Es posible bajarse de un barco, ¿pero del océano?

Foto: Pixabay.

¿Es posible amar en papel? ¿Con la ausencia? ¿Con el gesto mínimo de doblar una hoja y confiar?”. Este verano el tema de la serie de relatos es la seducción. Y esta es la entrega 19, en colaboración con el Taller de Escritura de Clara Obligado. Releo. “Una frase tachada no me deja en paz: “Es posible bajarse de un barco, ¿pero del océano?”. Es la única línea que parece escrita para ser leída por alguien más”.

Por NATALIA BRANDI

Subir al desván de la casa de mi infancia suele inquietarme. A veces encuentro lo que busco y otras, no. De todos modos, algo me llevo: un objeto, una pregunta. Esta vez subí por un mantel de crochet. Mi madre lo tejió en un viaje y nunca más lo vi. Hoy necesito dar con él. Revuelvo valijas, abro cajones y desenvuelvo paquetes. Nada. El pasado no se deja ver. Es como mirar el fondo desde la superficie: algo tiembla, pero no se distingue. Hasta que en el estante más alto tanteo con la punta de los dedos una textura desconocida. Estiro el brazo y rodeo con la mano lo que parece ser una caja; la bajo. Tiene el tamaño de una de zapatos, está forrada en vinilo rojo. Descarto que se encuentre el mantel, pero una motivación incierta me lleva a abrirla. 

Como si la fuerza interior la empujara, la tapa salta y vuelan alas de papel translúcido. Una, otra, una, otra, las cartas se multiplican. Las atajo como puedo y las apilo sobre una mesa que despejo con apuro. El papel de carta de una época es tan liviano como el de Biblia. Algunas tienen sobres, otras no. Las ordeno. Fechas que van de 1965 a 1969. Son las cartas que se escribieron mis padres, antes de ser mis padres.

Ella era una maestra argentina; él, un camarero italiano de crucero. Se conocieron en el barco. Hay algo tan de novela en todo esto que me da pudor. Pero ahí están, aprendiendo a decirse cosas nuevas en un idioma ajeno. También hay una vibración. En la tinta, en el margen. 

Ella le escribe en un italiano recién aprendido. Le cuenta cosas que yo ya escuché mil veces en las sobremesas, pero escritas suenan distinto. La marca de lo recién vivido. Él le responde con palabras que no le conocí nunca. La llama amore mio. Leo sus voces en el presente de aquel pasado. “Cuando la vi pensé: ho capito che ti amo”, dice él. ¿Se lo habrá dicho? “Esta mañana en la cubierta lo conocí, en el borde de la piscina”, dice ella. 

Me entero de cosas que no sabía. Que se veían apenas una hora cada mes, cuando el crucero hacía escala en Buenos Aires. Que a ella la dejaban ir solo si la acompañaba su hermano. Que él, mientras tanto, intercambiaba turnos con los otros camareros para tener más tiempo. Que lo castigaron por llegar tarde, pero caminaron por la costanera porteña de la mano mientras “el mundo gira en un espacio sin final”, le dice ella. “Me duele dejarte ir”, dice él.

Entonces aparecen las cartas que se retrasan, se pierden, llegan al destino equivocado. “¿En qué ciudad encontraste otra?”, dice ella en un trazo feroz. “Cuando llegó tu carta ya estaba embarcado. Amore, sei sempre quì con me”. Y dibuja un corazón. El deseo sostenido por la espera flota y no termina de estallar.

Hubo un encuentro en un hotel en Roma. Él está ahí, y ella está ahí, y en ese espacio minúsculo que los separaba, algo se deshizo sin nombre. Él no sabe decir, pero su modo de moverse habla. Ella no entiende del todo, pero se acerca. Hay una torpeza antigua, dulce. “Hablamos más allá de las palabras”. Doblo la hoja y guardo esta carta que tiembla.

Cuatro años de relación epistolar. ¿Cómo se sostiene la espera? El deseo contenido como la respiración bajo el agua. Sigo escuchando sus voces, aunque ahora suenan distintas. Como si, sin dejar de amarse, empezaran a pensar en el después.

¿Es posible amar en papel? ¿Con la ausencia? ¿Con el gesto mínimo de doblar una hoja y confiar? Y sin embargo. El amor. 

¿Qué aprendí yo del amor si nací de esta espera?

A medida que leo, las cartas cambian el tono, se vuelve más práctico. ¿En qué país vivir? ¿Cuál de los dos se someterá al desarraigo? Aunque la madre de él se deshaga en lágrimas, deciden que será tierra argentina. A la madre de ella ¿dejarán de saludarla por dar cobijo a un extranjero pobre? La última carta es breve: él le anuncia  el día que dejará el crucero. 

Releo. Una frase tachada no me deja en paz: “Es posible bajarse de un barco, ¿pero del océano?”. Es la única línea que parece escrita para ser leída por alguien más. ¿Por mí? ¿Pensó en mí cuando la escribió? No lo creo. El amor que siento en estas páginas es anterior a mí. No me excluye, pero tampoco me incluye.

Termino la lectura. Abro la caja. Intento poner las cartas otra vez al abrigo, pero se empecinan en quedar libres del orden y a merced del vaivén de las olas. 

Pienso en lo que no se dice. En lo que se guarda. En lo que se pierde en la traducción. Se amaron en español, en italiano; en palabras y silencios. Ellos hablaron en dos idiomas. Yo apenas entiendo uno, y a veces ni eso. Pero algo me llega. En el fondo de la caja, debajo de un sobre vacío aparece un cuaderno de tapas de cuero. Es el diario que un novio le regaló a mi madre antes del viaje. Abro la primera página. Una dedicatoria. En la siguiente, el primer registro. Escrito en español con entusiasmo, ocupa varias páginas. Los días siguientes las entradas se acortan. En la última hoja escrita, una sola línea: “ti amo”. Después, silencio. Hojas en blanco.

Cierro el cuaderno. Miro la caja abierta, las cartas desordenadas. No encontré el mantel. Pero algo onduló. El desván respira y por una rendija se filtra el océano.

El taller de escritura creativa de Clara Obligado nació en 1980 en Madrid. Desde entonces, ha acompañado el proceso creativo de personas interesadas en la literatura a todos los niveles. Para algunos ha sido un lugar en el que compartir y aprender literatura; para otros, una puerta hacia la publicación, hacia la escritura profesional, o simplemente un punto de encuentro en torno a los libros.

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