Ese hombre con un garfio
Foto: Pixabay.
“Esa noche soñé cómo su garfio se deslizaba por mi vientre, separando el elástico de mis bragas, punzante y frío, las patitas de su reloj-escarabajo se enredaban en mi pubis, el signo de interrogación metálico acariciándome el clítoris como si fuese la lengua de ese hombre”. Nuestra serie ‘Relatos de Agosto’, en colaboración con el Taller de Escritura de Clara Obligado, gira este año en torno al arte de la seducción. En el texto de hoy hay una buena dosis de intriga y sensualidad.
Por BLANCA FERNÁNDEZ SÁNCHEZ
(Homenaje a Raymond Carver)
Estatura media, edad media, pelo oscuro, era un hombre de lo más corriente, si no fuese porque tenía un garfio. En la mesa le esperaba una mujer. Apoyó la americana en el respaldo de la silla y se remangó la camisa. Sobre la base del garfio lucía un reloj que destacaba como un escarabajo sobre el metal. Desde luego, era un hombre pulcro, llevaba el pelo y el bigotito bien recortados, tenía un aire a lo Errol Flynn.
Yo era nueva en la cafetería y se me daba bien preparar los cappuccinos. Había escuchado muchas veces a Vanessa hablar de él mientras limpiábamos. Ella se acercó y les dio las buenas tardes sonriente, procuraba no mirar la prótesis, aunque sentía una atracción sórdida, Vanessa chupaba el boli con sus labios maquillados de rojo.
— Pobrecillo —me dijo mientras preparaba el pedido—. Con lo majo que se le ve y vaya mala suerte, ¿no crees?
No sentí ninguna lástima. Hacía un momento, justo antes de entrar, le había visto chocarse con un anciano y ni siquiera girar a pedir disculpas.
Medio en éxtasis, la mujer lo escuchaba, desde el mostrador podía ver cómo le brillaban los ojos. Me hubiese gustado sentarme a la mesa a escuchar qué era lo que decía el hombre para tenerla tan cautivada. Quizás le explicaba el porqué del garfio. Un accidente, diría, con una sierra eléctrica mientras talaba un abeto por navidad. No, no era probable, pensé. Un accidente, de automóvil: quedé atrapado entre un amasijo de hierros y los bomberos tuvieron que amputar para salvarme. Sí, eso era posible, desde luego. En todo caso, ella lo escuchaba como si él fuese el Capitán Garfio y la cafetería los Mares del Sur. Cuando se levantaron, lo ayudó a ponerse la americana y él le lanzó una mirada de cachorro desvalido. No pude dejar de pensar en él.
Esa noche soñé cómo su garfio se deslizaba por mi vientre, separando el elástico de mis bragas, punzante y frío, las patitas de su reloj-escarabajo se enredaban en mi pubis, el signo de interrogación metálico acariciándome el clítoris como si fuese la lengua de ese hombre. Me desperté asustada. Fui corriendo al baño y me lavé la cara con jabón varias veces, quería que su imagen desapareciese por el sumidero.
Al día siguiente le pregunté a Vanesa que cómo era posible que, de todas las prótesis que habría en el mercado, hubiese elegido aquella. Me parecía cruel y a la vez algo infantil. Vanesa alzó las cejas y dijo que a ella le resultaba sexy.
A las siete, tuvo otra cita. Nunca repetía, aunque siempre las mujeres eran similares. En su mesa favorita la mujer le esperaba, él se quitó la chaqueta, se remangó la camisa.
—¿Me abres el azucarillo? —Y ella, dócil, cogió el sobrecito, lo agitó, vertió el dulce sobre el café. Él miraba goloso mientras ella removía con la cucharilla… No te preocupes, me gusta hacerlo, la escuché decir. Era como ver ronronear a un gato montés.
Vanesa me contó que era banquero, vendedor de pisos, fotógrafo, forajido. Cada cita, una profesión. Todo en él resultaba misterioso, quizás ese era su encanto. ¿Y de dónde salían esas mujeres?, ¿dónde las conocía? Eran majas, más que majas, si soy justa con ellas. Voces agradables, olían bien. Incluso pagaban la cuenta. Él se dejaba hacer. Cuando estaban embelesadas con lo que les estaba contando, acercaba el gancho al rostro y las acariciaba la mejilla. Ellas se ponían rojas o se quedaban sin pestañear, como cuando se atrona a un ternero para dejarlo inconsciente antes de desangrarlo y lo más probable es que no haya marcha atrás y que acabe colgado de un gancho, abierto en canal. Había algo en él que me hacía creerlo capaz de las más depravadas acciones, quizás el tamborileo de los dedos de su única mano, o cómo ladeaba la cabeza o meneaba el bigotito. Vanesa decía que eran cosas mías, que yo era muy gore, pero para gore aquel tipo sin mano.
Una tarde decidí seguirles a él y a su cita.
Ya habían pagado la cuenta y yo tenía mi bolso junto al mostrador; en cuanto Vanesa regresara de la trastienda le diría que mi madre estaba enferma, que cerrase ella sola. Pero el hombre se levantó y fue hacia los aseos. La mujer lo esperaba sentada en un taburete de la barra. Vanesa seguía sin volver, así que, por adelantar, cogí el cubo y la fregona y le eché un buen chorro de lejía y comencé a limpiar el suelo. Sobre su taburete la mujer parecía incomoda y miró sin ningún pudor a Vanesa, que regresaba de la trastienda. Luego apareció el hombre. Me daba miedo chocarme con él, cruzar sus ojos con los míos, así que reculé y sin querer tiré el cubo. El agua se desparramó y, como en los dibujos animados, él patinó, empezó a hacer aspavientos con los brazos, la mano y el garfio blandiendo el aire, los pies apenas tocaban el suelo y cayó de bruces y del impacto se desprendió la prótesis y rebotó contra las baldosas y fue a parar debajo de una silla. Tanto Vanesa como yo como su cita, nos quedamos sin saber qué decir ni qué hacer. Él ni siquiera intentó ponerse de pie, las perneras del pantalón empapadas, la pechera de la camisa oliendo a lejía. Las tres nos miramos. ¿A dónde habían ido a parar la compasión, la seducción, el deseo? A cuatro patas, el hombre trataba de alcanzar el gancho con el muñón al viento.
El taller de escritura creativa de Clara Obligado nació en 1980 en Madrid. Desde entonces, ha acompañado el proceso creativo de personas interesadas en la literatura a todos los niveles. Para algunos ha sido un lugar en el que compartir y aprender literatura; para otros, una puerta hacia la publicación, hacia la escritura profesional, o simplemente un punto de encuentro en torno a los libros.



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