificadamente aplazado e invisibilizado, sobre la sociedad de los cuidados y el giro que ha de darse al tratamiento a los mayores. ‘El Asombrario’ publica aquí parte de las primeras páginas del libro.

“(…) Ya hemos llegado, aquí puede fumarse tranquilamente sus palitos de nicotina, me dice la enfermera Morton a voces. Lo mismo podría haber dicho palitos cancerígenos, pero aquí no se habla de cáncer. Palabra prohibida. Levanta los ojos hacia el cielo, que apenas se adivina por entre los árboles. Las copas de los abetos se mueven en todas direcciones, arrastradas por un viento que lleva días soplando, con tanta violencia y acompañado de una lluvia tan persistente que ayer no nos dejaron salir. Hoy no lloverá, pontifica la enfermera Morton. Han anunciado sol. Y lo bueno es que aquí abajo no corre el aire. ¿Está echado el freno de la silla? Es ella quien se encarga de controlarlo. Ya está –esa voz de armas tomar–, bloqueado. Pues sí. También yo estoy bloqueado. Más incluso que las ruedas de la silla que ella acaba de fijar tocando en algún punto situado a mis espaldas, fuera de mi alcance. Las ruedas vuelven a girar nada más desbloquearlas, pero yo no, yo ya no puedo, qué le vamos a hacer. Únicamente puedo permanecer sentado o tumbado. Y observar. Pensar. Cavilar. Rumiar. Querer decir no se sabe muy bien qué. Ver colores que no hay, o que, según parece, los otros no ven. La enfermera Morton me ha inmovilizado en la silla de ruedas con ayuda de un cinturón cuya hebilla de metal descansa sobre mi ombligo sin que yo pueda abrirla. Mi rabia y mis protestas son aplastadas a base de inyecciones y pastillas. Solo consigo mover las manos y los antebrazos. Como no paraba de dar golpes con los pies y con las piernas, también me los ataron a la silla. ¿Tiene sus pitillos? ¿El encendedor? Señor Busken,

ya sabe que el silbato está en el bolsillo izquierdo de su camisa. Si le entran ganas de ir al baño, avise, no vayamos a tenerla otra vez. Me da a mí que no se da cuenta de que habla a gritos. Es bella, me recuerda a alguien, a un personaje de un cuadro, pero no soporto sus decibelios. Me mira. ¿Señor Busken? Me puede oír, ¿verdad? ¿Señor Busken? ¿Por qué no contesta? En ese preciso instante me toca la cabeza, a la altura de la sien, con su blanca mano en un puño, un toquecito junto al oído, suave, aunque lo justo para que yo lo note, un toquecito iluminador. Y así es como de pronto me acuerdo de mi madre. La enfermera Morton regresa al edificio, institución, residencia, guardería de rehenes, Hogar Madeleine para ancianos chiflados que se orinan en el pañal y toda esa parafernalia. Con su trasero de plástico dibujándose en el pantalón ceñido, como envasado al vacío. Sobre esos zuecos que hacen que ni a ella ni a sus congéneres se les oiga llegar. Aparecen inesperadamente como espectros, sin hacer ruido, imperceptibles, para espanto de los demás. Erguida o, mejor dicho, con el torso un tanto combado hacia atrás, mueve los blancos brazos de marfil de arriba abajo, con ímpetu, embutida en el uniforme unisex del personal del asilo. Verla me sacia de belleza, poder contemplarla me consuela, pero no logro comprender cómo de esa boca tan dulce y de ese cuello de cisne tan esbelto puede salir una voz cuya potencia y sonido se asemejan a los de un cuerno de carnero. ¿Qué años tendrá? ¿Veintimuchos? Quizá veintipocos, en todo caso no más de treinta y cinco. ¿Estará saliendo con alguien? Algo se le ha quedado pegado en el pelo, en ese pelo de color rubio oscuro y corte masculino, es algo que sube y baja al ritmo de sus pasos enérgicos, la hoja de un arbusto o de un árbol, o una flor, una triza de papel, algo que revolotea. Lleva muy pocos días aquí. No recuerdo ni cuánto tiempo llevo yo. Me llamo Moniek, bramó el primer día, a las siete de la mañana, sacándome del sueño, de pie junto a mi cama. ¿Y usted? Mientras revolvía unos folios sujetos con una pinza a un tablero que sostenía con el antebrazo me preguntó: Señor Busken, ¿verdad? ¿Es usted el señor Busken? Al principio creí que era un joven apuesto, por la voz y por el pelo tan corto y tan pegado al cráneo. También porque el níveo uniforme de carcelero no desambigua el género: aquí el varón que no se llama Moniek viste igual que la mujer que porta ese nombre. Cuando volví a abrir los ojos y pude verla de verdad, aparté la mirada de inmediato, dirigiéndola a la ventana sellada, sobresaltado, como a veces me sucede con Bach u otra experiencia artística; me resultaba de una belleza tan deslumbrante, conmovedora y sofocante que se me nubló la vista, y sentí que me desvanecía por momentos. Moniek, pues. El personal, dividido en enfermeros y cuidadores, se presenta con su nombre de pila y consiente que se le llame por él. Hoy por hoy, dirigirse a ellos como enfermero o enfermera se considera fuera de lugar. Soy Ellie, se apresuran a sugerir. O: mejor llámeme Suzan. O directamente usan un mote cariñoso. Del mismo modo, a la variante masculina ya no se le llama hermanos como en la Edad Media, al fin y al cabo, el pasado pasado está, así que en confianza se les llama Wim, Karel, Antoon o Sjoerd, todos ellos contratados en calidad de persona-experta-cuidadora-y-supervisora. Persona tal y persona cual, en aras de la neutralidad de género. Ahora bien, el gran jefe de esta empresa liberticida, el Director médico, como se puede leer en la puerta de su despacho, Richard, para los amigos, pronunciado a la francesa con acento en la a, Rishár, no viste el uniforme unisex del asilo, sino ropa de calle, como los demás ejecutivos, que ellos sí exhiben su masculinidad. Con el resto de los empleados lo mejor es guiarse por el nombre de pila para saber qué característica sexual se esconde en el pantalón o donde sea. Por ejemplo, la bruja de psiquiatría con aspecto de soldado se llama Carola. Eso dice el cartel de plástico con que recibe a los visitantes en su escritorio con laptop. Si bien a juicio de algunas personas expertas en asuntos divinos habría que referirse en términos asexuados a la escisión de Dios conocida como Jesucristo, denominándola persona mesiánica y no Mesías, la identidad de género de la susodicha Carola no deja lugar a dudas, dado que se trata de una persona experta en psiquiatría dotada con un par de pechos voluptuosos y expeditivos como las balas de cañón en la toma de Brielle por los españoles. Moniek, por su lado, luce unas ondulaciones tímidas, apenas perceptibles, como pendientes de floración, fuente de incertidumbre si no fuera porque se llama Moniek. Moniek Morton, así reza la tarjeta identificativa prendida en su atuendo. ¿No contesta, señor Busken? ¿Me ha oído? ¿Señor Busken? ¿No se ha despertado todavía o es que es usted sordomudo? A los moradores del Hogar Madeleine se les habla de usted y se les llama señor o señora en un afán por guardar las formas. Según dice Richard-Rishár, no se trata de pacientes, sino de huéspedes alojados en un hotel, o de invitados instalados en casa de amigos. Aquí se evita celosamente hablar de pacientes. En la jerga profesional, el paciente pasa a ser «cliente», cliente de un proveedor de asistencia médica, como puede serlo de un restaurante o de un supermercado. Eso hacen setenta euros al día, señor, sin incluir la colada. A mí todo esto me produce tal repulsión que en el momento menos pensado podría acabar en vómito. Huir es imposible. Aquella mañana en la que yo no me atreví a contemplar a Moniek desde la cama ella me preguntó: ¿Se apaña usted solo para ir al baño, para ducharse, para lavarse los dientes y para vestirse, o quiere que le ayude? Me dio tanta vergüenza hacer gala de mi ruinosa condición que le indiqué con un gesto de la mano que ya me las arreglaba yo, aun teniendo que resignarme a lo contrario y sin dejar de despotricar para mis adentros, así que mantuve el tipo, aprovechando su desconocimiento de la situación. Muy bien, pues salgo un momento y ahora vengo a buscarle. ¿Cómo es posible que exista una ninfa con una voz semejante? Ante mi silencio, otras personas cuidadoras me sacan de la cama sin preguntar ni decir palabra, retiran el sudario y me colocan bajo la ducha, yo desnudo, ellas vestidas, claro. Me ducho o bien de pie agarrado a los asideros o bien sentado en la silla con inodoro. Ellas me secan con la toalla mientras yo me apoyo en el lavabo mirando al espejo en el que no quiero verme, y que, en cualquier caso, acaba igual de empañado que yo. Me lavo los dientes, los que me quedan; lo hago como puedo, con la mano temblando, tanto que el cepillo se mueve sin rumbo por mi boca y termina por metérseme en la nariz. El cepillo es de color naranja. Siempre me lío con el tapón de la pasta de dientes. Hará tres mañanas, o dos, o quizá fuera ayer, u hoy mismo, ya no distingo el color de los días, que, no estando Moniek ni ninguna otra persona supervisora, me salté la ducha, y los dientes y, para disimular, me eché un poco de agua en el pelo y mojé la toalla, y la dejé tirada en el suelo, a mis pies, junto al lavabo. Me propuse dejar el tapón de la pasta de dientes en la pila o donde fuera, como todos los días. De recoger toallas y tapones ya se ocupa el personal. No conseguí hacer mi pis matutino, de obligado cumplimiento, ni una sola gota. El afeitado eléctrico del labio superior y de las mejillas de los varones alojados corre a cargo de la persona cuidadora de turno, que trae la maquinilla ronroneante y, por momentos, francamente estruendosa, y vuelve a llevársela tras cada uso. Las habitaciones carecen de enchufe. Pues bien, la bella Moniek, recién llegada, sin conocer aún los entresijos de este internado, no pasó a afeitarme, y tardó en aparecer. Así que empecé a vestirme. Ya tenía los calcetines puestos, me puse de pie, y mientras luchaba con otra prenda, sujetándome en el ropero, me caí, por enésima vez, cuando antes de llegar aquí no me había caído nunca. Por suerte, aterricé en la cama, mareado, jadeante, sin levantar los pies del linóleo estampado con círculos que giraban ante mis ojos unos alrededor de otros a mayor o menor velocidad. De pronto se encontraba a mi lado la persona cuidadora y enfermera llamada Moniek, a la que no había oído entrar. Será mejor que le ayude, señor Busken. Ya no llevaba el tablero con los folios. Mirándome primero a mí, sin verme, y desviando luego la mirada hacia la cama, añadió con ese atronador son de trombón que caló hondo en mi silencio: vaya, se ha quitado el pañal. Hay que ver, señor Busken, mire esa cama. Retira la sábana bajera y la deja toda arrugada encima del protector de plástico color hígado. Con el pañal empapado de mi orina y otros residuos colgando como un saco de su brazo extendido, lejos del cuerpo, se dirige al baño. ¡Zas! La tapa del cubo de basura. ¿Se puede saber por qué no ha llamado, señor Busken? Acuérdese de pulsar el timbre ante cualquier urgencia. Para eso está. Hay que ver, señor Busken. ¿Y la ducha? Espero que al menos se haya lavado bien. Por delante y por detrás, ¿verdad? Yo me olvido hasta de tragar ante tanta belleza, realmente no es de este mundo. Pero qué voz. Es un dolor, me machaca la espalda a martillazos, hasta cortarme el aliento. La mato. Con un cuchillo. De pura adoración y amor le acribillo el rostro a cuchilladas. Calzoncillo y pañal nuevo, sujeto con velcro. Haga el favor de ponerse de pie. Venga, agárrese a mí. Imposible, me lo impide el recato. Pero, señor Busken, si se estaba poniendo el pantalón al revés. Ella va arropando mi cuerpo, firme, resolutiva, ni mano dura ni mano blanda, tratándome como a un niño anciano, que si la ropita, que si los zapatitos. Tengo que apuñalarla porque siento vergüenza. No puedo consentir que se asome a mis abismos, a mis miserias y a mis nebulosas, aunque de la cabeza estoy muy bien. Lo haré con el cuchillo. O la transformo en una piedra, o en un tocón o en un lago de silencio. Veo que le cuesta caminar, señor Busken. ¿Por qué no apoya los pies con normalidad? ¿Y esos temblores? ¿Y esos jadeos? Y yo detrás de mi andador, apretando un poco los frenos de mano, porque este trasto avanza tan deprisa que soy incapaz de seguirle el ritmo. Lo describo todo en mis cartas. La diosa, flotando a mi vera, su mano en mi codo, cómo me irrita, no preciso ayuda ni asistencia ni nada por el estilo, me manejo muy bien solo, pero por otro lado me resulta gratamente enternecedora, y hasta halagüeña, esa solicitud que airea a bombo y platillo un amor a primera vista. Al entrar renqueante en la zona común, la mal llamada «sala de convivencia», donde el televisor está encendido en todo momento a un volumen que roza el murmullo, mientras miro de reojo la pantalla en la que alguien está cortando verduras pertrechado con un cuchillo de los míos, la oigo cacarear: mire, ahí tiene sus rebanaditas y su lechecita. No tiene ni idea de quién soy yo realmente ni de cómo de devaluado, humillado e insultado me hacen sentir aquí todos, ella incluida. Las sempiternas rebanadas de pan, una integral con queso, y otra con cualquier argamasa de sabor dulce, ya sea pasta de cacao o similar, además de un biscote con mermelada o muy amarilla o muy roja, todo cortado en bocaditos fácilmente masticables y acompañado de una caja de leche individual con pajita de plástico articulada. A veces, depende del día, los temblores son tan terribles y tan difíciles de controlar que mi mano, armada con alguno de esos bocaditos de pan o biscote, es incapaz de encontrar el camino a mi boca y acaba al lado o debajo de ella, si no en plena nariz. Sor Moniek, después de guiar mi muñeca durante un buen rato, termina por alimentarme como a un pájaro. Con esa voz de madera contra madera. Un bocadito por papá. Nunca llegué a conocerlo. Un bocadito con queso por mamá. No la soportaba y ella no me soportaba a mí, pero la cuidé hasta que murió, lo sé todo sobre pañales meados y cagados. Un bocadito por la señora Kalckbrander. Sentada en su silla de siempre frente a mi silla de siempre, la señora me sonríe a mí y a sus manos. La pobre está enmarañada como un ovillo. Cada vez que yo abro la boca para comer, Moniek abre la suya de par en par, inhalando el aire que a mí me falta. Me falta el aire desde que aquí me han privado de la libertad. La pajita entre mis labios, los labios fruncidos de ella, las mejillas simulando aspirar, su empeño en enseñarme a sorber. Después del desayuno da comienzo la mirada perdida colectiva. En la tele no salen más que cocineros. O animales. O patochadas. De la mañana a la noche. Me sientan en esta silla de ruedas porque me cuesta caminar y mantenerme en pie sin riesgo de caídas, cuando antes nunca me caía, y me inmovilizan el torso, los brazos y las piernas porque tiendo a resistirme a puñetazos y patadas, y también porque sin esta fijación en tres o incluso cuatro puntos me echaría a mí mismo de la silla a sacudidas, pues desde que estoy aquí mi cuerpo se pone en movimiento contra mi voluntad como una maquinaria inútil”.

Traducción de Goedele De Sterck.


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Comentarios

  • Nora Rincón Gil

    Por Nora Rincón Gil, el 13 noviembre 2022

    ¡Excelente relato! Muchas gracias

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