‘Espérame’… Treinta y cinco años después
Foto: Pixabay.
Seducir a un posible amante, a un lector. Seducir para que nos acompañen a un lugar al que no queremos ir solos. Seducir a las masas, a un cliente, a los empleados, a una jefa. En una nueva colaboración con ‘El Asombrario’, este verano las escritoras y escritores del Taller de Clara Obligado nos traen 23 historias en torno a un arte, el de la seducción. “De no ser por mi madre yo no habría reparado en ti; hubieras seguido siendo solo un recuerdo. Trato de imaginarlo. Habrías evaluado en silencio los cambios que estos treinta y cinco años han operado en mí. Una incipiente calvicie de cuarentón deja traslucir estas ideas mías y quizá hasta algún temor. Pese a todo, me has reconocido al instante”.
Por CARLOS GALLIFA
Te encuentro en esta boda, la de Dámaso. Otro primo que se nos casa, debemos de quedar ya pocos solteros. Y tú, ¿dónde te metiste? Tienes tres hijos, he oído, quizá alguno te haya hecho ya abuela.
Desde el otro lado de la mesa me miras con tu gesto, tan testimonial, no necesitas decir nada. Te podrías haber quedado así, sonriendo para ti misma. De no ser por mi madre yo no habría reparado en ti; hubieras seguido siendo solo un recuerdo. Trato de imaginarlo. Habrías evaluado en silencio los cambios que estos treinta y cinco años han operado en mí. Una incipiente calvicie de cuarentón deja traslucir estas ideas mías y quizá hasta algún temor. Pese a todo, me has reconocido al instante. Mamá, de pie a mi lado, celebra este reencuentro en voz alta, para hacerte partícipe tanto a ti como al manojo de intrusos que te rodean. Me pregunta:
─ ¿Te acuerdas de Leonor?
Me lees el pensamiento y asientes por mí; unas arrugas que no conocía festejan la memoria de tus ojos. Claro que me acuerdo, mamá, le he berreado yo internamente. Hoy ha vuelto a ser tan inoportuna como de costumbre al rememorar la pregunta que hacía yo en aquella época. Es su forma de resultar graciosa. No he olvidado la frase, aunque en casa hace ya años que no la saca a colación. “¿Recuerdas lo que le decías a Leonor? ¿Me vas a esperar a que crezca para casarme contigo?”. He ensayado mi mejor simulacro de risa para acompañar el alborozo de los comensales que te acompañan. La habría amordazado.
Y tú has vuelto a sonreír con el brillo de aquel tiempo: nuestra época. Con esa ambigüedad que trazas con los labios para escenificar un sí. Reconozco con todo mi pudor que era una pregunta que, después de tantos años, hibernaba en mi memoria.
Habría sobrepasado yo el lustro, siete años quizá, y tú acababas de entrar en la edad adulta: la prima más joven de papá. A él no le gustaba tu familia, militares de alcurnia. Ni que yo jugara con armas. Nada que le pudiera sonar a guerra, invasión, golpe de Estado. Pese a todo, mamá me llevaba a casa de tus padres para dejarme unas horas allí: acababa de empezar a trabajar.
Te despertabas fresca, con el barrio recién estrenado. Las paradas de los autobuses no chirriaban. Los semáforos se ponían en verde leyendo el pensamiento a quien tenía menester y los transeúntes cruzaban sin prisa, cediéndonos el paso a mamá y a mí. Todo era orden, brillo, novedad. Mis primeros zapatos blancos de hebilla, sin apenas doblarse a cada paso, refulgían sobre un asfalto todavía joven.
El segundo día ya conocía yo el itinerario a vuestra casa. Me erigí en guía impaciente, por si mamá se despistaba. Al llegar, nada más abrir la puerta, te agachabas para plantar esa cara rosada y tus ojos azules a un palmo de mi rostro. Entonces mamá me despedía con un beso y nos dejaba solos. La primera media hora me permitías jugar u observar las reliquias de tu padre: estandartes, medallas, condecoraciones o aquel ejército de soldados de plomo que todavía dormitaba en su vitrina a aquella hora de la mañana. Me vigilabas desde tus quehaceres en el tendedero de la cocina. Cuando dejabas todo para volver conmigo, tu rostro hacía aparición tras la celosía, desvelaba tu misterio y se tornaba el planeta en el que yo quería crecer.
Pasaron las semanas. El último día que te ibas a encargar de mí debiste de pensar en algo especial. Una despedida. Qué mejor para un niño embobado con parafernalias castrenses que aquella reliquia que guardabas en un armario del salón: un sable de tu padre. En cuclillas frente a mí lo desenvainaste, lenta, con frialdad calculada, para revelar el secreto de su filo. El brillo del metal arrastró toda la luz del barrio hacia mis ojos. Tú sonreíste un instante de una manera que no esperaba: gélida, punzante.
Ya no iban a ser necesarios aquellos cuidados. Mi madre volvió a recogerme, la pregunta de si me esperarías me quemaba en los labios. Ella los selló con aquella bufanda amarilla y antes de cerrar la puerta me contestaste con una sonrisa, un sí que guardé durante el resto de mi infancia. Pero marché todavía asustado: el filo de la espada. Y a no volver a verte.
Al poco tiempo, mi padre, el pacifista ofuscado, se alejó para siempre de tu familia. Intenté no solo rescatarte del recuerdo, sino, ahora que te habías ido, saber a qué oscuro rincón de nuestro frondoso árbol genealógico te habías llevado tu sonrisa. Y me quedé farfullando aquella frase de una sola palabra, tan cargada de dramatismo e impotencia que preludiaba una larga etapa: espérame.
Tus padres y tú os mudasteis de aquella casa y pasaron los años. Papá murió tiempo después sin oportunidad de reconciliarse con vosotros.
Y hoy te encuentro aquí, en esta boda, la del primo Dámaso, mientras finjo que me divierto. Sigues mirándome como hace treinta y cinco años. Solo que ahora no podrías levantarme del suelo. Estás igual: los mismos ojos, tuyos, míos. Los hoyuelos de las mejillas se te hunden más, claro, estás un poco más morena, unas cuantas manchas en la piel, más ancha, me cuesta decir la palabra, más vieja. O más mayor. Y la misma frente, que ahora marca unos renglones sobre los que escribiría un deseo en forma de nota breve invertida que sólo pudieras leer en un espejo, al volver de esta estúpida boda. Te sorprendería cómo, a pesar del tiempo transcurrido, algo en mí continúa intacto. Tengo otra pregunta. ¿Quién empezó todo, aquella forma de mirarme como a un adulto precoz? ¿Fuiste tú o fui yo?
Con poco más que decir, nos despedimos para continuar la ronda por otras mesas del comedor, pasando revista a parientes a los que sólo vemos en bodas y entierros. Mamá me comenta que enviudaste hace pocos años. No puedo evitar pensar que habría sido nuestro momento.
El taller de escritura creativa de Clara Obligado nació en 1980 en Madrid. Desde entonces, ha acompañado el proceso creativo de personas interesadas en la literatura a todos los niveles. Para algunos ha sido un lugar en el que compartir y aprender literatura; para otros, una puerta hacia la publicación, hacia la escritura profesional, o simplemente un punto de encuentro en torno a los libros.



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