“Es agosto y no, no voy a volver”

“Es agosto y no, no voy a volver”

Foto: Pixabay.

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Sabe que se ha jugado el puesto. Que se olvide de que le llamen más a menudo y de que algún día le hagan fija e incluso encargada. Pero no, no está dispuesta a dar marcha atrás. Es agosto y quiere disfrutar de un poco de aire fresco sobre la piel mojada. Es otro relato de El viaje de las heroínas, nuestra serie de este verano en colaboración con el Taller de Escritura de Clara Obligado.

 POR ANA CRESPO ROCA

Amelia está acostumbrada a las miradas. Algunas recorren con admiración las flores de tinta que se enredan en su brazo izquierdo, otras huelen como el asfalto recalentado de Madrid esa tarde de agosto y dejan una película pegajosa sobre la piel, como la que le dirige su jefe en aquel momento. Solo tiene que aguantar un poco más, casi ha terminado.

—Javi está enfermo, te quedas el turno de la cena —sentencia él.

Se le revuelve el estómago. Imposible.

—No, no puedo… he quedado con una amiga —balbucea.

—Si no te quedas, no te molestes en venir mañana.

Ella se detiene y coge aire como recomendaban en esos vídeos de YouTube sobre gestionar el estrés. Lo suelta tan lentamente como puede. Inhala. Jimena, la favorita, anota con rapidez el pedido de unos clientes. Exhala. En la entrevista Jimena le dijo que ella empezó igual y ha terminado de encargada; si lo hacía bien, le llamarían otros veranos, algunos domingos, y puede que al final le hicieran fija como a ella. Inhala. Algo le crece por dentro y le sale de golpe por la boca.

—Vale.

Él abre los ojos, tan sorprendido como ella, que tira la bayeta sobre una de las mesas y se da la vuelta. No se gira cuando le llama. Se siente ligera mientras esquiva la gente y las mesas de la calle Argumosa, sonríe al imaginarse la cara que pondrá Jimena al enterarse, la reacción de Carol cuando se lo cuente; está harta de escuchar sus quejas sobre el bar.

La temperatura y el cansancio le bajan el ánimo, que termina de hundirse con la pendiente del final de la calle. Cuando se acerca a Atocha, sudada y otra vez sin aire, se pregunta cómo ha sido tan tonta, cómo va a hacer para encontrar otro trabajo a esas alturas del verano, cómo se lo va a explicar a su madre. Puede verla apretando los labios para contener la mueca de decepción. Siente el impulso de entrar, subirse a cualquier tren y marcharse, pero sigue avanzando por la calle que bordea la estación. Podría disculparse. Explicarle a Jimena que fue un arrebato y pedirle que interceda por ella, mentirle en voz baja: su perro está enfermo, la ha dejado el novio. Lo descarta, los cuentos no se le dan bien y su compañera siempre pide detalles. Por los carriles sin fin no circulan apenas coches. Parece que las suelas se le pegan al suelo, que huele a polvo y a orina recalentada. Se pasa los dedos por encima del labio para limpiarse el sudor. Una señora mayor que arrastra un carro pasa por su lado. Se observan y se hacen una inclinación con la cabeza al reconocerse como iguales en ese purgatorio de verano. No. No va a volver, de ninguna manera.

Por fin llega ante las grandes puertas de metal oscuro que guardan la urbanización. Aunque parecen infranqueables y pesadas, es fácil entrar: conoce la contraseña, unos números que se marcan en el teclado de la pared. El portero sustituto, un cancerbero joven pero hastiado como si llevara siglos allí, la mira sin verla desde la garita. Atraviesa el patio hasta llegar al jardín. El seto, recortado con líneas rectas a juego con el edificio, es tan perfecto que cuesta creer que las plantas respiran. Carol está sentada en una silla de plástico blanco junto a la piscina, encorvada sobre su móvil. Se yergue un poco, levanta la mirada y la saluda con apatía. Parece menuda debajo de la camiseta enorme de socorrista.

—Hoy tampoco ha venido nadie. Creo que están todos en las casas de la playa, de la sierra o vete a saber.

Miran el fondo azul turquesa, el agua tranquila y limpia de la piscina rectangular, rodeada de una moqueta de césped corto y punzante.

—¿Y para qué quieren esto? —pregunta Amelia. Su amiga se encoge de hombros.

—Ha acabado mi turno, ¿nos bañamos?

—¿En serio?

—¿Qué van a hacer?, ¿echarme? —sonríe Carol, mientras se quita la camiseta y el pantalón. Se tira de cabeza y atraviesa la mitad de la piscina como una sirena. Su cabeza sonriente emerge con el pelo empapado sobre la cara para llamarla. Amelia no trae bikini, pero puesta a hacer cosas inusuales, por qué no meterse en el agua en ropa interior. Se zambulle de golpe y se deja empujar a la superficie, sintiéndose otra vez ligera.

—Ya tocaba regar esas flores del brazo —dice su amiga mientras la salpica entre risas.

El bloque de viviendas casi parece bonito con el abrazo de la luz de la tarde. Amelia mueve los brazos y las piernas con el esfuerzo justo para no hundirse y hasta eso le parece demasiado. Las dos flotan estiradas, se dejan mecer por el agua con los ojos cerrados. El bar queda muy lejos y el agua lo diluye todo: ya no hay mirada pegajosa, calor, ni qué voy a hacer ahora. Solo unas voces lejanas de niños que corren por la calle y al fin un poco de aire fresco sobre la piel mojada.

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